Sigue el ensayo de Lewis:
"El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: "Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia". Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 14.
sábado, 28 de febrero de 2009
Dar cuenta de lo inexcusable
Evitaremos la tentación de querer sólo disculparnos si confiamos verdaderamente en el perdón de Dios, si creemos en él:
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
¿Disculpar o perdonar?
En su ensayo sobre el perdón Lewis advierte de la diferencia que existe entre querer ser perdonados y querer ser disculpados. Su juicio nos ayuda, sin duda, a ponernos adecuadamente ante Dios:
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
Ofrecer y recibir perdón
Sigue Lewis:
"Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. La segunda parte de esta afirmación es indudable, porque se menciona en la Oración de Nuestro Señor. Él lo afirmó enfáticamente: si no perdonáis, no seréis perdonados. Nada es más claro en su enseñanza, y esta regla no tiene excepciones. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo sólo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes. De lo contrario, ninguno de nuestros pecados será perdonado".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11-12.
"Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. La segunda parte de esta afirmación es indudable, porque se menciona en la Oración de Nuestro Señor. Él lo afirmó enfáticamente: si no perdonáis, no seréis perdonados. Nada es más claro en su enseñanza, y esta regla no tiene excepciones. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo sólo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes. De lo contrario, ninguno de nuestros pecados será perdonado".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11-12.
Creo en el perdón de los pecados
No descargar el problema del mal sobre los demás, decía Benedicto XVI. He encontrado un estupendo ensayo -breve- de C. S. Lewis sobre el perdón. Lo transcribo en varias entradas por su utilidad para este tiempo de conversión:
"En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos "Creo en el perdón de los pecados". Durante muchos años, repetía esas palabras sin preguntarme por qué motivo se encuentran en esa oración. A primera vista no es necesario incluirlas. "Es evidente que un cristiano cree en el perdón de los pecados -pensaba yo-; se sobreentiende." Sin embargo, al parecer los autores del Credo consideraron importante recordar este aspecto de nuestra fe cada vez que asistimos a la iglesia, y, por mi parte, he comenzado a reconocer que tenían razón. Creer en el perdón de los pecados no es tan fácil como yo pensaba. Esta creencia se debilitará con facilidad si no la reforzamos de manera permanente".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11.
"En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos "Creo en el perdón de los pecados". Durante muchos años, repetía esas palabras sin preguntarme por qué motivo se encuentran en esa oración. A primera vista no es necesario incluirlas. "Es evidente que un cristiano cree en el perdón de los pecados -pensaba yo-; se sobreentiende." Sin embargo, al parecer los autores del Credo consideraron importante recordar este aspecto de nuestra fe cada vez que asistimos a la iglesia, y, por mi parte, he comenzado a reconocer que tenían razón. Creer en el perdón de los pecados no es tan fácil como yo pensaba. Esta creencia se debilitará con facilidad si no la reforzamos de manera permanente".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 11.
viernes, 27 de febrero de 2009
Mirar al mal cara a cara
¿Qué significa entrar en la Cuaresma? Responde el Papa:
"El miércoles pasado, con el ayuno y el rito de las cenizas, entramos en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa «entrar en la Cuaresma»? Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro alrededor. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás. Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente".
Benedicto XVI, Cuaresma 2008.
"El miércoles pasado, con el ayuno y el rito de las cenizas, entramos en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa «entrar en la Cuaresma»? Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro alrededor. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás. Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente".
Benedicto XVI, Cuaresma 2008.
jueves, 26 de febrero de 2009
Para vivir la Cuaresma
Acojamos las indicaciones del Santo Padre en el inicio de la Cuaresma:
"Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Bienaventurada Virgen María, Causa nostræ laetitiæ (causa de nuestra alegría), y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica".
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2009.
"Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Bienaventurada Virgen María, Causa nostræ laetitiæ (causa de nuestra alegría), y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica".
Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2009.
miércoles, 25 de febrero de 2009
La alegría de la salvación
Comenzamos la Cuaresma. Tiempo de esencialidad, de purificación, de búsqueda de la verdad de nosotros mismos a la luz de Cristo. Siempre me viene a la mente en este día un versículo del Salmo 50 que define mi deseo de creyente al comenzar este tiempo de gracia:
"Devuélveme la alegría de la salvación".
Salmo 50, 14.
"Devuélveme la alegría de la salvación".
Salmo 50, 14.
sábado, 21 de febrero de 2009
Lo que ha ardido ya nada tiene que temer del tiempo
Al final de la vida seremos juzgados sobre el amor. Y lo que se haya entregado amorosamente, lo que haya ardido en el amor es lo único que no perderemos, lo único que permanecerá para siempre, pues "fortis est ut mors dilectio" (el amor es fuerte como la muerte, es más fuerte que la muerte, cf. Cantar de los Cantares 8, 6). Lo dice también el poeta:
"Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos...
... Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo".
Ángel González, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid 1996, 2ª ed., p. 137.
"Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos...
... Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo".
Ángel González, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid 1996, 2ª ed., p. 137.
viernes, 20 de febrero de 2009
Una visita al observatorio astronómico
Esta mañana he visitado el Centro Astronómico de Yebes (CAY) con algunos amigos universitarios del grupo de trabajo fe-ciencia. Hemos sido espléndidamente recibidos e introducidos en la apasionante investigación que realizan los científicos que allí trabajan. Ante la inmensidad del universo la razón y el corazón se sobrecogen; pero no es menos impresionante la capacidad y el tesón humanos para intentar desentrañar los misterios del cosmos. Nuestra curiosidad era inmensa, las preguntas se agolpaban en nuestras bocas, pero mayor aún era nuestro asombro al pensar en el origen de todo cuanto nos rodea. He recordado el testimonio de un sacerdote que narraba así la reacción de sus jóvenes alumnos tras una visita al planetario:
"De regreso de una visita al Planetario, en la época en que daba clase de religión en Madrid, pregunté a mis alumnos qué les había impresionado más. Llenaron la pizarra de preguntas: no se preguntaban cuántas estrellas o galaxias había, sino quién había hecho todo aquello que habían visto. El espectáculo del cielo estrellado había despertado en ellos la pregunta sobre el sentido de la realidad, como en el poema Canto nocturno de un pastor errante de Asia de Leopardi, el poeta al que don Giussani llamaba “amigo”: «Cuando veo / arder en el cielo las estrellas / pensativo me digo: / ¿Para qué tantas estrellas? / ¿Qué hace el aire infinito, la profunda / serenidad sin fin? / ¿Qué significa esta / inmensa soledad? Y yo, ¿qué soy?»
Julián Carrón, Revista "Huellas", nº 3, 1 marzo 2008.
"De regreso de una visita al Planetario, en la época en que daba clase de religión en Madrid, pregunté a mis alumnos qué les había impresionado más. Llenaron la pizarra de preguntas: no se preguntaban cuántas estrellas o galaxias había, sino quién había hecho todo aquello que habían visto. El espectáculo del cielo estrellado había despertado en ellos la pregunta sobre el sentido de la realidad, como en el poema Canto nocturno de un pastor errante de Asia de Leopardi, el poeta al que don Giussani llamaba “amigo”: «Cuando veo / arder en el cielo las estrellas / pensativo me digo: / ¿Para qué tantas estrellas? / ¿Qué hace el aire infinito, la profunda / serenidad sin fin? / ¿Qué significa esta / inmensa soledad? Y yo, ¿qué soy?»
Julián Carrón, Revista "Huellas", nº 3, 1 marzo 2008.
jueves, 19 de febrero de 2009
Cuando los signos son ciertos...
Ayer despedimos a Pablo, sacerdote. En la Capilla del Seminario de Madrid, donde se instaló la capilla ardiente, recé el oficio de difuntos. Una frase -del himno de la hora intermedia- me confortó enormemente:
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
"Mirad que es dulce la espera
cuando los signos son ciertos"...
Es verdad. Podemos esperar la vida eterna con paz en el corazón, pese al dolor de la terrible y brusca separación, porque los signos son ciertos. La mirada de la fe los reconoce: la vida misma de Pablo, tan intensa e inexplicable sin su temprano encuentro con Cristo; la increíble fecundidad de su ministerio; los rostros de las innumerables personas -obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, familias, ancianos y niños- que desfilaron delante de su ataúd cubierto por la casulla sacerdotal; la serenidad de su padres y hermanos; la intensa oración de todos los presentes; las palabras de esperanza del Cardenal de Madrid... Y sigue el himno:
"...tened los ojos abiertos
y el corazón consolado".
Sí, no necesitamos cerrar los ojos ante la muerte. Podemos mantenerlos abiertos, para ver con certeza los signos de la resurrección, ya aquí, en nuestra tierra, en nuestra historia... Y el corazón consolado.
martes, 17 de febrero de 2009
Ante la muerte de un amigo sacerdote...
Hace una semana que no escribo nada en el blog. Además del trabajo que se me acumula, puedo aducir en mi defensa que he estado varios días de peregrinación en Fátima, con los seminaristas y formadores del Seminario del que soy rector. Pero hay aún otra razón más inmediata; después de varias entradas en este blog hablando del dolor y del sufrimiento -con ocasión de la muerte de Eluana Englaro y la celebración de Nª Sª de Lourdes y del día del enfermo- ayer mismo el dolor vino a llamar a mi corazón con la noticia de la imprevista y trágica muerte de un amigo sacerdote en accidente de montaña. Todavía no la he digerido. Me sigue pareciendo mentira. Pero es cierta, como cierta es la misericordia del Padre que permitió que la ladera helada del Moncayo fuera su penúltima morada, antes de entrar en las moradas eternas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
Ya sobran las palabras. Quedan los hechos mirados a la luz de la fe, de la Presencia buena del Misterio, de la cual estoy absolutamente convencido.
Pablo y yo éramos compañeros de curso en el Seminario, fuimos compañeros de pastoral en nuestros primeros pasos ministeriales, y hace tan solo unos días estuve con él, pues vino a Alcalá -con su disponibilidad acostumbrada- a guiar con gesto amigo la "Lectio Paulina" del mes de febrero en la Catedral.
Recibí la noticia estando con los seminaristas en Portugal, en Nazaré, al pie del Atlántico, concluyendo nuestra peregrinación a Fátima. Han sido días intensos de oración, de presencia de la Virgen, de silencio, culminados en un entorno natural bellísimo, como es Nazaré, desde cuyo promontorio pudimos ver un espectáculo de belleza indescriptible: la enorme playa y los acantilados de la costa portuguesa, a plena luz de un sol de mediodía casi primaveral, junto al Santuario de la Virgen en el que Vasco da Gama rezó de corazón antes de su primer viaje hacia las Indias.
Poco después me llegaba la noticia. No puedo dejar de relacionar ambos hechos, pensando también en la belleza del paisaje que debió de llenar los ojos y el corazón de Pablo en la cima del Moncayo. Ni siquiera la muerte imprevista puede cancelar esa belleza que quedará para siempre en nuestras pupilas como signo de la victoria de Cristo en la creación y, más aún, en nuestras vidas.
No tengo dudas. Esta muerte tiene un sentido y será ocasión de muchas gracias... en realidad ya lo está siendo. La vida entregada es siempre fecunda.
Sólo me pregunto qué querrá el Señor de todos nosotros con un hecho como éste. Me respondo que, en primer lugar, nuestra conversión, y junto a ella nuestra total y plena disponibilidad al servicio de la Iglesia, desde la confianza total en su gracia.
Amigo Pablo, gracias, in Deo semper vivas.
martes, 10 de febrero de 2009
Vinagre o vino generoso
El dolor es una experiencia humana universal, y nunca podrá ser eliminado del todo. Pero sí depende de nosotros que "en lugar de ruina sea parto":
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
"Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.
El hombre tiene pues en sus manos ese don terrible, esa opción desgarradora, de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 64.
Acabó convirtiendo el dolor en redención...
Advierte el autor del error de intentar justificar la supuesta bondad del dolor. En sí mismo el dolor es -como decía Theilhard de Chardin- "oscuro y repugnante". Pero hay una posible redención del dolor, como muestra Cristo:
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
"Me parece a mí que, al hacer esas afirmaciones, se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos...
Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: nunca entonó cánticos al dolor, jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no 'fue' hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó en los demás a combatir el dolor, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y sólo lo asumió porque era necesario, porque era la voluntad de su Padre. Y entonces fue cuando acabó convirtiendo el dolor en redención".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 63.
Explicaciones a medias
Tras las anteriores consideraciones Martín Descalzo señala la necesidad de no cerrar en falso la herida contentándonos con explicaciones parciales del misterio del dolor:
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
"Será bueno reconocer que sabemos muy poco de la naturaleza del dolor y menos aún de su por qué. Podemos, es cierto, dar algunas respuestas teóricas o intentar resolverlo con mentiras piadosas...
Creo que nosotros, cristianos, debemos ser tremendamente prudentes al intentar responder a estas preguntas que, de hecho, hoy están destrozando el alma de casi media humanidad. ¿Quién puede ignorar que un altísimo porcentaje de crisis de fe se produce, precisamente, al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas -sinceras, honestas- se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido, si Él es, como siempre les han predicado, un Padre bueno y cariñoso?
Dar explicaciones a medias es casi siempre contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar sencilla y humildemente lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: confesar que el sentido del sufrimiento es un misterio, que somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 60.
lunes, 9 de febrero de 2009
La cantidad de dolor
Prosigue Martín Descalzo. Hoy no hay menos dolor en el mundo que hace cuatro siglos. Dolor y alegría siguen estando en un difícil equilibrio:
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
"La primera consideración que yo haría es la 'cantidad' de dolor que hay en el mundo. Impresiona pensar que, después de tantos siglos de historia y de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Más bien habría que reconocer que en algunos aspectos la cantidad de dolor está aumentando. Hace unas décadas se preguntaba Charles Péguy:
¿Creemos acaso que la Humanidad está sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?
Años más tarde el padre Theilhard de Chardin -que era por naturaleza un gran optimista- reconocía que:
El sufrimiento aumenta en cantidad y profundidad... ¡Ah, si viéramos la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómica! Y si toda la pena del mundo se pusiera en una balanza y en la otra toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio?
