Tras su experiencia en el Monasterio, van der Meer y su mujer viajan por Italia. Allí descubren un arte espléndido nacido de la fe cristiana, y se sorprenden por la unidad de vida de los hombres que lo generaron:
"Me es imposible separar el presente del pasado, mi imaginación ve la vida de siglos atrás como una realidad, y me siento contemporáneo del Giotto, de Dante; me represento entre la jubilosa multitud que acompaña a la Madonna del Cimabue desde el taller de éste hasta Santa María Novella; asisto a las fiestas, participo en la lucha siempre exaltada entre güelfos y gibelinos; esos siglos idos están para mí más vivientes que todo el ruido vano de hoy. ¡Qué vehemencia magnífica, qué estilo, qué ardiente belleza descubro en ellos!
Los hombres de nuestra época con sus blandas costumbres y el tonto orgullo de su universalidad y de su "amplia comprensión", si los comparo con esas almas simples pero ¡cuán luminosas! de la Edad Media, se me aparecen como tristes sombras, como pobres y tímidos fantasmas. ¡A qué miseria quedamos reducidos, con nuestro eclecticismo presuntuoso, cuando pensamos en el robusto fervor de esos seres, en su actividad apasionada tanto en el bien como en el mal! Había grandeza en las buenas acciones y hasta en los crímenes. y además, por sobre el tumulto salvaje de esos siglos formidables, siento siempre el pensamiento de Dios, ya oculto, ya ardiente, pero siempre activo y quemante. A pesar de las discordias y de los desgarramientos, había una unidad; porque la fe estaba viva y lo penetraba todo; el arte estaba totalmente animado e impulsado por ella. Los hombres creían, conocían a Jesús y sabían por qué vino a este mundo; honraban a María y a los Santos, y cada hecho de, sus Vidas, cada leyenda, narrada con palabras o con imágenes, era para sus almas un trampolín espiritual para subir hasta Dios. En ciertos momentos sus corazones palpitaban de dolor, de amor y de la más intensa compasión por el Hijo de Dios que había dado su sangre y que se había dejado clavar en la Cruz por ellos. Se sabían dueños de un alma, creada a imagen de Dios, y cuyo último fin es el de contemplarle por toda la eternidad en el Paraíso celestial.
En la construcción de sus iglesias, en los frescos, en los himnos y en los cuadros, en la música y en los más bellos cuentos y leyendas, en todo el arte medieval, ¡con cuánta fuerza repercute ese deseo, esa gloriosa nostalgia! No puedo saciarme de contemplar los primitivos que veo por primera vez, Cimabue, el Giotto, Orcagna y otros. Encuentro en su arte una concepción más vasta, una aspiración más profunda, más mística que en el de nuestros primitivos del Norte. Me obligan a pensar que los acontecimientos han sucedido tal como ellos los representan, su sueño se me convierte en realidad. Su piedad intensa, sencilla, fuerte, me conmueve hasta las lágrimas. Mi espíritu es transportado muy lejos por este arte; él me hace presentir cosas que me es imposible nombrar, me abre un mundo que no puedo expresar, y algo análogo me ocurre con la liturgia de la Iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 70-71.
martes 7 de julio de 2009
lunes 6 de julio de 2009
Debes estar a la espera
Pero la fe se impone sobre las dudas e incertidumbres. En el silencio de la noche se le concede al autor de Nostalgia de Dios ver el mundo y a los hombres como los ve Dios, y se le invita a esperar con confianza:
"Noche y silencio. Después, clara como si fuese de plata, suena la campana de la iglesia. Contra los ventanales se acoda la noche. Respiro el silencio. Por un ventanuco veo las estrellas lejanas, inaccesibles; esta noche brillan en forma extraña en las profundidades del cielo... Entre la sillería del coro hay algunas lámparas encendidas, pero las bóvedas y el fondo de la capilla donde están los hermanos se hunden en la penumbra...
El mundo duerme, y aquí, delante mío, en este espacio débilmente iluminado hay hombres que velan, cantan y oran. ¿Soy yo el que se equivoca? ¿Son ellos los locos? El canto sonoro y monótono de los salmos transporta mi alma... Me es imposible expresar lo que siento; es nostalgia y es felicidad, y otras cosas completamente distintas. Palpo un mundo que no está en ninguna parte; comprendo cosas que no puedo nombrar.
De pronto la música me abandona; y entonces caigo y yazgo perdido, como despojo en una costa desierta. En torno mío el silencio está de rodillas, con millares de manos extendidas y millares de bocas que oran. Al mismo tiempo contemplo las ciudades del mundo en la noche, veo rondar la miseria, el sufrimiento y los pecados por los caminos y por las habitaciones de los hombres. Escucho el lamento de los desdichados y veo también los claustros y se me figuran haces de luz purísima en la desesperante noche. Son las bocas de la humanidad que expresan lo que hay de más bello y de más profundo en el mundo; son como montañas que realizan el anhelo de los valles...
