Transcribo un poema largo de Andrés Trapiello -poeta leonés nacido en 1952- uno de los grandes de nuestra poesía actual. En él se refleja la experiencia de muchas personas, educadas en una fe cristiana que han ido perdiendo por el camino, una fe reducida con frecuencia a su etapa infantil, pero que en momentos de zozobra hace subir de nuevo a los labios las palabras del Ave María. Las oraciones aprendidas de pequeños, los gestos enseñados por nuestros abuelos o nuestros padres, las catequesis de los primeros años, el amor a la Virgen... son todavía para algunos hoy el terreno hondo desde el que retomar la fe, una fe que necesita hacerse adulta, para no quedarnos en la nostalgia de la infancia perdida, de la inocencia de nuestros primeros años. Es necesario vencer la vergüenza de rezar:
VIRGEN DEL CAMINO
Estas noches de invierno hace frío en la casa,
los techos son muy altos y las paredes viejas,
cierran mal los balcones y la ventisca entra
hasta la misma cama donde espero
a que me venza el sueño y a que el sueño
me arrebate de golpe el libro de las manos,
y así, sobresaltado, me despierto
en medio de las sombras.
Y es entonces cuando comienzo un rito,
un viejo rito íntimo, igual todas las noches:
rezo un avemaría mentalmente.
Durante muchos años esto me avergonzaba.
«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.
Eres un hombre ya, no crees hace mucho
que el destino del hombre obedezca a unas leyes
divinas ni que el orbe, engastado de estrellas
en las ruedas del sol y de la luna,
sea la maquinaria de un reloj,
al que un ser bondadoso
da cuerda cada noche en su vasto castillo,
esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada
y Bergson llamó Tiempo.
Es tarde para ti, me digo. Déjales
esa oración a otros, a tus hijos tal vez,
ignorantes aún de lo que sean
las palabras antiguas del arcángel
que anunciaron el Verbo y su silencio
en misterioso griego, según cuenta san Lucas.
No pienses otra cosa. Estás cansado.
Ya es bastante de un día
conocer su final y conocerlo en paz.
Deja, pues, de rezar. Ese viático
no puedes usurparlo, porque, di,
¿de qué te serviría? De qué sirve una llave
de la que no sabemos a dónde pertenece».
Son razones que habré dicho mil veces,
pero al llegar la noche,
me acuerdo de otras noches
y el frío de mis pies entre las sábanas
es un frío de infancia, de internado,
cuando oía a mi lado el dulce respirar
en otras camas, y en el cristal la escarcha.
Y al recordar aquellas ya lejanas
noches de la meseta, tan largas,
oscuras y sin fondo,
recuerdo las palabras de los frailes:
«La Virgen del Camino guiará vuestros pasos
dondequiera que estéis.
No dejéis de rezarle y el camino
no será tan difícil. Será para vosotros
linterna en alta mar o una noche de luna».
Y recuerdo que yo, para dormirme,
imaginaba, acurrucado,
debajo de las mantas que pesaban
pero que calentaban poco,
sin moverme siquiera de la parte más tibia
que había caldeado con esfuerzo,
incluso con mi aliento, imaginaba, digo,
qué sería de mí y qué lejanos mares
habría de cruzar, qué extrañas tierras.
Otras veces pensaba si la muerte
habría de llegarme
como a aquel que labrando
un buen día su viña, ni siquiera
de recoger su manto tuvo tiempo,
o en medio de una fiesta, o en el sueño...
AI llegar a este punto
recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,
de modo que mis labios desgranaban
aquel Ave, Maria, gratia plena,
con el que yo me hacía
m lecho de hojas secas,
y luego me dormía... para llegar,
muchos años después,
a noches como ésta,
noches frías de invierno
donde a solas conmigo voy pensando
y dejando en mi boca, una a una,
las palabras antiguas
de la Salutación, como si fueran
el óbolo que habrá de franquearme
los portales del manto hospitalario
que unos llamaron Tiempo
y otros llamaron Nada”.
Andrés Trapiello.
lunes, 25 de mayo de 2009
Péguy y el Ave María
Recojo una confesión del escritor francés Charles Péguy (1873-1914). En 1909 escribió:
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
jueves, 21 de mayo de 2009
Madre santa y Virgen bella
Mes de mayo. Todo comenzó con la anunciación. ¡Qué misterioso diálogo del Creador con su criatura! Así lo recrea Lope de Vega:
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
sábado, 16 de mayo de 2009
Dios no puede darnos la felicidad sin Él
Otro converso, C. S. Lewis -"cautivado por la alegría"-, explica de manera transparente por qué no podemos prescindir de Dios, ni desentendernos de la religión:
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
viernes, 15 de mayo de 2009
Poesía... primer amor de las cosas
La poesía es revelación, nos dice algo nuevo sobre lo que ya creemos conocer, o mejor, nos lo hace ver de nuevo, tal como en realidad es. Nos hace ver el mundo en status nascens, en el momento de su nacimiento, como recién salido de las manos del Creador. Así lo dice genialmente nuestro filósofo, y sólo por este texto habría que considerarlo uno de los grandes:
"La poesía es eufemismo -eludir el nombre cotidiano de las cosas, evitar que nuestra mente las tropiece por su vertiente habitual, gastada por el uso, y mediante un rodeo inesperado ponernos ante el dorso nunca visto del objeto de siempre. La nueva denominación lo recrea mágicamente, lo repristina y virginiza.
¡Delicia aún mayor que la de crear ésta de recrear! Porque la creación, donde no había nada pone una cosa; pero en la recreación tenemos siempre dos: la nueva, que vemos nacer imprevista, y la vieja, que recobramos a su través. Operación endiablada. Rejuvenecimiento. Fausto joven que lleva dentro al decrépito Fausto. (...)
De esta manera, tomada por sorpresa la realidad, herida en el flanco menos guardado y presumible, se entrega absolutamente, siempre en forma de primer amor.
Es natural, la poesía vuelve a poner todo en alborada, en status nascens, y salen las cosas de su regazo desperezándose, en actitud matinal, emergiendo del primer sueño a la primera luz".
J. Ortega y Gasset, Obras completas, t. III, p. 580 s.
"La poesía es eufemismo -eludir el nombre cotidiano de las cosas, evitar que nuestra mente las tropiece por su vertiente habitual, gastada por el uso, y mediante un rodeo inesperado ponernos ante el dorso nunca visto del objeto de siempre. La nueva denominación lo recrea mágicamente, lo repristina y virginiza.
¡Delicia aún mayor que la de crear ésta de recrear! Porque la creación, donde no había nada pone una cosa; pero en la recreación tenemos siempre dos: la nueva, que vemos nacer imprevista, y la vieja, que recobramos a su través. Operación endiablada. Rejuvenecimiento. Fausto joven que lleva dentro al decrépito Fausto. (...)
De esta manera, tomada por sorpresa la realidad, herida en el flanco menos guardado y presumible, se entrega absolutamente, siempre en forma de primer amor.
Es natural, la poesía vuelve a poner todo en alborada, en status nascens, y salen las cosas de su regazo desperezándose, en actitud matinal, emergiendo del primer sueño a la primera luz".
J. Ortega y Gasset, Obras completas, t. III, p. 580 s.
jueves, 14 de mayo de 2009
Un camino virgen
Cada ser humano es único. Y también lo es su vocación, porque somos relación con el Infinito, con Dios. Nadie ha recorrido antes mi camino hacia el Destino; es un camino virgen, como dice el poeta:
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios".
León Felipe.
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios".
León Felipe.
lunes, 11 de mayo de 2009
Mi gran libro fue la Iglesia
Última entrega del relato de la conversión de Claudel:
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!"
P. Claudel, Ma conversion.
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!"
P. Claudel, Ma conversion.
Una resistencia finalmente vencida
Sigue hablando Claudel del acontecimiento de su conversión:
"¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi 'temporada'. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?"
P. Claudel, Ma conversion.
"¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi 'temporada'. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?"