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57-58.
El misterio del dolor
Con la cita anterior, tan honda y verdadera, no pretendo buscar el lado "estético" de la dramática, y a veces trágica, experiencia del dolor. Estoy de acuerdo con el sacerdote y periodista católico Martín Descalzo cuando afirmaba, desde su enfermedad:
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
"No hace muchos años publicaba Laín Entralgo un pequeño librito con un magnífico título: Misterium doloris -El misterio del dolor-, y con sólo esas dos palabras centraba ya el tema que nos reúne hoy aquí: el dolor es un misterio y hay que acercarse a él como uno se acerca a la zarza ardiente, con los pies descalzos, con respeto y pudor.
Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y no digamos con frivolidad. No vamos a resolver un problema, a hacer un juego literario, no tratamos de elaborar unas bonitas teorías que creen aclarar lo que es, por su propia naturaleza, inaclarable. Al dolor hay que acercarse como nos acercaríamos al misterio de las dos naturalezas en Cristo o a los misterios de la vida y de la muerte: de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tendremos que acercarnos con delicadeza, como se acerca un cirujano a una herida, y también con realismo, sin aceptar que unas bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad".
José Luis Martín Descalzo, "Reflexiones de un enfermo en torno al dolor y la enfermedad", en Los enfermos terminales. La unción de enfermos, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2001, p. 57.
Como iglesias sin bendecir
Este pasado domingo escuchábamos en las lecturas de la misa la dura experiencia de Job, el justo que sufre, y en el Evangelio la curación de la suegra de Pedro, así como la inagotable actividad curativa de Jesús en permanente contacto con el mundo del dolor. La enfermedad y el dolor nos desconciertan y con frecuencia no sabemos cómo reaccionar. El caso de Eluana Englaro lo pone de manifiesto. Sólo si el dolor adquiere un sentido y si quien sufre -o ve sufrir- está acompañado, es posible resistir a la cultura de la muerte. La salida al sufrimiento no es la muerte, sino el amor y la com-pasión que afirman el valor de la vida en toda circunstancia. Sufrir con el que sufre, alegrarse con el que se alegra. El dolor es parte inevitable de la vida. Lo decía bellamente el poeta Rosales:
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
"Los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir".
Luis Rosales
viernes, 6 de febrero de 2009
Las estrellas no se acordarán de nosotros
Último pasaje del desesperanzado grito de Pieter van der Meer, que hace llorar a su mujer, Cristina:
"-Un momento, breve como un relámpago, estamos aquí en el mundo, vivientes, con la tempestad salvaje de nuestras pasiones, torturados por todos los anhelos y todas las ilusiones, deseando aprisionar lo imposible y apretarlo contra nuestro corazón. Interrogamos el pasado, leemos lo que han pensado los hombres; no podemos comprender. Interrogamos a la tierra, al cielo, a los astros, a los abismos siderales y a los abismos de nuestra alma; sollozamos de éxtasis y de nostalgia ante las cosas bellas, hacemos grandes gestos llenos de pasión, y luego, de pronto, nos quedamos extendidos, inmóviles, y ya no hay nada más, nada más... ¡Las estrellas que contempláramos con tan inmenso anhelo no se acordarán de nosotros! ¡Cristina!-.
Me di vuelta, y vi entonces que lloraba. La miré asustado. Después dije dulcemente: -Cristina...- Sus lágrimas silenciosas revelaban un dolor tan afligente, de ella emanaba una desolación tan tremenda que mi voz se ahogó en un sollozo; la desesperación se cebaba con demasiada furia en mi propia alma.
- No puedo soportar esto... -gemía Cristina-, no puedo soportarlo. Lo has destruido todo. Esto no es posible. Las cosas no pueden ser así...-
No tengo nada que darle, no puedo suavizar su sufrimiento; yo mismo no tengo más que dudas y es necesario seguir viviendo. Me acerqué a ella, tomé su mano entre las mías y largo tiempo estuvimos en esa actitud silenciosa, buscando un refugio el uno junto al otro, contra la fría soledad del mundo".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 35-36.
"-Un momento, breve como un relámpago, estamos aquí en el mundo, vivientes, con la tempestad salvaje de nuestras pasiones, torturados por todos los anhelos y todas las ilusiones, deseando aprisionar lo imposible y apretarlo contra nuestro corazón. Interrogamos el pasado, leemos lo que han pensado los hombres; no podemos comprender. Interrogamos a la tierra, al cielo, a los astros, a los abismos siderales y a los abismos de nuestra alma; sollozamos de éxtasis y de nostalgia ante las cosas bellas, hacemos grandes gestos llenos de pasión, y luego, de pronto, nos quedamos extendidos, inmóviles, y ya no hay nada más, nada más... ¡Las estrellas que contempláramos con tan inmenso anhelo no se acordarán de nosotros! ¡Cristina!-.
Me di vuelta, y vi entonces que lloraba. La miré asustado. Después dije dulcemente: -Cristina...- Sus lágrimas silenciosas revelaban un dolor tan afligente, de ella emanaba una desolación tan tremenda que mi voz se ahogó en un sollozo; la desesperación se cebaba con demasiada furia en mi propia alma.
- No puedo soportar esto... -gemía Cristina-, no puedo soportarlo. Lo has destruido todo. Esto no es posible. Las cosas no pueden ser así...-
No tengo nada que darle, no puedo suavizar su sufrimiento; yo mismo no tengo más que dudas y es necesario seguir viviendo. Me acerqué a ella, tomé su mano entre las mías y largo tiempo estuvimos en esa actitud silenciosa, buscando un refugio el uno junto al otro, contra la fría soledad del mundo".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 35-36.
Una burla aterradora
Sigue la cita. Confieso que hasta ahora no he encontrado ninguna expresión más impresionante del vértigo, del terror que provoca pensar que todo podría acabar en la nada:
"¿No es realmente enloquecedora la soledad del hombre, único ser pensante en medio de los mundos? Según una hipótesis aceptable la Tierra, este viejo planeta, después de algunos millares o millones de años, se volverá inhabitable y acabará por perecer. Y será como si jamás hubiera existido la humanidad. Todo se precipitará por siempre en la nada del olvido absoluto. Nada habrá que guarde la memoria de lo que realizaron y sufrieron esas extrañas criaturas que un día soñaban en la tierra, y que se llamaban hombres. Las sinfonías de Beethoven, la Biblia, las guerras, los más sublimes sueños de los santos, Napoleón, Dante, la desesperación, el amor, la sucesión de los imperios del mundo, Cristo, todo fue perfecta y absolutamente vano, y ese drama gigantesco que durara tantos siglos y del que no quedará un solo testigo, lo mismo podría no haber tenido lugar. ¿No es una burla aterradora? ¿No es como para dar alaridos de angustia o para refugiarse en la muerte?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34-35.
"¿No es realmente enloquecedora la soledad del hombre, único ser pensante en medio de los mundos? Según una hipótesis aceptable la Tierra, este viejo planeta, después de algunos millares o millones de años, se volverá inhabitable y acabará por perecer. Y será como si jamás hubiera existido la humanidad. Todo se precipitará por siempre en la nada del olvido absoluto. Nada habrá que guarde la memoria de lo que realizaron y sufrieron esas extrañas criaturas que un día soñaban en la tierra, y que se llamaban hombres. Las sinfonías de Beethoven, la Biblia, las guerras, los más sublimes sueños de los santos, Napoleón, Dante, la desesperación, el amor, la sucesión de los imperios del mundo, Cristo, todo fue perfecta y absolutamente vano, y ese drama gigantesco que durara tantos siglos y del que no quedará un solo testigo, lo mismo podría no haber tenido lugar. ¿No es una burla aterradora? ¿No es como para dar alaridos de angustia o para refugiarse en la muerte?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34-35.
¿Por qué no puedo contentarme?
Nueva cita de Nostalgia de Dios. Es esta una de sus páginas más densas y dramáticas. ¿Nos torturamos en vano? ¿Es posible cancelar la pregunta que nos quema?:
"Me levanté y me acerqué a la ventana. Oprimían mi corazón demasiados deseos. Contemplé la oscuridad nocturna y luego las estrellas en lo alto.
- El hombre es un ser absurdo. Siento las tinieblas impenetrables en torno nuestro, y sin embargo quiero ver. ¿Por qué no puedo contentarme con lo que tengo ante mí, tangible, limitado, real? ¿Por qué invoca mi espíritu al Infinito, a la Eternidad? No puedo pensar en el Fin, y el Infinito es como un abismo en el que cae una piedra que nunca jamás alcanzará el fondo. Una y otra cosa son inconcebibles para mi razón. Es locura sondear los abismos, esperando encontrar la respuesta en sus profundidades... Perdemos el tiempo. Y, sin embargo, ¿acaso es culpa mía si las preguntas se levantan en mí como tempestades, si busco una solución que me satisfaga plenamente?
El espectáculo de este cielo estrellado sobre nuestra tierra me trastorna. ¿Cuántos hombres han gritado como yo su angustia en las innumerables noches de millares y millares de años, desde que fueron encendidos estos soles en la primera noche del universo? Y nadie ha escuchado palabras liberadoras... Y es lo más espantoso y grotesco de todo, que es muy posible que no existan los misterios, y que nos estemos torturando en vano. El universo, la humanidad, no son quizá más que accidentes de la materia. Pero lo más terrible es que tenemos conciencia de ello, que pensamos"...
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34.
"Me levanté y me acerqué a la ventana. Oprimían mi corazón demasiados deseos. Contemplé la oscuridad nocturna y luego las estrellas en lo alto.
- El hombre es un ser absurdo. Siento las tinieblas impenetrables en torno nuestro, y sin embargo quiero ver. ¿Por qué no puedo contentarme con lo que tengo ante mí, tangible, limitado, real? ¿Por qué invoca mi espíritu al Infinito, a la Eternidad? No puedo pensar en el Fin, y el Infinito es como un abismo en el que cae una piedra que nunca jamás alcanzará el fondo. Una y otra cosa son inconcebibles para mi razón. Es locura sondear los abismos, esperando encontrar la respuesta en sus profundidades... Perdemos el tiempo. Y, sin embargo, ¿acaso es culpa mía si las preguntas se levantan en mí como tempestades, si busco una solución que me satisfaga plenamente?
El espectáculo de este cielo estrellado sobre nuestra tierra me trastorna. ¿Cuántos hombres han gritado como yo su angustia en las innumerables noches de millares y millares de años, desde que fueron encendidos estos soles en la primera noche del universo? Y nadie ha escuchado palabras liberadoras... Y es lo más espantoso y grotesco de todo, que es muy posible que no existan los misterios, y que nos estemos torturando en vano. El universo, la humanidad, no son quizá más que accidentes de la materia. Pero lo más terrible es que tenemos conciencia de ello, que pensamos"...
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 34.
Dos pobres seres solitarios
Algunos amigos me reclaman a seguir con las citas del libro Nostalgia de Dios, de van der Meer, de modo que allá vamos. El autor, Pieter, se conmueve ante la presencia de su mujer y se pregunta si es posible que todo, también el haber tenido la gracia de conocer a su amada, sea simple fruto del azar, de la casualidad:
"Era una noche extraña. En el cuarto, donde la lámpara semejaba un crisolito luminoso, la ventana se abría sobre la oscuridad de una noche primaveral. Estábamos sentados ante la mesa, uno frente al otro, y callábamos. El libro que leíamos yacía abierto. Cerca, en un florero, se inclinaba el racimo de oro de una rama de mimosas. En torno nuestro, el mundo negro respiraba como un ser viviente. El silencio se iba volviendo una tortura tan insoportable que me era imposible aguantarlo; necesitaba que ocurriera algo que me librase del silencio de plomo, algo grande, formidable, hasta destructor. Mi corazón tocaba a rebato. Mis pensamientos agitaban, siniestros, sus negras alas, como pájaros salvajes en la noche. Mi amada, la luz de mis ojos, estaba allí, en frente de mí; bajo el oro de su cabellera, sus grandes ojos cargados de ensueño miraban al vacío. ¿Pensaba las mismas cosas que yo? ...
'Querida', empecé a decir con voz suave pero penetrante -sin duda fueron otras mis palabras, pero su sentido era el siguiente: -'Querida, aquí estamos dos pobres seres solitarios, sentados uno frente al otro junto a una lámpara. Esta noche las sensaciones más comunes me hacen estremecer de angustia o de asombro. Mira estas flores, ¿no es verdad que su bella florescencia es incomprensible? ¡Cómo viven de inmóviles! Mira nuestras manos apoyadas en la mesa, tranquilas y serenas bajo la luz. Tienen vida, y también la tenemos nosotros.
Vivimos... Me es imposible sondear el abismo de esa palabra. Veo a los hombres, y el terror me oprime. Los hay que se precipitan por todas partes en busca de algo; sus almas están torturadas y en ningún lugar encuentran la paz. Hay quienes, perseguidos y mancillados por el rebaño estulto, aúllan en la noche como locos vagabundos. Veo algunos desesperados taciturnos que ya han perdido toda certidumbre. Veo otros que llegaron a los límites del saber y que luego caen de rodillas, balbuceando plegarias a quién sabe qué Dios. Hay inteligencias que se rompen y se idiotizan a causa de la angustia inexpresable de su soledad en el universo. Veo en este mundo nacer niños y morir hombres a cada instante. Veo ojos serenos que ocultan misterios mil veces más aterradores que el Océano Pacífico. Y veo las ciudades, esos monstruos de piedra donde los hombres sufren, donde se les martiriza en todas formas. Y, por encima de todo, el sol hace su luminoso viaje cotidiano. Me debato en las tinieblas... y es en medio de este caos imposible de imaginar, que nosotros dos vinimos un día el uno hacia el otro. ¿Fue obra del azar? ¿Es posible que así sea?'
