domingo, 9 de septiembre de 2012

Dios está a un milímetro de nosotros

Homilía del domingo 9 de septiembre de 2012, XXIII del tiempo ordinario:

"Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Con estas palabras nos describe el Evangelio de hoy la reacción de quienes veían a Jesús actuar cada día, acercándose a las miserias humanas para poner su mano salvadora y curar las enfermedades físicas y espirituales. En este episodio evangélico Jesús cura a un sordomudo. Dice el Evangelio que "le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua". El domingo pasado la primera lectura, del Deuteronomio, se preguntaba admirada: "¿Hay alguna nación tan grande que tenga dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos?". Hoy tenemos la confirmación de esta cercanía de Dios: haciéndose hombre, en Jesucristo, Dios llega a tocar, con sus propios dedos, nuestras heridas, nuestra humanidad doliente.

Ya lo había anunciado el profeta Isaías, en el pasaje que hemos proclamado hace un instante: "Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará". Pero ¿cómo describe Isaías la salvación? "Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará". La salvación del hombre es descrita por la Palabra de Dios como una sanación de nuestras facultades, de nuestras capacidades, que han perdido su capacidad de "ver" a Dios, de "escuchar" su voz, de dialogar con Él. En una reciente entrevista, con ocasión de la publicación de una carta pastoral para el Año de la Fe, el cardenal de Milán dice: "Dios está siempre a un milímetro de cada ser humano. ¿Qué es un milímetro? Casi nada. Pero nosotros  corremos el riesgo de no darnos cuenta". ¡Cuántas personas, después de su muerte, exclamarán: no lo sabía, Dios estaba ahí, a mi lado, y no me di cuenta! Y también nosotros nos daremos cuenta, llenos de un dolor que nos purificará, de cuántas ocasiones hemos perdido, de cuántos días hemos vivido solos, sin percibir que a un milímetro estaba Dios, haciéndonos compañía.

El milagro que necesitamos es recuperar nuestra capacidad de ver y de alabar a Dios. En un librito llamado El sentido del asombro, escrito en 1956 pero publicado ahora en España, la autora Rachel Carson escribe: "El mundo de los niños es fresco, nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos". Los que sois abuelos, y los padres con niños pequeños sabéis que es así. La mirada del niño, cuando no está atrapada por la consola o el ordenador, está llena de asombro y de preguntas. ¿Y esto qué es? ¿Y para qué sirve? ¿Y quién lo ha hecho? ¿Y por qué? Toda la realidad es un gran signo de interrogación, que nos hace admirarnos y explorar, a la búsqueda del significado total.

La autora narra en este pequeño libro, que os recomiendo, las aventuras pasadas junto a su sobrino en los bosques y en el mar, junto a la costa de Maine. Y hablando de la educación de los primeros años de la vida de un niño dice: "Los años de la infancia son el tiempo para preparar la tierra. Una vez que han surgido las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y lo desconocido, la sensación de simpatía, la compasión, la admiración o el amor, entonces deseamos un conocimiento acerca del objeto de nuestra conmoción. Una vez que lo encuentras tiene un significado duradero. Es más importante preparar el camino del niño que quiere conocer, que darle un montón de datos que no está preparado para asimilar". Me parece ésta una buena recomendación para padres y educadores. De hecho, como escribe la autora: "Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro... se necesita la compañía, al menos, de un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos". Nosotros podemos ser esos adultos que ayuden a los más pequeños a abrir los ojos, o a no cerrarlos, ante las maravillas del mundo.

La Iglesia confía esa educación, en primer lugar, a la familia, a los padres, a los abuelos. Y ofrece la ayuda de la parroquia, del colegio, de la catequesis, de los sacramentos. Ahora que empezamos un nuevo curso escolar y pastoral, comprometámonos todos en la educación de los niños y los jóvenes. Pero, ¿por dónde empezar? Por el primero de los sacramentos: el Bautismo. En los primeros siglos del cristianismo este sacramento era llamado "iluminación", porque en él nuestros ojos se abren al mundo de la fe, reciben la capacidad de ver las cosas de Dios. Y hay un rito, dentro de la celebración del bautismo, que aun siendo opcional yo creo que siempre habría que hacer. Es el  rito llamado "Effetá", en el que el sacerdote, tocando los oídos y la boca del niño, dice: "El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe". "Effetá", como nos recuerda hoy el Evangelio, significa "Ábrete". ¡Qué sabiduría, la de la Iglesia, que sabe que el ser humano, necesita, desde su más tierna infancia, la ayuda de Dios, la compañía de los adultos, para abrirse, para aprender a mirar el mundo! ¡Y que necesita la ayuda de la Iglesia, de la comunidad cristiana, para escuchar -a su tiempo- la Palabra de Dios, para alabarle.

Somos seres litúrgicos, nuestra vocación es la alabanza. "¡Alaba, alma mía, al Señor!", hemos rezado con el salmista. Si somos capaces de asombrarnos, si tenemos ojos para las maravillas de Dios, entonces podremos dar gloria al autor de tanta belleza. No nos hacen falta riquezas -como nos recuerda hoy el apóstol Santiago-, ni una salud a prueba de bombas, ni es necesario que todos hablen bien de nosotros. Lo único que necesitamos es que nuestros ojos vean, que nuestros oídos escuchen y que nuestra boca proclame la grandeza de nuestro Dios. Todo lo demás lo tendremos, multiplicado, en la vida eterna. Os deseo un feliz domingo y una buena semana, en el asombro del amor de Dios, que toca nuestra humanidad por medio de su Cuerpo glorioso, que es Jesucristo Resucitado, presente en su Iglesia. ¡Que nuestra Señora, la Virgen del Val nos sostenga con su intercesión materna!


Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo, 2 de septiembre de 2012

El verdadero Dios y los falsos infinitos

Homilía en el Domingo XXII del Tiempo Ordinario (2 septiembre 2012):

En este primer domingo del mes de septiembre la liturgia de la Palabra nos recuerda la necesidad que tiene nuestra vida, nuestra persona, de relacionarse con algo o mejor con Alguien más grande que nosotros. ¿Por qué nosotros sentimos la necesidad de acudir al templo, de celebrar la Eucaristía, de rezar? Hay muchos que no lo hacen. Mirando nuestra asamblea constatamos que faltan muchas personas que viven cerca de nosotros, que viven en nuestra misma ciudad, quizá que pertenecen a nuestra propia familia. Cada domingo miles de católicos acuden a los templos para celebrar la Eucaristía y sigue habiendo parejas que deciden casarse por la Iglesia, padres que piden el bautismo para sus hijos, familiares que piden un funeral por sus seres queridos...  Pero otros muchos ya no lo hacen. El número de bodas por la Iglesia ha descendido drásticamente, así como el número de jóvenes que practican la religión. ¿Cuántas personas confiesan hoy sus pecados? ¿Cuántas rezan? Nos podemos preguntar entonces: ¿es verdaderamente religioso el hombre por naturaleza? ¿O la religión es cosa de algunos, es una especie de sentimiento personal que unos necesitan y otros no? ¿O es, quizá, un residuo de tiempos pasados que se resiste a desaparecer, un consuelo, un refugio?

El poeta inglés Eliot, en su obra Los Coros de la Roca, describe cómo los hombres han buscado a lo largo de la historia la Luz -con mayúsculas-, el significado, cómo han inventado las religiones, y cómo en un determinado momento esa Luz del Misterio ha traspasado el umbral y ha entrado en la historia, en la persona de Jesucristo. Os leo unas líneas de su poema, que evoca las primeras páginas del Génesis:

"En el principio Dios creó el mundo. Yermo y vacío. Y la oscuridad estaba sobre la faz del mundo. Y cuando hubo hombres, en sus modos diversos, lucharon en tormento hacia Dios (esta es la historia de la humanidad, una lucha con Dios, hacia Dios). Ciega y vanamente, pues el hombre es cosa vana, y el hombre sin Dios es una semilla al viento: llevado de un lado a otro, sin encontrar un lugar de asentamiento y germinación. Ellos siguieron la luz y la sombra, y la luz los condujo hacia adelante, a la luz, y la sombra los condujo a la oscuridad. Rindiendo culto a serpientes y árboles, a demonios antes que a nada: clamando por vida más allá de la vida, por un éxtasis no de la carne... (es decir, por algo más que los placeres de este mundo). Yermo y vacío, y oscuridad sobre la faz de lo profundo".

Pero la presencia de Dios estaba en el mundo desde sus orígenes: "Y el Espíritu se movía sobre la faz del agua. Y los hombres se volvieron hacia la luz y fueron conocidos de la luz. Inventaron las Grandes Religiones; y las Grandes Religiones eran buenas. Y condujeron a los hombres de luz en luz, al conocimiento del Bien y del Mal. Pero su luz estaba siempre rodeada y herida por la oscuridad". Es decir, el impulso religioso del hombre no es suficiente, porque el hombre imagina a Dios, partiendo de los elementos de la naturaleza, y a veces llega a aberraciones: "Y llegaron a un punto final, a un punto muerto agitados por un destello de vida... rueda de plegarias, culto a los muertos, negación de este mundo, afirmación de ritos con significados olvidados. En la arena siempre móvil azotada por el viento... Yermo y vacío. Y oscuridad sobre la faz de lo profundo".