He entrevisto un abismo en las alturas, como un vórtice luminoso que me enceguecía. Ahora pienso en la fe, y comprendo que es necesario apartar de nuestro espíritu la duda y las vanas preguntas. Me parece escuchar una voz que me dice: Conserva puros tus pensamientos y estate siempre alerta. Porque el Espíritu puede venir tanto en el momento más negro de tu desesperación como cuando te encuentres en la cúspide de tu felicidad. Él sabe cuándo puede entrar en tu corazón. Debes estar a la espera".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 67-68.
"Noche y silencio. Después, clara como si fuese de plata, suena la campana de la iglesia. Contra los ventanales se acoda la noche. Respiro el silencio. Por un ventanuco veo las estrellas lejanas, inaccesibles; esta noche brillan en forma extraña en las profundidades del cielo... Entre la sillería del coro hay algunas lámparas encendidas, pero las bóvedas y el fondo de la capilla donde están los hermanos se hunden en la penumbra...
El mundo duerme, y aquí, delante mío, en este espacio débilmente iluminado hay hombres que velan, cantan y oran. ¿Soy yo el que se equivoca? ¿Son ellos los locos? El canto sonoro y monótono de los salmos transporta mi alma... Me es imposible expresar lo que siento; es nostalgia y es felicidad, y otras cosas completamente distintas. Palpo un mundo que no está en ninguna parte; comprendo cosas que no puedo nombrar.
De pronto la música me abandona; y entonces caigo y yazgo perdido, como despojo en una costa desierta. En torno mío el silencio está de rodillas, con millares de manos extendidas y millares de bocas que oran. Al mismo tiempo contemplo las ciudades del mundo en la noche, veo rondar la miseria, el sufrimiento y los pecados por los caminos y por las habitaciones de los hombres. Escucho el lamento de los desdichados y veo también los claustros y se me figuran haces de luz purísima en la desesperante noche. Son las bocas de la humanidad que expresan lo que hay de más bello y de más profundo en el mundo; son como montañas que realizan el anhelo de los valles...
He entrevisto un abismo en las alturas, como un vórtice luminoso que me enceguecía. Ahora pienso en la fe, y comprendo que es necesario apartar de nuestro espíritu la duda y las vanas preguntas. Me parece escuchar una voz que me dice: Conserva puros tus pensamientos y estate siempre alerta. Porque el Espíritu puede venir tanto en el momento más negro de tu desesperación como cuando te encuentres en la cúspide de tu felicidad. Él sabe cuándo puede entrar en tu corazón. Debes estar a la espera".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 67-68.
El orden, la paz... y la muerte
Tras haber asistido al rezo de Maitines con los monjes -en plena noche- van der Meer regresa a su celda y se pregunta por el sentido de lo que acaba de vivir:
"Estoy solo, me siento en una silla, quisiera reflexionar. La vida me parece incomprensible. Si Dios no existe, si Él no es más que la invención del deseo del hombre, una visión que le ha sido sugerida por la desesperación que le provoca su espantosa soledad, entonces, ¿no es acaso una locura, un crimen, encerrarse así, privarse voluntariamente de los goces y de las bellezas de la vida, y dedicarse a adorar y a exaltar una cosa inexistente?
Pero, sin embargo, aquí siento el orden y la paz; la atención está dirigida hacia el alma, hacia lo que es interior, hacia lo eterno. Y la vida, la pretendida vida que nos tiene asidos a mí y a casi todos los hombres, y que nos empuja a ciegas, es una fuerza caótica; vivimos para las cosas exteriores, para saciar todos nuestros deseos; nos contentamos con lo transitorio. Buscamos aturdirnos, porque en el fondo tenemos miedo, porque al final de todas las aventuras está la muerte. Tengo fiebre, pienso en mi propia vida, en las estrellas, en la belleza, en los monjes que, muy cerca mío, descansan al otro lado del muro; pienso en el poder de la fe y luego en la duda que todo lo destruye. No encuentro un sostén en parte alguna, todo escapa a mi comprensión, hasta que surge en mi cerebro este pensamiento: la única certidumbre es la muerte. Y con nueva fuerza me abruman todos los misterios".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 66.
"Estoy solo, me siento en una silla, quisiera reflexionar. La vida me parece incomprensible. Si Dios no existe, si Él no es más que la invención del deseo del hombre, una visión que le ha sido sugerida por la desesperación que le provoca su espantosa soledad, entonces, ¿no es acaso una locura, un crimen, encerrarse así, privarse voluntariamente de los goces y de las bellezas de la vida, y dedicarse a adorar y a exaltar una cosa inexistente?
Pero, sin embargo, aquí siento el orden y la paz; la atención está dirigida hacia el alma, hacia lo que es interior, hacia lo eterno. Y la vida, la pretendida vida que nos tiene asidos a mí y a casi todos los hombres, y que nos empuja a ciegas, es una fuerza caótica; vivimos para las cosas exteriores, para saciar todos nuestros deseos; nos contentamos con lo transitorio. Buscamos aturdirnos, porque en el fondo tenemos miedo, porque al final de todas las aventuras está la muerte. Tengo fiebre, pienso en mi propia vida, en las estrellas, en la belleza, en los monjes que, muy cerca mío, descansan al otro lado del muro; pienso en el poder de la fe y luego en la duda que todo lo destruye. No encuentro un sostén en parte alguna, todo escapa a mi comprensión, hasta que surge en mi cerebro este pensamiento: la única certidumbre es la muerte. Y con nueva fuerza me abruman todos los misterios".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 66.