Cristina había levantado la cabeza. Sus ojos -nunca puedo mirarlos sin recordar, ¡con cuánta emoción!, el momento en que la vi por primera vez y en que mi corazón la reconoció en el acto y comprendió que era ella, Cristina, ella y no otra, la que me estaba predestinada desde siempre y para siempre-, esa noche sus ojos eran graves y como cargados de todos los ensueños ...
¿No es maravilloso? No te conocía y tú también ignorabas mi existencia hasta que nos vimos. ¡Oh felicidad! Pero piensa ahora en la posibilidad de que los oscuros senderos de nuestras vidas por los cuales andábamos errantes, no se hubieran encontrado. Un hecho insignificante, el más pequeño obstáculo, el retraso o el adelanto de un solo minuto, nos hubiera mantenido alejados por siempre. Ese pensamiento me da miedo. Tengo hasta tal punto el sentimiento de que era necesario que te encontrase, ¡oh tú, que eres mi alegría, mi vida, el latir de mi corazón! Debíamos encontrarnos, alguien nos dirigía... O nos impulsaba una fuerza ciega ... "
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 32-34.
"Era una noche extraña. En el cuarto, donde la lámpara semejaba un crisolito luminoso, la ventana se abría sobre la oscuridad de una noche primaveral. Estábamos sentados ante la mesa, uno frente al otro, y callábamos. El libro que leíamos yacía abierto. Cerca, en un florero, se inclinaba el racimo de oro de una rama de mimosas. En torno nuestro, el mundo negro respiraba como un ser viviente. El silencio se iba volviendo una tortura tan insoportable que me era imposible aguantarlo; necesitaba que ocurriera algo que me librase del silencio de plomo, algo grande, formidable, hasta destructor. Mi corazón tocaba a rebato. Mis pensamientos agitaban, siniestros, sus negras alas, como pájaros salvajes en la noche. Mi amada, la luz de mis ojos, estaba allí, en frente de mí; bajo el oro de su cabellera, sus grandes ojos cargados de ensueño miraban al vacío. ¿Pensaba las mismas cosas que yo? ...
'Querida', empecé a decir con voz suave pero penetrante -sin duda fueron otras mis palabras, pero su sentido era el siguiente: -'Querida, aquí estamos dos pobres seres solitarios, sentados uno frente al otro junto a una lámpara. Esta noche las sensaciones más comunes me hacen estremecer de angustia o de asombro. Mira estas flores, ¿no es verdad que su bella florescencia es incomprensible? ¡Cómo viven de inmóviles! Mira nuestras manos apoyadas en la mesa, tranquilas y serenas bajo la luz. Tienen vida, y también la tenemos nosotros.
Vivimos... Me es imposible sondear el abismo de esa palabra. Veo a los hombres, y el terror me oprime. Los hay que se precipitan por todas partes en busca de algo; sus almas están torturadas y en ningún lugar encuentran la paz. Hay quienes, perseguidos y mancillados por el rebaño estulto, aúllan en la noche como locos vagabundos. Veo algunos desesperados taciturnos que ya han perdido toda certidumbre. Veo otros que llegaron a los límites del saber y que luego caen de rodillas, balbuceando plegarias a quién sabe qué Dios. Hay inteligencias que se rompen y se idiotizan a causa de la angustia inexpresable de su soledad en el universo. Veo en este mundo nacer niños y morir hombres a cada instante. Veo ojos serenos que ocultan misterios mil veces más aterradores que el Océano Pacífico. Y veo las ciudades, esos monstruos de piedra donde los hombres sufren, donde se les martiriza en todas formas. Y, por encima de todo, el sol hace su luminoso viaje cotidiano. Me debato en las tinieblas... y es en medio de este caos imposible de imaginar, que nosotros dos vinimos un día el uno hacia el otro. ¿Fue obra del azar? ¿Es posible que así sea?'
Cristina había levantado la cabeza. Sus ojos -nunca puedo mirarlos sin recordar, ¡con cuánta emoción!, el momento en que la vi por primera vez y en que mi corazón la reconoció en el acto y comprendió que era ella, Cristina, ella y no otra, la que me estaba predestinada desde siempre y para siempre-, esa noche sus ojos eran graves y como cargados de todos los ensueños ...
¿No es maravilloso? No te conocía y tú también ignorabas mi existencia hasta que nos vimos. ¡Oh felicidad! Pero piensa ahora en la posibilidad de que los oscuros senderos de nuestras vidas por los cuales andábamos errantes, no se hubieran encontrado. Un hecho insignificante, el más pequeño obstáculo, el retraso o el adelanto de un solo minuto, nos hubiera mantenido alejados por siempre. Ese pensamiento me da miedo. Tengo hasta tal punto el sentimiento de que era necesario que te encontrase, ¡oh tú, que eres mi alegría, mi vida, el latir de mi corazón! Debíamos encontrarnos, alguien nos dirigía... O nos impulsaba una fuerza ciega ... "
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 32-34.
jueves, 5 de febrero de 2009
Música digna de Dios y del hombre
Más verdad. El cristiano no eleva monumentos a su propio yo, no pretende autoexpresarse -como sucede en tanto arte contemporáneo-, sino que persigue ante todo lo que es digno de Dios, alcanzando así, sin buscarlo directamente, su propia dignidad:
"No se trataba de una 'creatividad' privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los "oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"No se trataba de una 'creatividad' privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los "oídos del corazón" las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Estar a la altura de la Palabra
La gran música occidental -afirma Benedicto XVI- nace de la exigencia cristiana de estar a la altura de la Palabra revelada, de su exigencia de belleza. Escuchando a Tomás Luis de Victoria, Bach, o Mozart comprendemos la verdad de este juicio.
"Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos".
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Salmo 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas.
Los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq: Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de cada uno de los tonos".
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi, Domine -delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (Salmo 138, 1). Aquí se expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las esferas.
Los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Se requiere la música
Interesante afirmación del Papa: para hablar con Dios no basta pronunciar los textos sagrados, necesitamos servirnos de la música, el canto y los instrumentos. Ejemplo: los salmos.
"La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él.
Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma vida en un movimiento hacia Él.
Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra a su destino más alto".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
martes, 3 de febrero de 2009
La Palabra que despierta el alma
Sigue Benedicto XVI evocando la inmensa aportación del monacato a la historia de Europa, al obligar al hombre a hacer un trabajo de búsqueda de Dios, al educar su razón para que escrute los signos de la creación y las palabras de la Revelación. Un trabajo personal y comunitario:
"Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37).
Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a Dios. Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37).
Gregorio Magno lo describe como una punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que estemos atentos a Dios. Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
lunes, 2 de febrero de 2009
Las palabras y la Palabra
Los monjes, en su búsqueda de Dios, cuidaban la educación de la razón con vistas a llegar, mediante las palabras reveladas, a la Palabra Viviente, Jesucristo. Sin esta inteligencia de la realidad, sin esta búsqueda del sentido último no hay fe cristiana, pero en último extremo tampoco cultura:
"El monasterio sirve a la 'eruditio', a la formación y a la erudición del hombre -una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"El monasterio sirve a la 'eruditio', a la formación y a la erudición del hombre -una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
Bibliotecas y escuelas
Sigue el Papa sus referencias al monacato medieval, en su discurso al mundo de la cultura, con ocasión de su viaje a Francia en septiembre de 2008. Destaca el origen de dos instituciones esenciales para el desarrollo de la historia de occidente, la biblioteca y la escuela:
"'Quaerere Deum': como eran cristianos no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.
El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra... Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua.
Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una 'dominici servitii schola' (escuela de servicio del Señor)".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"'Quaerere Deum': como eran cristianos no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.
El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra... Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua.
Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el camino. San Benito llama al monasterio una 'dominici servitii schola' (escuela de servicio del Señor)".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Quaerere Deum"
'Quaerere Deum', buscar a Dios, así describía el papa Benedicto XVI el objetivo existencial de los monjes benedictinos que civilizaron Europa y conservaron el legado de la antigüedad clásica. ¿No tendrá que ser éste también nuestro principal interés? "Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura":
"Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: 'quaerere Deum', buscar a Dios.
En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era "escatológica". Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
"Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: 'quaerere Deum', buscar a Dios.
En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era "escatológica". Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo".
Benedicto XVI, Discurso al mundo de la cultura, París, 12 septiembre 2008.
sábado, 31 de enero de 2009
Disonancias redimidas
Sigo citando al teólogo dominico. Dios es un compositor tan genial que logra integrar nuestras disonancias en su gran sinfonía:
"San Agustín escribió una historia de la humanidad en la que ésta aparece como una partitura musical en la que son posibles todas las disonancias y desafinaciones, pero que, a la postre, se resuelve en un final en el que todo encuentra su lugar adecuado.
En su magnífica obra, De musica, escribió que 'la disonancia puede ser redimida sin ser destruida'. La historia de la redención es como una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que Él encuentra para ellas un sitio adecuado en la sinfonía musical que las redime".
Timothy Radclife.
"San Agustín escribió una historia de la humanidad en la que ésta aparece como una partitura musical en la que son posibles todas las disonancias y desafinaciones, pero que, a la postre, se resuelve en un final en el que todo encuentra su lugar adecuado.
En su magnífica obra, De musica, escribió que 'la disonancia puede ser redimida sin ser destruida'. La historia de la redención es como una gran sinfonía que abraza todos nuestros errores y equivocaciones, y en la que, al final, la belleza triunfa. La victoria no consiste en que Dios borre nuestras notas desafinadas o niegue su existencia, sino en que Él encuentra para ellas un sitio adecuado en la sinfonía musical que las redime".
Timothy Radclife.
Vivir musicalmente
La estética y la moral son inseparables. La vida no es verdaderamente bella si no es también amiga de la virtud, como recuerda este teólogo dominico citando al gran Agustín:
"San Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era, según decía, 'guardar el orden musical'. La gracia es gratuidad, y la vida que se vive en la gracia es bella".
Timothy Radclife.
"San Agustín consideraba que vivir en la virtud era vivir musicalmente, estar en armonía. Amar al prójimo era, según decía, 'guardar el orden musical'. La gracia es gratuidad, y la vida que se vive en la gracia es bella".
Timothy Radclife.
El lenguaje universal de la belleza
Esta noche he asistido a un precioso concierto de arpa y guitarra. Hago mías las palabras del Papa:
“Estoy convencido de que la música es verdaderamente el lenguaje universal de la belleza (…). Es capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la Tierra y de llevarles a alzar la mirada hacia lo Alto para abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en el mismo Dios. (…) Al echar un vistazo retrospectivo a mi vida, doy gracias a Dios por haberme puesto junto a la música, como una compañera de viaje, que siempre me ha ofrecido consuelo y alegría".
Benedicto XVI.
“Estoy convencido de que la música es verdaderamente el lenguaje universal de la belleza (…). Es capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la Tierra y de llevarles a alzar la mirada hacia lo Alto para abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en el mismo Dios. (…) Al echar un vistazo retrospectivo a mi vida, doy gracias a Dios por haberme puesto junto a la música, como una compañera de viaje, que siempre me ha ofrecido consuelo y alegría".
Benedicto XVI.
martes, 27 de enero de 2009
Guardini, maestro de vida
Romano Guardini (1885-1968) es uno de los autores que siempre me ha interesado. Teólogo católico alemán de ascendencia italiana, educador de jóvenes, amante de la liturgia y del arte, pensador, filósofo. Alfonso López Quintás le dedicó una biografía que merece la pena leer. Así describe el biógrafo el momento de la adhesión incondicional de Guardini a la fe y a la Iglesia católica:
"Lo que le impulsó a volver a la fe fue, sin duda, se adivinación de que en ella alienta una energía y una riqueza insospechadas. La verdadera llave de acceso a la fe fue para él en este momento la frase de Mateo 10,39: Quien quiera salvar su vida la perderá, quien la dé la salvará. Pero, dársela ¿a quién?"
Es ahora el propio Guardini el que habla, narrando el instante de su decisión, su respuesta a la pregunta ¿dar la vida, a quién?:
"No a 'Dios', simplemente, pues cuando el hombre pretende arreglárselas él solo con Dios dice 'Dios' pero en realidad está pensando en sí mismo. Tiene que haber una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica con su autoridad y precisión. Entonces sentí como si todo -realmente 'todo' mi ser- estuviese en mis manos, como en una balanza en equilibrio: puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla... Y la hice inclinarse hacia la derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una sacudida ni en una iluminación, ni en ningún tipo de existencia extraordinaria. Fue simplemente que llegué a una convicción: 'es así', y después el movimiento imperceptiblemente dócil: ¡Así debe ser!".
Alfonso López Quintás, Romano Guardini. Maestro de vida, Palabra 1998, pp. 20-21.
"Lo que le impulsó a volver a la fe fue, sin duda, se adivinación de que en ella alienta una energía y una riqueza insospechadas. La verdadera llave de acceso a la fe fue para él en este momento la frase de Mateo 10,39: Quien quiera salvar su vida la perderá, quien la dé la salvará. Pero, dársela ¿a quién?"
Es ahora el propio Guardini el que habla, narrando el instante de su decisión, su respuesta a la pregunta ¿dar la vida, a quién?:
"No a 'Dios', simplemente, pues cuando el hombre pretende arreglárselas él solo con Dios dice 'Dios' pero en realidad está pensando en sí mismo. Tiene que haber una instancia objetiva que pueda sacar mi respuesta de los recovecos de mi autoafirmación. Pero sólo existe una instancia así: la Iglesia católica con su autoridad y precisión. Entonces sentí como si todo -realmente 'todo' mi ser- estuviese en mis manos, como en una balanza en equilibrio: puedo hacerla inclinarse hacia la derecha o hacia la izquierda. Puedo dar mi alma o conservarla... Y la hice inclinarse hacia la derecha. El momento fue completamente silencioso; no consistió ni en una sacudida ni en una iluminación, ni en ningún tipo de existencia extraordinaria. Fue simplemente que llegué a una convicción: 'es así', y después el movimiento imperceptiblemente dócil: ¡Así debe ser!".
Alfonso López Quintás, Romano Guardini. Maestro de vida, Palabra 1998, pp. 20-21.