La historia de la humanidad nos enseña que los hombres de todos los tiempos, de todas las culturas, han buscado a Dios y han desarrollado creencias y ritos, para relacionarse con Él. Pero la pluralidad de religiones nos habla de la insuficiencia, de la inevitable limitación de esta búsqueda. No todas las religiones son iguales, no todas dan culto a Dios como Dios quiere, no todas salvan la dignidad del ser humano y su condición de imagen de Dios. Nosotros no somos católicos sólo por tradición, por haber nacido en una familia o en un contexto católico. Somos católicos, porque como dice hoy la primera lectura: "¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?". Son palabras de Moisés, tras entregar a su pueblo las tablas de la ley dadas por Dios en el Sinaí; y ciertamente, la fe de Israel representa en el mundo de las religiones antiguas una purificación de la imagen de Dios, un culto superior, como reconocen hoy los historiadores de las religiones.

Pero no es suficiente. También el culto de Israel se desvió. Jesús, en el Evangelio que hemos proclamado, recoge las duras palabras del profeta Isaías, y las lanza contra los escribas y fariseos: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos".

¿Cuál es entonces la religiosidad verdadera, el culto agradable a Dios? Santiago dice en la segunda lectura: "Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni periodos de sombra". El contenido de nuestra religión y de nuestro culto no lo hemos inventado nosotros, nos viene de lo alto. Porque como dice Eliot en su poema, hablando de la Encarnación del Hijo de Dios:

"Entonces llegó, en un momento predeterminado... partiendo, bisecando el mundo del tiempo (en efecto, nosotros contamos todavía los años antes de Cristo y después de Cristo), entonces pareció como si los hombres tuvieran que avanzar de la luz a la luz, en la luz de la Palabra, a través de la Pasión y el Sacrificio, salvados a persar de su ser negativo..." El cristianismo no es tanto una religión, cuanto una Revelación. Es Dios mismo quien ha venido a nuestro encuentro y nosotros le respondemos, y le rezamos con las palabras que Él mismo nos ha dado, y ofrecemos el Sacrificio de su Hijo y escuchamos su Palabra. Esta es la fe que ha construido Europa y España durante tantos siglos, la de los monasterios y la catedrales, de los hospitales y la gesta de la evangelización. Es verdad que ha habido pecados cometidos por los cristianos, porque somos "egoístas y torpes", "carnales", nos buscamos a nosotros mismos como siempre, pero aun así la humanidad ha seguido este camino durante siglos con fruto, con los frutos de arte, civilización y cultura que todos conocemos.

Ahora bien, termina diciendo Eliot: "parece que ha ocurrido algo que nunca antes había ocurrido: aunque no sabemos justo cuándo, o por qué, o cómo, o dónde. Los hombres han dejado a Dios no por otros dioses, dicen, sino por ningún dios; y esto nunca antes había ocurrido". Que el hombre de hoy no sienta necesidad de Dios, que no busque darle culto, que no rece, es algo que no había pasado nunca. ¿Será verdad que el ser humano no es por naturaleza religioso?

En realidad, el ser humano sólo puede ser religioso... o idólatra. Cuando no da culto al verdadero Dios rinde tributo a otros "dioses": "Nunca antes había ocurrido que los hombres a la vez nieguen a los dioses y rindan culto a los dioses, profesando primero la Razón, y luego el Dinero, y el Poder, y lo que ellos llaman Vida, o Raza, o Dialéctica". Al final del poema Eliot enumera los tres Ídolos ante los que hoy se arrodilla el hombre: "Los hombres han olvidado a todos los dioses, excepto la Usura, la Lujuria y el Poder". ¿Se puede decir mejor?

El hombre es relación con el Infinito, con Dios. Lo ha recordado el Papa este verano, en el Mensaje que ha dirigido al Meeting de Rímini: "No solo mi alma, sino cada fibra de mi carne está hecha para encontrar su paz, su realización en Dios. Y esta tensión es imborrable en el corazón del hombre: incluso cuando se rechaza o se niega a Dios no desaparece la sed de infinito que habita en el hombre. Comienza, en cambio, una búsqueda afanosa y estéril de «falsos infinitos» que puedan satisfacer al menos por un momento. La sed del alma y el anhelo de la carne... no se pueden eliminar, así el hombre, sin saberlo, va a la búsqueda del Infinito, pero en direcciones equivocadas: en la droga, en una sexualidad vivida en modo desordenado, en las tecnologías totalizantes, en el éxito a cualquier precio, inclusive en formas engañosas de religiosidad. Incluso las cosas buenas, que Dios ha creado como caminos que conducen a Él, con frecuencia corren el riesgo de volverse absolutas y convertirse en ídolos que sustituyen al Creador. Es necesario erradicar todas las falsas promesas de infinito que seducen al hombre y lo hacen esclavo. Para encontrarse verdaderamente a sí mismo y la propia identidad, para vivir a la altura del propio ser, el hombre debe volver a reconocerse creatura, dependiente de Dios".

Esta es la propuesta de la Iglesia, especialmente en este curso en que celebraremos el Año de la Fe. Con palabras del apóstol Santiago: "Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos".

Juan Miguel Prim Goicoechea

jueves, 30 de agosto de 2012

He dicho que no a Dios...

Ha llegado a mis ojos una cita de Jean Rostand (1894-1977), biólogo y filósofo francés. Me parece interesante para ir preparando el Año de la Fe. Hablando de su relación con Dios escribe: 

“Me lo planteo todos los días, sin cesar. He dicho que no. He dicho que no a Dios, por decirlo brutalmente, pero en cada momento, la cuestión vuelve a presentarse. Por ejemplo cuando se habla del azar. Yo me digo: No puede ser el azar el que combina los átomos. Entonces, ¿qué? (...). Estoy obsesionado, digamos el término: obsesionado; si no por Dios, al menos por el no-Dios”.

“ No es un ateísmo sereno, ni jubiloso, ni contento. No. Ni me satisface ni me llena; es algo vivo, siempre al rojo vivo. La llaga se abre sin cesar”.

Jean Rostand

lunes, 18 de junio de 2012

El destino del hombre es el amor

"... porque el destino del hombre es el amor,
y cada uno tiene su propia lucha y su propio camino".

Francisco Brines

La debilidad es la fuerza de la semilla

El cristianismo es paradójico, o mejor, Dios es paradójico. Es decir, nos sorprende siempre, supera nuestra lógica con la suya, que parece imposible. Nos lo ha recordado de nuevo Benedicto XVI este domingo al comentar así la parábola de la pequeña semilla de mostaza que da origen a la mayor de las plantas: 

"Al partirse [la semilla] nace un brote capaz de romper el suelo, de salir a la luz solar y de crecer hasta convertirse en 'la más grande de todas las plantas del jardín': la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su fuerza. Así es el Reino de Dios: una realidad humana pequeña, compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quien no es importante a los ojos del mundo; no obstante, a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante".

Benedicto XVI, Angelus, domingo 17 de junio de 2012.

viernes, 15 de junio de 2012

Una infinita curiosidad

Última cita de El sentido del asombro, de Rachel Carson. La curiosidad y el asombro no se dirigen sólo al mundo que nos rodea, sino también, y de manera especial, al mundo que esperamos. La autora recoge el testimonio de Otto Pettersson, oceanógrafo sueco, quien a punto de morir -a los 93 años- dijo a su hijo: 

"Lo que me sostendrá en mis últimos momentos es una infinita curiosidad por lo que sigue".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, p. 45.

Un renovado entusiasmo por vivir

La creación, obra de Dios, nos enseña a esperar la Vida tras la muerte, sosteniendo nuestra esperanza:

"¿Cuál es el valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?

Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan las bellezas de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine.

Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno".

R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, pp. 44-45.

jueves, 14 de junio de 2012

Un mundo de cosas pequeñas

El asombro no se dirige sólo a lo infinitamente grande -el cielo estrellado-, o a la naturaleza que nos rodea a nuestra propia escala -el mar, los bosques, las aves-, sino que:

"Hay un mundo de cosas pequeñas que pocas veces se ve. Muchos niños, quizás porque ellos mismos son pequeños y están más cerca del suelo que nosotros, se dan cuenta y disfrutan con lo pequeño y que pasa desapercibido. Quizás por esto es fácil compartir con ellos la belleza que solemos perdernos porque miramos demasiado deprisa, viendo el todo y no las partes.

Algunas de las más exquisitas obras de la naturaleza están a una escala de miniatura, como sabe quien haya mirado un copo de nieve a través de una lupa".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, p. 34.

La belleza sobre sus cabezas

Sigo leyendo El sentido del asombro, librito de Rachel Carson que acaba de publicar Encuentro. La autora nos invita a no dar nada por supuesto, a apreciar la belleza de este mundo salido de las manos de Dios como si lo viéramos por primera o por última vez:

"Para la mayoría de nosotros el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, pero miramos alrededor con ojos tales que no vemos que somos parcialmente ciegos. Una manera de abrir los ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: ¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto? ¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca otra vez?

Recuerdo una noche de verano cuando este pensamiento me vino con fuerza. Era una noche clara sin luna. Con un amigo fuimos a un cabo que era casi una isla pequeña, estando todo rodeado por el agua de la bahía. Allí el horizonte está remoto y lejana la frontera del borde del espacio. Nos tendimos y miramos al cielo y al millón de estrellas que brillaban en la oscuridad. La noche estaba tan en calma que podíamos oír el ruido de las boyas sobre el acantilado más allá de la boca de la bahía. Una o dos veces una palabra dicha por alguien en la lejana orilla de la playa era traída por el aire despejado. Unas pocas luces ardían en las cabañas. Aparte de eso no había nada que nos recordara una presencia humana; mi acompañante y yo estábamos solos con las estrellas. Nunca las había visto tan hermosas: el río brumoso de la Vía Láctea fluyendo a través del cielo, los dibujos de las constelaciones, brillantes y nítidas, un planeta centelleante más abajo en el horizonte. Una o dos veces un meteorito se consumió en su camino hacia la atmósfera de la tierra.

