miércoles 6 de enero de 2010

En la solemnidad de la Epifanía

Homilía pronunciada el 6 de enero de 2010 en el Monasterio de Clarisas de San Pascual, de Madrid, en la Misa retransmitida por la Cadena Cope:


SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
6 enero 2010

"Queridos amigos que asistís a esta Eucaristía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, y todos aquellos que seguís la celebración desde vuestros hogares, desde los hospitales, las residencias, las cárceles, o los que quizá estáis en estos momentos de viaje. Renovemos también hoy nuestro alegre saludo de fe: ¡feliz Navidad, feliz año nuevo, feliz día de Reyes!

Hoy celebramos con gratitud la Solemnidad de la Epifanía del Señor, la “manifestación” del Misterio oculto desde antes de los siglos -como dice hoy san Pablo- y finalmente revelado a los hombres mediante la carne de Cristo, nacida de la bendita y gloriosa Virgen María. Este designio de salvación, misterio de la “filantropía” de Dios, de su amor al hombre, ha comenzado a irradiar su luz en Belén, nos ha alcanzado en la unción de la humanidad del Verbo en las aguas bautismales del Jordán y ha manifestado su gloria en el inicio de la actividad pública de Jesús en las bodas de Caná. Hemos proclamado hace un momento el “anuncio de la Pascua”, porque a lo largo del año la Santa Liturgia despliega ante nosotros el Misterio manifestado, que es Cristo. La gruta de Belén y el Santo Sepulcro de Jerusalén son los lugares de nuestra redención.

La Epifanía es la fiesta de la “santa luz” como canta el oriente cristiano, luz anhelada desde antiguo y anunciada hoy por el profeta: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!”. ¡Cómo anhela el enfermo la llegada del amanecer! ¡Con qué ansia espera el insomne el fin de sus terrores nocturnos! ¡Qué hermosa es la llegada de un nuevo día, la vuelta a la vida, la luz de los rostros, la epifanía del mundo! ¡Qué importante es no acostumbrarnos a la gracia de la luz, que bautiza cada mañana el mundo, como en una nueva creación!

“Fiat lux!” ¡Hágase la luz!, dijo Dios al comienzo del mundo, y el universo emprendió su aventura, y millones de soles, millones de estrellas comenzaron a emitir su luz. Y el hombre, varón y mujer, vio también la luz, creado a imagen y semejanza de Dios. Pero los hombres recayeron en las tinieblas, preferían con frecuencia la oscuridad mortal a la luz, buscaban a tientas, guiados únicamente por la gloria manifestada en la creación y por la luz de su razón, luz hermosa pero débil, insuficiente para el camino.

El ser humano miraba al cielo, plagado de estrellas, y se sentía perdido en la soledad de los mundos. Veía las luces en el firmamento, pero no podía alcanzarlas. Cuanto más conocía, más pequeño se veía a sí mismo. Y entonces Dios tuvo misericordia de su criatura, y Él mismo, en Persona, salvó la distancia. No se contentó con ser luz... se hizo camino. ¡Con qué hermosas palabras constataba con asombro don Manuel García Morente en 1940, en carta escrita a don José María García Lahiguera, entonces director espiritual del Seminario de Madrid, la iniciativa de Dios al encarnarse!:

“Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho carne de hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita, que jamás podría el hombre franquear... Demasiado lejos, demasiado abstracto... Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, a ése sí que lo entiendo y ése sí que me entiende”.

El “hecho extraordinario” -epifanía del Dios vivo- que vivió el profesor García Morente en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, en París, tras escuchar un fragmento de La infancia de Cristo de Berlioz, cambiaría para siempre su vida.

La luz que se encendió en Belén fue irradiando en círculos concéntricos. Primero iluminó a María y a José, como vemos en muchas hermosas representaciones del arte cristiano, en las que la luz procedente del niño caldea y hermosea los rostros de ambos. Después alcanzó a los pastores de Belén, que advertidos por el ángel llegaron enseguida al pesebre. Como nos recordaba hace unos días el Santo Padre en su homilía de Nochebuena, los pastores, almas sencillas, tardaron poco en llegar al portal, porque no estaban lejos de Dios. Por último, la luz de Cristo atrajo a los magos de oriente, sabios escrutadores de los misterios celestes, de los que decía san Agustín que “no se pusieron en camino porque vieran la estrella, sino que vieron la estrella porque estaban en camino”. “Su viaje -dijo Benedicto XVI en Colonia- fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo en la estrella su confirmación y guía”.

El suyo fue un itinerario largo, difícil, como el nuestro, pues como hijos de nuestro tiempo hemos olvidado el camino a Belén. Les guió un astro, les guió su deseo. “Los magos partieron porque tenían un deseo grande”. No olvidemos que la palabra “de-siderium”, deseo, tiene que ver con “sidera”, las estrellas. “Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella”. Hemos de volver a ser “peregrinos del absoluto” (y es bueno recordarlo en el inicio de un nuevo año santo jacobeo). Hemos de desear de nuevo ver a Dios. ¡Con qué fuerza clamaba Leon Bloy, el genial escritor francés!:

“Hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años y a los que un día se les lleva al cementerio sin que jamás hayan logrado salir de la nada. Muchos de ellos hasta han sido famosos en su viaje ‘del útero al sepulcro’... Distinguida multitud que ignora el tormento del Misterio... Pero los verdaderos hombres, los verdaderos vivos, los que ‘no han recibido sus almas en vano’, sufren y lloran como seres abandonados mientras no encuentran a la Iglesia, que guarda la llave de todos los misterios”.

El hombre de hoy, que ya no mira al cielo -o que si mira piensa con tristeza que la luz que ve quizá haga mucho tiempo que se haya extinguido-, necesita “signos”, necesita nuevas “epifanías” de Dios, pues está firmemente convencido de que el cristianismo, y la misma historia de Belén, no son sino “reliquias” -que se resisten a desaparecer- de una luz hace mucho tiempo extinguida.