P. Claudel, Ma conversion.
El sentimiento de la eterna infancia de Dios
Una amiga me envía el testimonio de la conversión del escritor francés Paul Claudel. Es un texto muy conocido, pero siempre es bueno tenerlo a mano. Era la Navidad de 1866. Él mismo narraría, veintisiete años después, lo sucedido. Es inevitable pensar en la similitud con el "hecho extraordinario" del profesor García Morente (ver archivo del blog, 27/12/2008):
"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1866, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: ¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama! Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción".
P. Claudel, Ma conversion.
"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1866, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: ¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama! Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción".
P. Claudel, Ma conversion.
sábado, 9 de mayo de 2009
No se puede vivir sin Dios
Hace unos días recogía una cita del sacerdote ortodoxo ruso Pavel Florenski. Hoy ofrezco el breve relato de su conversión, del momento en que la luz de Cristo resucitado entró de manera imprevisible e inmerecida en la noche oscura de su alma, de su mundo sin Dios:
"Dormía con un sueño profundísimo, semejante a un desfallecimiento, hasta el punto de que ni siquiera soñaba, o al menos me olvidaba de mis sueños al despertar. Igualmente fuerte era la sensación o, mejor dicho, la percepción mística de la oscuridad, del no ser, de la clausura...
Era una sensación semejante a la del hombre que ha sido sepultado vivo y siente por encima de él verstas y verstas [kilómetros] de tierra impenetrable. Frente a esa oscuridad hasta la noche más negra parecía luminosa; era una oscuridad espesa y densa, una tiniebla absoluta que me envolvía y me sofocaba...
Con una firmeza que no admitía dudas sentía la impotencia de cuanto me había interesado hasta aquel momento en la zona de oscuridad en la que había caído. Allí estaban mis necesidades, mis sufrimientos. Evidentemente también debían estar mis recursos y mis gozos. Los estaba buscando, pero no los encontraba; me lanzaba hacia la salida, pero chocaba con las paredes y me perdía entre subterráneos y pasadizos. Fui presa de una gran desesperación y tuve que admitir la imposibilidad de salir de allí, la evidencia de haber quedado separado definitivamente del mundo visible.
En ese instante un rayo sutilísimo, que era o una luz invisible o un sonido imperceptible, me comunicó un nombre: Dios. No era todavía una iluminación ni un renacimiento, sino simplemente la noticia de una posible luz. No obstante, contenía la esperanza y al mismo tiempo la conciencia tumultuosa e imprevista de que la muerte o la salvación estaban en ese nombre y en ninguna otra parte. No sabía qué hacer para salvarme. No comprendía dónde había acabado y por qué en ese lugar las cosas de la tierra no tenían efecto. Pero me encontré cara a cara con un hecho nuevo, tan incomprensible como indiscutible: existía un reino de las tinieblas y de la muerte y de él venía la salvación. Fue una revelación imprevista, como en las montañas, cuando, en medio de un mar de niebla, se abre un resquicio y asoma de improviso un precipicio amenazante. Para mí fue una revelación, un descubrimiento, un shock, un golpe. Gracias a ese golpe me desperté de repente, como sacudido por una fuerza externa y sin saber por qué, pero, extrayendo las conclusiones de cuanto me había sucedido, grité por toda la habitación: No, no se puede vivir sin Dios".
P. Florenski, Cartas de la prisión y de los campos, Eunsa 2005, p. 21.
"Dormía con un sueño profundísimo, semejante a un desfallecimiento, hasta el punto de que ni siquiera soñaba, o al menos me olvidaba de mis sueños al despertar. Igualmente fuerte era la sensación o, mejor dicho, la percepción mística de la oscuridad, del no ser, de la clausura...
Era una sensación semejante a la del hombre que ha sido sepultado vivo y siente por encima de él verstas y verstas [kilómetros] de tierra impenetrable. Frente a esa oscuridad hasta la noche más negra parecía luminosa; era una oscuridad espesa y densa, una tiniebla absoluta que me envolvía y me sofocaba...
Con una firmeza que no admitía dudas sentía la impotencia de cuanto me había interesado hasta aquel momento en la zona de oscuridad en la que había caído. Allí estaban mis necesidades, mis sufrimientos. Evidentemente también debían estar mis recursos y mis gozos. Los estaba buscando, pero no los encontraba; me lanzaba hacia la salida, pero chocaba con las paredes y me perdía entre subterráneos y pasadizos. Fui presa de una gran desesperación y tuve que admitir la imposibilidad de salir de allí, la evidencia de haber quedado separado definitivamente del mundo visible.
En ese instante un rayo sutilísimo, que era o una luz invisible o un sonido imperceptible, me comunicó un nombre: Dios. No era todavía una iluminación ni un renacimiento, sino simplemente la noticia de una posible luz. No obstante, contenía la esperanza y al mismo tiempo la conciencia tumultuosa e imprevista de que la muerte o la salvación estaban en ese nombre y en ninguna otra parte. No sabía qué hacer para salvarme. No comprendía dónde había acabado y por qué en ese lugar las cosas de la tierra no tenían efecto. Pero me encontré cara a cara con un hecho nuevo, tan incomprensible como indiscutible: existía un reino de las tinieblas y de la muerte y de él venía la salvación. Fue una revelación imprevista, como en las montañas, cuando, en medio de un mar de niebla, se abre un resquicio y asoma de improviso un precipicio amenazante. Para mí fue una revelación, un descubrimiento, un shock, un golpe. Gracias a ese golpe me desperté de repente, como sacudido por una fuerza externa y sin saber por qué, pero, extrayendo las conclusiones de cuanto me había sucedido, grité por toda la habitación: No, no se puede vivir sin Dios".
P. Florenski, Cartas de la prisión y de los campos, Eunsa 2005, p. 21.
lunes, 4 de mayo de 2009
Ahora la belleza no es vana...
Un buen amigo me ha enviado este hermoso texto sobre la Resurrección de Cristo del escritor -filósofo, matemático y religioso- ruso Pavel Florenski (1882-1937). Sobran los comentarios:
“La belleza de la naturaleza no ha vencido a la muerte, no ha hecho más que volverla más horrible, vistiéndola con hábitos elegantes. La nobleza del espíritu no ha vencido a la muerte, aunque el espíritu inmortal haya escapado de lo Inexorable, retirándose a regiones que para ella eran inaccesibles. Y cuando parecía que toda batalla fuese vana el Amor ha entrado en el reino de la muerte: y el punzón de la depredadora se ha desplazado contra su escudo (...)
El mismo ha descendido a nuestra carne lívida. La materia se ha divinizado, en el cuerpo de Cristo se ha vuelto radiante, de una belleza inmutable (...) Ahora la belleza no es vana, porque la criatura ha sido liberada de la corrupción; ahora tampoco el amor es vano, porque el amado no perece sin dejar huellas. No es vana nuestra fe, ni las empresas ascéticas del espíritu, porque Cristo ha resucitado.
En el confuso fluir de los eventos se ha encontrado un centro, ha sido descubierto un centro de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato habría tenido razón con su pregunta llena de desprecio: ¿Qué es la verdad? Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, las cosas más preciosas se habrían convertido irremediablemente en cenizas, la belleza habría perecido para siempre. Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, el puente entre el cielo y la tierra se hubiese derrumbado para siempre. Y habríamos perdido ambas cosas, porque no habríamos conocido el cielo y no habríamos podido defendernos de la liquidación de la tierra. Pero ha resucitado aquél ante el cual somos eternamente culpables (...) La muerte que todo lo devora ha sido aniquilada por la inmortalidad. La verdad ha triunfado sobre la falsedad. El fuego del pecado ha sido extinguido por el amor humilde".
P. Florenski, Homilía pascual (El inicio de la vida).
“La belleza de la naturaleza no ha vencido a la muerte, no ha hecho más que volverla más horrible, vistiéndola con hábitos elegantes. La nobleza del espíritu no ha vencido a la muerte, aunque el espíritu inmortal haya escapado de lo Inexorable, retirándose a regiones que para ella eran inaccesibles. Y cuando parecía que toda batalla fuese vana el Amor ha entrado en el reino de la muerte: y el punzón de la depredadora se ha desplazado contra su escudo (...)