Se me ocurrió que si esto pudiera verse sólo una vez en un siglo o incluso una vez en una generación este cabo estaría atestado de espectadores. Pero como lo podemos ver muchas decenas de noches en cualquier año, las luces arden en las cabañas y los habitantes probablemente no otorgan ningún pensamiento a la belleza sobre sus cabezas; y porque pueden verlo casi cualquier noche, quizás no lo verán nunca".

R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012,  pp. 31-32.


sábado, 9 de junio de 2012

Tiempo para preparar la tierra

A los padres, que con frecuencia se agobian ante las preguntas de los niños -que habitualmente no saben responder- y que quieren evitarles precisamente aquellas aventuras que más les entusiasman, por miedo a que se ensucien o se mojen, Rachel Carson les dice:

"Los padres a menudo tienen un sentimiento de incompetencia cuando se enfrentan por un lado con la impaciente y sensitiva mente de un niño, y por el otro con un mundo físico de naturaleza compleja, una vida tan diversa y nada familiar, que parece imposible reducirlo para ordenarlo y conocerlo (...)

Yo sinceramente creo que para el niño, y para los padres que buscan guiarle, no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir. Si los hechos son la semilla que más tarde produce el conocimiento y la sabiduría, entonces las emociones y las impresiones de los sentidos son la tierra fértil en la cual la semilla debe crecer. Los años de la infancia son el tiempo para preparar la tierra. Una vez que han surgido las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y lo desconocido, la sensación de simpatía, compasión, admiración o amor, entonces deseamos el conocimiento acerca del objeto de nuestra conmoción. Una vez que lo encuentras, tiene un significado duradero. Es más importante preparar el camino del niño que quiere conocer que darle un montón de datos que no está preparado para asimilar".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, pp. 28-29.

La compañía de un adulto

"Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, sin contar con ningún don concedido por las hadas, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

El antídoto contra el desencanto

Sigo leyendo en el librito de Rachel Carson:

"Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

El sentido del asombro

En 1965, un año después de la muerte de su autora, fue publicado The Sense of Wonder, un breve librito que recoge un artículo de 1956 de Rachel Carson, en el que la escritora narra algunas experiencias vividas junto a su sobrino Roger en los bosques y en el mar, junto a la costa de Maine. Aparece ahora la traducción española, publicada por Ediciones Encuentro. Recojo un párrafo:

"El mundo de los niños es fresco y nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

sábado, 26 de mayo de 2012

La vocación poética

Este año se cumple el primer centenario del nacimiento de un poeta italiano poco conocido en España, Giorgio Caproni (1912-1990). Hablando de su vocación poética dice:

"La poesía ha sido para mí, desde niño, la búsqueda de mí mismo, de mi identidad. Intentar comprender quién soy y, a través de mí, intentar comprender quiénes son los demás. En mi opinión el poeta es un poco como el minero, que partiendo de la superficie –es decir, de la autobiografía– excava, excava, excava hasta que encuentra un fondo en el propio yo que es común a todos los hombres".


Giorgio Caproni

miércoles, 28 de marzo de 2012

Elogio a los poetas

Poema del joven poeta Juan Meseguer, en que se hace el elogio del poeta, que logra decir la realidad, "entenderse con la vida", sin charlatanería, sin abusar de las palabras, con "modesta elocuencia":

Elogio a los poetas

"Los poetas
―almas introvertidas, casi siempre―
se entienden a menudo con la vida
en muy pocas palabras.
Son
para los charlatanes de este mundo
un ejemplo modesto de elocuencia".

Juan Meseguer, Bancos de arena, 2006.

domingo, 12 de febrero de 2012

Quiero, queda limpio

Interesante: no es el hombre impuro el que contamina a Dios, sino Dios el que purifica al hombre. Y lo hace "tocándolo", es decir, mediante su humanidad resucitada, mediante su Iglesia:

«La actitud de Jesús con relación al leproso revela un cambio de perspectiva. No es el hombre impuro el que puede contaminar a Dios, sino que es Dios el que hace puro al hombre. La pureza que irradia Jesús es la fuerza de la santidad divina; una potencia capaz de limpiar cualquier mancha que ensucie al hombre. Jesús es el Salvador universal y espiritual de todos, que extiende su mano y toca al leproso diciendo: "Quiero: queda limpio".

El gesto físico de tocar al impuro manifiesta que el Señor no emplea sólo el poder de su palabra –que hubiera bastado– sino que también pone en juego su humanidad porque Él quiere salvarnos "no sólo con el poder de su divinidad, sino asimismo mediante el misterio de su encarnación" (STh III 3 ad 2)».

Guillermo Juan Morado, Homilía para el VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B), 11 de febrero de 2012.

Si quieres, puedes limpiarme

En el Evangelio de hoy (Mc 1,40-45) se narra la curación milagrosa de un leproso que «se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: 'Quiero: queda limpio'». Comenta el Papa:

«En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Y después, dirigiéndose a Dios, añade: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: 'Confesaré al Señor mi culpa', y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que "cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores" (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz».

Benedicto XVI, Angelus, domingo 15 de febrero de 2009.

domingo, 5 de febrero de 2012

Una apertura a Alguien distinto de mí

Os propongo este humilde y valiente testimonio de Giorgio Vittadini, perteneciente a los Memores Domini o Grupo Adulto, laicos consagrados que siguen la experiencia de Comunión y Liberación. La perfección humana no está en la "ataraxia", en la impasibilidad, en no dejarse herir, sino en la búsqueda y la apertura a la única Presencia que –a través de sus "hechos"– puede colmar la vida:

«Mi recorrido existencial de los últimos seis años, cuya novedad principal puedo describir como la 'explosión' de la desproporción estructural, ha sido la radicalización de la percepción de mi necesidad humana, de una exigencia de significado, casi lacerante en ciertos momentos, unida a la percepción de la imposibilidad humana de colmarlo y a la caída de muchas ilusiones.

Lo primero que quiero deciros es que mirar a Carrón en estos años ha significado el despertar de mi exigencia radical, darme cuenta de que había reducido toda la historia precedente, de que mi despertar no ha dependido de 'estudiar' El Sentido Religioso, sino de la convivencia con el acontecimiento de Cristo que algunos amigos me testimoniaban. El encuentro con un testigo vivo no me ha vuelto más granítico; yo pensaba que madurar equivalía un poco a la "ataraxia". En cambio, me encuentro ahora mucho más frágil, con mayor turbación, mucho más vulnerable, mucho más afectado por la enfermedad de alguien o por un proyecto que no se realiza, por un deseo que no se cumple, por la angustia ante la suerte de un amigo y del mundo.

La herida es mucho más radical que antes (la herida esencial, personal, psicológica), y las cosas y las personas me turban mucho más. Pero, al mismo tiempo, la novedad es que percibo que nadie puede responder a esta vorágine sino Alguien que no se puede reducir a la naturaleza. Es una apertura a Alguien distinto de mí. Es decir, me he dado cuenta en estos años, en esta convivencia, del engaño que supone tratar de llenar la exigencia humana con algo menor de lo que puede satisfacerla, y esto se puede vivir perfectamente –siendo del Grupo Adulto– con fidelidad, como creo haber tratado de vivir en estos años; pero la esperanza humana no está puesta en Cristo presente, y es como si se vivieran vidas paralelas (el dualismo del que hablamos a menudo): por una parte, afirmas a Cristo y crees que rezas, pero el criterio de juicio que utilizas en relación con la realidad está basado en otra cosa.

Si mi necesidad es tan grande, necesito volver a encontrar esta Presencia siempre, no una vez; si no la vuelvo a encontrar no estoy bien, y ciertos días eso lo llego a percibir físicamente, como si una herida traspasase el corazón, y entonces necesito ver Sus hechos, porque estos hechos son como el bálsamo del abismo que tengo dentro. Y así ha sucedido algo extraño: la Presencia ha desencadenado la percepción de mi desproporción, pero la desproporción me ha vuelto capaz de ver esta Presencia en cosas en las que antes no caía».

G. Vittadini, en Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, «Si uno está en Cristo es una criatura nueva», Rímini 2011, pp. 30-31.

Una humanidad dispuesta

No, no es una estupidez –véase entrada anterior– esperar un imprevisto. En lenguaje cristiano se llama "gracia" o "milagro". Y se puede pedir:

«Es de un milagro de lo que tenemos necesidad. Y esto nos sitúa en una posición totalmente diversa, porque no es sólo nuestro esfuerzo, nuestro proyecto, sino una intervención de Dios, un milagro, lo que puede hacer que vuelva a suceder en nosotros el milagro del inicio... Lo más razonable, entonces, es pedir... pedir que vuelva a suceder, por nuestro bien y por el bien del mundo. Y pedir, al mismo tiempo, estar disponibles ahora: que esta gracia encuentre en nosotros una humanidad dispuesta».

J. Carrón - F. Ventorino, Parole ai pretti, SEI, Torino 1996, pp. 86-87.

Un imprevisto es la única esperanza

Abrir las ventanas, decía el Papa. Dejar entrar en nuestra mirada, en nuestra vida, la realidad, con toda su grandeza. Porque en la realidad –no programable– está el Misterio, nuestra única esperanza. Escribía el poeta Eugenio Montale:

«Y ahora, ¿qué será de mi viaje? Demasiado cuidadosamente lo he estudiado, sin saber nada de él. Un imprevisto es la única esperanza. Pero me dicen que es una estupidez decírselo».

E. Montale, «Antes del viaje».

Abrir las ventanas

En su viaje a Alemania el Papa pronunció estas palabras, que describen gráficamente la urgencia de salir de la cárcel del positivismo, de una mirada reducida y asfixiante a la realidad y a nosotros mismos:

«Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo».

Benedicto XVI, Discurso al Parlamento federal, Berlín, 22 de septiembre de 2011.