Pero entonces, ¿qué espera?, ¿espera algo? Si lo espera, no lo espera ciertamente de la Iglesia, y entonces necesita inventar elefantes, y dragones, y bandas de nueva Orleans, para completar el pobre cortejo de la cabalgata de Reyes; necesita entretenerse, porque ésa es la cuestión. El hastío de la vida, la monotonía de todo exige distracción. No se puede mirar durante mucho tiempo la nada. Nosotros, queridos hermanos -laicos, religiosas, sacerdotes-, somos la respuesta de Dios, el signo de Dios para nuestro mundo. La Iglesia es la humanidad iluminada, bautizada en el esplendor de la gloria, “lumen gentium”, luz de las naciones... ¡Abramos de par en par las puertas de la Iglesia a todos los hombres, pues la luz de Cristo es para todos! También para los palacios del poder y de la ambición, donde la noticia del nacimiento de un niño no trae alegría, sino hostilidad y violencia. Cristo ha nacido también para iluminar la conciencia y el corazón de Herodes.

Como los magos, caigamos también nosotros de rodillas ante el Señor, ante su “epifanía eucarística”, y ofrezcámosle “el oro de nuestra libertad, el incienso de nuestra oración fervorosa y la mirra de nuestro afecto más profundo”. ¡Y que María, estrella de la mañana, la “que a Cristo más se asemeja” -como decía Dante-, nos acompañe siempre e interceda por nosotros! Amén".


Juan Miguel Prim

domingo 29 de noviembre de 2009

Vivir en la mirada...

Acabo de leer una bellísima descripción de la experiencia vivida por Romano Guardini, pensador y teólogo alemán del siglo XX, en su visita a la Catedral de Monreale (Sicilia). Por su interés la ofrezco a todos. El texto es traducción de un fragmento de la obra Reise nach Sizilien [Viaje a Sicilia]:

"Hoy he visto algo grandioso: Monreale. Reboso de un sentimiento de gratitud por su existencia. El día era lluvioso. Cuando llegamos -era jueves santo- la misa solemne había pasado ya el momento de la consagración. El arzobispo, para la bendición de los óleos sagrados, estaba sentado sobre un sitio elevado bajo el arco triunfal del coro. El amplio espacio estaba abarrotado. Por todas partes las personas estaban sentadas en sus sillas, silenciosas, y miraban.

¿Qué podría decir del esplendor de este lugar? La mirada del visitante ve, en primer lugar, una basílica de proporciones armoniosas. Después percibe un movimiento en su estructura, y ésta se enriquece con algo nuevo, con un deseo de transcendencia que la atraviesa hasta traspasarla; pero todo ello progresa hasta culminar en una espléndida luminosidad.

Un breve instante histórico, por tanto. No dura mucho, le sucede algo completamente distinto. Pero este instante, aunque breve, es de una inefable belleza.

Oro en todas las paredes. Figuras y figuras, en todas las bóvedas y en todas las arcadas. Emergían del fondo áureo como de un cosmos. Del oro irrumpían por todas partes colores que tienen en sí algo de radiante.

Sin embargo la luz estaba atenuada. El oro dormía, y todos los colores dormían. Se veía que estaban ahí y esperaban. ¡Cómo serían si refulgiesen en todo su esplendor! Sólo aquí o allí destellaba un borde, y un aura claroscura se extendía sobre el manto azul de la figura de Cristo en el ábside.

Cuando llevaron los óleos sagrados a la sacristía, mientras la procesión -acompañada por la insistente melodía del antiguo himno- se desataba a través de aquella muchedumbre de figuras de la catedral, ésta se reanimó.

Sus formas se movieron. Entrando en relación con las personas que avanzaban con solemnidad, en el rozarse de los vestidos y de los colores de las paredes y las arcadas, los espacios se pusieron en movimiento. Los espacios vinieron al encuentro de los oídos tensos en la escucha y los ojos en contemplación.

La multitud estaba sentada y miraba. Las mujeres llevaban velo. En sus vestidos y en sus telas los colores esperaban el sol para poder resplandecer. Los acusados rostros de los hombres eran bellos. Casi nadie leía. Todos vivían en la mirada, todos estaban en tensión contemplativa.

Entonces se me hizo evidente cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica: la capacidad de captar lo “santo” en la imagen y en su dinamismo.

Monreale, sábado santo. A nuestra llegada la ceremonia sagrada estaba en la bendición del cirio pascual. Inmediatamente después el diácono avanzó solemnemente a lo largo de la nave principal llevando el Lumen Christi.

El Exsultet fue cantado delante del altar mayor. El obispo estaba sentado en su trono de piedra elevado a la derecha del altar y escuchaba. Siguieron las lecturas tomadas de los profetas, y allí volví a encontrar el significado sublime de las imágenes murales.

Después la bendición del agua bautismal en medio de la iglesia. En torno a la fuente estaban sentados todos los asistentes, con el obispo en el centro y la gente alrededor. Llevaron a los niños -se notaba el orgullo conmovido de sus padres- y el obispo los bautizó.

Todo era así de familiar. La conducta del pueblo era al mismo tiempo desenvuelta y devota, y cuando uno hablaba al vecino, no molestaba. De este modo la sagrada ceremonia continuó su curso. Se desplegaba un poco por toda la gran iglesia: ora se desarrollaba en el coro, ora en las naves, ora bajo el arco triunfal. La amplitud y la majestuosidad del lugar abrazaron cada movimiento y cada figura, haciéndolos compenetrarse recíprocamente hasta unirse.

De vez en cuando un rayo de sol penetraba en la bóveda, y entonces una sonrisa áurea invadía las alturas. Y allí donde, en un vestido o en velo hubiera un color en espera, era reclamado por el oro que llenaba cada ángulo, era conducido a su verdadera fuerza y asumido en una trama armoniosa que colmaba el corazón de felicidad.

Lo más bello, sin embargo, era el pueblo. Las mujeres con sus pañuelos, los hombres con sus capas sobre los hombros. Por todas partes rostros acentuados y un comportamiento sereno. Casi nadie leía, casi nadie se inclinaba para rezar solo. Todos miraban.