Música que revela una presencia muy dulce
Van der Meer es invitado por un amigo a pasar unos días en un Monasterio trapense. Junto al silencio le conmueve el canto litúrgico en el que participa por primera vez:
"Yo escuchaba inmóvil. Todo era tan nuevo, tan absolutamente desconocido para mí. Jamás hubiera creído posible que existiesen aún en nuestros días hombres que consagran su vida íntegra a la oración y al culto de un Dios.
De pronto se entonaron los Salmos. El canto de los versículos salmodiados ondulaba como las olas poderosas y sonoras del mar; mi alma se sentía arrastrada por el oleaje de ese coro de voces masculinas, hacia un inmenso espacio luminoso. Escuchaba, escuchaba con todo mi ser... cuando después de un breve silencio una voz entonó la Salve. Me estremezco, me arrebujo en mi emoción. Esa magnífica antífona, esa plegaria cantada, sube y baja siguiendo un ritmo grandioso muy sencillo y muy grave. Me impresiona la ausencia de pasión, de sensualidad, en esa maravillosa música; ella no despierta en mí la inquietud ni todas las angustias que en mí se albergan; me hace un bien inmenso, me cura. Sus notas giran como un vuelo de pájaros gloriosos. Y sin embargo, ¡qué gravedad, qué indecible nostalgia vibra en ella! Música que revela una presencia muy fuerte y muy dulce, y lleva en sí un evidente resplandor de la divina luz".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 65.
"Yo escuchaba inmóvil. Todo era tan nuevo, tan absolutamente desconocido para mí. Jamás hubiera creído posible que existiesen aún en nuestros días hombres que consagran su vida íntegra a la oración y al culto de un Dios.
De pronto se entonaron los Salmos. El canto de los versículos salmodiados ondulaba como las olas poderosas y sonoras del mar; mi alma se sentía arrastrada por el oleaje de ese coro de voces masculinas, hacia un inmenso espacio luminoso. Escuchaba, escuchaba con todo mi ser... cuando después de un breve silencio una voz entonó la Salve. Me estremezco, me arrebujo en mi emoción. Esa magnífica antífona, esa plegaria cantada, sube y baja siguiendo un ritmo grandioso muy sencillo y muy grave. Me impresiona la ausencia de pasión, de sensualidad, en esa maravillosa música; ella no despierta en mí la inquietud ni todas las angustias que en mí se albergan; me hace un bien inmenso, me cura. Sus notas giran como un vuelo de pájaros gloriosos. Y sin embargo, ¡qué gravedad, qué indecible nostalgia vibra en ella! Música que revela una presencia muy fuerte y muy dulce, y lleva en sí un evidente resplandor de la divina luz".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 65.
Aquel viernes en el Gólgota
La atracción del catolicismo, decía en el texto anterior; y ahora la percepción del acontecimiento único de la Pasión y Muerte de Cristo. ¡No estás lejos del Reino de los Cielos!:
"En la Vulgata que poseo desde hace algún tiempo he leído la Pasión según San Lucas. No sé ni cómo ni por qué, pero el incomprensible acontecimiento de aquel Viernes en el Gólgota se me apareció como el centro, como el eje de la eternidad. Presentía como por inspiración que en el Gólgota, en el espacio entre la hora sexta y la hora nona -mientras que las tinieblas cubren toda la tierra-, se encuentra la luz que aclara todos los misterios a quienes recibieron el don de ver. El universo fue creado con el fin de que se pudiera realizar aquel acontecimiento único: la Crucifixión y Muerte del Hombre-Dios. Verdaderamente la Biblia es un libro extraordinario".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 61.
"En la Vulgata que poseo desde hace algún tiempo he leído la Pasión según San Lucas. No sé ni cómo ni por qué, pero el incomprensible acontecimiento de aquel Viernes en el Gólgota se me apareció como el centro, como el eje de la eternidad. Presentía como por inspiración que en el Gólgota, en el espacio entre la hora sexta y la hora nona -mientras que las tinieblas cubren toda la tierra-, se encuentra la luz que aclara todos los misterios a quienes recibieron el don de ver. El universo fue creado con el fin de que se pudiera realizar aquel acontecimiento único: la Crucifixión y Muerte del Hombre-Dios. Verdaderamente la Biblia es un libro extraordinario".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 61.