Un alma asediada

«Homo capax Dei», decían los antiguos. El ser humano es "capaz de Dios", es decir, su capacidad, su plenitud es Dios. Por eso sólo Él corresponde a nuestro deseo, a nuestra urgencia. Léon Bloy escribía:

«¡Un alma a la que Dios asedia con toda su potencia!, ¿cabe imaginar algo más bello?»

L. Bloy, Mi diario (1896-1900).

Eterna santa tristeza

Estos días he escuchado de nuevo de labios de un amigo la excepcional frase de Dostoievsky que habla de la grandeza de nuestro corazón, que no puede contantarse con cosas mezquinas, porque está hecho para el infinito:

«Había sabido pulsar en el corazón de su amigo las cuerdas más profundas y provocar en él la primera sensación, aún indefinida, de aquella eterna santa tristeza que algunas almas elegidas, tras haberla gustado y conocido, no cambiarán nunca por una satisfacción barata».

F. Dostoievsky, Los demonios.

viernes, 3 de febrero de 2012

No un desapego, sino una pasión conmovida

¿Cómo vivir la experiencia del dolor, de un gran dolor? ¡Qué diferentes son las propuestas del budismo y del cristianismo!:

«En uno de los escritos sagrados del Beato oriental [Buda] se cuenta este diálogo entre el Maestro y Visakha:

"El Beato le dijo: ¿Por qué sigues aquí, Visakha, con las ropas y los cabellos todavía húmedos? [por el rito fúnebre].
- Mi querida sobrina ha muerto, por eso estoy aquí...
- Visakha, a quien le importan cien cosas tiene cien dolores. A quien le interesan noventa tiene noventa dolores. Quien ama ochenta, treinta, veinte, diez cosas tiene ochenta, treinta, veinte, diez dolores. Quien ama una sola cosa tiene un solo dolor. Y quien no ama nada, éste no sufre dolor alguno. Y es un hombre sereno quien no sufre dolor ni pasión. Los dolores, las lamentaciones y los sufrimientos en este mundo son innumerables por culpa de las cosas que amamos: pero si no existe nada que nos sea amable, no existe el dolor. Por eso, los que no aman a nada ni a nadie en el mundo son felices y están libres de sufrimiento".

Qué distinto de esta postura que congela la afectividad y censura la naturaleza apasionante del vivir es el arrojo con el que Cristo se detiene ante la viuda de Naín y, como refiere Lucas, «movido a compasión hacia ella», le dice: ¡No llores! Y ¡qué diferente es ese hombre-Dios que llora ante la noticia de la muerte de su amigo Lázaro o que, incontables veces, se para delante del dolor del ciego, del lisiado o del dolor loco del endemoniado!

No un desapego de la condición humana sino una pasión conmovida delante de su pena: es ésta la gran novedad que introdujo el cristianismo».


Davide Rondoni, en la introducción a E. Mounier, Cartas desde el dolor, Encuentro, Madrid 1998, pp. 8-9.

domingo, 15 de enero de 2012

Esperar lo inesperado

A vueltas con la vocación, con la llamada de Dios. Lo primero que se nos pide cada día es la atención, la espera:

"Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue".

Heráclito

La luz para ver nuestro propio nombre

Recojo esta anécdota que nos habla de la importancia de tener luz -la luz de la fe- para poder encontrar la verdad sobre nosotros mismos:

"Cuenta Máximo Gorki la historia de un pensador ruso que pasaba por una etapa de cierta crisis interior y decidió ir a descansar unos días a un monasterio. Allí le asignaron una habitación que tenía un cartelillo sobre la puerta en el que estaba escrito su nombre. Por la noche, no lograba conciliar el sueño y decidió salir a dar un paseo por el imponente claustro. A su vuelta, se encontró con que no había suficiente luz en el pasillo para leer el nombre que figuraba en la puerta de su dormitorio. Fue recorriendo el claustro y todas las puertas le parecían iguales. Por no despertar a los monjes, pasó la noche entera dando vueltas por el enorme y oscuro corredor. Con la primera luz del amanecer distinguió al fin cuál era la puerta de su habitación, por delante de la cual había pasado tantas veces a lo largo de la noche, sin advertirlo.

Aquel hombre pensó que todo su deambular de aquella noche era una figura de lo que a los hombres nos sucede muchas veces. Pasamos por delante de la puerta que conduce al camino que estamos llamados, pero nos falta luz para verlo".

Mediocridad y grandeza

En la primera lectura de este domingo, segundo del tiempo ordinario, escuchamos la vocación de Samuel, el profeta. Por tres veces Dios llama al niño en medio de la noche, pero él confunde la voz de Dios con la del anciano Elí, hasta que éste le enseña que es Dios mismo quien le llama. ¡Qué importante es tener cerca personas que nos ayuden a reconocer la llamada de Dios en las circunstancias concretas de nuestra vida! Porque como dice el genial Chesterton:

"La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta".

G. K. Chesterton

domingo, 1 de enero de 2012

Salve, río de paz y de gracia

¡Feliz Año nuevo! La liturgia de este día celebra a Santa María como Madre de Dios -Theotokos, según la fórmula griega- y nos recuerda nuestra condición de hijos de Dios, en Cristo. Oremos en este primer día del año con la preciosa plegaria de San Ildefonso (617-667), obispo de Toledo y cantor de la virginidad de María:

"Salve, torrente de misericordia,
río de paz y de gracia,
esplendor de pureza, rocío de los valles,
madre de Dios y madre del perdón.

Salve, única salvación de tus hijos,
trono solemne de la majestad,
casa hospitalaria, templo de Cristo,
camino para la vida, lirio de castidad.

Salve, esposa de Cristo,
florecida de amable belleza,
humilde sierva.

Toda bellísima y digna de veneración
ninguna mujer ha sido ni puede ser
semejante a ti.

Nosotros te aclamamos como venerable,
puro es tu espíritu y sencillo tu corazón,
inmaculado tu cuerpo.

Tú eres indulgente y clemente,
querida de Dios, amada
por encima de todos.

Quien te saborea, ardientemente te desea
y tiene sed de tu santa dulzura,
pero siempre queda por debajo su ansia
de amarte y alabarte.

Por tu gracia, Virgen santísima,
se sueltan mis ligaduras,
se me perdonan las deudas
y quedan reparados los daños que he causado.

El hombre viejo se renueva en mí,
se fortifica lo que es débil,
se restaura lo que está destruido
y lo que es imperfecto mejora.

Por tu bondad, mi voluntad permanece fuerte,
iluminada mi mente, inflamado el ánimo,
enternecido el corazón, suavizado el gusto
y rehabilitado el semblante.

Ayudadme, luz que ilumina,
dulzura que me recrea,
fuerza que me robustece,
sostén que me mantiene.

Aleja de mis labios
toda palabra falsa y malvada,
de mi mente todo oscuro pensamiento,
de mi espíritu toda obra mala.

Tu gracia
dirija toda mi vida.
Amén.

San Ildefonso de Toledo

lunes, 26 de diciembre de 2011

La salida del laberinto

El Papa utiliza una imagen sugerente: estamos en un laberinto, creado por nosotros mismos, y somos incapaces de salir de él. Pero hay una vía de salida, hacia arriba:

"Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio".

Lo más sorprendente es que existe Alguien que escucha, y no sólo eso. Dios no se limita a escuchar: ha entrado en nuestro laberinto, para acompañarnos hacia la salida. No nos ha dado un folleto de instrucciones, sino que ha venido en persona:

"Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración".

Benedicto XVI, 25 diciembre 2011

El gran mal: querer ocupar el puesto de Dios

Sigue diciendo el Papa:

"Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7).

Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».

Benedicto XVI, 25 diciembre 2011

La mano que Dios tiende a la humanidad

En su mensaje de Navidad el Papa nos recuerda que hay una mano más grande a la que podemos aferrarnos en nuestras dificultades:

"Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto.

Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf. Sal 40,3)".


Benedicto XVI, 25 diciembre 2011

domingo, 25 de diciembre de 2011

Inclinarse para entrar en Belén

Última referencia a las palabras de Benedicto XVI en la Misa del Gallo:

"Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y los califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios.

Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón «ilustrada». Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios. Hemos de seguir el camino interior de san Francisco: el camino hacia esa extrema sencillez exterior e interior que hace al corazón capaz de ver. Debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido.

Dejemos que nos haga sencillos ese Dios que se manifiesta al corazón que se ha hecho sencillo".

Benedicto XVI, 24 diciembre 2011

Tocar y acariciar a Dios

Evocando el "primer belén", recreado por San Francisco de Asís en la aldea italiana de Greccio, el Papa señala la importancia de redescubrir en estos días "la humanidad de Jesús", gracias a la cual podemos "tocar y acariciar a Dios":

"Nacido en un establo en Belén, no en los palacios de los reyes. Cuando Francisco de Asís celebró la Navidad en Greccio, en 1223, con un buey y una mula y un pesebre con paja, se hizo visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad. Francisco de Asís llamó a la Navidad «la fiesta de las fiestas» –más que todas las demás solemnidades– y la celebró con «inefable fervor». Besaba con gran devoción las imágenes del Niño Jesús y balbuceaba palabras de dulzura como hacen los niños, nos dice Tomás de Celano.

Para la Iglesia antigua, la fiesta de las fiestas era la Pascua: en la resurrección, Cristo había abatido las puertas de la muerte y, de este modo, había cambiado radicalmente el mundo: había creado para el hombre un lugar en Dios mismo. Pues bien, Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor.

En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón".

Benedicto XVI, 24 diciembre 2011

¿Es el mal tan potente y originario como el bien y lo bello?