El mismo ha descendido a nuestra carne lívida. La materia se ha divinizado, en el cuerpo de Cristo se ha vuelto radiante, de una belleza inmutable (...) Ahora la belleza no es vana, porque la criatura ha sido liberada de la corrupción; ahora tampoco el amor es vano, porque el amado no perece sin dejar huellas. No es vana nuestra fe, ni las empresas ascéticas del espíritu, porque Cristo ha resucitado.
En el confuso fluir de los eventos se ha encontrado un centro, ha sido descubierto un centro de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato habría tenido razón con su pregunta llena de desprecio: ¿Qué es la verdad? Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, las cosas más preciosas se habrían convertido irremediablemente en cenizas, la belleza habría perecido para siempre. Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, el puente entre el cielo y la tierra se hubiese derrumbado para siempre. Y habríamos perdido ambas cosas, porque no habríamos conocido el cielo y no habríamos podido defendernos de la liquidación de la tierra. Pero ha resucitado aquél ante el cual somos eternamente culpables (...) La muerte que todo lo devora ha sido aniquilada por la inmortalidad. La verdad ha triunfado sobre la falsedad. El fuego del pecado ha sido extinguido por el amor humilde".
P. Florenski, Homilía pascual (El inicio de la vida).
domingo, 3 de mayo de 2009
No se puede dejar de ser padre
Domingo del Buen Pastor. Hay un sólo Buen Pastor, Cristo. Y en Él se transparenta la Paternidad de Dios. Los ministros de la Iglesia, desde el Santo Padre hasta el último de los sacerdotes católicos, estamos llamados a vivir y ejercitar esta paternidad. Recojo aquí el testimonio luminoso del papa Pablo VI, en transcripción de una conversación con el filósofo francés Jean Guitton:
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
viernes, 1 de mayo de 2009
María y la Iglesia
Dice el teólogo suizo von Balthasar que la persona de María salva a la Iglesia de volverse una institución fría, una mera organización más preocupada de los planes y proyectos que de las personas:
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
María y nosotros
Primer día del mes de mayo. La devoción a María es más que devoción, es escuela de experiencia cristiana:
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
miércoles, 15 de abril de 2009
Una cita genial de Chesterton
Tras un largo silencio -intensa actividad en torno a la Semana Santa- retomo el blog con una cita de Chesterton que, a mi juicio, ilustra muy bien la naturaleza de la Iglesia, que vive la actualidad del acontecimiento de Cristo y de su resurrección:
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Fe y acción
Una más. San José, ejemplo de una humanidad vivida en presencia del Misterio, de una acción guiada por la fe. La justicia de José:
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
La autoridad del menor sobre el mayor: José y Jesús
Hablando de la autoridad que José ejerció sobre Jesús recuerda el Papa, citando a Orígenes -autor eclesiástico de los siglos II y III-, que toda autoridad humana -y de modo especial el sacerdocio, que implica también la autoridad de Dios- debe ser ejercida como servicio, pues muchas veces es el menor el que tiene autoridad sobre el mayor:
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
martes, 24 de marzo de 2009
Fidelidad e inteligencia
Sigue el Papa hablando de San José y emite un juicio de gran interés. El esposo de la Virgen fue un hombre justo y fiel, leal y lleno de la sabiduría de Dios, ambas cualidades necesarias en nuestra respuesta vocacional a Dios:
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
Se puede amar sin poseer
En su reciente visita a África el Santo Padre celebró la solemnidad de San José. Hablando de él dijo:
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
domingo, 22 de marzo de 2009
Un amor plenamente humano en Dios
Sigue la reflexión de Adrienne von Speyr sobre San José:
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
José, esposo de María
La singular vocación de San José:
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
sábado, 21 de marzo de 2009
La renuncia de José
Sigue comentando la mística suiza von Speyr:
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
Fecundidad corporal y virginidad consagrada
Comentando la relación esponsal y virginal entre María y José propone Adrienne von Speyr una reflexión muy interesante. En María -libre del pecado original- se realiza la armonía del designio originario del Creador, ella es esposa y virgen, virgen y madre:
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
jueves, 19 de marzo de 2009
En torno a San José
Celebra hoy la Iglesia la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. La mejor reflexión que conozco sobre San José pertenece a la obra La Esclava del Señor, de Adrienne von Speyr, mística suiza convertida al catolicismo en 1940 de la mano del teólogo Hans Urs von Balthasar. La obra está dedicada a María, pero incluye un capítulo titulado "María y José". Entresaco algunos párrafos:
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
jueves, 12 de marzo de 2009
En el profundo silencio...
Intuye el autor que la naturaleza es signo, ocasión de encuentro verdadero con uno mismo y con Dios, pero no hay que hacerse ilusiones: muchos no llegan, ni ante los más bellos paisajes o los espacios más silenciosamente vírgenes, al reconocimiento del Misterio. Hace falta una educación. El silencio sana cuando es la condición para oír lo esencial, cuando es el umbral del Misterio:
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
La paz de las horas
Sigue van der Meer, en tono bucólico. Irse al campo...
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
miércoles, 11 de marzo de 2009
¿De dónde viene este renuevo de vida?
Hace tiempo que no citamos a van der Meer y su obra Nostalgia de Dios. Estas líneas -en días cálidos y casi primaverales-pueden ser una buena forma de retomarlo:
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
jueves, 5 de marzo de 2009
Desde esta otra orilla...
Sigue José Luis Puerto recordándonos la necesidad de atender a lo pequeño, a lo que todos desatienden, al rumor de todo lo que arde en cada brizna de realidad. Es éste el "sacerdocio del poeta", el servicio a lo que ya casi nadie percibe:
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
Estar a la escucha
Sigo con poesía. Si decíamos en la entrada anterior que el significado último -y primero- de la poesía es indagar, intentar desvelar el rostro inasible del Misterio, ahora quiero señalar la necesidad de estar a la escucha, atentos a la invitación muda -aunque también elocuente- de la realidad. Lo hago con fragmentos de poemas de José Luis Puerto, poeta salmantino que en 1997 ganó el premio "Gil de Biedma" de la Diputación Provincial de Segovia:
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Es esto la poesía
¿Qué busco en la poesía? No sólo la belleza formal, el ritmo de las palabras, la belleza de las imágenes, la evocación de los estados de ánimo o la profecía de la felicidad, sino... un Rostro. El rostro inaferrable del Misterio. Lo apunta Miguel d'Ors:
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
martes, 3 de marzo de 2009
La Iglesia, hogar de la belleza
Hace tiempo que me rondaba por la cabeza esta cita del cardenal Ratzinger. Hoy por fin la recupero y la propongo de nuevo a todos los amigos:
“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.
Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizando el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza —y, por lo tanto, de la verdad—, sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno” .
J. Ratzinger (V. Messori), Informe sobre la fe, BAC, Madrid 1985, 5ª edic., pp. 142-143.
“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.
Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizando el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza —y, por lo tanto, de la verdad—, sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno”
lunes, 2 de marzo de 2009
A propósito de Mendelssohn
A propósito de Mendelssohn he leído una anécdota cuyo origen no he podido verificar, pero que resulta interesante:
Cuando el organista se dio la vuelta para irse, el forastero se le acercó y le preguntó si le permitiría tocar esa pieza. El organista respondió bruscamente que no era su costumbre dejar que otros tocaran el órgano. Finalmente, después de dos nuevas peticiones amables, el músico le dio permiso, aunque con evidente reticencia. El forastero se sentó ante el teclado y llenó el santuario de una hermosa e impecable música. Cuando terminó, el organista le preguntó: ¿Quién es usted? El hombre contestó: Soy Félix Mendelssohn. El organista por poco impide al creador de la pieza interpretar su propia música".
La lección es clara: igual que el obstinado y celoso organista, nosotros -disgustados y desesperanzados con frecuencia por nuestra mediocre interpretación- corremos el riesgo de impedirle al Creador mostrarnos la verdadera melodía de nuestra vida. Él es el compositor y sólo Él sabe cómo suena de verdad. ¡Dejemos que el Espíritu interprete en nosotros la hermosa partitura diseñada por Dios!