Visitando Notre-Dame de París
Van der Meer visita la Catedral de París. Como les ha pasado a tantas personas a lo largo de la historia, la Catedral -obra de la fe de un pueblo erigida para Dios- le sobrecoge. He aquí sus reflexiones:
"Ayer al mediodía fui solo a Notre-Dame; vagué durante horas por la iglesia, admirando el contorno del coro con sus hermosas imágenes, los viejos vitrales, la bóveda, y luego me senté en un lugar de donde podía ver la lamparilla que arde ante el altar y que para los fieles significa que Jesús está allí... La iglesia estaba casi desierta. Desde las altas bóvedas donde se concentraba la sombra, descendía una deliciosa paz sobre mi alma inquieta. En mí se sucedían innumerables pensamientos e imágenes. Miraba la luz entre las columnas y los arcos ojivales que se juntan como manos en oración; mis ojos reflejaban el incendio del rosetón y de los vitrales. Mi alma se estremecía hasta lo más hondo, con todos los ensueños y deseos a los que no puedo darles un nombre, y que me causan tristeza y alegría.
Lo que me llama singularmente la atención es que cada forma es la vestidura de un pensamiento. Comprendo la coherencia interior, el lazo entre la belleza visible y el mundo espiritual. El creyente, para quien cada forma es el símbolo de una realidad viviente, tiene que sentir una fuerte impresión ante una iglesia como ésta; en cuanto a mí, me siento conmovido hasta lo más hondo del ser, y pienso en la fe católica que tan poderosamente ha animado el arte gótico. Admiro al catolicismo, desearía conocerlo mejor".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 52.
"Ayer al mediodía fui solo a Notre-Dame; vagué durante horas por la iglesia, admirando el contorno del coro con sus hermosas imágenes, los viejos vitrales, la bóveda, y luego me senté en un lugar de donde podía ver la lamparilla que arde ante el altar y que para los fieles significa que Jesús está allí... La iglesia estaba casi desierta. Desde las altas bóvedas donde se concentraba la sombra, descendía una deliciosa paz sobre mi alma inquieta. En mí se sucedían innumerables pensamientos e imágenes. Miraba la luz entre las columnas y los arcos ojivales que se juntan como manos en oración; mis ojos reflejaban el incendio del rosetón y de los vitrales. Mi alma se estremecía hasta lo más hondo, con todos los ensueños y deseos a los que no puedo darles un nombre, y que me causan tristeza y alegría.
Lo que me llama singularmente la atención es que cada forma es la vestidura de un pensamiento. Comprendo la coherencia interior, el lazo entre la belleza visible y el mundo espiritual. El creyente, para quien cada forma es el símbolo de una realidad viviente, tiene que sentir una fuerte impresión ante una iglesia como ésta; en cuanto a mí, me siento conmovido hasta lo más hondo del ser, y pienso en la fe católica que tan poderosamente ha animado el arte gótico. Admiro al catolicismo, desearía conocerlo mejor".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 52.
Algo más bello que nuestro mismo amor
El hombre se justifica a sí mismo con pasmosa facilidad, y cuanto más inteligente es, más fácilmente puede mentirse a sí mismo con razones adaptadas a su propio temperamento o trayectoria vital. Pero sólo puede hacerlo al precio de reducir su deseo: las últimas líneas de este texto desvelan la posición auténtica del corazón humano, la estatura de nuestro verdadero deseo:
"Mis camaradas y amigos, como la generalidad de los hombres, se han fabricado -cuando no son miembros de alguna secta- una especie de sistema filosófico que cuidan de poner en perfecta armonía con su propio temperamento; y de esa manera tienen siempre preparados uno o muchos argumentos para explicar y defender cualquier mala acción. Uno pretende esto; otro, aquello; un tercero tiene opiniones diametralmente opuestas a las del primero; otro zigzaguea hábilmente entre todas las dificultades, y logra que su alma tranquila se pasee por la ancha senda del justo medio. Pero yo nada hago; sigo viviendo, y espero junto con Cristina la llegada de algo que será más bello que nuestro mismo amor, y que debe ser eterno".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 48.
"Mis camaradas y amigos, como la generalidad de los hombres, se han fabricado -cuando no son miembros de alguna secta- una especie de sistema filosófico que cuidan de poner en perfecta armonía con su propio temperamento; y de esa manera tienen siempre preparados uno o muchos argumentos para explicar y defender cualquier mala acción. Uno pretende esto; otro, aquello; un tercero tiene opiniones diametralmente opuestas a las del primero; otro zigzaguea hábilmente entre todas las dificultades, y logra que su alma tranquila se pasee por la ancha senda del justo medio. Pero yo nada hago; sigo viviendo, y espero junto con Cristina la llegada de algo que será más bello que nuestro mismo amor, y que debe ser eterno".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 48.
lunes 29 de junio de 2009
El tesoro más bello y sagrado del hombre
Denuncia van der Meer la actitud provocativa -tan de moda- de quienes con sarcástica ironía juegan con las cosas más valiosas del ser humano, sus ideales, sus deseos... Pero, ¿a quién provocan en verdad? En realidad lo que hacen es poner de manifiesto su impotencia: como no alcanzan las uvas dicen que están verdes...