En la homilía de la Misa del Gallo el Papa evocaba la "nueva y consoladora certidumbre" que anuncia la Navidad: Dios no es arbitrario y cruel, ni hay dos principios eternamente en lucha e igualmente poderosos (Bien y Mal), sino que "Dios -único principio- es pura bondad":

"Para los hombres de la época precristiana, que ante los horrores y las contradicciones del mundo temían que Dios no fuera bueno del todo, sino que podría ser sin duda también cruel y arbitrario, esto era una verdadera «epifanía», la gran luz que se nos ha aparecido: Dios es pura bondad. Y también hoy, quienes ya no son capaces de reconocer a Dios en la fe se preguntan si el último poder que funda y sostiene el mundo es verdaderamente bueno, o si acaso el mal es tan potente y originario como el bien y lo bello, que en algunos momentos luminosos encontramos en nuestro cosmos. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: ésta es una nueva y consoladora certidumbre que se nos da en Navidad.

Benedicto XVI, 24 diciembre 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

Dios os ama con un amor infinito

El domingo 18 de diciembre, IV domingo de Adviento, el Papa ha visitado la cárcel romana de Rebibbia. Recojo algunos párrafos de sus palabras a los detenidos:

"Quisiera poder ponerme a la escucha de la peripecia personal de cada uno, pero, lamentablemente, no es posible; sin embargo, he venido a deciros sencillamente que Dios os ama con un amor infinito, y sois siempre hijos de Dios. Y el mismo Unigénito Hijo de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio ante un tribunal y sufrió la más feroz condena a la pena capital.

Queridos hermanos y hermanas, la justicia humana y la divina son muy diferentes. Cierto, los hombres no pueden aplicar la justicia divina, pero deben al menos apuntar a ella, tratar de captar el espíritu profundo que la anima, para que ilumine también la justicia humana... Dios, en efecto, es Aquél que proclama la justicia con fuerza, pero que, al mismo tiempo, cura las heridas con el bálsamo de la misericordia.

Justicia y misericordia, justicia y caridad, bisagras de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor... Pero para Dios no es así: en Él, justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa.

El nacimiento del Señor Jesús, del que haremos memoria dentro de pocos días, nos recuerda su misión de llevar la salvación a todos los hombres, sin excluir a nadie. Su salvación no se impone, sino que nos reúne a través de actos de amor, de misericordia y de perdón que nosotros mismos sabemos realizar. El Niño de Belén será feliz cuando todos los hombres vuelvan a Dios con corazón renovado. Pidámosle en el silencio y en la oración ser todos liberados de la cárcel del pecado, de la soberbia y del orgullo: cada uno de hecho necesita salir de esta cárcel interior para ser verdaderamente libre del mal, de las angustias de la muerte. ¡Sólo aquél Niño en el pesebre es capaz de dar a todos esta liberación plena!

Tened la seguridad de que yo estoy cercano a cada uno de vosotros, a vuestras familias, a vuestros hijos, a vuestros jóvenes, a vuestros ancianos y os llevo a todos en el corazón delante de Dios. ¡El Señor os bendiga a vosotros y a vuestro futuro!"

Benedicto XVI, 18 diciembre 2011

sábado, 17 de diciembre de 2011

A la zaga de Dios

Leyendo la anterior entrada podríamos pensar que el poeta exagera, que ha dejado de lado algunos aspectos cantados por la poesía que no tienen nada que ver con Dios. Pero sigamos escuchándole:

"No nos engañemos, no creamos que hay desvíos. No hay que pensar en fray Luis, ni en San Juan de la Cruz, ni en Hopkins, ni en Péguy, ni en Rilke. A través de la belleza de la mujer va a Dios -triste y grande, como un día de verano- el luminoso Renacimiento. Y a Dios busca en la complicación, en la maravilla o en la perfección nunca saciada el complicado barroquismo. Y el romántico, sombrío o exótico, entre imprecaciones o entre risas, con el alma torturada, a la zaga de Dios va también. Pero, ¿a quién, sino a Él, buscaba, tan ciego, tan turbio, el superrealismo contemporáneo, al bucear otra vez en los subterráneos de nuestra personalidad".

Dámaso Alonso, En busca de Dios, 1945.

Toda poesía es religiosa

La afirmación que da título a esta entrada del blog no es mía, sino de uno de los grandes de la poesía española, Dámaso Alonso:

"Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza. Llegará a lo mínimo, a las delicias más sutiles, hasta el juego, acaso. Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante del misterio, llegará quizá a la blasfemia. No importa. Si trata de reflejar el mundo, imita la creadora actividad. Cuando lo canta con humilde asombro, bendice la mano del Padre. Si se revuelve, iracunda, reconoce la opresión de la poderosa presencia. Si se vierte hacia las grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, a la gran puerta llama. Así va la poesía de todos los tiempos a la busca de Dios".

Dámaso Alonso, En busca de Dios, 1945.

domingo, 11 de diciembre de 2011

La forma más pura de la alegría

El padre Cantalamessa, sacerdote franciscano y predicador del Papa, comenta también la liturgia del III Domingo de Adviento con estas sabias palabras:

"El tercer domingo de Adviento se llama domingo 'de la alegría' y marca el paso de la primera parte -prevalentemente austera y penitencial- del Adviento a la segunda parte dominada por la espera de la salvación cercana. El título le viene de las palabras 'Estad siempre alegres' (gaudete) que se escuchan al inicio de la Misa: 'Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca' (Filipenses, 4,4-5). Pero el tema de la alegría invade también el resto de la liturgia de la Palabra. En la primera lectura oímos el grito del profeta: 'Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios'. El Salmo responsorial es el Magnificat de María, intercalado del estribillo: 'Me alegro con mi Dios'. La segunda lectura, finalmente, comienza con las palabras de Pablo: 'Hermanos: Estad siempre alegres'.

Ser felices es tal vez el deseo humano más universal. Todos quieren ser felices. El poeta alemán Schiller cantó este anhelo universal al gozo en una poesía que después Beethoven inmortalizó, haciendo el famoso Himno a la Alegría que concluye la Novena Sinfonía. También el Evangelio es, a su modo, un largo himno a la alegría. El nombre mismo 'evangelio' significa, como sabemos, feliz noticia, anuncio de alegría.

Pero el discurso de la Biblia sobre la alegría es un discurso realista, no idealista ni veleidoso. Con la comparación de la mujer que da a luz (Juan 16,20-22) Jesús nos ha dicho muchas cosas. El embarazo no es en general un período fácil para la mujer. Es más bien un tiempo de molestias, de limitaciones de todo tipo: no se puede hacer, comer ni llevar puesto lo que se desea, ni ir adonde se quiera. Sin embargo, cuando se trata de un embarazo deseado, vivido en un clima sereno, no es un tiempo de tristeza, sino de alegría. El porqué es sencillo: se mira adelante, se pregusta el momento en que se podrá tener en brazos a la propia criatura. He oído a varias madres decir que ninguna otra experiencia humana se puede comparar a la felicidad que se experimenta al convertirse en madre.

Todo esto nos dice algo muy preciso: las alegrías verdaderas y duraderas maduran siempre desde el sacrificio. ¡No hay rosa sin espinas! En el mundo, placer y dolor (lo hemos observado ya en una ocasión) se siguen el uno al otro con la misma regularidad con la que al elevarse una ola que impulsa al nadador hacia la playa le sigue un hundimiento y un vacío que le succiona hacia atrás. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos 'hermanos siameses', de aislar el placer del dolor. Pero no se consigue, porque es el propio placer desordenado el que se transforma en amargura. O de improviso y trágicamente, como nos dicen las crónicas diarias, o un poco a la vez, a causa de su incapacidad de durar y del tedio que genera. Basta pensar, por poner un ejemplo más evidente, qué queda de la excitación de la droga un minuto después de que haya cesado su efecto, o a dónde lleva, también desde el punto de vista de la salud, el abuso desenfrenado del sexo. El poeta pagano Lucrecio tiene dos poderosos versos al respecto: «Un no sé qué de amargo surge de lo íntimo de cada placer nuestro y nos angustia incluso en medio de nuestras delicias».

Al no poder, por lo tanto, separar placer y dolor, se trata de elegir: o un placer pasajero que lleva a un dolor duradero, o un dolor pasajero que lleva a un placer duradero. Esto no vale sólo para el placer espiritual, sino para toda alegría humana honesta: la de un nacimiento, una familia unida, una fiesta, el trabajo llevado felizmente a término, el gozo de un amor bendecido, la amistad, una buena cosecha para el agricultor, la creación artística para el artista, una victoria para el atleta.

Alguno podría objetar: ¿pero entonces para el creyente la alegría, en esta vida, será siempre y sólo objeto de espera, sólo un gozo 'de lo que está por venir'? No; existe una alegría secreta y profunda que consiste precisamente en la espera. Es más, es tal vez ésta, en el mundo, la forma más pura de la alegría; la alegría que se tiene en esperar. El poeta Leopardi lo dijo maravillosamente en la poesía Il sabato del villaggio. La alegría más intensa no es la del domingo, sino la del sábado; no es la de la fiesta, sino la de su espera. La diferencia es que la fiesta que el creyente espera no durará sólo algunas horas, para después ceder de nuevo el puesto a 'tristeza y tedio', sino que durará para siempre".

Raniero Cantalamessa, 11 de diciembre de 2011

La alegría de amar

Sí, la alegría cristiana no desvía su mirada del dolor, del sufrimiento de los hombre. Porque nace del amor:

"Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que 'está cerca' de nosotros, hasta el punto de hacerse hombre, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar. Sólo así se comprende la serena dicha de los mártires incluso en medio de las pruebas, o la sonrisa de los santos de la caridad ante quien está en el dolor: una sonrisa que no ofende, sino que consuela.

