¿Cómo vivir la experiencia del dolor, de un gran dolor? ¡Qué diferentes son las propuestas del budismo y del cristianismo!:
«En uno de los escritos sagrados del Beato oriental [Buda] se cuenta este diálogo entre el Maestro y Visakha:
"El Beato le dijo: ¿Por qué sigues aquí, Visakha, con las ropas y los cabellos todavía húmedos? [por el rito fúnebre].
- Mi querida sobrina ha muerto, por eso estoy aquí...
- Visakha, a quien le importan cien cosas tiene cien dolores. A quien le interesan noventa tiene noventa dolores. Quien ama ochenta, treinta, veinte, diez cosas tiene ochenta, treinta, veinte, diez dolores. Quien ama una sola cosa tiene un solo dolor. Y quien no ama nada, éste no sufre dolor alguno. Y es un hombre sereno quien no sufre dolor ni pasión. Los dolores, las lamentaciones y los sufrimientos en este mundo son innumerables por culpa de las cosas que amamos: pero si no existe nada que nos sea amable, no existe el dolor. Por eso, los que no aman a nada ni a nadie en el mundo son felices y están libres de sufrimiento".
Qué distinto de esta postura que congela la afectividad y censura la naturaleza apasionante del vivir es el arrojo con el que Cristo se detiene ante la viuda de Naín y, como refiere Lucas, «movido a compasión hacia ella», le dice: ¡No llores! Y ¡qué diferente es ese hombre-Dios que llora ante la noticia de la muerte de su amigo Lázaro o que, incontables veces, se para delante del dolor del ciego, del lisiado o del dolor loco del endemoniado!
No un desapego de la condición humana sino una pasión conmovida delante de su pena: es ésta la gran novedad que introdujo el cristianismo».
Davide Rondoni, en la introducción a E. Mounier, Cartas desde el dolor, Encuentro, Madrid 1998, pp. 8-9.
Mostrando entradas con la etiqueta Dolor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dolor. Mostrar todas las entradas
viernes, 3 de febrero de 2012
jueves, 19 de febrero de 2009
Cuando los signos son ciertos...
Ayer despedimos a Pablo, sacerdote. En la Capilla del Seminario de Madrid, donde se instaló la capilla ardiente, recé el oficio de difuntos. Una frase -del himno de la hora intermedia- me confortó enormemente:
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
martes, 17 de febrero de 2009
Ante la muerte de un amigo sacerdote...
Hace una semana que no escribo nada en el blog. Además del trabajo que se me acumula, puedo aducir en mi defensa que he estado varios días de peregrinación en Fátima, con los seminaristas y formadores del Seminario del que soy rector. Pero hay aún otra razón más inmediata; después de varias entradas en este blog hablando del dolor y del sufrimiento -con ocasión de la muerte de Eluana Englaro y la celebración de Nª Sª de Lourdes y del día del enfermo- ayer mismo el dolor vino a llamar a mi corazón con la noticia de la imprevista y trágica muerte de un amigo sacerdote en accidente de montaña. Todavía no la he digerido. Me sigue pareciendo mentira. Pero es cierta, como cierta es la misericordia del Padre que permitió que la ladera helada del Moncayo fuera su penúltima morada, antes de entrar en las moradas eternas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
martes, 10 de febrero de 2009
Vinagre o vino generoso
El dolor es una experiencia humana universal, y nunca podrá ser eliminado del todo. Pero sí depende de nosotros que "en lugar de ruina sea parto":
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
Acabó convirtiendo el dolor en redención...
Advierte el autor del error de intentar justificar la supuesta bondad del dolor. En sí mismo el dolor es -como decía Theilhard de Chardin- "oscuro y repugnante". Pero hay una posible redención del dolor, como muestra Cristo:
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
Explicaciones a medias
Tras las anteriores consideraciones Martín Descalzo señala la necesidad de no cerrar en falso la herida contentándonos con explicaciones parciales del misterio del dolor:
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
lunes, 9 de febrero de 2009
La cantidad de dolor
Prosigue Martín Descalzo. Hoy no hay menos dolor en el mundo que hace cuatro siglos. Dolor y alegría siguen estando en un difícil equilibrio:
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
El misterio del dolor
Con la cita anterior, tan honda y verdadera, no pretendo buscar el lado "estético" de la dramática, y a veces trágica, experiencia del dolor. Estoy de acuerdo con el sacerdote y periodista católico Martín Descalzo cuando afirmaba, desde su enfermedad:
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
Como iglesias sin bendecir
Este pasado domingo escuchábamos en las lecturas de la misa la dura experiencia de Job, el justo que sufre, y en el Evangelio la curación de la suegra de Pedro, así como la inagotable actividad curativa de Jesús en permanente contacto con el mundo del dolor. La enfermedad y el dolor nos desconciertan y con frecuencia no sabemos cómo reaccionar. El caso de Eluana Englaro lo pone de manifiesto. Sólo si el dolor adquiere un sentido y si quien sufre -o ve sufrir- está acompañado, es posible resistir a la cultura de la muerte. La salida al sufrimiento no es la muerte, sino el amor y la com-pasión que afirman el valor de la vida en toda circunstancia. Sufrir con el que sufre, alegrarse con el que se alegra. El dolor es parte inevitable de la vida. Lo decía bellamente el poeta Rosales:
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