"Ese autor lo contempla todo con esa actitud tan moderna de espíritu que es la ironía, o sea, burlarse dolorosamente de sí mismo y de todas las cosas, con una sonrisa escéptica y triste. Él se crea un ensueño, pero al instante sonríe con sarcasmo finamente atroz, y destroza su ensueño entre sus dedos temblorosos, como si fuese una copa de fino cristal. Altivo, provocador -pero, ¿a quién provoca?-, se ríe de todos los ideales, no cree en nada; mas no logra ser feliz al jugar con las cosas que son el tesoro más bello y sagrado del hombre, y al destruirlas como objetos viles y sin valor. Ese juego doloroso, esa miseria, esa impotencia, exasperan en uno la nostalgia espiritual..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 47.
"Ese autor lo contempla todo con esa actitud tan moderna de espíritu que es la ironía, o sea, burlarse dolorosamente de sí mismo y de todas las cosas, con una sonrisa escéptica y triste. Él se crea un ensueño, pero al instante sonríe con sarcasmo finamente atroz, y destroza su ensueño entre sus dedos temblorosos, como si fuese una copa de fino cristal. Altivo, provocador -pero, ¿a quién provoca?-, se ríe de todos los ideales, no cree en nada; mas no logra ser feliz al jugar con las cosas que son el tesoro más bello y sagrado del hombre, y al destruirlas como objetos viles y sin valor. Ese juego doloroso, esa miseria, esa impotencia, exasperan en uno la nostalgia espiritual..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 47.
domingo 28 de junio de 2009
Siento en mí ambas posibilidades
Cita van der Meer una conversación acerca del bien y del mal. Hay quien rechaza cualquier valoración moral de los actos humanos, proponiendo únicamente la búsqueda de la satisfacción individual:
"Hay que burlarse de todo y de todo el mundo, y para conquistar algo que haga la vida digna de ser vivida -aunque sea por unos instantes- obrar con cinismo y hasta con crueldad.
Es extraño que puedan pensarse semejantes paradojas, y es aún más extraño y aterrador que tales teorías nihilistas sean puestas en práctica por ciertos individuos que no retroceden ante ninguna consecuencia, mientras hay otros hombres absorbidos enteramente por el amor de Dios. En mí siento ambas posibilidades".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, pp. 46-47.
"Hay que burlarse de todo y de todo el mundo, y para conquistar algo que haga la vida digna de ser vivida -aunque sea por unos instantes- obrar con cinismo y hasta con crueldad.
Es extraño que puedan pensarse semejantes paradojas, y es aún más extraño y aterrador que tales teorías nihilistas sean puestas en práctica por ciertos individuos que no retroceden ante ninguna consecuencia, mientras hay otros hombres absorbidos enteramente por el amor de Dios. En mí siento ambas posibilidades".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, pp. 46-47.
Dios no creó la muerte
A propósito de la cita anterior sale a nuestro encuentro la primera lectura de la misa de este domingo. ¡Qué afirmación tan neta y tan decisiva! Dios no es cruel con sus criaturas:
"Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella".
Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24.
¿Verdad o espejismo?
Nueva cita de Nostalgia de Dios. Ha muerto el padre de Marta, la mujer de Pieter van der Meer, autor del diario. Anota éste:
"Esta noche ha muerto repentinamente el padre de Marta... No puedo desprenderme de la visión de ese muerto. Se había acostado como todas las noches. Mientras dormía se dio vuelta en la cama, suspiró profundamente y murió. Entonces, ¿qué significa esta vida a cuyo final se encuentra el inmenso abismo negro donde unos después de otros van cayendo lo hombres, como pesadas piedras, para desaparecer por siempre?
Si el alma no es inmortal, ¡es realmente un absurdo tomar la vida en serio! ¡Oh, poseer la indestructible certidumbre de la fe!
Pero, ¿acaso no son las religiones sueños hermosos, mentiras consoladoras, con los que nos deslumbramos por temor de la atroz realidad, a los que nos aferramos frente a la terrible noticia de la muerte? ¿Contienen la verdad o sólo se trata de un espejismo? Estos enigmas me obsesionan. ¿Dónde podré encontrar la verdad?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 45.
"Esta noche ha muerto repentinamente el padre de Marta... No puedo desprenderme de la visión de ese muerto. Se había acostado como todas las noches. Mientras dormía se dio vuelta en la cama, suspiró profundamente y murió. Entonces, ¿qué significa esta vida a cuyo final se encuentra el inmenso abismo negro donde unos después de otros van cayendo lo hombres, como pesadas piedras, para desaparecer por siempre?
Si el alma no es inmortal, ¡es realmente un absurdo tomar la vida en serio! ¡Oh, poseer la indestructible certidumbre de la fe!
Pero, ¿acaso no son las religiones sueños hermosos, mentiras consoladoras, con los que nos deslumbramos por temor de la atroz realidad, a los que nos aferramos frente a la terrible noticia de la muerte? ¿Contienen la verdad o sólo se trata de un espejismo? Estos enigmas me obsesionan. ¿Dónde podré encontrar la verdad?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 45.