'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo' (Lucas 1, 28). El anuncio del Ángel a María es una invitación a la alegría. Pidamos a la Virgen Santa el don de la alegría cristiana".

Juan Pablo II, 14 de diciembre de 2003

¿Es posible la alegría en tiempos de crisis?

A la pregunta de si es posible vivir la alegría cristiana en nuestros días -tiempos de crisis- el papa Benedicto XVI respondía hace unos años:

"La respuesta la dan con su vida, hombres y mujeres de toda edad y condición social, felices de consagrar su vida a los otros”.

Y añadía, recordando la sonrisa de Madre Teresa:

“La alegría cristiana se sostiene en esta certeza: Dios está cerca, está conmigo, en la alegría y el dolor, en la salud y la enfermedad, como amigo y esposo fiel. [...] Dios está cerca porque se ha ‘casado’, por así decirlo, con nuestra humanidad. [...] Y esta alegría permanece en la prueba, en el mismo sufrimiento, y no se queda solo en la superficie, sino que está en el fondo de la persona que a Dios se confía y en Él confía... La Beata Teresa de Calcuta vivía cotidianamente en contacto con la miseria, la degradación humana, la muerte. Su alma ha conocido la prueba de la noche oscura de la fe, y a pesar de ello siempre tuvo para todos la sonrisa de Dios”.

Benedicto XVI, Angelus del 16 de diciembre de 2007

La alegría es el Amor disfrutado

A vueltas con la alegría. Dice Santo Tomás:

“La alegría es el amor disfrutado; es su primer fruto. Cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría".

Santo Tomás, Suma Teológica.

El triste siempre obra el mal

Hoy celebramos el III Domingo de Adviento, llamado en la tradición litúrgica "Gaudete" (Alegraos), por la invitación a alegrarnos antes la cercanía del nacimiento de Cristo en Navidad. Leo una espléndida frase de un texto cristiano de los primeros siglos:

"Una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios. En cambio, el triste siempre obra el mal".

Pastor de Hermas, Mand. 10, 1.

lunes, 5 de diciembre de 2011

La maravilla cierta del vivir

Concluyo este ciclo con algunos versos del poema Porque nada termina, dedicado a Ramón Gaya, pintor y escritor también murciano. En el elogio al artista de cuya amistad gozó, Eloy Sánchez Rosillo expresa su anhelo de un más allá de la muerte que confirme «sin temores ni asechanzas» «la maravilla cierta del vivir»:

"Es preciso que todo en apariencia acabe
para que al fin comience.
Sólo entonces los hechos
de nuestro acontecer desordenado
adquieren poco a poco
la rara consistencia indestructible
del sueño o la leyenda; sólo entonces podemos
comprender lo vivido, completarlo,
y soñar sin temores ni asechanzas,
interminablemente,
la maravilla cierta del vivir".

Pero, ¿quién puede garantizarnos este más allá anhelado en que se salve lo vivido? Sólo Cristo resucitado, en su misericordia, hace verdaderas las palabras proféticas del poeta:

"Nada de cuanto digo
se extingue con tu muerte.
Tras esa puerta estrecha, oscura y necesaria
que un día atravesaste,
continúa el camino, ya sin riesgo ninguno
de que discurra por lugar baldío
ni de que, como pudo suceder,
nos resultara ajeno su trazado.

Es preciso que todo transcurra y se remanse,
que al parecer concluya para que al fin empiece.
Porque todo está siempre comenzando.
Porque nada termina".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, pp. 57-61

Qué extraña es la belleza

Pero la belleza del mundo es paradójica, alegra y aflige al mismo tiempo. Porque no puede dar lo que promete. Es signo. De ahí que en el corazón del verdadero poeta haya siempre un tono de elegía. Poema Condición de lo bello:

"Qué extraña la belleza. Cuántas veces
a un tiempo nos alegra y nos aflige;
su luz te da en los ojos y te salva,
pero en el pecho canta la elegía".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 35

Cuánto misterio surge

«Cuánto misterio» hay en todo, como leemos en el poema Invierno:

"... Oigo también mi respirar; y casi,
con extrañeza grande de estar vivo,
mi propio corazón. Cuánto misterio
surge si suspendemos totalmente
cualquier actividad y nos abrimos
al ser que somos y a la realidad
que nuestro alrededor nos da con creces.

Cuánto misterio en esta casa sola,
en esta tarde, en mí que la contemplo,
en las horas que han ido oscureciéndose
y en la noche que llega".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, pp. 41-42

Aquí acontece amor

La escritura poética puede captar el ser de las cosas, puede cantar su misterio. Recojo los últimos versos del poema Lectura de Emily Dickinson, de Eloy Sánchez Rosillo. Tras narrar la experiencia de su encuentro con la poesía de la escritora norteamericana nuestro autor concluye:

"... Pero antes de alejarme,
renovado y dichoso, con gratitud, me dije:
aquí sucede el ser
y junto a su latir late lo vivo,
canta el misterio;
aquí acontece amor, ocurre el mundo,
verdad del existir, luz que también es mía".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 132

Palabras encendidas

El mismo sol –El sol de la mañana– que iluminaba los días de la infancia en la casa paterna, enciende ahora el corazón y las palabras del poeta:

"El comedor de casa de mis padres,
de mi casa de niño (que es la más verdadera).
Tenía dos balcones que daban a una plaza.
El sol de la mañana entraba allí a raudales
y todo lo encendía.
Ahora, en mi corazón lo noto entrar.
Y enciende estas palabras".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 63

Cuánta alegría siempre

La realidad, de manera imprevista y gratuita, nos regala alegrías que afirman la positividad de la vida. Es lo que dice el poema Maravillas:

"Cuánta alegría siempre
en ciertos hechos que a destiempo ocurren,
porque sí, cuando nadie los espera o los sueña:
este día de mayo en mitad de febrero,
y, abriéndose camino en su luz prodigiosa,
la muchacha que pasa y me mira y sonríe,
dulce complicidad de un solo instante,
regalo que no dura, afirmación
rotunda y delicada de la vida".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 145

Mirar no es sólo asunto de los ojos

En el poema La ceguera Sánchez Rosillo vuelve sobre el tema de la mirada, que «no es sólo asunto de los ojos». Si miramos bien no podemos no ver la belleza del mundo, hermosura que salva:

"Mirar no es sólo asunto de los ojos.
Primero, ciérralos unos instantes
y dentro de ti busca –en tu sosiego–
la facultad de ver.
Y ahora ábrelos, y mira.
Es enero ahí afuera, pero está
muy hermosa la vida esta mañana.
Cuánto sol en los álamos
que en trémulas hileras van creciendo
en esta vieja plaza
de tu ciudad. Un día y otro día,
durante muchos años,
a su lado pasaste y no los viste,
ciego que dabas pena y que hoy, por fin,
de milagro has sanado y puedes ver
y en tu mirar te salvas".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 99

Todo es tuyo si miras

La mirada verdadera nos hace “poseer” la realidad, nos hace ricos, pues todo es nuestro:

"Mirar es poseer:
todo es tuyo si miras,
aunque el ciego te vea
con las manos vacías".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 81

Abril no es sólo abril

La vocación del poeta no es inventar mundos, aunque algunos así lo crean, sino mirar con ojos maravillados, no acostumbrados, el mundo que nos rodea, el mundo que somos también nosotros mismos. En otro poema –Abril– Sánchez Rosillo señala la importancia de aprender a ver bien la realidad, reconociendo lo que la sobrepasa, ese «algo más» del que es signo, y se lamenta de los que miran sin ver:

"No se puede hacer nada.
Algunos, aunque miren, nunca ven
que abril no es sólo abril,
sino algo más, inmenso, incalculable.
Es muy fácil de ver, pero hay que verlo.
¿Cómo no se dan cuenta?
¿Dónde tienen los ojos?
Están ciegos del todo. No hay remedio".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, p. 55

Testigo de tanta maravilla

Una de mis mayores satisfacciones, en momentos “robados” a jornadas cargadas de trabajo y actividad, es leer poesía. Es un trabajo –y un ocio, que no negocio– que requiere paciencia y disciplina. No todo me convence, ni ciertamente me cautiva. Hay que leer muchas páginas para encontrar una que conmueva por la verdad que atesora y el acierto en el decirla. Pero a veces sucede. Y en ciertos autores, sucede más.

Este es el caso de un poeta que acabo de descubrir –confieso mi precedente ignorancia– gracias a la visita a una librería “de viejo” en mi hermosa ciudad de Alcalá de Henares. El libro lleva por título Oír la luz y reúne sesenta y siete creaciones poéticas de Eloy Sánchez Rosillo (1948), escritor murciano que lleva más de treinta años de ejercicio poético.

Recojo varios poemas de Sánchez Rosillo. El primero, De la naturaleza de las cosas, describe la belleza y singularidad de cada cosa y cada instante, su carácter irrepetible –«todo es distinto siempre»–, y reconoce, como «testigo fascinado», el misterio que lo gobierna todo «con poderosa y amorosa ley»:


"De qué manera tan irrepetible
ha ido hilvanando la naturaleza
todas las cosas que mis ojos ven
precisamente ahora, en este día
hermosísimo y único del mundo.

En principio parece la mañana
una mañana igual que cualquier otra,
pero ninguna ha habido como ésta,
ni tampoco ha de haberla en el futuro.
Todo es distinto siempre, y prodigiosa
tanta diversidad casi impensable.
El mar, el cielo, el aire, aquellos montes
que la distancia desdibuja, el álamo
encendido de sol, la golondrina
que vuela en el jardín de un lado a otro
y que con entusiasmo inagotable
traza sus garabatos en la luz.