El psicoanálisis y la gracia
El padre Cantalamessa, franciscano, predicador de la Casa Pontificia -es decir, del Papa-, denuncia el principal error del mundo moderno, en el que todos incurrimos cada día: creer que no necesitamos de la gracia. Pero todos los esfuerzos de nuestra voluntad, nuestros más profundos y elaborados análisis y proyectos, son inútiles sin el don que viene de lo alto. "Te basta mi gracia": hay que verificarlo.
"Los fundadores de religiones se han limitado a dar ejemplo, en cambio Cristo no sólo ha dado ejemplo sino que ha dado la gracia. [...]
La mayor herejía y estupidez del hombre moderno no creyente es pensar que puede prescindir de la gracia. [...] Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna.
Un caso típico lo constituye el psicoanálisis. Se cree que basta con ayudar al paciente a conocer y sacar a la luz de la razón las propias neurosis y complejos de culpa para curarlos, sin necesidad alguna de la gracia de lo alto que cure y renueve. El psicoanálisis es la confesión sin la gracia".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 27.
"Los fundadores de religiones se han limitado a dar ejemplo, en cambio Cristo no sólo ha dado ejemplo sino que ha dado la gracia. [...]
La mayor herejía y estupidez del hombre moderno no creyente es pensar que puede prescindir de la gracia. [...] Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna.
Un caso típico lo constituye el psicoanálisis. Se cree que basta con ayudar al paciente a conocer y sacar a la luz de la razón las propias neurosis y complejos de culpa para curarlos, sin necesidad alguna de la gracia de lo alto que cure y renueve. El psicoanálisis es la confesión sin la gracia".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 27.
lunes, 26 de enero de 2009
Lo que hace santo al hombre
A vueltas con la conversión y la santidad. ¡Qué consuelo lo que nos recuerda el teólogo Ratzinger!:
"No es un salto mortal en el heroísmo lo que hace santo al hombre, sino el humilde y paciente camino con Jesús, paso a paso. La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a Él. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes lo humano, mediante la transformación y purificación pascual, llega a la luz en toda su original belleza".
J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Edicep 2005, p. 108.
"No es un salto mortal en el heroísmo lo que hace santo al hombre, sino el humilde y paciente camino con Jesús, paso a paso. La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a Él. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes lo humano, mediante la transformación y purificación pascual, llega a la luz en toda su original belleza".
J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Edicep 2005, p. 108.
domingo, 25 de enero de 2009
La gran conversión: la fe
Conversión de San Pablo. Mi conversión. Dice Ratzinger:
"La vida del bautizado es un proceso de redención en el que nos dejamos acompañar, llevar y guiar o que nos negamos a aceptar. Es importante no perder de vista la meta, reorientarse hacia ella cuando hemos sufrido un patinazo o nos hemos descarriado. Es importante aceptar de continuo el perdón, al tiempo que aprendemos la responsabilidad del perdón.
La gran conversión, es decir, la fe, se compone de muchas conversiones pequeñas. En ese contexto debemos conservar siempre en el corazón el dicho de San Benito, que expresa en católico la experiencia de la Reforma: Et de Dei misericordia nunquam desperare (no desesperar nunca de la misericordia de Dios) (Regula IV, 74)."
J. Ratzinger, ¿Hasta dónde llega el consenso sobre la doctrina de la justificación?, Communio nº 1, 2001.
"La vida del bautizado es un proceso de redención en el que nos dejamos acompañar, llevar y guiar o que nos negamos a aceptar. Es importante no perder de vista la meta, reorientarse hacia ella cuando hemos sufrido un patinazo o nos hemos descarriado. Es importante aceptar de continuo el perdón, al tiempo que aprendemos la responsabilidad del perdón.
La gran conversión, es decir, la fe, se compone de muchas conversiones pequeñas. En ese contexto debemos conservar siempre en el corazón el dicho de San Benito, que expresa en católico la experiencia de la Reforma: Et de Dei misericordia nunquam desperare (no desesperar nunca de la misericordia de Dios) (Regula IV, 74)."
J. Ratzinger, ¿Hasta dónde llega el consenso sobre la doctrina de la justificación?, Communio nº 1, 2001.
Saulo de Tarso
Hoy, domingo 25 de enero, hemos celebrado la Conversión del Apóstol San Pablo. El Año Jubilar Paulino conmemora los 2000 años de su nacimiento. Pero Saulo de Tarso nació en el camino de Damasco, cuando fue alcanzado, invadido por la presencia de Jesús resucitado. Después vendrían otros encuentros, consecuencia y desarrollo de éste: Ananías, Bernabé, Santiago, Pedro... La carne de Cristo. "¿Por qué me persigues?". Dice el Papa:
"Quisiera recordar, en segundo lugar, las palabras que Cristo resucitado le dirigió en el camino de Damasco. Primero el Señor le dice: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Ante la pregunta: ¿Quién eres, Señor?, recibe como respuesta: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (Hch 9, 4 s). Persiguiendo a la Iglesia, Pablo perseguía a Jesús mismo. Tú me persigues. Jesús se identifica con la Iglesia en un solo sujeto.
En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante "su causa". La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado sigue siendo "carne". Tiene carne y huesos (Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de san Lucas el Resucitado ante los discípulos que creían que era un espíritu. Tiene un cuerpo".
Benedicto XVI, Homilía en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 28 junio 2008.
"Quisiera recordar, en segundo lugar, las palabras que Cristo resucitado le dirigió en el camino de Damasco. Primero el Señor le dice: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Ante la pregunta: ¿Quién eres, Señor?, recibe como respuesta: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (Hch 9, 4 s). Persiguiendo a la Iglesia, Pablo perseguía a Jesús mismo. Tú me persigues. Jesús se identifica con la Iglesia en un solo sujeto.
En el fondo, en esta exclamación del Resucitado, que transformó la vida de Saulo, se halla contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se retiró al cielo, dejando en la tierra una multitud de seguidores que llevan adelante "su causa". La Iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado sigue siendo "carne". Tiene carne y huesos (Lc 24, 39), como afirma en el evangelio de san Lucas el Resucitado ante los discípulos que creían que era un espíritu. Tiene un cuerpo".
Benedicto XVI, Homilía en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 28 junio 2008.
Palabras que ayudan a vivir
Recupero hoy una frase de Charles du Bos (1882-1939), escritor y crítico literario francés, de madre inglesa, convertido al catolicismo en 1927. Hago mías sus palabras. De hecho son la razón de este blog:
"Considero como algo propio de mi oficio difundir todo lo posible las bellas palabras y los pensamientos sutiles que he encontrado y que me han ayudado a vivir".
Charles du Bos.
"Considero como algo propio de mi oficio difundir todo lo posible las bellas palabras y los pensamientos sutiles que he encontrado y que me han ayudado a vivir".
Charles du Bos.
La Iglesia no decepciona
Olivier Clément recibió el bautismo a los 30 años de edad. Así describía la gracia recibida en ese día, el día de su nuevo nacimiento:
"Era el 1 de noviembre. Llovía. Anduve mucho tiempo bajo la lluvia. Quise ir a pie en esa decisiva peregrinación. La lluvia es signo de fecundidad y yo iba hacia mi propio nacimiento. Yo estaba sereno, sin exaltación. Todo empezaba. Desde ese momento, la luz estaba dentro. Han pasado años desde mi entrada en la iglesia. La iglesia no decepciona cuando se ha comprendido lo que es: es la tierra que nos alimenta, esa gran fuerza de vida que nos es ofrecida y que nos corresponde llevar libremente a la obra”.
O. Clément.
"Era el 1 de noviembre. Llovía. Anduve mucho tiempo bajo la lluvia. Quise ir a pie en esa decisiva peregrinación. La lluvia es signo de fecundidad y yo iba hacia mi propio nacimiento. Yo estaba sereno, sin exaltación. Todo empezaba. Desde ese momento, la luz estaba dentro. Han pasado años desde mi entrada en la iglesia. La iglesia no decepciona cuando se ha comprendido lo que es: es la tierra que nos alimenta, esa gran fuerza de vida que nos es ofrecida y que nos corresponde llevar libremente a la obra”.
O. Clément.
sábado, 24 de enero de 2009
La muerte ya no está delante
Nueva cita de Clément, que expresa su fe en el triunfo del Resucitado. La muerte ya no es mi futuro, sino mi pasado, vencido por Cristo:
"Si Cristo ha vencido a la muerte,
yo ya no necesito escapatoria.
En Cristo mi muerte ya está detrás de mí
y no delante".
O. Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 89.
"Si Cristo ha vencido a la muerte,
yo ya no necesito escapatoria.
En Cristo mi muerte ya está detrás de mí
y no delante".
O. Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 89.
Que nadie tema a la muerte
Cita de San Juan Crisóstomo recogida por Olivier Clément en su libro Sobre el hombre. Hoy se la dedico a él, que ya ha traspasado el umbral:
"Entrad todos en la alegría de vuestro Maestro.
El banquete está listo,
que todos participen de él.
El ternero está servido,
que nadie se vaya con hambre.
Que todos se deleiten en el banquete de la fe.
Que nadie llore aún sus faltas
porque el perdón ha resplandecido en la tumba.
Que nadie tema a la muerte
porque la muerte del Señor nos ha liberado.
El infierno ha tomado un cuerpo
y se ha presentado ante Dios;
ha tomado la tierra
y ha encontrado el cielo.
Muerte, ¿dónde está tu aguijón?
Infierno, ¿dónde esta tu victoria?
Cristo ha resucitado
y reina la vida".
San Juan Crisóstomo.
"Entrad todos en la alegría de vuestro Maestro.
El banquete está listo,
que todos participen de él.
El ternero está servido,
que nadie se vaya con hambre.
Que todos se deleiten en el banquete de la fe.
Que nadie llore aún sus faltas
porque el perdón ha resplandecido en la tumba.
Que nadie tema a la muerte
porque la muerte del Señor nos ha liberado.
El infierno ha tomado un cuerpo
y se ha presentado ante Dios;
ha tomado la tierra
y ha encontrado el cielo.
Muerte, ¿dónde está tu aguijón?
Infierno, ¿dónde esta tu victoria?
Cristo ha resucitado
y reina la vida".
San Juan Crisóstomo.
In memoriam: Olivier Clément
Acabo de conocer la noticia de la muerte de Olivier Clément, producida el 15 de enero de 2009. Mis amigos habéis podido leer algunas citas suyas en este blog. Y otras las seguirán, no lo dudéis. Para quienes no le conocierais:
"Olivier Clement era uno de los testigos más estimados y fecundos de la Ortodoxia en occidente. Nacido en París en el año 1921, ateo hasta los 27 años, se convirtió al cristianismo tras una larga búsqueda espiritual, como narra en su libro autobiográfico El otro sol (Narcea, 1983). Fue discípulo de Alphonse Dupront y de Vladimir Lossky. Enseñó historia en un Liceo de París y actualmente era profesor en el Instituto de Teología Ortodoxa (Instituto de Saint-Serge). Miembro del Instituto Ecuménico de París, figuraba entre los fundadores de la Fraternidad Ortodoxa en Europa occidental. Autor de unos treinta libros sobre el pensamiento y la vida de la Iglesia ortodoxa y sobre el cristianismo occidental. Fue el autor del "Via Crucis" que presidió Juan Pablo II en el Coliseo en 1998. Sus funerales se han celebrado en la Semana de oración por la unidad de los cristianos".
"Olivier Clement era uno de los testigos más estimados y fecundos de la Ortodoxia en occidente. Nacido en París en el año 1921, ateo hasta los 27 años, se convirtió al cristianismo tras una larga búsqueda espiritual, como narra en su libro autobiográfico El otro sol (Narcea, 1983). Fue discípulo de Alphonse Dupront y de Vladimir Lossky. Enseñó historia en un Liceo de París y actualmente era profesor en el Instituto de Teología Ortodoxa (Instituto de Saint-Serge). Miembro del Instituto Ecuménico de París, figuraba entre los fundadores de la Fraternidad Ortodoxa en Europa occidental. Autor de unos treinta libros sobre el pensamiento y la vida de la Iglesia ortodoxa y sobre el cristianismo occidental. Fue el autor del "Via Crucis" que presidió Juan Pablo II en el Coliseo en 1998. Sus funerales se han celebrado en la Semana de oración por la unidad de los cristianos".
viernes, 23 de enero de 2009
Amigos y enemigos
Que sean uno... Imposible para los hombres, salvo en Dios y por Dios. Dice el gran Agustín:
"Dichoso el que ama siempre a Dios,
y a sus amigos en Dios,
y a sus enemigos por Dios".
San Agustín, Confesiones, 50, 4, 9.
"Dichoso el que ama siempre a Dios,
y a sus amigos en Dios,
y a sus enemigos por Dios".
San Agustín, Confesiones, 50, 4, 9.
Nuestra obligación más bella
Unidad y desunión. Las palabras de Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III:
"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos. Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz.
La obligación más bella para con Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel".
San Cipriano.
"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos. Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz.
La obligación más bella para con Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel".
San Cipriano.
Sobre la unidad
Estamos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Recojo un consejo, una invitación de un autor de la tradición ortodoxa:
"Contemplando la Trinidad indivisible venceréis la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
"Contemplando la Trinidad indivisible venceréis la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
jueves, 22 de enero de 2009
Dios, el espacio de mi libertad
Cita Clément a Cabasilas, escritor bizantino del siglo XIV:
"Y por eso, El no se contenta con llamar a sí al esclavo que ha amado, sino que desciende en su busca; él, el rico, se inclina hacia nuestra indigencia, se presenta en persona, declara su amor y pide que se le pague; despreciado, espera en la puerta y hace todo para mostrarse verdadero amante; soporta los contratiempos y muere..." (Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, VI).
Y comenta Clément:
"El amor de Dios es, así, el espacio de mi libertad. Si Dios no existe, yo no soy más que una parcela de la sociedad y del universo, sometida a sus determinismos y, en definitiva, a la muerte. Pero si Dios es el Amor crucificado, se me ofrece una libertad sin límites, una participación en la libertad misma de Dios".
Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 54-55.