Demasiado pequeño para mi alma
Hace mucho que no cito el libro Nostalgia de Dios, de van der Meer. Ahora que tengo un poco más de tiempo me propongo transcribir nuvos párrafos. Recordemos que en esta obra el autor narra el itinerario de su conversión, de su encuentro con Cristo gracias a testigos cristianos. Sus páginas son sinceras, profundas, literariamente bellas. Antes de su adhesión a la Iglesia lo que llena su alma es una indecible nostalgia:
"Es de noche a bordo. El mar es una masa oscura aparte del halo luminoso que rodea al navío. Éste avanza tranquilo y seguro hacia el puerto lejano. Mis ojos escrutan los horizontes de la noche impenetrable. Pero no me sacia el espectáculo del espacio; mi alma se sofoca en los límites de lo visible, y yo quisiera impulsarla más allá del mundo real, pero ignoro el camino. Ella no tiende ni hacia las estrellas, ni hacia las profundidades del mar; todo eso tiene una medida, y es, por lo tanto, demasiado pequeño para mi alma. La siento en mí más grande que el vasto mundo; no la sacia ni todo lo que ven mis ojos, ni todo lo que conoce mi inteligencia. Solloza en mi interior con indecible nostalgia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 38.
"Es de noche a bordo. El mar es una masa oscura aparte del halo luminoso que rodea al navío. Éste avanza tranquilo y seguro hacia el puerto lejano. Mis ojos escrutan los horizontes de la noche impenetrable. Pero no me sacia el espectáculo del espacio; mi alma se sofoca en los límites de lo visible, y yo quisiera impulsarla más allá del mundo real, pero ignoro el camino. Ella no tiende ni hacia las estrellas, ni hacia las profundidades del mar; todo eso tiene una medida, y es, por lo tanto, demasiado pequeño para mi alma. La siento en mí más grande que el vasto mundo; no la sacia ni todo lo que ven mis ojos, ni todo lo que conoce mi inteligencia. Solloza en mi interior con indecible nostalgia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 38.
domingo 14 de junio de 2009
De nosotros depende...
Corpus Christi. Eucaristía e Iglesia. Nosotros, que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, somos su Cuerpo en la historia, su Presencia. Es un milagro, como escribía Péguy:
«Milagro de milagros, hija mía, misterio de misterios.
Porque Jesucristo se hizo nuestro hermano carnal
Porque pronunció temporal y carnalmente las palabras eternas
In monte, en la montaña,
Se nos ha dado a nosotros débiles,
Depende de nosotros, débiles y carnales,
El hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo
Esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo.
Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio,
Ese privilegio increíble, exorbitante,
De conservar vivas las palabras de vida,
De alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón
Estas palabras que sin nosotros caerían descarnadas.
[...]
Oh miseria, oh dicha, de nosotros depende,
Temblor de gozo,
Nosotros que no somos nada, que pasamos en la tierra unos años de nada,
Unos pobres años miserables,
(Nosotros almas inmortales),
Oh riesgo, peligro de muerte, estamos encargados,
Nosotros que no podemos nada, que no somos nada,
que no estamos seguros del mañana,
Ni del hoy mismo, que nacemos y morimos como criaturas de un día,
Que pasamos como mercenarios,
Precisamente nosotros estamos encargados,
Nosotros que en la mañana no estamos seguros de la tarde,
Ni aún del mediodía,
Y que en la tarde no estamos seguro de la mañana,
De mañana en la mañana,
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados, sólo de nosotros depende
El asegurar a las Palabras una segunda eternidad
Eterna.
Una perpetuidad singular.
Nos corresponde, de nosotros depende asegurar las palabras
Una perpetuidad eterna, una perpetuidad carnal,
Una perpetuidad alimentada de carne, de grasa y de sangre.
Nosotros que no somos nada, que no duramos,
Que no duramos por así decir nada
(Sobre la tierra)
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados
de conservar y de alimentar eternas
En la tierra
Las palabras dichas, la palabra de Dios».
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid 1989, pp. 78-80.
«Milagro de milagros, hija mía, misterio de misterios.
Porque Jesucristo se hizo nuestro hermano carnal
Porque pronunció temporal y carnalmente las palabras eternas
In monte, en la montaña,
Se nos ha dado a nosotros débiles,
Depende de nosotros, débiles y carnales,
El hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo
Esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo.
Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio,
Ese privilegio increíble, exorbitante,
De conservar vivas las palabras de vida,
De alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón
Estas palabras que sin nosotros caerían descarnadas.
[...]
Oh miseria, oh dicha, de nosotros depende,
Temblor de gozo,
Nosotros que no somos nada, que pasamos en la tierra unos años de nada,
Unos pobres años miserables,
(Nosotros almas inmortales),
Oh riesgo, peligro de muerte, estamos encargados,
Nosotros que no podemos nada, que no somos nada,
que no estamos seguros del mañana,
Ni del hoy mismo, que nacemos y morimos como criaturas de un día,
Que pasamos como mercenarios,
Precisamente nosotros estamos encargados,
Nosotros que en la mañana no estamos seguros de la tarde,
Ni aún del mediodía,
Y que en la tarde no estamos seguro de la mañana,
De mañana en la mañana,
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados, sólo de nosotros depende
El asegurar a las Palabras una segunda eternidad
Eterna.