Toda cosa en sí misma, y el conjunto
de cuanto miro, se me muestran hoy
como ya nunca más han de mostrarse,
y también los contemplo yo de un modo
que el instante genera y va extinguiendo.
Hay en esto un misterio muy profundo
(que aunque nos da sosiego, nos aboca
a la inquietud de una insondable sima),
algo que no es azar y que gobierna
el todo y cada parte y cada una
de sus combinaciones infinitas
con poderosa y amorosa ley.

El ser testigo fascinado, absorto,
de tanta maravilla esta mañana,
me conmueve y me llena el corazón
de alegría y consuelo".

Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, Tusquets Editores, 2008, pp. 13-14

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Un extraño sentimiento de dicha

Sigue el testimonio de los astronautas acerca de la añoranza de vivir en la Tierra:

"Llevábamos muchos tipos de grabaciones: conciertos, música popular, pero al final del vuelo sólo escuchábamos folclore ruso. También teníamos grabaciones de los sonidos de la naturaleza. El trueno, la lluvia, el canto de los pájaros. Al final volvíamos frecuentemente a ellas y nunca nos cansábamos de escucharlas. Era como si nos llevaran de vuelta a la tierra".

Anayoly Berezovoy, URSS


Pero es otro astronauta ruso quien mejor describe la alegría de recobrar la realidad cotidiana que tantas veces damos por supuesta:

"Un extraño sentimiento de dicha me invadió cuando el módulo aterrizó, giró y se detuvo. El clima era voluptuoso y la tierra olía indescifrablemente dulce y profunda, y había viento, ¡qué placer sentir el viento después de largos días en el espacio!"

Andriyan Nikolayev, URSS

Un mundo sin sonidos

Leo los testimonios de varios astronautas, rusos y americanos, acerca de su experiencia en el espacio y, sobre todo, de su regreso al hogar, al planeta Tierra. Destaca su aprecio por la "realidad" concreta de la tierra, del mundo que habitualmente vivimos, redescubierto por ellos como hogar:

"Cuando volví, después de 12 días de un viaje a la Luna, podía apreciar pequeñas cosas como sentarme en una silla y sentir la presión en mi espalda, poder caminar en ropa normal, poder comer con un tenedor, acostarse y quedar en esa posición, oler cosas, apreciar las sensaciones de la Tierra, escuchar sonidos, realmente. Estábamos en un ambiente en donde traíamos los sonidos con nosotros, porque el espacio no tiene sonidos, es vacío. Esto es cierto igualmente en la Luna. Un mundo sin sonidos, sin olores, sin sentido".

James Irwin, astronauta de EEUU

lunes, 21 de noviembre de 2011

Tiempo de Paraíso

Encuentro en un libro de poemas de Lorenzo Gomis una intuición acertada. El autor compara la vivencia del tiempo antes del pecado original -el tiempo como don- con nuestra experiencia angustiosa y avara del tiempo. Y concluye que sólo en la adoración el tiempo vuelve a su verdadera dimensión:

"No es que no hubiera tiempo, es que era tempo lento. [...]
Era un tiempo distinto. Tiempo de paraíso. [...]

La maldita manzana infundió la sospecha.
¿Y si el tiempo se acaba? ¿Y si la muerte acecha?
¿Y si el ancho camino poco a poco se estrecha?
¿Y si todo en el mundo tiene marcada fecha?

Saltó de pronto un muelle. Se había disparado
el tiempo. Ahora corría, escaso, acelerado.
El hombre no era rey, era esclavo marcado.
Si le faltaba el tiempo era un ser acabado.

Fue pecado dudar del libre don del tiempo. [...]
Fue pecado dudar de que el tiempo era un don. [...]
Si se rehace el tiempo es en la adoración".

Lorenzo Gomis, Libro de Adán y Eva, Endymion, Madrid 1991, pp. 20-21.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La realidad en "status nascens"

Recupero una de mis primeras lecturas de Ortega, que hace referencia a la mirada y a la obra poética, que desvela el rostro oculto de las cosas, devolviéndoles su virginidad original, como si acabaran de ser creadas:

"La poesía es eufemismo, eludir el nombre cotidiano de las cosas, evitar que nuestra mente las tropiece por su vertiente habitual, gastada por el uso, y mediante un rodeo inesperado ponernos ante el dorso nunca visto del objeto de siempre. La nueva denominación lo recrea mágicamente, lo repristina y virginiza. ¡Delicia aún mayor que la de crear esta de recrear! Porque la creación donde no había nada pone una cosa; pero en la recreación tenemos siempre dos: la nueva, que vemos nacer imprevista, y la vieja, que recobramos a su través.

Tomada por sorpresa la realidad, herida en el flanco menos guardado y presumible, se entrega absolutamente, siempre en forma de primer amor. Es natural: la poesía vuelve a poner todo en alborada, en 'status nascens' , y salen las cosas de su regazo desperezándose, en actitud matinal, emergiendo del primer sueño a la primera luz".

José Ortega y Gasset

Una simple e infinita correspondencia

En el estudio anterior sobre Kandinsky leo una cita de Hofmannsthal que evoca magistralmente la percepción de la realidad como presencia, el ser vivo de las cosas, de cada cosa, y al mismo tiempo la impotencia para expresar y explicar adecuadamente esta intuición:

"Cualquier criatura, en esos instantes, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano seco, un camino de carro serpenteando sobre la colina, una piedra recubierta de musgo, es para mí más que la más bella y apasionada amante en la más feliz de las noches. Esas criaturas mudas y a veces inanimadas saltan a mi encuentro con tal plenitud, con una tal presencia de amor que mis ojos dichosos no pueden encontrar, a todo su alrededor, nada que esté muerto.

Todo, todo lo que hay, todo lo que recuerdo, todo lo que mi confuso pensamiento roza, me parece ser algo. Incluso la misma pesadez, la extraña obtusidad de mi cerebro me parece ser algo; siento en mí y en torno a mí una arrobadora, una simple e infinita correspondencia, y no hay una sola entre las materias contrapuestas en la que yo no sea capaz de trasvasarme. Para mí, es como si mi cuerpo estuviera formado por puras cifras que me lo revelasen todo. O como si pudiéramos entrar en una nueva relación, llena de presentimientos, con todos los seres, como si empezáramos a pensar con el corazón.

Pero, una vez desprendido de mí ese extraordinario encantamiento, ya no sé decir nada de ello; soy entonces tan incapaz de mostrar con palabras sensatas dónde esté esa armonía entretejida en mí y en todo el mundo y cómo me haya hecho sentirla, como de exponer un informe sobre la circulación interior de mis vísceras o los borbotones de mi sangre".

Hugo von Hofmannsthal, Carta a Lord Chandos, Murcia, Arquitectura, 1981, pp. 34-35.

¿Cómo 'traducir' la luz del sol?

Leo un interesante ensayo sobre Kandinsky, el pintor ruso, en el que se habla de la insatisfacción que experimentaban los artistas, de manera especial los pintores, en los años del cambio de siglo -en torno a 1900- por no encontrar el modo adecuado de expresar la realidad, de "traducir" lo real con sus pinceles:

"Insatisfacción, ante todo, por el lenguaje, por su capacidad. Cabe recordar a este respecto la preocupación de Cézanne por 'traducir' mediante signos pictóricos una realidad que, tal como él la veía, se le escapaba en el lienzo. Cézanne no hizo sino aludir una vez tras otra a la insuficiencia de su lenguaje, a la insatisfacción por los resultados obtenidos, lo que le condujo a dejar muchas de sus obras sin terminar. ¿Cómo 'traducir' la luz del sol?, ¿cómo resolver un problema en principio sencillo: la relación entre las figuras y el suelo que pisaban?, ¿cómo pintar la relación entre los objetos y la atmósfera?"

Valeriano Bozal, "Kandinsky, el camino de la pintura abstracta", p. 11, en el catálogo de la exposición Kandinsky, origen de la abstracción, 2003.

martes, 1 de noviembre de 2011

No estamos solos

La Iglesia celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Decía en 2006 Benedicto XVI:

"Queridos hermanos y hermanas, hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra! El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos".

Benedicto XVI

jueves, 27 de octubre de 2011

Peregrinos de la verdad

En estos días se ha celebrado en Asís un encuentro interreligioso y ecuménico por la paz y la justicia, a los 25 años del célebre encuentro promovido por el Beato Juan Pablo II. Rescato algunas palabras del discurso de Benedicto XVI:

"Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».

Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella.

Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás.

Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a a nosotros creyentes, a todos los creyentes, a purificar su propia fe, para que Dios -el verdadero Dios- se haga accesible".

Benedicto XVI

martes, 16 de agosto de 2011

En cada detalle se asoma el Misterio

Ante la Sagrada Familia de Gaudí uno siente la imposibilidad de captar todos los detalles, pues se trata de una obra inmensa. Pero es también lo que nos sucede ante la proliferación de iniciativas, exposiciones, actos programados con ocasión de la JMJ Madrid 2011. Es imposible verlo, visitarlo todo. ¿Qué hacer, entonces? Seguir el consejo que nos dan los responsables de la exposición sobre Gaudí:

"En cada detalle se asoma el Misterio, cada cosa es signo. Coge un detalle y llévatelo como un tesoro".

Para hacer bien las cosas

Ayer asistí a la inauguración de la exposición Moved by Beauty (Conmovidos por la Belleza) en el parque madrileño de El Retiro, con ocasión de la JMJ Madrid 2001. La exposición es una introducción al templo expiatorio de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí. Os copio una frase de Gaudí que me impresionó. Vale para el trabajo, pero también para cualquier tarea de la vida:

"Para hacer bien las cosas es necesario: primero, el amor a ellas; segundo, la técnica".