"Y por eso, El no se contenta con llamar a sí al esclavo que ha amado, sino que desciende en su busca; él, el rico, se inclina hacia nuestra indigencia, se presenta en persona, declara su amor y pide que se le pague; despreciado, espera en la puerta y hace todo para mostrarse verdadero amante; soporta los contratiempos y muere..." (Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, VI).
Y comenta Clément:
"El amor de Dios es, así, el espacio de mi libertad. Si Dios no existe, yo no soy más que una parcela de la sociedad y del universo, sometida a sus determinismos y, en definitiva, a la muerte. Pero si Dios es el Amor crucificado, se me ofrece una libertad sin límites, una participación en la libertad misma de Dios".
Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 54-55.
Dios lo puede todo, salvo...
Harto de ya de idas y venidas de autobuses ateos o cristianos leo esta noche unas páginas que me hacen respirar. Dios no sólo no impide la felicidad humana, sino que nos respeta tanto como para permitir que lo neguemos, hasta en la forma más radical. Si el hombre fuera dios no permitiría la existencia de ateos -con autobús o sin él-, pero Dios asume hasta sus últimas consecuencias -el Amor crucificado- nuestra existencia en libertad:
"El hombre, ser personal, constituye el apogeo de la creación. Con él, la omnipotencia de Dios suscita una novedad radical. No es un reflejo muerto o una marioneta, sino una libertad que puede decidirse contra Dios, excluirle de su propia creación, comprometer su terminación.
En el colmo de la omnipotencia creadora -pues sólo el Amor vivificante puede crear un viviente libre- se inscribe el riesgo. La omnipotencia se consuma limitándose. En el propio acto creador Dios se limita de alguna manera, se retira, para dar al hombre el espacio de la libertad.
El summum de la omnipotencia encubre, así, una paradójica impotencia. Porque ese summum es el amor, y Dios lo puede todo salvo obligar al hombre a amarle".
Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 53-54.
"El hombre, ser personal, constituye el apogeo de la creación. Con él, la omnipotencia de Dios suscita una novedad radical. No es un reflejo muerto o una marioneta, sino una libertad que puede decidirse contra Dios, excluirle de su propia creación, comprometer su terminación.
En el colmo de la omnipotencia creadora -pues sólo el Amor vivificante puede crear un viviente libre- se inscribe el riesgo. La omnipotencia se consuma limitándose. En el propio acto creador Dios se limita de alguna manera, se retira, para dar al hombre el espacio de la libertad.
El summum de la omnipotencia encubre, así, una paradójica impotencia. Porque ese summum es el amor, y Dios lo puede todo salvo obligar al hombre a amarle".
Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 53-54.
martes, 20 de enero de 2009
Pálidos hombrezuelos
Evocando la figura de su madre -y haciendo su elogio- van der Meer critica la vida mediocre, enana, de esos "pálidos hombrezuelos" que viven una existencia aburguesada. Duras palabras, pero ciertas:
"Mi madre está con nosotros desde hace unos días. Su presencia me causa profunda alegría. Conozco pocas personas de edad de quienes emane una tan ardiente juventud de corazón, que sean tan capaces de entusiasmo como ella, y que den menos de esos consejos deprimentes y seudosabios con que los viejos quieren volver razonables a los jóvenes.
Mi madre ha sido el centro de mi infancia y de mi adolescencia. Siempre recordaré que ella amplió el horizonte de nuestra vida, al liberarse ella misma, gracias a una lucha tenaz, de la estrecha existencia aburguesada que sofoca todas las aspiraciones elevadas y extensas. ¡Cuál no sería su desprecio ante esos pálidos hombrezuelos cuyo ideal consiste en vivir tranquilamente, sin emociones, sin sacudidas, sin trastornos, en un opaco crepúsculo sin relieve; en quienes el pensamiento, el amor, la ambición, la fe, la virtud, el vicio, en una palabra, todo lo que agita el alma, es pequeño! ¡Sólo su honestidad es inmensa!
¡Y tales individuos realizan el más sublime de sus sueños cuando sus hijos se vuelven miembros útiles de la sociedad, al lograr una posición sólida y bien remunerada que hará de ellos, a la brevedad posible, animales domésticos!
De ella -y también de mi padre- recibí ésta mi absoluta indiferencia por la consideración social. Ella me infundió el desprecio a todo lo mediocre y bajo, a la existencia cautiva y rastrera a lo largo de los años, que va matando toda grandeza: ¡me inculcó el sano anhelo de las cumbres, del aire vivificante de las altas montañas donde reina la soledad! Mi madre buscó infatigablemente la verdad en los hombres y en los libros, pero nada ni nadie ha podido saciar la sed de su espíritu. Su alma pronto se evadió del árido protestantismo. Más tarde se dedicó al espiritismo... estuve a su lado durante sus exploraciones entre los teósofos, ¡esos chinos de la religión! Pero no se detenía en ninguno de esos extraños grupos; comprendía en seguida que la verdad no estaba allí. Hoy día espera y cree. Cree en un Espíritu incomprensible e incircunscripto, que gobierna el universo. Y cuando, como de costumbre, hablamos con ella de temas profundos y serios, suele decirnos con una convicción grave y alegre: Tengo la seguridad de que todo lo recóndito, todos los misterios me serán revelados algún día".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 28-29.
"Mi madre está con nosotros desde hace unos días. Su presencia me causa profunda alegría. Conozco pocas personas de edad de quienes emane una tan ardiente juventud de corazón, que sean tan capaces de entusiasmo como ella, y que den menos de esos consejos deprimentes y seudosabios con que los viejos quieren volver razonables a los jóvenes.
Mi madre ha sido el centro de mi infancia y de mi adolescencia. Siempre recordaré que ella amplió el horizonte de nuestra vida, al liberarse ella misma, gracias a una lucha tenaz, de la estrecha existencia aburguesada que sofoca todas las aspiraciones elevadas y extensas. ¡Cuál no sería su desprecio ante esos pálidos hombrezuelos cuyo ideal consiste en vivir tranquilamente, sin emociones, sin sacudidas, sin trastornos, en un opaco crepúsculo sin relieve; en quienes el pensamiento, el amor, la ambición, la fe, la virtud, el vicio, en una palabra, todo lo que agita el alma, es pequeño! ¡Sólo su honestidad es inmensa!
¡Y tales individuos realizan el más sublime de sus sueños cuando sus hijos se vuelven miembros útiles de la sociedad, al lograr una posición sólida y bien remunerada que hará de ellos, a la brevedad posible, animales domésticos!
De ella -y también de mi padre- recibí ésta mi absoluta indiferencia por la consideración social. Ella me infundió el desprecio a todo lo mediocre y bajo, a la existencia cautiva y rastrera a lo largo de los años, que va matando toda grandeza: ¡me inculcó el sano anhelo de las cumbres, del aire vivificante de las altas montañas donde reina la soledad! Mi madre buscó infatigablemente la verdad en los hombres y en los libros, pero nada ni nadie ha podido saciar la sed de su espíritu. Su alma pronto se evadió del árido protestantismo. Más tarde se dedicó al espiritismo... estuve a su lado durante sus exploraciones entre los teósofos, ¡esos chinos de la religión! Pero no se detenía en ninguno de esos extraños grupos; comprendía en seguida que la verdad no estaba allí. Hoy día espera y cree. Cree en un Espíritu incomprensible e incircunscripto, que gobierna el universo. Y cuando, como de costumbre, hablamos con ella de temas profundos y serios, suele decirnos con una convicción grave y alegre: Tengo la seguridad de que todo lo recóndito, todos los misterios me serán revelados algún día".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 28-29.
El cielo, cúpula de mi corazón
Vuelvo al diario Nostalgia de Dios. Es un espléndido testimonio del sentido religioso humano, del anhelo del alma:
"Primer día realmente primaveral del año. En el jardín, detrás de nuestra casita, los azafranes amarillos, malvas y blancos están en flor... Me siento animoso, alegre, gracias a la hermosura del día. Miro con emocionado asombro las primeras flores abiertas. Una leve brisa roza mi cara, mis manos. Deslumbrado contemplo las profundidades azules y rutilantes del cielo que es la cúpula de mi corazón. Todo se transforma para mí en una maravilla inexplicable y misteriosa...
¿Qué somos nosotros, los hombres, que nunca saciados, ni siquiera por la magnificencia de lo visible, llevamos siempre más allá nuestro deseo y nuestro ensueño, hacia mundos enteramente inaccesibles? ¿Es que buscamos algo que hemos perdido? ¡Ah, lejos de mí esos pensamientos! Podrían estropear nuevamente mi alegría primaveral.
Ahora estoy sentado a la mesa, frente a la ventana abierta. Cae la tarde. Ya una estrella titila sobre la cima de un olmo suplicante, en el jardín de enfrente. Y la noche cae pesadamente sobre mi corazón. ¡Oh, mis sueños y mi nostalgia!"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 26-27.
"Primer día realmente primaveral del año. En el jardín, detrás de nuestra casita, los azafranes amarillos, malvas y blancos están en flor... Me siento animoso, alegre, gracias a la hermosura del día. Miro con emocionado asombro las primeras flores abiertas. Una leve brisa roza mi cara, mis manos. Deslumbrado contemplo las profundidades azules y rutilantes del cielo que es la cúpula de mi corazón. Todo se transforma para mí en una maravilla inexplicable y misteriosa...
¿Qué somos nosotros, los hombres, que nunca saciados, ni siquiera por la magnificencia de lo visible, llevamos siempre más allá nuestro deseo y nuestro ensueño, hacia mundos enteramente inaccesibles? ¿Es que buscamos algo que hemos perdido? ¡Ah, lejos de mí esos pensamientos! Podrían estropear nuevamente mi alegría primaveral.
Ahora estoy sentado a la mesa, frente a la ventana abierta. Cae la tarde. Ya una estrella titila sobre la cima de un olmo suplicante, en el jardín de enfrente. Y la noche cae pesadamente sobre mi corazón. ¡Oh, mis sueños y mi nostalgia!"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 26-27.
Entrar en el concierto celeste
Concluye el Papa tras escuchar la Misa en do menor de Mozart:
"Rezamos al buen Dios para que te dé, querido Georg, aún años buenos en que puedas seguir viviendo la alegría de Dios y la alegría de la música, y en los que puedas servir aún a los hombres como sacerdote. Y le pedimos que nos permita a todos, un día, entrar en el concierto celeste, para experimentar definitivamente la alegría de Dios.
Espero que la espléndida música que hemos escuchado, en el contexto único de la Capilla Sixtina, contribuya a profundizar nuestra relación con Dios, sirva para reavivar en nuestro corazón la alegría que brota de la fe, para que cada uno llegue a ser testigo convencido en su propio ambiente cotidiano".
Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.
"Rezamos al buen Dios para que te dé, querido Georg, aún años buenos en que puedas seguir viviendo la alegría de Dios y la alegría de la música, y en los que puedas servir aún a los hombres como sacerdote. Y le pedimos que nos permita a todos, un día, entrar en el concierto celeste, para experimentar definitivamente la alegría de Dios.
Espero que la espléndida música que hemos escuchado, en el contexto único de la Capilla Sixtina, contribuya a profundizar nuestra relación con Dios, sirva para reavivar en nuestro corazón la alegría que brota de la fe, para que cada uno llegue a ser testigo convencido en su propio ambiente cotidiano".
Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.
lunes, 19 de enero de 2009
La voz de la Esposa: la Misa en do menor de Mozart
El pasado sábado 17 de enero se celebró en la Capilla Sixtina un concierto con motivo del 85 cumpleaños del hermano del Papa, monseñor Georg Ratzinger. El Coro de la Catedral de Ratisbona interpretó la Misa en do menor de Mozart. algunos de sus comentarios: Al finalizar el concierto el Papa pronunció una breve alocución en la que rememoró sus recuerdos y experiencias asociados a esta genial obra de Mozart. Recojo algunos de sus comentarios:
"Querido Georg, queridos amigos, han pasado ya casi 70 años desde que tomaste la iniciativa de ir juntos a Salzburgo, y en la espléndida iglesia de la abadía de San Pedro, escuchamos juntos la Misa en do menor de Mozart. Aunque yo entonces era un simple muchacho, me dí cuenta contigo de que habíamos vivido algo distinto a un simple concierto: había sido música en oración, oficio divino, en el que habíamos podido captar algo de la magnificencia y de la belleza del mismo Dios, y nos había impresionado. Después de la guerra volvimos otras veces a Salzburgo para escuchar la Misa en do menor, y es por esto que está inscrita profundamente en nuestra biografía interior.
La tradición pretende que Mozart compuso esta Misa para cumplir un voto: en agradecimiento por sus bodas con Constanze Weber. Así se explican también los importantes solos de la soprano, en los que Constance era llamada a poner voz a la gratitud y a la alegría -gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam-, gratitud por la bondad de Dios que le había impactado. Desde un punto de vista estrictamente litúrgico se podría objetar que estos grandes solos se alejan un poco de la sobriedad de la liturgia romana, pero por contra se puede uno preguntar: ¿No sentimos acaso la voz de la esposa, de la Iglesia, de la que nos ha hablado hace un momento monseñor Gerhard Ludwig? ¿No es quizás precisamente la voz de la esposa, que hace resonar en ellos su propia alegría de ser amada por Cristo y su propio amor, y así nos lleva como Iglesia viva ante Dios, en su gratitud y su alegría? Mozart expresó con la grandeza de esta música y de esta Misa, que supera toda individualidad, su personalísimo agradecimiento.
En esta hora, junto a ti, querido Georg, hemos agradecido a Dios, en la armonía de esta Misa, por los 85 años de vida que Él te ha dado. El profesor Hommes, en la publicación preparada para este concierto, ha subrayado con vigor que la gratitud expresada en esta Misa no es una gratitud superficial, expresada con ligereza por un hombre del Rococó, sino que en esta Misa encuentra expresión también toda la intensidad de su lucha interior, de su búsqueda del perdón, de la misericordia de Dios y después, de estas profundidades, se eleva radiante más que nunca la alegría en Dios".
Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.