Una perpetuidad singular.
Nos corresponde, de nosotros depende asegurar las palabras
Una perpetuidad eterna, una perpetuidad carnal,
Una perpetuidad alimentada de carne, de grasa y de sangre.
Nosotros que no somos nada, que no duramos,
Que no duramos por así decir nada
(Sobre la tierra)
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados
de conservar y de alimentar eternas
En la tierra
Las palabras dichas, la palabra de Dios».
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid 1989, pp. 78-80.
sábado 6 de junio de 2009
Himno a la Trinidad
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.
Primeras vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.
Primeras vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
Trinidad e Iglesia
Interesante afirmación de Tertuliano, autor eclesiástico africano, que vivió entre el siglo II y III. La Iglesia es el cuerpo de la Trinidad, su realización histórica, contingente pero real:
"Pues allí donde hay tres, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres".
Tertuliano, De baptismo, VI, 2.
es el cuerpo de los tres»6.
Tertuliano, De baptismo, VI, 2.
Contemplar la Trinidad
Domingo de la Santísima Trinidad. Misterio de unidad y de comunión. La unidad en la Iglesia -imagen de la Trinidad- no es uniformidad, sino comunión de personas diversas en la unidad del mismo amor. Y el mundo está llamado a convertirse en Iglesia. San Sergio, monje ruso del siglo XIV, escribe:
"Contemplando la Santísima Trinidad lograremos vencer la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
"Contemplando la Santísima Trinidad lograremos vencer la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
sábado 30 de mayo de 2009
La Iglesia habla todos los idiomas
Pentecostés. El Espíritu Santo hizo que los discípulos de Jesús hablaran en todas las lenguas. Pero el milagro continúa:
"Si alguien dijera a uno de vosotros: Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todos los idiomas?, deberás responderle: Es cierto que hablo todos los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla todos".
Autor africano del siglo VI.
"Si alguien dijera a uno de vosotros: Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todos los idiomas?, deberás responderle: Es cierto que hablo todos los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla todos".
Autor africano del siglo VI.
lunes 25 de mayo de 2009
No dejéis de rezar
Transcribo un poema largo de Andrés Trapiello -poeta leonés nacido en 1952- uno de los grandes de nuestra poesía actual. En él se refleja la experiencia de muchas personas, educadas en una fe cristiana que han ido perdiendo por el camino, una fe reducida con frecuencia a su etapa infantil, pero que en momentos de zozobra hace subir de nuevo a los labios las palabras del Ave María. Las oraciones aprendidas de pequeños, los gestos enseñados por nuestros abuelos o nuestros padres, las catequesis de los primeros años, el amor a la Virgen... son todavía para algunos hoy el terreno hondo desde el que retomar la fe, una fe que necesita hacerse adulta, para no quedarnos en la nostalgia de la infancia perdida, de la inocencia de nuestros primeros años. Es necesario vencer la vergüenza de rezar:
VIRGEN DEL CAMINO
Estas noches de invierno hace frío en la casa,
los techos son muy altos y las paredes viejas,
cierran mal los balcones y la ventisca entra
hasta la misma cama donde espero
a que me venza el sueño y a que el sueño
me arrebate de golpe el libro de las manos,
y así, sobresaltado, me despierto
en medio de las sombras.
Y es entonces cuando comienzo un rito,
un viejo rito íntimo, igual todas las noches:
rezo un avemaría mentalmente.
Durante muchos años esto me avergonzaba.
«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.
Eres un hombre ya, no crees hace mucho
que el destino del hombre obedezca a unas leyes
divinas ni que el orbe, engastado de estrellas
en las ruedas del sol y de la luna,
sea la maquinaria de un reloj,
al que un ser bondadoso
da cuerda cada noche en su vasto castillo,
esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada
y Bergson llamó Tiempo.
Es tarde para ti, me digo. Déjales
esa oración a otros, a tus hijos tal vez,
ignorantes aún de lo que sean
las palabras antiguas del arcángel
que anunciaron el Verbo y su silencio
en misterioso griego, según cuenta san Lucas.
No pienses otra cosa. Estás cansado.
Ya es bastante de un día
conocer su final y conocerlo en paz.
Deja, pues, de rezar. Ese viático
no puedes usurparlo, porque, di,
¿de qué te serviría? De qué sirve una llave
de la que no sabemos a dónde pertenece».
Son razones que habré dicho mil veces,
pero al llegar la noche,
me acuerdo de otras noches
y el frío de mis pies entre las sábanas
es un frío de infancia, de internado,
cuando oía a mi lado el dulce respirar
en otras camas, y en el cristal la escarcha.
Y al recordar aquellas ya lejanas
noches de la meseta, tan largas,
oscuras y sin fondo,
recuerdo las palabras de los frailes:
«La Virgen del Camino guiará vuestros pasos
dondequiera que estéis.