La sagrada ceremonia se prolongó durante más de cuatro horas, y sin embargo siempre hubo una viva participación. Hay diversos modos de participación orante. Uno se realiza escuchando, hablando, gesticulando. Otro por el contrario se desarrolla mirando. El primero es bueno, y nosotros los del Norte de Europa no conocemos otro. Pero hemos perdido algo que en Monreale todavía existía: la capacidad de vivir-en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado en la forma y en el acontecimiento, contemplando.

Estaba a punto de irme cuando, de repente, descubrí todos aquellos ojos vueltos a mí. Casi horrorizado aparté la mirada, como si experimentase pudor en mirar aquellos ojos que habían sido ya abiertos en el altar".

R. Guardini, Spiegel und Gleichnis. Bilder und Gedanken, Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderbon, 1990, pp. 158-161.

viernes 20 de noviembre de 2009

Santo Tomás y la reina bella

Recojo una anécdota que acabo de leer. Me hace más amigo aún de Santo Tomás:

Relatan los biógrafos de Santo Tomás de Aquino que un día, camino del concilio de Lyon, se quedó en París porque fue invitado a comer con el rey San Luis IX. El santo durante la cena no comió nada, lo único que hizo fue contemplar a la reina, la esposa de San Luis IX, quien un poco nervioso y celoso le preguntó:

“Tomás ¿por qué miras a mi señora en lugar de comer?”

Y Santo Tomás de Aquino le contestó:

“Majestad, miro a su señora, la reina, porque es bellísima. Y si ella es así, ¿cómo será Quien la ha creado?”

lunes 16 de noviembre de 2009

La manifestación de la Iglesia al final de los tiempos

Con ocasión de las lecturas del pasado domingo, que hablaban del fin de los tiempos, recojo este himno de la escritora alemana Gertrude Von le Fort, convertida en edad adulta del protestantismo al catolicismo. Es la Iglesia la que habla en primera persona:

“Pero cuando un día se inicie
el gran fin de todos los misterios,
cuando el Escondido surja como un relámpago
en las tremendas tempestades
del amor desencadenado,
cuando su regreso suene como tormenta
por el universo,
y dé gritos de júbilo la soterrada añoranza
de su creación,
cuando los globos de los astros estallen en llamas
y surja de su ceniza la luz liberada,
cuando se rompan los sólidos diques de la materia
y se abran todas las esclusas de lo invisible,
cuando los milenios vuelvan con rumor de águilas
y regresen a la eternidad
las escuadras de los eones,
cuando se rompan los recipientes de los idiomas
y se precipiten las aguas torrenciales de lo nunca dicho,
cuando las almas más solitarias salgan a la luz
y se manifieste lo que ninguna sabía de sí misma:
Entonces el Revelado levantará mi cabeza
y, ante su mirada, mis velos se alzarán en fuego,
y yo estaré postrada
cual espejo desnudo ante la faz de los mundos.
Y los astros reconocerán en mí su luz glorificante
y los tiempos reconocerán en mí lo que tienen de eterno,
y las almas reconocerán en mí lo que tienen de divino,
y Dios reconocerá su amor en mí.
Y ya no recaerá sobre mi cabeza ningún velo
como el deslumbramiento de mi Juez.
En él se sumergirá el mundo.
Y el velo se llamará Gracia,
y la gracia se llamará Infinitud...
y la Infinitud de llamará Bienaventuranza.
Amén”.

Gertrud Von le Fort, Himnos a la Iglesia.

domingo 15 de noviembre de 2009

La Madre en cuyo regazo lo he aprendido todo

Homilía del domingo 15 de noviembre de 2009 (XXXIII del tiempo ordinario, ciclo B)

Hermanos, celebramos en esta mañana el día de la Iglesia diocesana. ¿Qué es la iglesia diocesana? ¿Es quizá una “sucursal” de la Iglesia católica, como los bancos y las cajas tienen sus oficinas centrales y sus sucursales? No. No es esa la verdad de la Iglesia. Nuestra diócesis de Alcalá no es sino la Iglesia, la única Iglesia de Jesucristo, que vive entre nosotros, que nos circunda, a la que pertenecemos. Es la Iglesia local, presidida por nuestro Obispo, D. Juan Antonio, uno de los sucesores del Colegio de los Apóstoles. Así pues, celebrar la Iglesia diocesana es celebrar nuestra pertenencia a la Iglesia católica.

Entonces la pregunta es: ¿y qué es la Iglesia para mí? ¿Qué importancia tiene? El poeta y escritor francés Paul Claudel, convertido en edad adulta, resume su experiencia de la Iglesia en estas pocas palabras: “El gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!”

¡Este es ya otro lenguaje! La Iglesia es Madre y Maestra. “Esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo”. Si esto es así para nosotros también, y en mi caso desde luego lo es, entonces no puedo sentir sino afecto hacia la Iglesia, agradecimiento, y también responsabilidad. Porque deseo que así como yo he encontrado este libro vivo que es la vida de la Iglesia, sus santos, su arte, su enseñanza, deseo que muchos otros puedan también encontrarla.

El papa Benedicto XVI, en una visita reciente a la diócesis de Brescia, en Italia, ha hecho una alabanza de la Iglesia, recordando las palabras de Pablo VI: “Podría decir que siempre la he amado -es Pablo VI quien habla- y que por ella, no por otra cosa, he vivido... Quisiera abrazarla, saludarla, amarla en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y guía, en cada alma que la vive y la ilustra: bendecirla”. Y le dirige las últimas palabras, como si se tratara de la esposa de toda una vida: “Y a la Iglesia, a la que le debo todo y que fue mía, ¿qué le diré? Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo”.