"Un organista de una iglesia estaba practicando un día una pieza de Félix Mendelssohn, pero no lograba tocarla bien. Frustrado, recogió sus partituras y se dispuso a marcharse. No había advertido la presencia de un forastero que se había sentado en un banco de atrás.
Cuando el organista se dio la vuelta para irse, el forastero se le acercó y le preguntó si le permitiría tocar esa pieza. El organista respondió bruscamente que no era su costumbre dejar que otros tocaran el órgano. Finalmente, después de dos nuevas peticiones amables, el músico le dio permiso, aunque con evidente reticencia. El forastero se sentó ante el teclado y llenó el santuario de una hermosa e impecable música. Cuando terminó, el organista le preguntó: ¿Quién es usted? El hombre contestó: Soy Félix Mendelssohn. El organista por poco impide al creador de la pieza interpretar su propia música".
La lección es clara: igual que el obstinado y celoso organista, nosotros -disgustados y desesperanzados con frecuencia por nuestra mediocre interpretación- corremos el riesgo de impedirle al Creador mostrarnos la verdadera melodía de nuestra vida. Él es el compositor y sólo Él sabe cómo suena de verdad. ¡Dejemos que el Espíritu interprete en nosotros la hermosa partitura diseñada por Dios!
Paisajes de extraña belleza
Celebramos en 2009 el bicentenario del nacimiento del gran músico Félix Mendelssohn Bartholdy. Leo una expresión suya tras visitar Escocia, cuyos paisajes le inspiraron algunas de sus mejores obras, como la Sinfonía escocesa o la obertura del concierto Las Hébridas:
"Cuando Dios se pone a pintar paisajes, crea cuadros de extraña belleza".
F. Mendelssohn.
"Cuando Dios se pone a pintar paisajes, crea cuadros de extraña belleza".
F. Mendelssohn.
sábado, 28 de febrero de 2009
Difícil, pero no imposible
Última entrada de Lewis. El perdón cristiano es ciertamente difícil, pero no imposible... para Dios y desde Dios:
"Es difícil. Tal vez no es tan difícil perdonar sólo una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver, sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido de estas palabras en nuestras oraciones de cada noche: "Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 15.
"Es difícil. Tal vez no es tan difícil perdonar sólo una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver, sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido de estas palabras en nuestras oraciones de cada noche: "Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 15.
No poner límites al perdón
Sigue el ensayo de Lewis:
"El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: "Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia". Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 14.
"El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: "Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia". Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 14.
Dar cuenta de lo inexcusable
Evitaremos la tentación de querer sólo disculparnos si confiamos verdaderamente en el perdón de Dios, si creemos en él:
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
¿Disculpar o perdonar?
En su ensayo sobre el perdón Lewis advierte de la diferencia que existe entre querer ser perdonados y querer ser disculpados. Su juicio nos ayuda, sin duda, a ponernos adecuadamente ante Dios:
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
Ofrecer y recibir perdón
Sigue Lewis:
"Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. La segunda parte de esta afirmación es indudable, porque se menciona en la Oración de Nuestro Señor. Él lo afirmó enfáticamente: si no perdonáis, no seréis perdonados. Nada es más claro en su enseñanza, y esta regla no tiene excepciones. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo sólo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes. De lo contrario, ninguno de nuestros pecados será perdonado".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11-12.
"Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. La segunda parte de esta afirmación es indudable, porque se menciona en la Oración de Nuestro Señor. Él lo afirmó enfáticamente: si no perdonáis, no seréis perdonados. Nada es más claro en su enseñanza, y esta regla no tiene excepciones. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo sólo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes. De lo contrario, ninguno de nuestros pecados será perdonado".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11-12.
Creo en el perdón de los pecados
No descargar el problema del mal sobre los demás, decía Benedicto XVI. He encontrado un estupendo ensayo -breve- de C. S. Lewis sobre el perdón. Lo transcribo en varias entradas por su utilidad para este tiempo de conversión:
"En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos "Creo en el perdón de los pecados". Durante muchos años, repetía esas palabras sin preguntarme por qué motivo se encuentran en esa oración. A primera vista no es necesario incluirlas. "Es evidente que un cristiano cree en el perdón de los pecados -pensaba yo-; se sobreentiende." Sin embargo, al parecer los autores del Credo consideraron importante recordar este aspecto de nuestra fe cada vez que asistimos a la iglesia, y, por mi parte, he comenzado a reconocer que tenían razón. Creer en el perdón de los pecados no es tan fácil como yo pensaba. Esta creencia se debilitará con facilidad si no la reforzamos de manera permanente".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11.
"En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos "Creo en el perdón de los pecados". Durante muchos años, repetía esas palabras sin preguntarme por qué motivo se encuentran en esa oración. A primera vista no es necesario incluirlas. "Es evidente que un cristiano cree en el perdón de los pecados -pensaba yo-; se sobreentiende." Sin embargo, al parecer los autores del Credo consideraron importante recordar este aspecto de nuestra fe cada vez que asistimos a la iglesia, y, por mi parte, he comenzado a reconocer que tenían razón. Creer en el perdón de los pecados no es tan fácil como yo pensaba. Esta creencia se debilitará con facilidad si no la reforzamos de manera permanente".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11.
viernes, 27 de febrero de 2009
Mirar al mal cara a cara
¿Qué significa entrar en la Cuaresma? Responde el Papa:
"El miércoles pasado, con el ayuno y el rito de las cenizas, entramos en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa «entrar en la Cuaresma»? Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro alrededor. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás. Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente".
Benedicto XVI, Cuaresma 2008.
"El miércoles pasado, con el ayuno y el rito de las cenizas, entramos en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa «entrar en la Cuaresma»? Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro alrededor. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás. Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente".
Benedicto XVI, Cuaresma 2008.
jueves, 26 de febrero de 2009
Para vivir la Cuaresma
Acojamos las indicaciones del Santo Padre en el inicio de la Cuaresma:
"Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Bienaventurada Virgen María, Causa nostræ laetitiæ (causa de nuestra alegría), y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica".
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2009.
"Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Bienaventurada Virgen María, Causa nostræ laetitiæ (causa de nuestra alegría), y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica".
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2009.
miércoles, 25 de febrero de 2009
La alegría de la salvación
Comenzamos la Cuaresma. Tiempo de esencialidad, de purificación, de búsqueda de la verdad de nosotros mismos a la luz de Cristo. Siempre me viene a la mente en este día un versículo del Salmo 50 que define mi deseo de creyente al comenzar este tiempo de gracia:
"Devuélveme la alegría de la salvación".
Salmo 50, 14.
"Devuélveme la alegría de la salvación".
Salmo 50, 14.
sábado, 21 de febrero de 2009
Lo que ha ardido ya nada tiene que temer del tiempo
Al final de la vida seremos juzgados sobre el amor. Y lo que se haya entregado amorosamente, lo que haya ardido en el amor es lo único que no perderemos, lo único que permanecerá para siempre, pues "fortis est ut mors dilectio" (el amor es fuerte como la muerte, es más fuerte que la muerte, cf. Cantar de los Cantares 8, 6). Lo dice también el poeta:
"Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos...
... Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo".
Ángel González, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid 1996, 2ª ed., p. 137.
"Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos...
... Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo".
Ángel González, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid 1996, 2ª ed., p. 137.
viernes, 20 de febrero de 2009
Una visita al observatorio astronómico
Esta mañana he visitado el Centro Astronómico de Yebes (CAY) con algunos amigos universitarios del grupo de trabajo fe-ciencia. Hemos sido espléndidamente recibidos e introducidos en la apasionante investigación que realizan los científicos que allí trabajan. Ante la inmensidad del universo la razón y el corazón se sobrecogen; pero no es menos impresionante la capacidad y el tesón humanos para intentar desentrañar los misterios del cosmos. Nuestra curiosidad era inmensa, las preguntas se agolpaban en nuestras bocas, pero mayor aún era nuestro asombro al pensar en el origen de todo cuanto nos rodea. He recordado el testimonio de un sacerdote que narraba así la reacción de sus jóvenes alumnos tras una visita al planetario:
"De regreso de una visita al Planetario, en la época en que daba clase de religión en Madrid, pregunté a mis alumnos qué les había impresionado más. Llenaron la pizarra de preguntas: no se preguntaban cuántas estrellas o galaxias había, sino quién había hecho todo aquello que habían visto. El espectáculo del cielo estrellado había despertado en ellos la pregunta sobre el sentido de la realidad, como en el poema Canto nocturno de un pastor errante de Asia de Leopardi, el poeta al que don Giussani llamaba “amigo”: «Cuando veo / arder en el cielo las estrellas / pensativo me digo: / ¿Para qué tantas estrellas? / ¿Qué hace el aire infinito, la profunda / serenidad sin fin? / ¿Qué significa esta / inmensa soledad? Y yo, ¿qué soy?»