No dejéis de rezarle y el camino
no será tan difícil. Será para vosotros
linterna en alta mar o una noche de luna».
Y recuerdo que yo, para dormirme,
imaginaba, acurrucado,
debajo de las mantas que pesaban
pero que calentaban poco,
sin moverme siquiera de la parte más tibia
que había caldeado con esfuerzo,
incluso con mi aliento, imaginaba, digo,
qué sería de mí y qué lejanos mares
habría de cruzar, qué extrañas tierras.
Otras veces pensaba si la muerte
habría de llegarme
como a aquel que labrando
un buen día su viña, ni siquiera
de recoger su manto tuvo tiempo,
o en medio de una fiesta, o en el sueño...
AI llegar a este punto
recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,
de modo que mis labios desgranaban
aquel Ave, Maria, gratia plena,
con el que yo me hacía
m lecho de hojas secas,
y luego me dormía... para llegar,
muchos años después,
a noches como ésta,
noches frías de invierno
donde a solas conmigo voy pensando
y dejando en mi boca, una a una,
las palabras antiguas
de la Salutación, como si fueran
el óbolo que habrá de franquearme
los portales del manto hospitalario
que unos llamaron Tiempo
y otros llamaron Nada”.
Andrés Trapiello.
VIRGEN DEL CAMINO
Estas noches de invierno hace frío en la casa,
los techos son muy altos y las paredes viejas,
cierran mal los balcones y la ventisca entra
hasta la misma cama donde espero
a que me venza el sueño y a que el sueño
me arrebate de golpe el libro de las manos,
y así, sobresaltado, me despierto
en medio de las sombras.
Y es entonces cuando comienzo un rito,
un viejo rito íntimo, igual todas las noches:
rezo un avemaría mentalmente.
Durante muchos años esto me avergonzaba.
«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.
Eres un hombre ya, no crees hace mucho
que el destino del hombre obedezca a unas leyes
divinas ni que el orbe, engastado de estrellas
en las ruedas del sol y de la luna,
sea la maquinaria de un reloj,
al que un ser bondadoso
da cuerda cada noche en su vasto castillo,
esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada
y Bergson llamó Tiempo.
Es tarde para ti, me digo. Déjales
esa oración a otros, a tus hijos tal vez,
ignorantes aún de lo que sean
las palabras antiguas del arcángel
que anunciaron el Verbo y su silencio
en misterioso griego, según cuenta san Lucas.
No pienses otra cosa. Estás cansado.
Ya es bastante de un día
conocer su final y conocerlo en paz.
Deja, pues, de rezar. Ese viático
no puedes usurparlo, porque, di,
¿de qué te serviría? De qué sirve una llave
de la que no sabemos a dónde pertenece».
Son razones que habré dicho mil veces,
pero al llegar la noche,
me acuerdo de otras noches
y el frío de mis pies entre las sábanas
es un frío de infancia, de internado,
cuando oía a mi lado el dulce respirar
en otras camas, y en el cristal la escarcha.
Y al recordar aquellas ya lejanas
noches de la meseta, tan largas,
oscuras y sin fondo,
recuerdo las palabras de los frailes:
«La Virgen del Camino guiará vuestros pasos
dondequiera que estéis.
No dejéis de rezarle y el camino
no será tan difícil. Será para vosotros
linterna en alta mar o una noche de luna».
Y recuerdo que yo, para dormirme,
imaginaba, acurrucado,
debajo de las mantas que pesaban
pero que calentaban poco,
sin moverme siquiera de la parte más tibia
que había caldeado con esfuerzo,
incluso con mi aliento, imaginaba, digo,
qué sería de mí y qué lejanos mares
habría de cruzar, qué extrañas tierras.
Otras veces pensaba si la muerte
habría de llegarme
como a aquel que labrando
un buen día su viña, ni siquiera
de recoger su manto tuvo tiempo,
o en medio de una fiesta, o en el sueño...
AI llegar a este punto
recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,
de modo que mis labios desgranaban
aquel Ave, Maria, gratia plena,
con el que yo me hacía
m lecho de hojas secas,
y luego me dormía... para llegar,
muchos años después,
a noches como ésta,
noches frías de invierno
donde a solas conmigo voy pensando
y dejando en mi boca, una a una,
las palabras antiguas
de la Salutación, como si fueran
el óbolo que habrá de franquearme
los portales del manto hospitalario
que unos llamaron Tiempo
y otros llamaron Nada”.
Andrés Trapiello.
Péguy y el Ave María
Recojo una confesión del escritor francés Charles Péguy (1873-1914). En 1909 escribió:
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
jueves 21 de mayo de 2009
Madre santa y Virgen bella
Mes de mayo. Todo comenzó con la anunciación. ¡Qué misterioso diálogo del Creador con su criatura! Así lo recrea Lope de Vega:
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
sábado 16 de mayo de 2009
Dios no puede darnos la felicidad sin Él
Otro converso, C. S. Lewis -"cautivado por la alegría"-, explica de manera transparente por qué no podemos prescindir de Dios, ni desentendernos de la religión:
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
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