La Iglesia es, pues, un misterio. Misterio de Amor, del amor de Cristo. Acabamos de celebrar la fiesta anual de San Diego, este pasado viernes. San Diego, nos recordaba nuestro Obispo, es el testimonio vivo y elocuente, cercano a nosotros, de la caridad de Cristo. Un hombre apasionado por Dios, que lo buscó en la vida eremítica y en la vida conventual, en la estricta observancia franciscana. Que encontró a Dios y lo comunicó mediante sencillos pero elocuentes actos de caridad. Un hombre que murió abrazado a la cruz, signo insuperable del amor de Dios. Ahora que asistimos al debate sobre la presencia de la cruz en lugares públicos hemos de recordar que para nosotros los cristianos, y para todos aquellos hombres y mujeres que conozcan verdaderamente el anuncio cristiano, la cruz no puede ser motivo de amenaza, de ofensa, de violencia. ¡Todo lo contrario! Es el mayor signo de amor, el signo de la nueva alianza de Dios con la humanidad. Justamente porque la cruz ha sido plantada en el corazón del mundo, en el corazón de Europa, puede esperarse un futuro de convivencia, de tolerancia, de amor y perdón. Es la cruz la que permite que convivan con nosotros personas de otras religiones, de otras culturas, porque si el brazo vertical de la cruz de Cristo nos asegura el respeto a la libertad religiosa, la relación sagrada de todo hombre con Dios, su brazo horizontal nos revela nuestra hermandad, nuestra fraternidad. La cruz es garantía de libertad, de amor y de fraternidad. Por eso, si llegara el día en que fueran prohibidos los signos religiosos deberíamos recordar que cada uno de nosotros es una cruz viva, que cada cristiano ha nacido de la cruz redentora de Cristo, que el signo de la cruz da comienzo a todas nuestra celebraciones y a cada día de nuestra vida. Debemos ser cruces vivientes, como San Diego, testigos elocuentes del amor de Dios.

Y el cuerpo incorrupto de San Diego nos recuerda también lo que rezábamos en el salmo: “Mi suerte está en tu mano... Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Lo decía Jesús en el Evangelio. “El cielo y la tierra pasarán. Mis palabras no pasarán”. Todo lo que nos rodea, el mundo visible, los astros, la realidad material, pasará, pero Dios no pasa, el sol de Dios no se pone, su palabra, que es Jesucristo, es eterna y ha vencido a la muerte. Dice Jesús en el Evangelio: “Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla”. Pero murieron los apóstoles, y sus sucesores, y han pasado veinte siglos y el mundo sigue evolucionando y el universo continúa su expansión. ¿A qué se refería entonces Jesús? Es esta una lección importante. El fin del mundo, que a tantos atemoriza y que da lugar a películas apocalípticas, tendrá ciertamente lugar, porque nuestro mundo no es eterno, pero nadie sabe el día ni la hora. Lo cierto es que nuestra vida personal en este mundo tendrá término, aunque seguimos también en esto sin saber ni el día ni la hora. Pero las palabras de Jesús se cumplieron ya en su muerte y resurrección. Allí aconteció el fin del mundo, el juicio de la historia. Su muerte y resurrección marcan un antes y un después radical. Y nosotros, que hemos venido después de este acontecimiento, y que hemos sido bautizados en Él, ya no tenemos nuestra muerte delante, sino detrás. Es esta una imagen preciosa de un teólogo de nuestros días: para nosotros cristianos la muerte ya no está delante, sino detrás, porque ha sido ya vencida y transformada por Cristo. Nuestra vida es vida nueva, y nuestra muerte no será ya la muerte pagana, que aterroriza al hombre, sino la “hermana muerte” que cantaba San Francisco.

Hemos leído en el profeta Daniel: “Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro... Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia como las estrellas, por toda la eternidad”.

Este es nuestro destino, este es el anuncio de la Iglesia. Terminemos con la invitación del papa Benedicto XVI: “Recemos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, Madre de la Iglesia. Amén!”

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo 8 de noviembre de 2009

La lógica del Evangelio

Homilía del domingo 8 de noviembre de 2009 (XXXII del tiempo ordinario, ciclo B)

En el Evangelio de hoy encontramos una invitación del Señor a dar nuestra vida por amor, a darnos por completo a Él para encontrar la felicidad y la vida eterna.

Cuenta San Marcos que un día Jesús se encontraba en el templo, sentado frente al cepillo de las limosnas, observando cómo la gente echaba allí sus monedas. Jesús era un gran observador, traspasaba las apariencias para leer en el corazón, y es lo que hace también en este evangelio. Observa cómo muchos fieles depositan sus ofrendas, cómo echan su dinero -algunos mucho dinero- al cepillo, pero le llama la atención una mujer, una pobre viuda que acercándose echa dos moneditas de muy poco valor. Es un gesto que podría haber pasado desapercibido, entre tantas personas como acudían diariamente al templo de Jerusalén, entre tantas ofrendas como se realizaban continuamente. Pero Jesús lo ve y llamando a sus discípulos les dice: “Yo os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Jesús no critica que se hagan ofertas al templo, ni juzga la cantidad de lo donado, pues cada uno puede dar según su capacidad, sino que señala la verdadera actitud religiosa, la de aquel que se entrega por completo al Señor. Es lo mismo que sucede con la viuda de Sarepta, en la primera lectura. Cuando el profeta Elías le pide un poco de agua y algo de pan, ella desesperada le expone su pobreza, su miseria, diciéndole: “Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan solo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija: Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos”.

Pero el profeta le invita a confiar en el Señor, que “sustenta al huérfano y a la viuda... proporciona pan a los hambrientos... y alivia al agobiado”, como hemos rezado en el salmo. Y así fue, ni la harina se acabó, ni el aceite se acabó.

¿Qué nos quiere decir el Señor? ¡Que cada uno de nosotros se lo pregunte! Yo me he hecho esta pregunta y me he respondido: el Señor no quiere mis cosas, me quiere a mí. El Señor no me pide un poco de tiempo, un poco de dinero, un poco de afecto. El Señor es Dios, es el Señor y me quiere por completo. Su amor es totalizante. Si no fuera así no sería un verdadero amor.

Porque, hermanos, pasa algo parecido en la experiencia del amor humano. Aquellos que nos quieren no esperan de nosotros las migajas, no quieren lo que nos sobra. Nos quieren a nosotros. Lo quieren todo, aunque saben que no podemos dárselo. Amar es desear darse por completo. Es quererlo todo del otro. “Los demás han dado de lo que les sobra”, dice Jesús, “en cambio esta mujer ha dado todo lo que tenía para vivir”. No demos sobras a los demás, démosles lo mejor de nosotros mismos. El cristianismo es una religión de excelencia. No se nos pide ser un poco buenos, se nos pide ser santos. No se nos pide aceptar algunos sufrimientos, se nos pide tomar la cruz detrás de Jesús. No se nos promete pequeñas alegrías -esas ya las da el mundo-, se nos promete la felicidad eterna.