Julián Carrón, Revista "Huellas", nº 3, 1 marzo 2008.
"De regreso de una visita al Planetario, en la época en que daba clase de religión en Madrid, pregunté a mis alumnos qué les había impresionado más. Llenaron la pizarra de preguntas: no se preguntaban cuántas estrellas o galaxias había, sino quién había hecho todo aquello que habían visto. El espectáculo del cielo estrellado había despertado en ellos la pregunta sobre el sentido de la realidad, como en el poema Canto nocturno de un pastor errante de Asia de Leopardi, el poeta al que don Giussani llamaba “amigo”: «Cuando veo / arder en el cielo las estrellas / pensativo me digo: / ¿Para qué tantas estrellas? / ¿Qué hace el aire infinito, la profunda / serenidad sin fin? / ¿Qué significa esta / inmensa soledad? Y yo, ¿qué soy?»
Julián Carrón, Revista "Huellas", nº 3, 1 marzo 2008.
jueves, 19 de febrero de 2009
Cuando los signos son ciertos...
Ayer despedimos a Pablo, sacerdote. En la Capilla del Seminario de Madrid, donde se instaló la capilla ardiente, recé el oficio de difuntos. Una frase -del himno de la hora intermedia- me confortó enormemente:
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
martes, 17 de febrero de 2009
Ante la muerte de un amigo sacerdote...
Hace una semana que no escribo nada en el blog. Además del trabajo que se me acumula, puedo aducir en mi defensa que he estado varios días de peregrinación en Fátima, con los seminaristas y formadores del Seminario del que soy rector. Pero hay aún otra razón más inmediata; después de varias entradas en este blog hablando del dolor y del sufrimiento -con ocasión de la muerte de Eluana Englaro y la celebración de Nª Sª de Lourdes y del día del enfermo- ayer mismo el dolor vino a llamar a mi corazón con la noticia de la imprevista y trágica muerte de un amigo sacerdote en accidente de montaña. Todavía no la he digerido. Me sigue pareciendo mentira. Pero es cierta, como cierta es la misericordia del Padre que permitió que la ladera helada del Moncayo fuera su penúltima morada, antes de entrar en las moradas eternas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
martes, 10 de febrero de 2009
Vinagre o vino generoso
El dolor es una experiencia humana universal, y nunca podrá ser eliminado del todo. Pero sí depende de nosotros que "en lugar de ruina sea parto":
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
Acabó convirtiendo el dolor en redención...
Advierte el autor del error de intentar justificar la supuesta bondad del dolor. En sí mismo el dolor es -como decía Theilhard de Chardin- "oscuro y repugnante". Pero hay una posible redención del dolor, como muestra Cristo:
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
Explicaciones a medias
Tras las anteriores consideraciones Martín Descalzo señala la necesidad de no cerrar en falso la herida contentándonos con explicaciones parciales del misterio del dolor:
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
lunes, 9 de febrero de 2009
La cantidad de dolor
Prosigue Martín Descalzo. Hoy no hay menos dolor en el mundo que hace cuatro siglos. Dolor y alegría siguen estando en un difícil equilibrio:
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
El misterio del dolor
Con la cita anterior, tan honda y verdadera, no pretendo buscar el lado "estético" de la dramática, y a veces trágica, experiencia del dolor. Estoy de acuerdo con el sacerdote y periodista católico Martín Descalzo cuando afirmaba, desde su enfermedad:
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
Como iglesias sin bendecir
Este pasado domingo escuchábamos en las lecturas de la misa la dura experiencia de Job, el justo que sufre, y en el Evangelio la curación de la suegra de Pedro, así como la inagotable actividad curativa de Jesús en permanente contacto con el mundo del dolor. La enfermedad y el dolor nos desconciertan y con frecuencia no sabemos cómo reaccionar. El caso de Eluana Englaro lo pone de manifiesto. Sólo si el dolor adquiere un sentido y si quien sufre -o ve sufrir- está acompañado, es posible resistir a la cultura de la muerte. La salida al sufrimiento no es la muerte, sino el amor y la com-pasión que afirman el valor de la vida en toda circunstancia. Sufrir con el que sufre, alegrarse con el que se alegra. El dolor es parte inevitable de la vida. Lo decía bellamente el poeta Rosales:
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
viernes, 6 de febrero de 2009
Las estrellas no se acordarán de nosotros
Último pasaje del desesperanzado grito de Pieter van der Meer, que hace llorar a su mujer, Cristina:
"-Un momento, breve como un relámpago, estamos aquí en el mundo, vivientes, con la tempestad salvaje de nuestras pasiones, torturados por todos los anhelos y todas las ilusiones, deseando aprisionar lo imposible y apretarlo contra nuestro corazón. Interrogamos el pasado, leemos lo que han pensado los hombres; no podemos comprender. Interrogamos a la tierra, al cielo, a los astros, a los abismos siderales y a los abismos de nuestra alma; sollozamos de éxtasis y de nostalgia ante las cosas bellas, hacemos grandes gestos llenos de pasión, y luego, de pronto, nos quedamos extendidos, inmóviles, y ya no hay nada más, nada más... ¡Las estrellas que contempláramos con tan inmenso anhelo no se acordarán de nosotros! ¡Cristina!-.
Me di vuelta, y vi entonces que lloraba. La miré asustado. Después dije dulcemente: -Cristina...- Sus lágrimas silenciosas revelaban un dolor tan afligente, de ella emanaba una desolación tan tremenda que mi voz se ahogó en un sollozo; la desesperación se cebaba con demasiada furia en mi propia alma.
- No puedo soportar esto... -gemía Cristina-, no puedo soportarlo. Lo has destruido todo. Esto no es posible. Las cosas no pueden ser así...-
No tengo nada que darle, no puedo suavizar su sufrimiento; yo mismo no tengo más que dudas y es necesario seguir viviendo. Me acerqué a ella, tomé su mano entre las mías y largo tiempo estuvimos en esa actitud silenciosa, buscando un refugio el uno junto al otro, contra la fría soledad del mundo".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 35-36.
"-Un momento, breve como un relámpago, estamos aquí en el mundo, vivientes, con la tempestad salvaje de nuestras pasiones, torturados por todos los anhelos y todas las ilusiones, deseando aprisionar lo imposible y apretarlo contra nuestro corazón. Interrogamos el pasado, leemos lo que han pensado los hombres; no podemos comprender. Interrogamos a la tierra, al cielo, a los astros, a los abismos siderales y a los abismos de nuestra alma; sollozamos de éxtasis y de nostalgia ante las cosas bellas, hacemos grandes gestos llenos de pasión, y luego, de pronto, nos quedamos extendidos, inmóviles, y ya no hay nada más, nada más... ¡Las estrellas que contempláramos con tan inmenso anhelo no se acordarán de nosotros! ¡Cristina!-.
Me di vuelta, y vi entonces que lloraba. La miré asustado. Después dije dulcemente: -Cristina...- Sus lágrimas silenciosas revelaban un dolor tan afligente, de ella emanaba una desolación tan tremenda que mi voz se ahogó en un sollozo; la desesperación se cebaba con demasiada furia en mi propia alma.