"Querido Georg, queridos amigos, han pasado ya casi 70 años desde que tomaste la iniciativa de ir juntos a Salzburgo, y en la espléndida iglesia de la abadía de San Pedro, escuchamos juntos la Misa en do menor de Mozart. Aunque yo entonces era un simple muchacho, me dí cuenta contigo de que habíamos vivido algo distinto a un simple concierto: había sido música en oración, oficio divino, en el que habíamos podido captar algo de la magnificencia y de la belleza del mismo Dios, y nos había impresionado. Después de la guerra volvimos otras veces a Salzburgo para escuchar la Misa en do menor, y es por esto que está inscrita profundamente en nuestra biografía interior.
La tradición pretende que Mozart compuso esta Misa para cumplir un voto: en agradecimiento por sus bodas con Constanze Weber. Así se explican también los importantes solos de la soprano, en los que Constance era llamada a poner voz a la gratitud y a la alegría -gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam-, gratitud por la bondad de Dios que le había impactado. Desde un punto de vista estrictamente litúrgico se podría objetar que estos grandes solos se alejan un poco de la sobriedad de la liturgia romana, pero por contra se puede uno preguntar: ¿No sentimos acaso la voz de la esposa, de la Iglesia, de la que nos ha hablado hace un momento monseñor Gerhard Ludwig? ¿No es quizás precisamente la voz de la esposa, que hace resonar en ellos su propia alegría de ser amada por Cristo y su propio amor, y así nos lleva como Iglesia viva ante Dios, en su gratitud y su alegría? Mozart expresó con la grandeza de esta música y de esta Misa, que supera toda individualidad, su personalísimo agradecimiento.
En esta hora, junto a ti, querido Georg, hemos agradecido a Dios, en la armonía de esta Misa, por los 85 años de vida que Él te ha dado. El profesor Hommes, en la publicación preparada para este concierto, ha subrayado con vigor que la gratitud expresada en esta Misa no es una gratitud superficial, expresada con ligereza por un hombre del Rococó, sino que en esta Misa encuentra expresión también toda la intensidad de su lucha interior, de su búsqueda del perdón, de la misericordia de Dios y después, de estas profundidades, se eleva radiante más que nunca la alegría en Dios".
Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.
domingo, 18 de enero de 2009
Le miraban hablar
Sigue la evocación del primer encuentro de Juan y Andrés con Jesús, encuentro que se dilata hasta Simón Pedro:
"Uno de los dos que habían oído las palabras de Juan el Bautista y habían seguido a Jesús se llamaba Andrés y era hermano de Simón Pedro. Se encontró, en primer lugar, con su hermano Simón... Dejan a Jesús y el primero con el que Andrés se encuentra es con su hermano Simón que volvía de la playa, de pescar o de repasar las redes para pescar, y le dice: "Hemos encontrado al Mesías". No narra nada, no cita nada, no documenta nada: es cosa ya sabida, está claro, ¡son apuntes de cosas que todo el mundo sabe! Pocas páginas se pueden leer con tanto realismo y veracidad, tan sencillamente verídicas, donde ni una sola palabra se añade al puro recuerdo.
¿Cómo pudo decir: "Hemos encontrado al Mesías"? Jesús, al hablar con ellos, les diría esta palabra propia de su vocabulario. Porque decir espontáneamente que aquél era el Mesías, tan seguros como de que "dos y dos son cuatro", hubiera sido de otro modo imposible. Pero se ve que estando allí durante horas escuchando a aquel hombre, viéndole, mirándole hablar -¿Había alguien que hablase así? ¿Quién había hablado así hasta entonces? ¿Había alguien que hubiese dicho esas cosas? ¡Nunca se habían oído! ¡Nunca se había visto a nadie como Él!-, lentamente se iba abriendo paso en su ánimo la expresión: "Si no creo en este hombre no puedo creer en nadie, ni siquiera en mis propios ojos". No es que lo dijeran, ni que lo pensaran; lo sintieron, no lo pensaron. Aquel hombre diría, pues, entre otras cosas, que Él era el que tenía que venir, el Mesías que tenía que venir. Y fue tan obvio el carácter excepcional de su anuncio (de su afirmación), que ellos lo asumieron como si fuese algo sencillo -¡de hecho era algo sencillo!-, como si fuese algo fácil de entender.
"Y Andrés le llevó a donde estaba Jesús. Jesús, con la mirada fija en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que quiere decir 'piedra' "". Los judíos solían cambiar el nombre de una persona para indicar su carácter o algún hecho que le había sucedido. Imaginaos, pues, a Simón yendo con su hermano, lleno de curiosidad y un poco de temor. El hombre a cuyo encuentro le conduce su hermano le mira fijamente. Aquel hombre le estaba mirando ya desde lejos. ¡De qué modo le miraría que comprendió su carácter hasta la médula!: "Tú te llamarás Piedra". Pensad en uno que se sienta mirado así, que se sienta alcanzado en lo más profundo de sí mismo por alguien que acaba de conocer, absolutamente extraño. "Al día siguiente, Jesús quiso partir hacia Galilea...".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
"Uno de los dos que habían oído las palabras de Juan el Bautista y habían seguido a Jesús se llamaba Andrés y era hermano de Simón Pedro. Se encontró, en primer lugar, con su hermano Simón... Dejan a Jesús y el primero con el que Andrés se encuentra es con su hermano Simón que volvía de la playa, de pescar o de repasar las redes para pescar, y le dice: "Hemos encontrado al Mesías". No narra nada, no cita nada, no documenta nada: es cosa ya sabida, está claro, ¡son apuntes de cosas que todo el mundo sabe! Pocas páginas se pueden leer con tanto realismo y veracidad, tan sencillamente verídicas, donde ni una sola palabra se añade al puro recuerdo.
¿Cómo pudo decir: "Hemos encontrado al Mesías"? Jesús, al hablar con ellos, les diría esta palabra propia de su vocabulario. Porque decir espontáneamente que aquél era el Mesías, tan seguros como de que "dos y dos son cuatro", hubiera sido de otro modo imposible. Pero se ve que estando allí durante horas escuchando a aquel hombre, viéndole, mirándole hablar -¿Había alguien que hablase así? ¿Quién había hablado así hasta entonces? ¿Había alguien que hubiese dicho esas cosas? ¡Nunca se habían oído! ¡Nunca se había visto a nadie como Él!-, lentamente se iba abriendo paso en su ánimo la expresión: "Si no creo en este hombre no puedo creer en nadie, ni siquiera en mis propios ojos". No es que lo dijeran, ni que lo pensaran; lo sintieron, no lo pensaron. Aquel hombre diría, pues, entre otras cosas, que Él era el que tenía que venir, el Mesías que tenía que venir. Y fue tan obvio el carácter excepcional de su anuncio (de su afirmación), que ellos lo asumieron como si fuese algo sencillo -¡de hecho era algo sencillo!-, como si fuese algo fácil de entender.
"Y Andrés le llevó a donde estaba Jesús. Jesús, con la mirada fija en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que quiere decir 'piedra' "". Los judíos solían cambiar el nombre de una persona para indicar su carácter o algún hecho que le había sucedido. Imaginaos, pues, a Simón yendo con su hermano, lleno de curiosidad y un poco de temor. El hombre a cuyo encuentro le conduce su hermano le mira fijamente. Aquel hombre le estaba mirando ya desde lejos. ¡De qué modo le miraría que comprendió su carácter hasta la médula!: "Tú te llamarás Piedra". Pensad en uno que se sienta mirado así, que se sienta alcanzado en lo más profundo de sí mismo por alguien que acaba de conocer, absolutamente extraño. "Al día siguiente, Jesús quiso partir hacia Galilea...".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
Y Andrés abrazó a su mujer
El encuentro con Jesús cambia a la persona. Uno no deja de ser él mismo, pero es otro. Lo experimentó, seguramente, la mujer de Andrés, que nunca -como aquella noche- se había sentido abrazada así por su marido:
"Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados, en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo.
Andrés entra en su casa, pone el mantel y su mujer le dice: "Pero, Andrés, ¿qué pasa? Estás diferente, ¿qué te ha sucedido?". Imaginemos que él, abrazándola, rompiese a llorar y que ella, turbada, siguiese preguntándole: "Pero, ¿qué tienes?". Él seguía abrazando a su mujer, que no se había sentido abrazada así en toda su vida: ¡Era otro! Era él pero era otro. Si le hubiesen preguntado "¿Quién eres?", habría dicho: "Me doy cuenta de que soy otro... Después de haber oído a ese individuo, a ese hombre, soy otro". Amigos, esto, sin muchas sutilezas, es lo que sucedió".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
"Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados, en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo.
Andrés entra en su casa, pone el mantel y su mujer le dice: "Pero, Andrés, ¿qué pasa? Estás diferente, ¿qué te ha sucedido?". Imaginemos que él, abrazándola, rompiese a llorar y que ella, turbada, siguiese preguntándole: "Pero, ¿qué tienes?". Él seguía abrazando a su mujer, que no se había sentido abrazada así en toda su vida: ¡Era otro! Era él pero era otro. Si le hubiesen preguntado "¿Quién eres?", habría dicho: "Me doy cuenta de que soy otro... Después de haber oído a ese individuo, a ese hombre, soy otro". Amigos, esto, sin muchas sutilezas, es lo que sucedió".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
Juan y Andrés: el método cristiano
En el Evangelio de hoy hemos escuchado el relato del encuentro de los primeros discípulos con Jesús. ¡Qué espléndido pasaje! Y espléndida también la evocación de estos hechos tantas veces realizada por don Giussani. Esta es una de ellas:
"Aquel día estaba Juan allí de nuevo con dos de sus discípulos. Fijando su mirada en Jesús que pasaba dijo...". Imaginad la escena. Tras 150 años de espera, por fin, el pueblo hebreo, que siempre a lo largo de toda su historia, durante dos milenios, había tenido algún profeta, alguno reconocido por todos, tras 150 años, por fin, tenía un nuevo profeta: se llamaba Juan el Bautista... Toda la gente -ricos y pobres, publicanos y fariseos, amigos y adversarios- iban a oírle y a ver cómo vivía, al otro lado del Jordán, en una tierra desierta, comiendo langostas y hierbas silvestres. Tenía siempre un corro de personas a su alrededor.
Entre estas personas se contaban también aquel día dos que habían ido por primera vez y que venían, por así decirlo, del campo: del lago, que estaba bastante lejos y se encontraba fuera de la influencia de las ciudades importantes. Estaban allí como dos pueblerinos que van por primera vez a la ciudad, turbados, mirando con ojos asombrados todo lo que sucedía a su alrededor y, sobre todo, mirándole a él. Estaban allí con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par para mirarle, para oírle, atentísimos.
De repente, uno del grupo, un hombre joven, se marcha tomando el sendero que bordea el río para ir hacia el Norte. Y Juan el Bautista, de improviso, con la mirada fija en él, grita: "¡He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo!". La gente no se movió, porque estaba acostumbrada a oír de vez en cuando al profeta expresarse con frases extrañas, incomprensibles, sin nexo aparente entre ellas, sin contexto; por eso la mayor parte de los presentes no hizo caso de ello. Pero los dos que venían por primera vez, que estaban allí pendientes de todas las palabras que decía Juan, que miraban sus ojos y los seguían hacia donde él dirigía su mirada, vieron que se fijaba en aquel individuo que se iba y se marcharon detrás. Le seguían manteniéndose a distancia, por temor, por vergüenza, pero extraña, profunda, oscura y sugestivamente movidos por la curiosidad.
"Aquellos dos discípulos, cuando le oyeron hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que le seguían dijo: '¿Qué buscáis?'. Le respondieron: 'Rabí, ¿dónde vives?' Les dijo: 'Venid y lo veréis'". Ésta es la fórmula, la fórmula cristiana. El método cristiano es éste: "Venid y lo veréis". "Y fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con Él aquel día. Eran alrededor de las cuatro de la tarde". No especifica cuándo se fueron o cuándo empezaron a seguirle. Como decía antes, todo el párrafo, y también el siguiente, está compuesto de apuntes: las frases terminan en un punto que da por descontado que ya se saben muchas cosas. Por ejemplo: "Eran alrededor de las cuatro de la tarde"; pero, ¿quién sabe cuándo se fueron, cuándo se marcharon de allí? Sea como fuere, eran las cuatro de la tarde".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
"Aquel día estaba Juan allí de nuevo con dos de sus discípulos. Fijando su mirada en Jesús que pasaba dijo...". Imaginad la escena. Tras 150 años de espera, por fin, el pueblo hebreo, que siempre a lo largo de toda su historia, durante dos milenios, había tenido algún profeta, alguno reconocido por todos, tras 150 años, por fin, tenía un nuevo profeta: se llamaba Juan el Bautista... Toda la gente -ricos y pobres, publicanos y fariseos, amigos y adversarios- iban a oírle y a ver cómo vivía, al otro lado del Jordán, en una tierra desierta, comiendo langostas y hierbas silvestres. Tenía siempre un corro de personas a su alrededor.
Entre estas personas se contaban también aquel día dos que habían ido por primera vez y que venían, por así decirlo, del campo: del lago, que estaba bastante lejos y se encontraba fuera de la influencia de las ciudades importantes. Estaban allí como dos pueblerinos que van por primera vez a la ciudad, turbados, mirando con ojos asombrados todo lo que sucedía a su alrededor y, sobre todo, mirándole a él. Estaban allí con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par para mirarle, para oírle, atentísimos.
De repente, uno del grupo, un hombre joven, se marcha tomando el sendero que bordea el río para ir hacia el Norte. Y Juan el Bautista, de improviso, con la mirada fija en él, grita: "¡He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo!". La gente no se movió, porque estaba acostumbrada a oír de vez en cuando al profeta expresarse con frases extrañas, incomprensibles, sin nexo aparente entre ellas, sin contexto; por eso la mayor parte de los presentes no hizo caso de ello. Pero los dos que venían por primera vez, que estaban allí pendientes de todas las palabras que decía Juan, que miraban sus ojos y los seguían hacia donde él dirigía su mirada, vieron que se fijaba en aquel individuo que se iba y se marcharon detrás. Le seguían manteniéndose a distancia, por temor, por vergüenza, pero extraña, profunda, oscura y sugestivamente movidos por la curiosidad.