¿Qué sucede? Que tenemos miedo a darlo todo, tenemos miedo a salir perdiendo. Tenemos miedo a sufrir, a estar en desventaja. Y así no amamos plenamente, no nos entregamos por completo.

Pero la lógica del Evangelio es otra: lo que no se da se pierde. Lo que no se entrega se corrompe. Hay más alegría en dar que en recibir. Y el Señor ha prometido el ciento por uno. Pero para recibir el ciento hay que dar el uno. Hermanos, el amor no se agota, aunque nos parezca mentira tenemos una capacidad ilimitada de amar, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. No hay que reservarse, hay que darse sin medida.

Es el ejemplo cercano a nosotros de un santo que vivió sus últimos años y murió en nuestra ciudad. Me refiero a San Diego, cuya fiesta celebraremos el próximo viernes, día 13. Él se dio por completo y por eso sigue entre nosotros, por eso heredó la vida eterna. Dio sus bienes, dio los bienes de sus hermanos franciscanos -recordemos el célebre milagro de los panes y las rosas- y se dio a sí mismo. Es un testimonio vivo de caridad. Invoquemos durante esta próxima semana a San Diego, para que nos haga generosos en la vida, entregados, verdaderamente amantes. Sólo lo que damos al Señor se salva, sólo eso no se corrompe. Ofrezcámosle nuestros afectos, nuestros proyectos, nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras personas.

Y que María, la Virgen Madre de Cristo, nos sostenga en el amor, ella que dio al Señor “todo cuanto tenía para vivir”: sus proyectos de vida, su cuerpo, su tiempo y su alma. En ella vemos cómo paga el Señor, cómo recompensa. Que así sea.

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo 1 de noviembre de 2009

Los mejores hijos de la Iglesia

Homilía del domingo 1 de noviembre de 2009 (XXXI del tiempo ordinario, ciclo B)

Queridos hermanos, con gran alegría celebramos hoy, 1 de noviembre, la Solemnidad de Todos los Santos. La feliz circunstancia de que este año la celebración de Todos los Santos coincida con el domingo, el Día del Señor, nos ayuda a comprender mejor el sentido de esta fiesta.

La Iglesia propone al mundo un modelo de humanidad, un ideal de hombre y de mujer. Para algunas culturas, como la civilización griega, la máxima realización de la grandeza humana se identificaba con la sabiduría, siendo el filósofo o el sabio el hombre en plenitud. El problema es que sólo algunos conseguían esa dignidad. En otras culturas, como la romana, el hombre ideal era el guerrero, el jefe militar que rendía pueblos e imponía la ley de Roma. Y así eran los hombres de armas, los políticos astutos, los que podían elevarse a la gloria de los Arcos de Triunfo que han llegado hasta nuestros días. Ha habido épocas, como el Renacimiento, en que el hombre ideal era el inventor, o el artista, o el príncipe. Y en nuestros días, por desgracia, el ideal humano es el de los que triunfan, los que tienen éxito, sin importar realmente el mérito de sus conquistas o la moralidad de sus triunfos.

Frente a estos, y otros muchos modelos de humanidad que las diversas civilizaciones han soñado, ¿que propone la Iglesia? ¿Qué propuso Cristo? Jesús no elogió al César, ni al Sumo Sacerdote, no señaló como ideal al hombre rebelde que conquista violentamente su libertad, ni al hombre de negocios que astutamente sabe aumentar día tras día sus beneficios. Jesús proclamó dichosos a los pobres en el espíritu; a aquellos cuya humanidad se conmueve ante el que llora y sufre; a los que tienen hambre y sed de justicia, de verdad, de paz; a los que tienen un corazón limpio y misericordioso; a los que aceptan la persecución sin negar la verdad y están dispuestos a dar su vida por amor, por el amor de Cristo. A esos llamó Jesús dichosos, bienaventurados, santos. Es lo que hemos oído en el Evangelio de la fiesta de hoy. “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Hermanos, nuestro ideal de hombre es Jesucristo. Nosotros miramos su Humanidad divinizada y deseamos “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Él es el Hombre de las bienaventuranzas, el Dios con nosotros. Nuestro ideal es la santidad. “Seréis santos porque Yo, vuestro Dios, soy Santo”.

La Iglesia del siglo IV, al comenzar a usar las basílicas romanas para sus celebraciones eucarísticas, decoró sus paredes y sus arcos no con héroes, caudillos o personajes mitológicos, sino con los mártires y los santos. Esa era y es la humanidad que la Iglesia celebra y propone a todos sus hijos. Por eso la Solemnidad de Todos los Santos -con la que comienza el mes de noviembre- es un recordatorio, un anuncio del camino que el Señor nos propone para alcanzar nuestra felicidad, nuestra bienaventuranza. Si quieres ser grande, nos dice el Señor, aspira a la santidad, desea participar de la humanidad de Cristo, de la humanidad de los santos. Ellos son, como dice el Prefacio de la Liturgia de hoy, “los mejores hijos de la Iglesia”.

En el catálogo de los santos hay hombres y mujeres, ancianos y niños, sacerdotes y laicos, esposos y religiosas... La santidad no conoce barreras de raza, sexo o condición social. Así nos lo enseña la Iglesia en cada canonización, haciéndonos ver -con amor de Madre- que todos podemos alcanzar nuestro destino, ya que el Destino, que es Cristo, ha venido a nosotros, acompañándonos en el camino de la vida.

Decía hace unos años el papa Benedicto XVI al celebrar esta misma Solemnidad:

“Hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos... ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra! El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor, nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria de sus santos”.

La lectura del Apocalipsis que hemos proclamado habla de 144.000 “marcados”, pero no nos engañemos. No es ese el número de los salvados, pues el número 144, resultado de multiplicar 12 por 12 es una cifra simbólica del pueblo de Israel, un número de elección y de plenitud. Y además, el texto dice a continuación que “después apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos”.

“Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor”, hemos cantado en el salmo. Esta es la Iglesia, el pueblo de los santos. Repetidas veces ha dicho el Santo Padre que el verdadero rostro de la Iglesia se manifiesta en los santos y en la belleza de la vida eclesial. Lo dijo siendo aún cardenal Ratzinger, en la famosa entrevista con Vitorio Messori, que dio lugar al libro Informe sobre la fe:

“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente... Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y por lo tanto humanizando, el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza -y por lo tanto de la verdad- sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno”.

Pues bien, hermanos, frente a un mundo que celebra el terror de los muertos y la mascarada de brujas y vampiros, testimoniemos con humildad y caridad la belleza de nuestra fe, la esperanza de nuestro destino, que sobrepasa las fronteras de la muerte, y la grandeza de nuestra vida llamada a la santidad. Dice el apóstol Juan que “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos... Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es”.

Y pidamos para todos nuestros seres queridos que han muerto en el Señor, la participación en la gloria de los Santos. Que así sea.

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo 25 de octubre de 2009

Mi corazón grita más que nunca

Homilía del domingo 25 de octubre de 2009 (XXX del tiempo ordinario, ciclo B)

“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”, hemos cantado con el salmista. Sí, la diócesis de Alcalá está contenta, por muchas razones, entre ellas por la ordenación ayer mismo, en esta Catedral, de tres nuevos diáconos al servicio de nuestra Iglesia. Juan Jesús, Álvaro y Miguel Ángel -todos ellos de Alcalá- recibieron de manos de nuestro Obispo, D. Juan Antonio, la ordenación diaconal y si Dios quiere serán ordenados sacerdotes en el próximo mes de mayo. Durante este curso ejercerán su ministerio en Rivas Vaciamadrid, San Fernando de Henares y Torrejón de Ardoz. Es pues una buena noticia; el Señor sigue llamando, y hay quien escucha y responde.

Pero hay muchas más razones para la alegría. Esta semana hemos conocido una noticia excepcional: medio millón de anglicanos, entre los que se cuentan fieles, seminaristas, sacerdotes e incluso obispos -unos 20-, serán admitidos a la comunión plena con la Iglesia Católica. El Papa promulgará una Constitución Apostólica para regular el paso de estos fieles desde la Comunión Anglicana a la Iglesia Católica. Se respetarán las peculiaridades de su tradición espiritual y litúrgica en la plena asunción de la doctrina católica. Es esta también una excelente noticia en el campo del diálogo ecuménico. En la primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, leíamos: “Gritad de alegría... regocijaos... Yo os traeré del país del norte... una gran multitud retorna”. Esta palabras, originalmente referidas al pueblo de Israel, podemos hoy aplicarlas a aquellos que procedentes del país del norte, Inglaterra, y de otros lugares de fe anglicana, retornan a la comunión plena con la Iglesia Católica.

Pero vayamos al Evangelio de este domingo, en el capítulo 10 de San Marcos. Jesús sale de Jericó, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío, y encuentra, sentado al borde del camino, a un ciego, llamado Bartimeo, pidiendo limosna. Hasta aquí resulta una escena normal en tiempos de Jesús. Muchos ciegos, lisiados y mendigos llenaban las calles y los caminos de Palestina. La civilización cristiana no había llegado aún, y no existían los hospitales, los sanatorios, los albergues que hoy en día consideramos imprescindibles. Pero este ciego, que pide limosna, al oír que era Jesús quien pasa, comienza a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. No le pide limosna, ¡sería demasiado poco! Pide compasión, pide un milagro. Sabe que Jesús tiene poder, ha oído hablar de él. Le llama Hijo de David, es decir, le reconoce como Mesías, enviado de Dios. También nosotros podemos hacer nuestra su petición: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.

Pero fijaos lo que sucede. Dice el Evangelio que “muchos lo regañaban para que se callara”. Les resultaba desagradable, no querían que molestara al maestro, les parecía impropio. Pero el ciego “gritaba más” fuerte: “Hijo de David, ten compasión de mí”.

A mí esta escena me hace pensar en nuestros días, en nuestros tiempos. También hoy se quiere acallar la pregunta, la petición, el grito dirigido a Jesús, a Dios. No es “políticamente correcto” expresar en público nuestra oración, nuestro grito a Dios. También hoy se intenta muchas veces acallar las preguntas más serias del corazón. Y así ante la muerte, ante una gran tragedia ya no se pregunta ¿qué será de ellos, de los que han muerto?, sino que se llama a los psicólogos, para acallar la pregunta, considerada casi patológica.

“Todo conspira para acallarnos”, para acallar nuestras preguntas últimas, que son en realidad las primeras, las más urgentes: ¿qué sentido tiene la vida?, ¿es posible amar para siempre?, ¿existe el perdón para el mal que yo cometo?, ¿tiene salvación nuestro mundo, nuestra vida?... ¿Será posible ser feliz?

Os leo las palabras de una chica, llamada Laura, que hablaba así de la tentación de sofocar las preguntas: “Algunas mañanas, cuando me despierto y me asaltan estas cuestiones, casi pienso que es mejor no tenerlas en cuenta, que es mejor acallarlas, porque me obligan a tomar en serio mi vida. Mil veces caigo en este punto, es decir, prefiero escapar de estas cuestiones con la esperanza de que pasen pronto y todo se resuelva sin que yo sufra demasiado, esforzándome lo mínimo por encontrar una respuesta... Pero hay un problema: puedo pasar días enteros ignorando ciertas circunstancias, me he vuelto una experta en hacerlo, pero no puedo acallar mi corazón, y esto es lo que me salva, lo que hace que esté viva todavía. Mi corazón grita, grita ahora más que nunca”.

Es lo que hace el ciego del Evangelio. “Gritaba con más fuerza”. Entonces, Jesús, al escuchar su grito, se detiene y lo llama a su presencia. “LLamaron al ciego diciéndole: Ánimo, levántate, que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. Era ciego, pero no paralítico. “Dio un salto”, lleno de alegría, de esperanza... “y se acercó a Jesús”. ¿Os dais cuenta? Esto también lo podemos hacer nosotros. Gritar a Cristo, acercarnos a Él. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Es fantástico. Jesús ve que es ciego, sabe lo que quiere. Pero se lo pregunta, para hacerle consciente de su necesidad. Cristo no puede obrar en nosotros, no puede curar nuestra ceguera si no se lo pedimos, si no le gritamos.