- No puedo soportar esto... -gemía Cristina-, no puedo soportarlo. Lo has destruido todo. Esto no es posible. Las cosas no pueden ser así...-
No tengo nada que darle, no puedo suavizar su sufrimiento; yo mismo no tengo más que dudas y es necesario seguir viviendo. Me acerqué a ella, tomé su mano entre las mías y largo tiempo estuvimos en esa actitud silenciosa, buscando un refugio el uno junto al otro, contra la fría soledad del mundo".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 35-36.
Una burla aterradora
Sigue la cita. Confieso que hasta ahora no he encontrado ninguna expresión más impresionante del vértigo, del terror que provoca pensar que todo podría acabar en la nada:
"¿No es realmente enloquecedora la soledad del hombre, único ser pensante en medio de los mundos? Según una hipótesis aceptable la Tierra, este viejo planeta, después de algunos millares o millones de años, se volverá inhabitable y acabará por perecer. Y será como si jamás hubiera existido la humanidad. Todo se precipitará por siempre en la nada del olvido absoluto. Nada habrá que guarde la memoria de lo que realizaron y sufrieron esas extrañas criaturas que un día soñaban en la tierra, y que se llamaban hombres. Las sinfonías de Beethoven, la Biblia, las guerras, los más sublimes sueños de los santos, Napoleón, Dante, la desesperación, el amor, la sucesión de los imperios del mundo, Cristo, todo fue perfecta y absolutamente vano, y ese drama gigantesco que durara tantos siglos y del que no quedará un solo testigo, lo mismo podría no haber tenido lugar. ¿No es una burla aterradora? ¿No es como para dar alaridos de angustia o para refugiarse en la muerte?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34-35.
"¿No es realmente enloquecedora la soledad del hombre, único ser pensante en medio de los mundos? Según una hipótesis aceptable la Tierra, este viejo planeta, después de algunos millares o millones de años, se volverá inhabitable y acabará por perecer. Y será como si jamás hubiera existido la humanidad. Todo se precipitará por siempre en la nada del olvido absoluto. Nada habrá que guarde la memoria de lo que realizaron y sufrieron esas extrañas criaturas que un día soñaban en la tierra, y que se llamaban hombres. Las sinfonías de Beethoven, la Biblia, las guerras, los más sublimes sueños de los santos, Napoleón, Dante, la desesperación, el amor, la sucesión de los imperios del mundo, Cristo, todo fue perfecta y absolutamente vano, y ese drama gigantesco que durara tantos siglos y del que no quedará un solo testigo, lo mismo podría no haber tenido lugar. ¿No es una burla aterradora? ¿No es como para dar alaridos de angustia o para refugiarse en la muerte?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34-35.
¿Por qué no puedo contentarme?
Nueva cita de Nostalgia de Dios. Es esta una de sus páginas más densas y dramáticas. ¿Nos torturamos en vano? ¿Es posible cancelar la pregunta que nos quema?:
"Me levanté y me acerqué a la ventana. Oprimían mi corazón demasiados deseos. Contemplé la oscuridad nocturna y luego las estrellas en lo alto.
- El hombre es un ser absurdo. Siento las tinieblas impenetrables en torno nuestro, y sin embargo quiero ver. ¿Por qué no puedo contentarme con lo que tengo ante mí, tangible, limitado, real? ¿Por qué invoca mi espíritu al Infinito, a la Eternidad? No puedo pensar en el Fin, y el Infinito es como un abismo en el que cae una piedra que nunca jamás alcanzará el fondo. Una y otra cosa son inconcebibles para mi razón. Es locura sondear los abismos, esperando encontrar la respuesta en sus profundidades... Perdemos el tiempo. Y, sin embargo, ¿acaso es culpa mía si las preguntas se levantan en mí como tempestades, si busco una solución que me satisfaga plenamente?
El espectáculo de este cielo estrellado sobre nuestra tierra me trastorna. ¿Cuántos hombres han gritado como yo su angustia en las innumerables noches de millares y millares de años, desde que fueron encendidos estos soles en la primera noche del universo? Y nadie ha escuchado palabras liberadoras... Y es lo más espantoso y grotesco de todo, que es muy posible que no existan los misterios, y que nos estemos torturando en vano. El universo, la humanidad, no son quizá más que accidentes de la materia. Pero lo más terrible es que tenemos conciencia de ello, que pensamos"...
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34.
"Me levanté y me acerqué a la ventana. Oprimían mi corazón demasiados deseos. Contemplé la oscuridad nocturna y luego las estrellas en lo alto.
- El hombre es un ser absurdo. Siento las tinieblas impenetrables en torno nuestro, y sin embargo quiero ver. ¿Por qué no puedo contentarme con lo que tengo ante mí, tangible, limitado, real? ¿Por qué invoca mi espíritu al Infinito, a la Eternidad? No puedo pensar en el Fin, y el Infinito es como un abismo en el que cae una piedra que nunca jamás alcanzará el fondo. Una y otra cosa son inconcebibles para mi razón. Es locura sondear los abismos, esperando encontrar la respuesta en sus profundidades... Perdemos el tiempo. Y, sin embargo, ¿acaso es culpa mía si las preguntas se levantan en mí como tempestades, si busco una solución que me satisfaga plenamente?
El espectáculo de este cielo estrellado sobre nuestra tierra me trastorna. ¿Cuántos hombres han gritado como yo su angustia en las innumerables noches de millares y millares de años, desde que fueron encendidos estos soles en la primera noche del universo? Y nadie ha escuchado palabras liberadoras... Y es lo más espantoso y grotesco de todo, que es muy posible que no existan los misterios, y que nos estemos torturando en vano. El universo, la humanidad, no son quizá más que accidentes de la materia. Pero lo más terrible es que tenemos conciencia de ello, que pensamos"...
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34.
Dos pobres seres solitarios
Algunos amigos me reclaman a seguir con las citas del libro Nostalgia de Dios, de van der Meer, de modo que allá vamos. El autor, Pieter, se conmueve ante la presencia de su mujer y se pregunta si es posible que todo, también el haber tenido la gracia de conocer a su amada, sea simple fruto del azar, de la casualidad:
"Era una noche extraña. En el cuarto, donde la lámpara semejaba un crisolito luminoso, la ventana se abría sobre la oscuridad de una noche primaveral. Estábamos sentados ante la mesa, uno frente al otro, y callábamos. El libro que leíamos yacía abierto. Cerca, en un florero, se inclinaba el racimo de oro de una rama de mimosas. En torno nuestro, el mundo negro respiraba como un ser viviente. El silencio se iba volviendo una tortura tan insoportable que me era imposible aguantarlo; necesitaba que ocurriera algo que me librase del silencio de plomo, algo grande, formidable, hasta destructor. Mi corazón tocaba a rebato. Mis pensamientos agitaban, siniestros, sus negras alas, como pájaros salvajes en la noche. Mi amada, la luz de mis ojos, estaba allí, en frente de mí; bajo el oro de su cabellera, sus grandes ojos cargados de ensueño miraban al vacío. ¿Pensaba las mismas cosas que yo? ...
'Querida', empecé a decir con voz suave pero penetrante -sin duda fueron otras mis palabras, pero su sentido era el siguiente: -'Querida, aquí estamos dos pobres seres solitarios, sentados uno frente al otro junto a una lámpara. Esta noche las sensaciones más comunes me hacen estremecer de angustia o de asombro. Mira estas flores, ¿no es verdad que su bella florescencia es incomprensible? ¡Cómo viven de inmóviles! Mira nuestras manos apoyadas en la mesa, tranquilas y serenas bajo la luz. Tienen vida, y también la tenemos nosotros.
Vivimos... Me es imposible sondear el abismo de esa palabra. Veo a los hombres, y el terror me oprime. Los hay que se precipitan por todas partes en busca de algo; sus almas están torturadas y en ningún lugar encuentran la paz. Hay quienes, perseguidos y mancillados por el rebaño estulto, aúllan en la noche como locos vagabundos. Veo algunos desesperados taciturnos que ya han perdido toda certidumbre. Veo otros que llegaron a los límites del saber y que luego caen de rodillas, balbuceando plegarias a quién sabe qué Dios. Hay inteligencias que se rompen y se idiotizan a causa de la angustia inexpresable de su soledad en el universo. Veo en este mundo nacer niños y morir hombres a cada instante. Veo ojos serenos que ocultan misterios mil veces más aterradores que el Océano Pacífico. Y veo las ciudades, esos monstruos de piedra donde los hombres sufren, donde se les martiriza en todas formas. Y, por encima de todo, el sol hace su luminoso viaje cotidiano. Me debato en las tinieblas... y es en medio de este caos imposible de imaginar, que nosotros dos vinimos un día el uno hacia el otro. ¿Fue obra del azar? ¿Es posible que así sea?'