Antonio Gaudí.

domingo, 17 de julio de 2011

La dulce esperanza del arrepentimiento

¡Impresionante la primera lectura de este domingo! Dios es todopoderoso y es el principio de la justicia, pero justamente por su poder nos juzga con indulgencia y nos enseña a ser humanos en el juicio y a tener "la dulce esperanza" de su perdón.

"Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres.

Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento".

Libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19

viernes, 8 de julio de 2011

La auténtica belleza: armonía de verdad y caridad

Un eslabón más de la larga cadena de encuentros entre la Iglesia de nuestros días y los artistas. Unos párrafos del discurso de Benedicto XVI con ocasión de la inauguración de una muestra en su honor, con el título “El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad:

"Nuestro encuentro de hoy, en el que tengo la alegría y la curiosidad de admirar vuestras obras, quiere ser una nueva etapa de ese recorrido de amistad y de diálogo que emprendimos el 21 de noviembre de 2009, en la Capilla Sixtina, un acontecimiento que llevo aún impreso en el alma.

La Iglesia y los artistas vuelven a encontrarse, a hablarse, a apoyar la necesidad de un coloquio que quiere y debe llegar a ser cada vez más intenso y articulado, también para ofrecer a la cultura, es más, a las culturas de nuestro tiempo, un ejemplo elocuente de diálogo fecundo y eficaz, orientado a hacer este mundo nuestro más humano y más bello. Vosotros hoy me presentáis el fruto de vuestra creatividad, de vuestra reflexión, de vuestro talento, expresiones de los diversos ámbitos artísticos que representáis aquí: pintura, escultura, arquitectura, orfebrería, fotografía, cine, música, literatura y poesía.

Antes de admirarlas junto a vosotros, permitidme que me detenga solo un momento en el sugerente título de esta Exposición: "El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad”. Precisamente en la homilía de la Misa pro eligendo pontifice, comentando la bella expresión de san Pablo de la Carta a los Efesios, veritatem facientes in caritate (4,15), definí el “hacer la verdad en la caridad” como una fórmula fundamental de la existencia cristiana. Y añadí: "En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad estaría ciega: la verdad sin caridad sería como un 'címbalo que retiñe' (1Cor 13,1)”.

Es precisamente desde la unión, quisiera decir desde la sinfonía, desde la perfecta armonía de verdad y caridad, de donde emana la auténtica belleza, capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón de los hombres. El mundo en que vivimos necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o por la banalidad; necesita que la caridad inflame y no sea superada por el orgullo y por el egoísmo. Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad alcance lo íntimo de nuestro corazón y lo haga más humano.

Queridos amigos, quisiera renovaros a vosotros y a todos los artistas un llamamiento amistoso y apasionado: no separéis nunca la creatividad artística de la verdad y de la caridad, no busquéis nunca la belleza lejos de la verdad y de la caridad, sino que con la riqueza de vuestra genialidad, de vuestro impulso creativo, sed siempre, con valor, buscadores de la verdad y testigos de la caridad; haced resplandecer la verdad en vuestras obras y haced de modo que su belleza suscite en la mirada y en el corazón de quien las admira el deseo de hacer bella y verdadera la existencia, toda existencia, enriqueciéndola con ese tesoro que no disminuye nunca, que hace de la vida una obra de arte y de cada hombre un artista extraordinario: la caridad, el amor. Que el Espíritu Santo, artífice de toda la belleza que hay en el mundo, os ilumine siempre y os guíe hacia la Belleza última y definitiva, la que inflama nuestra mente y nuestro corazón y que esperamos poder contemplar un día en todo su esplendor.

Una vez más, gracias por vuestra amistad, por vuestra presencia y porque lleváis al mundo un rayo de esta Belleza que es Dios. De verdadero corazón os imparto a todos vosotros, a vuestros seres queridos y al entero mundo del arte mi Bendición Apostólica".

Benedicto XVI

domingo, 3 de julio de 2011

Un corazón manso y humilde

Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Escuchamos en el Evangelio estas palabras de Jesús: "Cargad con mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis vuestro descanso." Recuerdo la conocida oración a la Virgen del padre Grandmaison:

"Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente. Dame un corazón sencillo que no saboree las tristezas; un corazón grande para entregarse, tierno en la compasión; un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal. Fórmame un corazón manso y humilde, amante sin pedir retorno, gozoso al desaparecer en otro corazón ante tu divino Hijo; un corazón grande e indomable que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse; un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo, herido de su amor, con herida que sólo se cure en el cielo".

L. de Grandmaison

domingo, 19 de junio de 2011

Trinidad y relaciones humanas

Hoy celebra la Iglesia la Solemnidad de la Santísima Trinidad. No se trata de un misterio abstracto, sino de una verdad revelada que ilumina nuestra vida cotidiana, como ejemplifica el Papa:

"¡Cómo cambiaría el mundo si en las familias, en las parroquias y en toda otra comunidad las relaciones se vivieran siguiendo siempre el ejemplo de las tres Personas divinas, en donde cada una vive no sólo con la otra, sino para la otra y en la otra!"

Benedicto XVI

viernes, 17 de junio de 2011

Un camino, no un milagro

El sacerdote italiano Don Giussani, fundador de Comunión y Liberación, dirigía hace años estas palabras a un grupo de jóvenes que emprendía la peregrinación al Santuario de la Virgen de Loreto. Me parece una indicación sumamente pertinente para nuestra vida de relación con el Misterio, con Cristo. Los milagros, cuando los hay, son para confirmar y clarificar el camino.

"Esperaos un camino, no un milagro que eluda vuestras responsabilidades, que anule vuestro esfuerzo, que haga mecánica vuestra libertad. ¡No! No esperéis esto. Esto supone una diferencia con respecto a lo que habéis vivido hasta ahora, al camino que habéis recorrido: la diferencia profunda es que no podrás seguirnos si no tienes una tensión por comprender. Ahora tendrás que empezar a amar realmente la vida y su destino".

Luigi Giussani

miércoles, 15 de junio de 2011

Espíritu Santo, arte y liturgia

El pasado domingo, día de Pentecostés, el Papa habló de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, y entre otras cosas dijo:

"El Espíritu Santo... da significado a la oración, da vigor a la misión evangelizadora, hace arder los corazones de quien escucha el alegre mensaje, inspira el arte cristiano y la melodía litúrgica".

Benedicto XVI

lunes, 6 de junio de 2011

En torno a la Ascensión: "Un nuevo modo de presencia"

Frente a lo que leíamos en la entrada anterior -en el poema de León Felipe-, podemos encontrar en estas palabras del papa Benedicto XVI la auténtica comprensión del misterio de la Ascensión del Señor. ¡Qué consolador resulta saber que no estamos solos frente a una tarea que resultaría irrealizable sin Jesús!:

"Lucas nos dice que los discípulos estaban llenos de alegría después de que el Señor se había alejado de ellos definitivamente. Nosotros nos esperaríamos lo contrario. Nos esperaríamos que hubieran quedado desconcertados y tristes. El mundo no había cambiado, Jesús se había separado definitivamente. Habían recibido una tarea aparentemente irrealizable, una tarea que superaba sus fuerzas. ¿Cómo podían presentarse ante la gente en Jerusalén, en Israel, en todo el mundo, diciendo: Aquel Jesús, aparentemente fracasado, es sin embargo el Salvador de todos nosotros?

Todo adiós deja tras de sí un dolor. Aunque Jesús había partido como persona viviente, ¿cómo es posible que su despedida definitiva no les causara tristeza? No obstante, se lee que volvieron a Jerusalén llenos de alegría y alababan a Dios. ¿Cómo podemos entender nosotros todo esto?

En todo caso, lo que se puede deducir de ello es que los discípulos no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano. Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa. Ellos saben que 'la derecha de Dios', donde Él está ahora 'enaltecido', implica un nuevo modo de su presencia, que ya no se puede perder; el modo en que únicamente Dios puede sernos cercano.

La alegría de los discípulos después de la 'ascensión' corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La 'ascensión' no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera".

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II.

En torno a la Ascensión: "Vino y se fue..."

Ayer celebrábamos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Es ésta una de las grandes fiestas del calendario cristiano, pero es necesario entender bien su significado, pues de ello depende la comprensión de la vida y la experiencia cristianas. Un poema de León Felipe lo pone de manifiesto:

"Aquí vino…
y se fue.
Vino, nos marcó nuestra tarea
y se fue.

Tal vez detrás de aquella nube
hay alguien que trabaja
lo mismo que nosotros,
y tal vez
las estrellas
no son más que ventanas encendidas
de una fábrica
donde Dios tiene que repartir
una labor también.

Aquí vino
y se fue.

Vino, lleno nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos.
nos dejó unas herramientas…
y se fue.

Él, que lo sabe todo,
sabe que estando solos
sin Dioses que nos miren
trabajamos mejor.

Detrás de ti no hay nadie. Nadie,
ni un maestro, ni un amo, ni un patrón.

Pero tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia
con que Dios comenzó la creación".

León Felipe


El poema presenta un "cristianismo sin Cristo", un cristianismo de ausencia de Dios. "Tal vez", dice el poeta, "detrás de aquella nube hay alguien"... Pero luego añade: "Detrás de ti no hay nadie..." pues "Él sabe que estando solos sin Dioses que nos miren trabajamos mejor". Desde luego no es ésta la experiencia de los discípulos ni antes ni después de la Ascensión. El cristianismo es la experiencia de la Presencia de Dios con nosotros, de la Compañía de Cristo.

lunes, 30 de mayo de 2011

Sólo el silencio es grande

"Sólo el silencio es grande, el resto es debilidad".

Alfred de Vigny