Cristo nos pregunta hoy, ahora: “¿Qué quieres que haga por ti?” ¿Qué necesitas? No salgáis de este templo, no salgamos, sin identificar nuestra necesidad más radical, sin responder a la pregunta de Cristo, que nos habla hoy a través de la liturgia, de la Palabra proclamada, de la Eucaristía.

El ciego pidió ver y Jesús se lo concedió, pero le dijo: “Tu fe te ha curado”. Es como si le dijera: “No ha sido magia, sino un milagro posible por tu fe en mí”. La fe, hermanos, nos cura, nos salva. Bartimeo, el ciego del Evangelio, “recobró la vista” al momento y -añade el Evangelio- lo seguía por el camino”.

Concluyo con esta observación: el ciego recobró la vista, pero no volvió al lugar de antes -al borde del camino-, ni se fue a su casa, sino que siguió a Jesús, se convirtió en discípulo suyo. Al recobrar la vista pudo ver a Jesús, en quien ya había creído. Por eso el mayor milagro es la fe, es ver a Jesús y ser discípulos suyos. Hermanos, no ahoguemos el grito de nuestro corazón, no acallemos las preguntas. Gritemos al Señor y aumentará nuestra fe. Sigamos a Jesús por el camino de la vida y podremos cantar cada día: “El Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre”. Que así sea.

Juan Miguel prim Goicoechea

martes 20 de octubre de 2009

Apartarse para abarcar mejor el mundo

Estoy leyendo un libro que reúne artículos breves de Gilbert Cesbron, escritor católico francés (1913-1979). Lo compré hace unos días en la feria del Libro de Alcalá de Henares. He encontrado estas páginas sobre la oración contemplativa, escritas en 1954, que os ofrezco:

"En un siglo que confunde Caridad y Bondad, tenemos que seguir afirmando este escándalo: que el Desprendimiento es poco sin la Plegaria y que, si hay que establecer entre ellos un orden de precedencia, lo primero es la Plegaria.

Pero, ¿no se está también muy tranquilo tras los muros de un monasterio? Una vida regulada con exactitud y rosas en el jardín del claustro; se come todos los días (poco, pero con seguridad); y todas las noches se duerme (poco, pero apaciblemente). ¿Qué importa que el mundo se hunda con tal de que sigan sólidos los muros que rodean al convento? ¿A quién podremos hacerle creer que esa vida sea más meritoria, más eficaz, más heroica que la del misionero o de la hermanita de los pobres? ¿A quién se lo haríamos creer?

Pues a nosotros, a los cristianos. A nosotros que, por vocación, aceptamos lo imposible. En un mundo donde los ricos son desgraciados y felices los que lloran, en un mundo en que lo que permanece oculto para los sabios se les revela a los pobres de espíritu, no podemos sorprendernos de que los más silenciosos e inmóviles puedan ser los más eficaces, y los más recluidos y aislados del peligro, resulten los más heroicos (...)

En cualquier cosa se puede creer a medias -lo cual viene a ser incluso una cierta definición de la inteligencia- pero en Cristo, en cambio, no se puede creer a medias (...) Ya veis que es imposible escapar. El cristianismo no es una religión de viejas sino de hombres hechos. Sería tan cómodo creer sólo a medias... Pero eso no vale. Hay que enfrentarse decididamente con un cierto número de verdades escandalosas. Y ésta es una de ellas precisamente: que la plegaria es más operante que la acción y que los conventos son tan útiles como los dispensarios por la sencilla razón de que el alma es más importante que el cuerpo.

Es muy conveniente para todos nosotros, muertos y vivos, cristianos o no, es muy bueno para todos -pues todos somos hijos de Dios- que los monjes y las monjas, mientras nosotros dormimos aún, recen en el frío y en la soledad. Nos beneficia mucho a todos, cardenales o ateos, que esos hombres y mujeres vayan llenando gota a gota, en su aislamiento, esa doble cisterna de agua viva de la que también depende lo que llamamos nuestra salvación y que nos permitirá la alegría de contemplar juntos a Cristo en toda su gloria, su justicia y su verdad. Es muy bueno para todos nosotros que mientras nos afanamos y hacemos nuestras cuentas, mientras que caemos en esa sutil trampa del «deber cumplido», unos hombres y unas mujeres restablezcan con sus oraciones el equilibrio de un mundo del que sólo se han apartado para abarcarlo mejor, de un modo total y sin distinguir ya entre círculos, clases ni naciones, sin esos límites tan frágiles que los hombres han impuesto a la Creación. Es muy saludable para nuestra alma que ellos estén en silencio mientras que nosotros discurseamos, que obedezcan mientras que nosotros creemos mandar y que la grave campana de los monasterios suene más fuerte, sin saberlo nosotros, que el timbre de nuestro teléfono.

¿Con qué derecho vamos a establecer un orden jerárquico entre el sacerdote y el monje si Dios se ha tomado el trabajo de llamarlos claramente por uno u otro camino? Asimismo, ¿cómo nos atreveríamos a juzgar inútil o parásito a uno de esos caminos sólo porque es más secreto, más exigente, más desnudo? ¿Qué sería el día sin la noche que lo separa del siguiente y nos permite reparar nuestras fuerzas? ¿O la primavera sin el invierno silencioso, en que la tierra descansa? ¿O la fruta sin el hueso que la perpetúa? ¿Y qué sería el hombre sin la mujer? Así, la Iglesia es doble; militante y de clausura, Iglesia de acción y de plegaria en donde el sacerdote de la misión obrera y la carmelita, hermanos que nos parecen tan distanciados, viven unidos bajo la mirada de Dios.

Es muy beneficioso para todo el mundo que el hijo del multimillonario y del general en jefe y el del gran político, le anuncien solemnemente a su padre que han elegido el Silencio, la Obediencia y la Pobreza y no ya que «renuncien» al mundo sino que se entreguen verdaderamente a él detrás de los muros infranqueables de un monasterio...

