La creación, obra de Dios, nos enseña a esperar la Vida tras la muerte, sosteniendo nuestra esperanza:
"¿Cuál es el valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?
Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan las bellezas de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine.
Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno".
R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, pp. 44-45.
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viernes, 15 de junio de 2012
jueves, 19 de febrero de 2009
Cuando los signos son ciertos...
Ayer despedimos a Pablo, sacerdote. En la Capilla del Seminario de Madrid, donde se instaló la capilla ardiente, recé el oficio de difuntos. Una frase -del himno de la hora intermedia- me confortó enormemente:
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
martes, 17 de febrero de 2009
Ante la muerte de un amigo sacerdote...
Hace una semana que no escribo nada en el blog. Además del trabajo que se me acumula, puedo aducir en mi defensa que he estado varios días de peregrinación en Fátima, con los seminaristas y formadores del Seminario del que soy rector. Pero hay aún otra razón más inmediata; después de varias entradas en este blog hablando del dolor y del sufrimiento -con ocasión de la muerte de Eluana Englaro y la celebración de Nª Sª de Lourdes y del día del enfermo- ayer mismo el dolor vino a llamar a mi corazón con la noticia de la imprevista y trágica muerte de un amigo sacerdote en accidente de montaña. Todavía no la he digerido. Me sigue pareciendo mentira. Pero es cierta, como cierta es la misericordia del Padre que permitió que la ladera helada del Moncayo fuera su penúltima morada, antes de entrar en las moradas eternas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
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