"Aquellos dos discípulos, cuando le oyeron hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que le seguían dijo: '¿Qué buscáis?'. Le respondieron: 'Rabí, ¿dónde vives?' Les dijo: 'Venid y lo veréis'". Ésta es la fórmula, la fórmula cristiana. El método cristiano es éste: "Venid y lo veréis". "Y fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con Él aquel día. Eran alrededor de las cuatro de la tarde". No especifica cuándo se fueron o cuándo empezaron a seguirle. Como decía antes, todo el párrafo, y también el siguiente, está compuesto de apuntes: las frases terminan en un punto que da por descontado que ya se saben muchas cosas. Por ejemplo: "Eran alrededor de las cuatro de la tarde"; pero, ¿quién sabe cuándo se fueron, cuándo se marcharon de allí? Sea como fuere, eran las cuatro de la tarde".
Luigi Giussani, diciembre 1994.
sábado, 17 de enero de 2009
Esperando un gran acontecimiento
No pretendo transcribir íntegro el libro Nostalgia de Dios, pero no me resisto a ofrecer fragmentos de indudable belleza y verdad, para bien de todos:
"No ocurre nada. Por lo menos, nada que me interese, que haga exultar mi corazón. Espero. ¡Espero! Mi vida, desde siempre, es la espera de un gran acontecimiento, de una catástrofe, de una sublime alegría, de algo inmenso y muy bello.
Alguien me reprocha: Usted es demasiado retraído. Es cierto, jamás me he sentido a gusto en sociedad; el deseo, la ambición de ocupar un lugar destacado en lo que se llama sociedad, me son absolutamente desconocidos. Vivo para otra cosa, no sé bien para qué, no podría decirlo; pero vivo a la espera de algo de belleza inefable, algo que quizá me suceda algún día. Ese sentimiento maravilloso y extraño lo he heredado de mi madre. Y ese mismo sentimiento arde también en Cristina".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 25.
"No ocurre nada. Por lo menos, nada que me interese, que haga exultar mi corazón. Espero. ¡Espero! Mi vida, desde siempre, es la espera de un gran acontecimiento, de una catástrofe, de una sublime alegría, de algo inmenso y muy bello.
Alguien me reprocha: Usted es demasiado retraído. Es cierto, jamás me he sentido a gusto en sociedad; el deseo, la ambición de ocupar un lugar destacado en lo que se llama sociedad, me son absolutamente desconocidos. Vivo para otra cosa, no sé bien para qué, no podría decirlo; pero vivo a la espera de algo de belleza inefable, algo que quizá me suceda algún día. Ese sentimiento maravilloso y extraño lo he heredado de mi madre. Y ese mismo sentimiento arde también en Cristina".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 25.
viernes, 16 de enero de 2009
La pregunta que me tortura sin tregua
Cada uno de nosotros reconoce en su propia vida cosas hermosas, experiencias satisfactorias, alegrías concretas... entonces, ¿por qué no nos basta?:
"Yo mismo ni siquiera sé ya lo que he venido a hacer en este mundo. Es verdad que trabajo, que doy algunas lecciones, que escribo... Algunos opinan que lo que hago está muy bien; otros, que es absurdo. Un tercero admira sinceramente mi actitud, mientras que el cuarto me considera loco. Y la tierra sigue girando en los espacios, los años van pasando, el cielo se curva sobre nuestras cabezas, implacablemente hermoso. A veces la vida me parece una comedia inmunda.
Pero, ¿y nuestro amor, Cristina mía? ¿Nuestra felicidad y el hijo que va creciendo? Tengo que reconocer que estas son cosas bellas, inmensas, y que dan una gran fuerza. ¿Por qué no logran colmarme de alegría y de felicidad hasta el punto de no dejar lugar a la incertidumbre cruel, a la pregunta que me tortura sin tregua?: ¿por qué existimos?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23-24.
"Yo mismo ni siquiera sé ya lo que he venido a hacer en este mundo. Es verdad que trabajo, que doy algunas lecciones, que escribo... Algunos opinan que lo que hago está muy bien; otros, que es absurdo. Un tercero admira sinceramente mi actitud, mientras que el cuarto me considera loco. Y la tierra sigue girando en los espacios, los años van pasando, el cielo se curva sobre nuestras cabezas, implacablemente hermoso. A veces la vida me parece una comedia inmunda.
Pero, ¿y nuestro amor, Cristina mía? ¿Nuestra felicidad y el hijo que va creciendo? Tengo que reconocer que estas son cosas bellas, inmensas, y que dan una gran fuerza. ¿Por qué no logran colmarme de alegría y de felicidad hasta el punto de no dejar lugar a la incertidumbre cruel, a la pregunta que me tortura sin tregua?: ¿por qué existimos?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23-24.
El misterio del alma humana
En un mundo sin certezas la compañía cierta de la persona amada y los objetos familiares son signos amistosos, pero insuficientes. Sigue intacto el misterio del alma humana:
"Las horas mejores, las más hermosas del día son las que pasamos juntos, Cristina y yo, a la noche, en nuestro cuarto, bajo la luz dorada de la lámpara. Los objetos nos rodean como amigos fieles que nos miran benévolos y en silencio. El viejo reloj golpea ese silencio con su tic-tac acompasado. Esta noche hemos continuado la lectura de Los hermanos Karamazov. Ya conocía yo ese hermoso libro, y Dostoievski vuelve a transportarme. ¡Con cuánto vigor sentimos en este escritor el misterio del alma humana, la desolación de la vida, la desesperante búsqueda de una liberación!"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23.
"Las horas mejores, las más hermosas del día son las que pasamos juntos, Cristina y yo, a la noche, en nuestro cuarto, bajo la luz dorada de la lámpara. Los objetos nos rodean como amigos fieles que nos miran benévolos y en silencio. El viejo reloj golpea ese silencio con su tic-tac acompasado. Esta noche hemos continuado la lectura de Los hermanos Karamazov. Ya conocía yo ese hermoso libro, y Dostoievski vuelve a transportarme. ¡Con cuánto vigor sentimos en este escritor el misterio del alma humana, la desolación de la vida, la desesperante búsqueda de una liberación!"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23.
¿Vivir como un animal satisfecho?
Vuelvo al diario de van der Meer, Nostalgia de Dios. El autor, aún lejos de la fe, busca un modo -equivocado- de escapar al tormento de una existencia sin sentido. Cuando las preguntas nos desbordan la solución más fácil es intentar censurarlas, pero no funciona:
"Ando errante en mi alma, como un réprobo.
Es mejor no seguir buscando, no reflexionar más, vivir a lo bruto, sin la constante tortura de las vanas preguntas sin respuesta, vivir como un animal satisfecho.
La incertidumbre destroza mi alma. Lo mismo puedo afirmar esto que aquello. Puedo hacer burla de las cosas más sagradas, mancillarlas con palabras o con pensamientos; nada me lo impide. Pero al mismo tiempo que me complazco en estas turbias cavilaciones, aspiro a la pura sencillez de un niño. ¡Oh, el tormento de no saber dónde buscar, dónde encontrar la curación de mi inteligencia y de mi corazón! ¡Bah!, ¡hay que jugar sonriendo con la vida! Es el único medio de escapar a la desesperanza".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 21.
"Ando errante en mi alma, como un réprobo.
Es mejor no seguir buscando, no reflexionar más, vivir a lo bruto, sin la constante tortura de las vanas preguntas sin respuesta, vivir como un animal satisfecho.
La incertidumbre destroza mi alma. Lo mismo puedo afirmar esto que aquello. Puedo hacer burla de las cosas más sagradas, mancillarlas con palabras o con pensamientos; nada me lo impide. Pero al mismo tiempo que me complazco en estas turbias cavilaciones, aspiro a la pura sencillez de un niño. ¡Oh, el tormento de no saber dónde buscar, dónde encontrar la curación de mi inteligencia y de mi corazón! ¡Bah!, ¡hay que jugar sonriendo con la vida! Es el único medio de escapar a la desesperanza".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 21.
jueves, 15 de enero de 2009
Cristo, nuevo sol
Última:
"Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol. Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido.
En este misterioso designio, al mismo tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra. En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe el Apóstol (Col 1, 16).
Y, precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
"Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol. Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido.
En este misterioso designio, al mismo tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra. En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe el Apóstol (Col 1, 16).
Y, precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
La sinfonía de la creación
Nueva referencia a las palabras del Papa en Epifanía:
"Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios. Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia.
Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar, que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad.
El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" -así decía también Galileo- considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este "solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparición de una nueva estrella en el firmamento".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
"Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios. Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia.
Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar, que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad.
El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" -así decía también Galileo- considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este "solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparición de una nueva estrella en el firmamento".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
El amor que mueve el sol y las demás estrellas
Sigue su reflexión el Papa:
"El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia. Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5)".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
"El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia. Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5)".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
miércoles, 14 de enero de 2009
Una revolución cosmológica
En este Año de la Astronomía el Papa habla del cosmos y de Cristo, centro del cosmos y de la historia. Así lo ha hecho en la homilía de la Solemnidad de la Epifanía del Señor, el pasado 6 de enero:
"En este año 2009, que -en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio- está dedicado de modo especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf. Nm 24, 17).
En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico. En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
"En este año 2009, que -en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio- está dedicado de modo especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf. Nm 24, 17).
En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico. En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo".
Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.
martes, 13 de enero de 2009
Desterrados sublimes
Describe el autor de Nostalgia de Dios la contradicción de su ánimo; no cree en nada, pero no puede dejar de anhelar, de desear un sentido, una patria:
"Todo está permitido. No hay límite, no hay leyes. No existen ni el bien ni el mal. Todo está permitido.
Pero, ¿por qué sollozas, alma mía? ¿Es que anhelas la pureza, la nobleza, las cosas bellas y elevadas? [...]
Y, sin embargo, en lo más profundo de mi alma vibra el sentimiento muy vago, impreciso, de que nada de lo que estoy diciendo es verdad, de que algo existe aparte de nosotros, en este universo que nos aplasta con su pesado silencio -pero, ¿qué?- y que no somos animales, sino desterrados sublimes que han olvidado demasiado su patria".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 20-21.
"Todo está permitido. No hay límite, no hay leyes. No existen ni el bien ni el mal. Todo está permitido.
Pero, ¿por qué sollozas, alma mía? ¿Es que anhelas la pureza, la nobleza, las cosas bellas y elevadas? [...]
Y, sin embargo, en lo más profundo de mi alma vibra el sentimiento muy vago, impreciso, de que nada de lo que estoy diciendo es verdad, de que algo existe aparte de nosotros, en este universo que nos aplasta con su pesado silencio -pero, ¿qué?- y que no somos animales, sino desterrados sublimes que han olvidado demasiado su patria".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 20-21.
Nostalgia de Dios
Como prometía hace un momento, comienzo las citas de amplios pasajes de un libro excepcional. Se trata de Nostalgia de Dios, diario espiritual de Pieter van der Meer, holandés convertido al catolicismo gracias a la amistad con León Bloy -su padrino de bautismo- y el matrimonio Maritain, entre otros. Así describe el autor su intención al publicar el diario:
"Cuando desde años atrás anotaba, casi día a día, mis alegrías y dolores, todas las aspiraciones de mi espíritu lleno de angustia y de esperanza o torturado de atroz desesperación; cuando detallaba mis impresiones, trastornado por el trágico espectáculo de la humanidad que ha perdido el rumbo del Paraíso y por el espectáculo de mi propia alma, sin darme cuenta iba escribiendo la historia de mi infatigable búsqueda de la Verdad. Escuchaba apasionadamente todas las voces de la vida, las del exterior y las que percibía en las ocultas profundidades de mi alma. Contemplaba con avidez la vida, deseaba abarcarla por completo, con todos sus contrastes; imaginaba poder elevarme por encima de ella y dominarla como un rey; quería forjarme, con mi propia voluntad, un sistema de irónica resignación que, sin negar los insondables misterios, les señalara, como al pasar, un lugar inferior y poco importante en mi vida. Pero me era imposible sofocar el doloroso anhelo de Verdad con la dorada niebla de la apariencia. Mi espíritu no conocía ni la paz ni la libertad; estaba engrillado como un condenado a muerte; la nostalgia de los claros collados eternos hacíalo sufrir amargamente.
Este diario mío, escrito día a día y sin el propósito de publicarlo, decidí transformarlo en un libro, y por lo tanto me he visto obligado a retocar el texto, rellenando lagunas, suprimiendo cosas superfluas, cambiando algunas fechas, para dar una visión más clara de la peregrinación de mi vida. Se ha vuelto así el relato de mis aventuras espirituales, que, de no haberme dirigido un poder sobrenatural, me habrían llevado muy lejos de la salvación; pero, gracias a ellas, he llegado á las puertas de la Iglesia, en donde alguien que me esperaba me tomó de la mano, me hizo entrar y me señaló la lamparilla encendida junto al Altar. Y desde entonces estoy arrodillado en tierra, a la sombra de la Cruz, llorando de amor, el corazón henchido de inefables alegrías [...]
¿Quiénes habrán orado y sufrido por mi liberación? Los hay desconocidos. Pero creo saber de uno de ellos, hombre de cabellos blancos y grandes ojos donde habita su alma, hombre que ama a Dios sobre todas las cosas, y al que la Iglesia me ha vinculado por siempre con el indisoluble lazo del Sacramento del Bautismo: es León Bloy, mi padrino.
Al publicar este libro, sólo busco dar testimonio y anunciar a los cuatro vientos que todo es vacío, que todo es vano, frente a la Gloria de Dios y fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y a algunos que vagan, y que buscan, y que mueren de sed, estas páginas quizá les indiquen la fuente de agua viva que brota ahí mismo, ante sus pies heridos y fatigados del camino.
In festo Annuntiationis, 1913".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 17-18.