Gilbert Cesbron, ¡Soltad a Barrabás!, Ediciones Destino, 1976, pp. 40-43

domingo 18 de octubre de 2009

La petición de los hijos de Zebedeo

Homilía del domingo 18 de octubre de 2009 (XXIX del tiempo ordinario, ciclo B)

"El Evangelio de este domingo nos presenta a dos de los discípulos de Jesús, Santiago y Juan -los hijos de Zebedeo- formulando una petición, o más bien casi una orden, a Jesús: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. ¿Cómo reaccionaríais vosotros si uno de vuestros hijos os dijera “quiero que hagas lo que te voy a pedir”? Probablemente todos responderíamos algo así como: “lo haré si quiero”, o al menos, “lo haré si lo considero oportuno”. Desde luego no parece una forma adecuada de pedirle algo a Jesús, y sin embargo muchas veces es lo que hacemos con Dios; le decimos lo que debe hacer por nosotros.

Ahora bien, Jesús parece no ofenderse, ya que hay confianza entre los discípulos y Él. Entonces les pregunta: “¿Qué queréis que haga por vosotros?” A ver si por lo menos el contenido de la petición es justo. Pero fijaros, lo que le piden los dos hermanos, nada menos que Santiago y Juan, es “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. ¡Caramba! ¡El tráfico de influencias está ya presente en el Evangelio! Quieren llegar alto. Es lógica la reacción de los demás discípulos “que se indignaron contra Santiago y Juan”, no sabemos si porque se les habían adelantado en pedir este privilegio o porque les parecía indigno de un discípulo buscar el poder y el prestigio de esa manera.

Lo cierto es que los discípulos dan muestras de no haber comprendido el sentido de la realeza de Cristo. Pese al tiempo que llevan conviviendo estrechamente con Jesús no han entendido ni su mensaje, ni su Persona. Jesús, con paciencia pero también con firmeza les responde: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Jesús sabe que al trono de gloria, a la gloria del cielo se llega por la humildad, por la obediencia a la voluntad del Padre, por la entrega de la propia vida. Por eso les habla del cáliz... de la pasión -el cáliz que alzamos en la Eucaristía cada domingo-, que es su sangre derramada por amor; y les habla del bautismo por el que ha de pasar, también éste de sangre, el bautismo de la pasión, muerte y resurrección. Pero ellos no entienden. Todavía no han comprendido que el Hijo del hombre, el Buen Pastor, debe padecer y derramar su sangre por la redención de los hombres. Con una enorme audacia, hija de la ignorancia, afirman: “Lo somos”. “Somos capaces”. Jesús entonces les anticipa la participación en su mismo destino: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”. Los discípulos llegarán a la gloria, ciertamente, pero pasando por el martirio, por la entrega de sus vidas. Es la condición del discípulo, que no es más que su maestro.

Jesús aprovecha esta situación para dar una lección a sus amigos, y con ello nos alecciona también a nosotros. “Sabéis -les dice- que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Esto es lo que siempre diferenciará al cristianismo de cualquier filosofía, sistema político o ideología. Jesús invierte los valores. No es más grande el que domina, sino el que sirve. No es primero el que tiene el poder de oprimir, el más fuerte, sino el que más ama, el que más sirve a sus hermanos y a Dios. Es el ejemplo de los santos. Es el ejemplo de la liturgia.

Quizá alguno de vosotros se haya detenido un momento en estos días a leer un cartelillo que hay a la entrada de esta iglesia, aunque seguramente os haya pasado desapercibido. En él se dan las razones por las que los cristianos nos arrodillamos en misa en el momento de la consagración, cosa que no todos hacen, por una mala comprensión del gesto de arrodillarse. Recoge el cartel una frase de Benedicto XVI que dice: “Arrodillarse en adoración ante el Señor es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros los cristianos sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento”.

Es una afirmación revolucionaria. Nunca es el hombre más grande que cuando se arrodilla ante el Señor, cuando reconoce su fragilidad y su grandeza. Todo lo contrario de lo que sostenía Nietzsche, el profeta de la muerte de Dios, del nihilismo y del superhombre, quien creía que el cristianismo era la religión de los débiles, de los pusilánimes, de los resentidos. Pero hay que ser fuerte para reconocer la propia fragilidad, para luchar todos los días por la propia conversión. El único superhombre es Cristo, porque siendo hombre verdadero es a la vez Dios. Él es, como dice hoy la Carta a los Hebreos, “el sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios”. Él no es “incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”, pues “ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”.

Cristo, como decía la lectura del profeta Isaías fue “triturado con el sufrimiento” y entregó su vida “como expiación”. Pero “verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano”. La descendencia de Cristo la vemos todos los días en la vida de la Iglesia. La veíamos el pasado viernes en la Vigilia de Oración por la Vida que presidía en esta Catedral nuestro Obispo, D. Juan Antonio. La vimos ayer en el clamor, pacífico pero profético, de un pueblo que afirma la vida, que defiende a la mujer, que respeta y apoya la maternidad. La vemos también -hoy, día del Domund- en los miles de misioneros y misioneras que anuncian incansablemente el Evangelio en los cinco continentes, sirviendo al hombre, a su promoción integral. Como nos recuerda el Papa en su Mensaje de este año para el Domund: “La Iglesia no actúa para extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo”. Y afirma también: “La misión de la Iglesia es la de ‘contagiar’ de esperanza a todos los pueblos”. Somos “germen de esperanza”.

“El Señor ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra”, hemos cantado con el salmista. Que luchemos incansablemente por la justicia y el derecho, oponiéndonos siempre -de manera pacífica- a las leyes injustas, a las situaciones de violencia hacia la mujer embarazada y hacia la vida humana en el seno materno, hacia toda forma de violencia o de injusticia. Que, como nos exhortaba nuestro Pastor en la Vigilia del viernes pasado, promovamos la cultura de la vida, no juzguemos nunca a quien sufre los errores y la violencia de esta sociedad, y ejercitemos la misericordia con todos. El más fuerte es el que ama más, el que abraza más, el que no se resigna al mal. Que la Virgen María, nuestra Señora del Val, nos alcance la gracia de ser verdaderos discípulos de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Así sea".

Juan Miguel Prim