Cristina había levantado la cabeza. Sus ojos -nunca puedo mirarlos sin recordar, ¡con cuánta emoción!, el momento en que la vi por primera vez y en que mi corazón la reconoció en el acto y comprendió que era ella, Cristina, ella y no otra, la que me estaba predestinada desde siempre y para siempre-, esa noche sus ojos eran graves y como cargados de todos los ensueños ...
¿No es maravilloso? No te conocía y tú también ignorabas mi existencia hasta que nos vimos. ¡Oh felicidad! Pero piensa ahora en la posibilidad de que los oscuros senderos de nuestras vidas por los cuales andábamos errantes, no se hubieran encontrado. Un hecho insignificante, el más pequeño obstáculo, el retraso o el adelanto de un solo minuto, nos hubiera mantenido alejados por siempre. Ese pensamiento me da miedo. Tengo hasta tal punto el sentimiento de que era necesario que te encontrase, ¡oh tú, que eres mi alegría, mi vida, el latir de mi corazón! Debíamos encontrarnos, alguien nos dirigía... O nos impulsaba una fuerza ciega ... "
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 32-34.
"Era una noche extraña. En el cuarto, donde la lámpara semejaba un crisolito luminoso, la ventana se abría sobre la oscuridad de una noche primaveral. Estábamos sentados ante la mesa, uno frente al otro, y callábamos. El libro que leíamos yacía abierto. Cerca, en un florero, se inclinaba el racimo de oro de una rama de mimosas. En torno nuestro, el mundo negro respiraba como un ser viviente. El silencio se iba volviendo una tortura tan insoportable que me era imposible aguantarlo; necesitaba que ocurriera algo que me librase del silencio de plomo, algo grande, formidable, hasta destructor. Mi corazón tocaba a rebato. Mis pensamientos agitaban, siniestros, sus negras alas, como pájaros salvajes en la noche. Mi amada, la luz de mis ojos, estaba allí, en frente de mí; bajo el oro de su cabellera, sus grandes ojos cargados de ensueño miraban al vacío. ¿Pensaba las mismas cosas que yo? ...
'Querida', empecé a decir con voz suave pero penetrante -sin duda fueron otras mis palabras, pero su sentido era el siguiente: -'Querida, aquí estamos dos pobres seres solitarios, sentados uno frente al otro junto a una lámpara. Esta noche las sensaciones más comunes me hacen estremecer de angustia o de asombro. Mira estas flores, ¿no es verdad que su bella florescencia es incomprensible? ¡Cómo viven de inmóviles! Mira nuestras manos apoyadas en la mesa, tranquilas y serenas bajo la luz. Tienen vida, y también la tenemos nosotros.
Vivimos... Me es imposible sondear el abismo de esa palabra. Veo a los hombres, y el terror me oprime. Los hay que se precipitan por todas partes en busca de algo; sus almas están torturadas y en ningún lugar encuentran la paz. Hay quienes, perseguidos y mancillados por el rebaño estulto, aúllan en la noche como locos vagabundos. Veo algunos desesperados taciturnos que ya han perdido toda certidumbre. Veo otros que llegaron a los límites del saber y que luego caen de rodillas, balbuceando plegarias a quién sabe qué Dios. Hay inteligencias que se rompen y se idiotizan a causa de la angustia inexpresable de su soledad en el universo. Veo en este mundo nacer niños y morir hombres a cada instante. Veo ojos serenos que ocultan misterios mil veces más aterradores que el Océano Pacífico. Y veo las ciudades, esos monstruos de piedra donde los hombres sufren, donde se les martiriza en todas formas. Y, por encima de todo, el sol hace su luminoso viaje cotidiano. Me debato en las tinieblas... y es en medio de este caos imposible de imaginar, que nosotros dos vinimos un día el uno hacia el otro. ¿Fue obra del azar? ¿Es posible que así sea?'
Cristina había levantado la cabeza. Sus ojos -nunca puedo mirarlos sin recordar, ¡con cuánta emoción!, el momento en que la vi por primera vez y en que mi corazón la reconoció en el acto y comprendió que era ella, Cristina, ella y no otra, la que me estaba predestinada desde siempre y para siempre-, esa noche sus ojos eran graves y como cargados de todos los ensueños ...
¿No es maravilloso? No te conocía y tú también ignorabas mi existencia hasta que nos vimos. ¡Oh felicidad! Pero piensa ahora en la posibilidad de que los oscuros senderos de nuestras vidas por los cuales andábamos errantes, no se hubieran encontrado. Un hecho insignificante, el más pequeño obstáculo, el retraso o el adelanto de un solo minuto, nos hubiera mantenido alejados por siempre. Ese pensamiento me da miedo. Tengo hasta tal punto el sentimiento de que era necesario que te encontrase, ¡oh tú, que eres mi alegría, mi vida, el latir de mi corazón! Debíamos encontrarnos, alguien nos dirigía... O nos impulsaba una fuerza ciega ... "
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 32-34.
jueves, 5 de febrero de 2009
Música digna de Dios y del hombre
Más verdad. El cristiano no eleva monumentos a su propio yo, no pretende autoexpresarse -como sucede en tanto arte contemporáneo-, sino que persigue ante todo lo que es digno de Dios, alcanzando así, sin buscarlo directamente, su propia dignidad:
"No se trataba de una 'creatividad' privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los "oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"No se trataba de una 'creatividad' privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los "oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Estar a la altura de la Palabra
La gran música occidental -afirma Benedicto XVI- nace de la exigencia cristiana de estar a la altura de la Palabra revelada, de su exigencia de belleza. Escuchando a Tomás Luis de Victoria, Bach, o Mozart comprendemos la verdad de este juicio.
"Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos".
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Salmo 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas.
Los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos".
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Salmo 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas.
Los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Se requiere la música
Interesante afirmación del Papa: para hablar con Dios no basta pronunciar los textos sagrados, necesitamos servirnos de la música, el canto y los instrumentos. Ejemplo: los salmos.
"La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él.
Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él.
Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
martes, 3 de febrero de 2009
La Palabra que despierta el alma
Sigue Benedicto XVI evocando la inmensa aportación del monacato a la historia de Europa, al obligar al hombre a hacer un trabajo de búsqueda de Dios, al educar su razón para que escrute los signos de la creación y las palabras de la Revelación. Un trabajo personal y comunitario:
"Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37).
Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a Dios. Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37).
Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a Dios. Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
lunes, 2 de febrero de 2009
Las palabras y la Palabra
Los monjes, en su búsqueda de Dios, cuidaban la educación de la razón con vistas a llegar, mediante las palabras reveladas, a la Palabra Viviente, Jesucristo. Sin esta inteligencia de la realidad, sin esta búsqueda del sentido último no hay fe cristiana, pero en último extremo tampoco cultura:
"El monasterio sirve a la 'eruditio', a la formación y a la erudición del hombre -una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"El monasterio sirve a la 'eruditio', a la formación y a la erudición del hombre -una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Bibliotecas y escuelas
Sigue el Papa sus referencias al monacato medieval, en su discurso al mundo de la cultura, con ocasión de su viaje a Francia en septiembre de 2008. Destaca el origen de dos instituciones esenciales para el desarrollo de la historia de occidente, la biblioteca y la escuela:
"'Quaerere Deum': como eran cristianos no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.
El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra... Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua.
Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una 'dominici servitii schola' (escuela de servicio del Señor)".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"'Quaerere Deum': como eran cristianos no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.
El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra... Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua.
Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una 'dominici servitii schola' (escuela de servicio del Señor)".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Quaerere Deum"
'Quaerere Deum', buscar a Dios, así describía el papa Benedicto XVI el objetivo existencial de los monjes benedictinos que civilizaron Europa y conservaron el legado de la antigüedad clásica. ¿No tendrá que ser éste también nuestro principal interés? "Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura":
"Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: 'quaerere Deum', buscar a Dios.
En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era "escatológica". Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: 'quaerere Deum', buscar a Dios.
En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era "escatológica". Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
sábado, 31 de enero de 2009
Disonancias redimidas
Sigo citando al teólogo dominico. Dios es un compositor tan genial que logra integrar nuestras disonancias en su gran sinfonía:
"San Agustín escribió una historia de la humanidad en la que ésta aparece como una partitura musical en la que son posibles todas las disonancias y desafinaciones, pero que, a la postre, se resuelve en un final en el que todo encuentra su lugar adecuado.
En su magnífica obra, De musica, escribió que 'la disonancia puede ser redimida sin ser destruida'. La historia de la redención es como una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que Él encuentra para ellas un sitio adecuado en la sinfonía musical que las redime".
Timothy Radclife.
"San Agustín escribió una historia de la humanidad en la que ésta aparece como una partitura musical en la que son posibles todas las disonancias y desafinaciones, pero que, a la postre, se resuelve en un final en el que todo encuentra su lugar adecuado.
En su magnífica obra, De musica, escribió que 'la disonancia puede ser redimida sin ser destruida'. La historia de la redención es como una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que Él encuentra para ellas un sitio adecuado en la sinfonía musical que las redime".
Timothy Radclife.
Vivir musicalmente
La estética y la moral son inseparables. La vida no es verdaderamente bella si no es también amiga de la virtud, como recuerda este teólogo dominico citando al gran Agustín:
"San Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era, según decía, 'guardar el orden musical'. La gracia es gratuidad, y la vida que se vive en la gracia es bella".
Timothy Radclife.
"San Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era, según decía, 'guardar el orden musical'. La gracia es gratuidad, y la vida que se vive en la gracia es bella".
Timothy Radclife.
El lenguaje universal de la belleza
Esta noche he asistido a un precioso concierto de arpa y guitarra. Hago mías las palabras del Papa:
“Estoy convencido de que la música es verdaderamente el lenguaje universal de la belleza (…). Es capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la Tierra y de llevarles a alzar la mirada hacia lo Alto para abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en el mismo Dios. (…) Al echar un vistazo retrospectivo a mi vida, doy gracias a Dios por haberme puesto junto a la música, como una compañera de viaje, que siempre me ha ofrecido consuelo y alegría".
Benedicto XVI.
“Estoy convencido de que la música es verdaderamente el lenguaje universal de la belleza (…). Es capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la Tierra y de llevarles a alzar la mirada hacia lo Alto para abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en el mismo Dios. (…) Al echar un vistazo retrospectivo a mi vida, doy gracias a Dios por haberme puesto junto a la música, como una compañera de viaje, que siempre me ha ofrecido consuelo y alegría".
Benedicto XVI.
martes, 27 de enero de 2009
Guardini, maestro de vida
Romano Guardini (1885-1968) es uno de los autores que siempre me ha interesado. Teólogo católico alemán de ascendencia italiana, educador de jóvenes, amante de la liturgia y del arte, pensador, filósofo. Alfonso López Quintás le dedicó una biografía que merece la pena leer. Así describe el biógrafo el momento de la adhesión incondicional de Guardini a la fe y a la Iglesia católica:
"Lo que le impulsó a volver a la fe fue, sin duda, se adivinación de que en ella alienta una energía y una riqueza insospechadas. La verdadera llave de acceso a la fe fue para él en este momento la frase de Mateo 10,39: Quien quiera salvar su vida la perderá, quien la dé la salvará. Pero, dársela ¿a quién?"
Es ahora el propio Guardini el que habla, narrando el instante de su decisión, su respuesta a la pregunta ¿dar la vida, a quién?:
"No a 'Dios', simplemente, pues cuando el hombre pretende arreglárselas él solo con Dios dice 'Dios' pero en realidad está pensando en sí mismo. Tiene que haber una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica con su autoridad y precisión. Entonces sentí como si todo -realmente 'todo' mi ser- estuviese en mis manos, como en una balanza en equilibrio: puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla... Y la hice inclinarse hacia la derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una sacudida ni en una iluminación, ni en ningún tipo de existencia extraordinaria. Fue simplemente que llegué a una convicción: 'es así', y después el movimiento imperceptiblemente dócil: ¡Así debe ser!".
Alfonso López Quintás, Romano Guardini. Maestro de vida, Palabra 1998, pp. 20-21.
"Lo que le impulsó a volver a la fe fue, sin duda, se adivinación de que en ella alienta una energía y una riqueza insospechadas. La verdadera llave de acceso a la fe fue para él en este momento la frase de Mateo 10,39: Quien quiera salvar su vida la perderá, quien la dé la salvará. Pero, dársela ¿a quién?"
Es ahora el propio Guardini el que habla, narrando el instante de su decisión, su respuesta a la pregunta ¿dar la vida, a quién?:
"No a 'Dios', simplemente, pues cuando el hombre pretende arreglárselas él solo con Dios dice 'Dios' pero en realidad está pensando en sí mismo. Tiene que haber una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica con su autoridad y precisión. Entonces sentí como si todo -realmente 'todo' mi ser- estuviese en mis manos, como en una balanza en equilibrio: puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla... Y la hice inclinarse hacia la derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una sacudida ni en una iluminación, ni en ningún tipo de existencia extraordinaria. Fue simplemente que llegué a una convicción: 'es así', y después el movimiento imperceptiblemente dócil: ¡Así debe ser!".
Alfonso López Quintás, Romano Guardini. Maestro de vida, Palabra 1998, pp. 20-21.
El psicoanálisis y la gracia
El padre Cantalamessa, franciscano, predicador de la Casa Pontificia -es decir, del Papa-, denuncia el principal error del mundo moderno, en el que todos incurrimos cada día: creer que no necesitamos de la gracia. Pero todos los esfuerzos de nuestra voluntad, nuestros más profundos y elaborados análisis y proyectos, son inútiles sin el don que viene de lo alto. "Te basta mi gracia": hay que verificarlo.
"Los fundadores de religiones se han limitado a dar ejemplo, en cambio Cristo no sólo ha dado ejemplo sino que ha dado la gracia. [...]
La mayor herejía y estupidez del hombre moderno no creyente es pensar que puede prescindir de la gracia. [...] Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna.
Un caso típico lo constituye el psicoanálisis. Se cree que basta con ayudar al paciente a conocer y sacar a la luz de la razón las propias neurosis y complejos de culpa para curarlos, sin necesidad alguna de la gracia de lo alto que cure y renueve. El psicoanálisis es la confesión sin la gracia".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 27.
"Los fundadores de religiones se han limitado a dar ejemplo, en cambio Cristo no sólo ha dado ejemplo sino que ha dado la gracia. [...]
La mayor herejía y estupidez del hombre moderno no creyente es pensar que puede prescindir de la gracia. [...] Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna.
Un caso típico lo constituye el psicoanálisis. Se cree que basta con ayudar al paciente a conocer y sacar a la luz de la razón las propias neurosis y complejos de culpa para curarlos, sin necesidad alguna de la gracia de lo alto que cure y renueve. El psicoanálisis es la confesión sin la gracia".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 27.
lunes, 26 de enero de 2009
Lo que hace santo al hombre
A vueltas con la conversión y la santidad. ¡Qué consuelo lo que nos recuerda el teólogo Ratzinger!:
"No es un salto mortal en el heroísmo lo que hace santo al hombre, sino el humilde y paciente camino con Jesús, paso a paso. La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a Él. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes lo humano, mediante la transformación y purificación pascual, llega a la luz en toda su original belleza".
J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Edicep 2005, p. 108.
"No es un salto mortal en el heroísmo lo que hace santo al hombre, sino el humilde y paciente camino con Jesús, paso a paso. La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a Él. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes lo humano, mediante la transformación y purificación pascual, llega a la luz en toda su original belleza".
J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Edicep 2005, p. 108.
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