"Cuando desde años atrás anotaba, casi día a día, mis alegrías y dolores, todas las aspiraciones de mi espíritu lleno de angustia y de esperanza o torturado de atroz desesperación; cuando detallaba mis impresiones, trastornado por el trágico espectáculo de la humanidad que ha perdido el rumbo del Paraíso y por el espectáculo de mi propia alma, sin darme cuenta iba escribiendo la historia de mi infatigable búsqueda de la Verdad. Escuchaba apasionadamente todas las voces de la vida, las del exterior y las que percibía en las ocultas profundidades de mi alma. Contemplaba con avidez la vida, deseaba abarcarla por completo, con todos sus contrastes; imaginaba poder elevarme por encima de ella y dominarla como un rey; quería forjarme, con mi propia voluntad, un sistema de irónica resignación que, sin negar los insondables misterios, les señalara, como al pasar, un lugar inferior y poco importante en mi vida. Pero me era imposible sofocar el doloroso anhelo de Verdad con la dorada niebla de la apariencia. Mi espíritu no conocía ni la paz ni la libertad; estaba engrillado como un condenado a muerte; la nostalgia de los claros collados eternos hacíalo sufrir amargamente.
Este diario mío, escrito día a día y sin el propósito de publicarlo, decidí transformarlo en un libro, y por lo tanto me he visto obligado a retocar el texto, rellenando lagunas, suprimiendo cosas superfluas, cambiando algunas fechas, para dar una visión más clara de la peregrinación de mi vida. Se ha vuelto así el relato de mis aventuras espirituales, que, de no haberme dirigido un poder sobrenatural, me habrían llevado muy lejos de la salvación; pero, gracias a ellas, he llegado á las puertas de la Iglesia, en donde alguien que me esperaba me tomó de la mano, me hizo entrar y me señaló la lamparilla encendida junto al Altar. Y desde entonces estoy arrodillado en tierra, a la sombra de la Cruz, llorando de amor, el corazón henchido de inefables alegrías [...]
¿Quiénes habrán orado y sufrido por mi liberación? Los hay desconocidos. Pero creo saber de uno de ellos, hombre de cabellos blancos y grandes ojos donde habita su alma, hombre que ama a Dios sobre todas las cosas, y al que la Iglesia me ha vinculado por siempre con el indisoluble lazo del Sacramento del Bautismo: es León Bloy, mi padrino.
Al publicar este libro, sólo busco dar testimonio y anunciar a los cuatro vientos que todo es vacío, que todo es vano, frente a la Gloria de Dios y fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y a algunos que vagan, y que buscan, y que mueren de sed, estas páginas quizá les indiquen la fuente de agua viva que brota ahí mismo, ante sus pies heridos y fatigados del camino.
In festo Annuntiationis, 1913".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 17-18.
El Año de la Astronomía y el Vaticano
"El año 2009 ha sido declarado por la UNESCO como “Año Internacional de la Astronomía”, en conmemoración del 400 aniversario de las primeras observaciones de Galileo Galilei.
El Observatorio Astronómico Vaticano, más conocido como Specola Vaticana, participará también en estas celebraciones. Por el momento, está previsto un Congreso Internacional de relectura histórico-filosófica y teológica sobre el “Caso Galilei”, una “Study Week on Astrobiology” organizada por la Academia Pontificia de las Ciencias, así como una exposición sobre el patrimonio astronómico italiano y vaticano, organizada en colaboración con el Instituto italiano de Astrofísica.
La Specola Vaticana, uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo, fue fundado por el papa Gregorio XIII en 1578 y desde el principio trabajaron en él astrónomos y matemáticos jesuitas, aunque posteriormente han participado otras órdenes religiosas. Actualmente, la sede está en la residencia papal de Castel Gandolfo.
En 1981, la Specola fundó un segundo centro de investigación, el “Vatican Observatory Research Group” (VORG), en Tucson (Arizona, EE.UU.), en colaboración con la universidad local. En los programas divulgativos de la “Specola” participan astrónomos de todo el mundo.
En 1993 ambas instituciones construyeron el Telescopio Vaticano de Tecnología Avanzada (VATT), en el Monte Graham (Arizona), y en los próximos años el proyecto se completará con la construcción de los telescopios más grandes y sofisticados del mundo, que permitirán llevar adelante una serie de investigaciones astronómicas punteras".
Noticia de la agencia Zenit
El Observatorio Astronómico Vaticano, más conocido como Specola Vaticana, participará también en estas celebraciones. Por el momento, está previsto un Congreso Internacional de relectura histórico-filosófica y teológica sobre el “Caso Galilei”, una “Study Week on Astrobiology” organizada por la Academia Pontificia de las Ciencias, así como una exposición sobre el patrimonio astronómico italiano y vaticano, organizada en colaboración con el Instituto italiano de Astrofísica.
La Specola Vaticana, uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo, fue fundado por el papa Gregorio XIII en 1578 y desde el principio trabajaron en él astrónomos y matemáticos jesuitas, aunque posteriormente han participado otras órdenes religiosas. Actualmente, la sede está en la residencia papal de Castel Gandolfo.
En 1981, la Specola fundó un segundo centro de investigación, el “Vatican Observatory Research Group” (VORG), en Tucson (Arizona, EE.UU.), en colaboración con la universidad local. En los programas divulgativos de la “Specola” participan astrónomos de todo el mundo.
En 1993 ambas instituciones construyeron el Telescopio Vaticano de Tecnología Avanzada (VATT), en el Monte Graham (Arizona), y en los próximos años el proyecto se completará con la construcción de los telescopios más grandes y sofisticados del mundo, que permitirán llevar adelante una serie de investigaciones astronómicas punteras".
Noticia de la agencia Zenit
De estrellas y agujeros negros
El nuevo año en que nos encontramos ha sido declarado "Año Internacional de la Astronomía". Me interesan las estrellas y el origen del universo. Me pierdo en los miles de millones de años, en los millones y millones de galaxias, estrellas y planetas, en los agujeros negros y la teoría de cuerdas... pero me encuentro en Dios, Creador admirable por vías que superan nuestra capacidad intelectual y sobre todo nuestra imaginación.
Esta tarde, en el encuentro semanal de trabajo sobre fe y ciencia en la Universidad de Alcalá, hemos visto varios videos sobre el origen del universo y las diversas teorías científicas hoy comúnmente aceptadas. Los datos causan estupor, las dimensiones sobrecogen, la razón siente vértigo y la fe abraza agradecida el don de la revelación, el conocimiento y el amor de Dios.
Esta tarde, en el encuentro semanal de trabajo sobre fe y ciencia en la Universidad de Alcalá, hemos visto varios videos sobre el origen del universo y las diversas teorías científicas hoy comúnmente aceptadas. Los datos causan estupor, las dimensiones sobrecogen, la razón siente vértigo y la fe abraza agradecida el don de la revelación, el conocimiento y el amor de Dios.
No es posible privarse del Misterio
Ser hombre es vivir a las puertas del Misterio, asomado a él o suspendido en él, como queráis. No es posible privarse de él. Todo es Misterio y sólo la vibración que éste produce en el alma atenta hace amable el vivir. Lo dice genialmente el escritor francés León Bloy en el prólogo de un estupendo y muy poco conocido libro. Prometo hacer referencia a esta obra próximamente:
"No es posible privarse del Misterio cuando se está hecho a imagen y semejanza de Dios. Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin felicidad; pero no se puede vivir sin el Misterio. La naturaleza humana lo exige.
Ah, bien sé yo que hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años, y a los que un día se les lleva al cementerio sin que jamás hayan logrado salir de la nada. Muchos de ellos hasta han sido famosos en su viaje 'del útero al sepulcro'. Es considerable el contingente que ofrece la Sorbona, la Academia, el Parlamento. Distinguida multitud que ignora el tormento del Misterio. Hombres que se contentan con las realidades aparentes y para quienes no existe todo lo demás.
Pero los verdaderos hombres, los verdaderos vivos, los que no han recibido sus almas en vano, sufren y lloran como seres abandonados mientras no encuentran a la Iglesia, que guarda la llave de todos los misterios".
León Bloy, del prólogo a P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 7-8.
"No es posible privarse del Misterio cuando se está hecho a imagen y semejanza de Dios. Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin felicidad; pero no se puede vivir sin el Misterio. La naturaleza humana lo exige.
Ah, bien sé yo que hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años, y a los que un día se les lleva al cementerio sin que jamás hayan logrado salir de la nada. Muchos de ellos hasta han sido famosos en su viaje 'del útero al sepulcro'. Es considerable el contingente que ofrece la Sorbona, la Academia, el Parlamento. Distinguida multitud que ignora el tormento del Misterio. Hombres que se contentan con las realidades aparentes y para quienes no existe todo lo demás.
Pero los verdaderos hombres, los verdaderos vivos, los que no han recibido sus almas en vano, sufren y lloran como seres abandonados mientras no encuentran a la Iglesia, que guarda la llave de todos los misterios".
León Bloy, del prólogo a P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 7-8.
viernes, 9 de enero de 2009
La belleza y el pan
Este mundo nuestro tiene tanta necesidad de belleza como de pan. El teólogo Ratzinger nos recuerda que la ofrenda de los magos de oriente al Niño Dios es sólo el comienzo de una ofrenda permanente a Dios, por parte de la Iglesia y de la humanidad, de todo cuanto de hermoso, humano, y aun doloroso, hay en nuestro mundo:
"¿Del corazón de Israel no proviene, en realidad, una luz que resplandece a través de los siglos? Los magos del evangelio son sólo el inicio de una infinita peregrinación en la que la belleza de esta tierra es puesta a los pies de Cristo: el oro de los antiguos mosaicos cristianos, la luz polícroma que se filtra por las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la exaltación que emana de las piedras, el canto navideño de alabanza de los árboles del bosque, son para él, y la voz humana así como los instrumentos musicales han hallado sus modalidades expresivas más hermosas cuando se han puesto a sus pies. Hasta el dolor del mundo, su fatiga, llega hasta él para encontrar, por un instante, junto al Dios hecho pobre, protección y comprensión.
Cierto, hoy nos hemos vuelto todos un tanto puritanos: todos estos tesoros, ¿no deberían haberse dado más bien a los pobres? Al hacernos esta pregunta olvidamos que la belleza que ha sido entregada al Señor es la única auténtica propiedad común del mundo. [...]
La belleza que ha sido dada al Niño de Belén es regalada a todos y todos tenemos necesidad de ella tanto como del pan. Quien sustrae la belleza al Niño para transformarla en algo útil no ayuda, sino que destruye. Sustrae la luz, sin la cual todos nuestros cálculos se vuelven fríos y carentes de sentido.
Ahora bien, uniéndonos a la peregrinación de los siglos en la prodigalidad de cuanto hay de más hermoso en este mundo para el recién nacido rey, no deberíamos olvidar que él vive siempre, sin embargo, en un establo, en la prisión, en las favelas, y que no lo alabamos si no somos capaces de encontrarlo allí".
J. Ratzinger, Gottes Angesicht suchen. Betrachtungen im Kirchenjahr (Theologie und Leben 46), KyV, Meitingen/Freising 1979, 2ª ed., p.11-12.
"¿Del corazón de Israel no proviene, en realidad, una luz que resplandece a través de los siglos? Los magos del evangelio son sólo el inicio de una infinita peregrinación en la que la belleza de esta tierra es puesta a los pies de Cristo: el oro de los antiguos mosaicos cristianos, la luz polícroma que se filtra por las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la exaltación que emana de las piedras, el canto navideño de alabanza de los árboles del bosque, son para él, y la voz humana así como los instrumentos musicales han hallado sus modalidades expresivas más hermosas cuando se han puesto a sus pies. Hasta el dolor del mundo, su fatiga, llega hasta él para encontrar, por un instante, junto al Dios hecho pobre, protección y comprensión.
Cierto, hoy nos hemos vuelto todos un tanto puritanos: todos estos tesoros, ¿no deberían haberse dado más bien a los pobres? Al hacernos esta pregunta olvidamos que la belleza que ha sido entregada al Señor es la única auténtica propiedad común del mundo. [...]
La belleza que ha sido dada al Niño de Belén es regalada a todos y todos tenemos necesidad de ella tanto como del pan. Quien sustrae la belleza al Niño para transformarla en algo útil no ayuda, sino que destruye. Sustrae la luz, sin la cual todos nuestros cálculos se vuelven fríos y carentes de sentido.
Ahora bien, uniéndonos a la peregrinación de los siglos en la prodigalidad de cuanto hay de más hermoso en este mundo para el recién nacido rey, no deberíamos olvidar que él vive siempre, sin embargo, en un establo, en la prisión, en las favelas, y que no lo alabamos si no somos capaces de encontrarlo allí".
J. Ratzinger, Gottes Angesicht suchen. Betrachtungen im Kirchenjahr (Theologie und Leben 46), KyV, Meitingen/Freising 1979, 2ª ed., p.11-12.
miércoles, 7 de enero de 2009
No hay nada insignificante
"Es bueno aprender a hacer la más insignificante de las cosas de la manera más grande".
Goethe, citado por J. Guitton, El trabajo intelectual, Rialp 1999, p. 13.
Goethe, citado por J. Guitton, El trabajo intelectual, Rialp 1999, p. 13.
La verdadera mística
Más sobre lo ordinario:
"La verdadera mística es lo extraordinario de lo ordinario".
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 56
"La verdadera mística es lo extraordinario de lo ordinario".
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 56
Gustar lo cotidiano
Pasadas las fiestas navideñas volvemos al "tiempo ordinario". Es decir, al tiempo cotidiano, al tiempo-tiempo de nuestros días y nuestras noches. Una advertencia:
"Lo ordinario es lo que más se nos escapa: hace falta mucha experiencia para poder gustar lo cotidiano".
Jean Guitton, Justificación del tiempo, Fax 1966, p. 14.
"Lo ordinario es lo que más se nos escapa: hace falta mucha experiencia para poder gustar lo cotidiano".
Jean Guitton, Justificación del tiempo, Fax 1966, p. 14.
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