domingo, 2 de septiembre de 2012

El verdadero Dios y los falsos infinitos

Homilía en el Domingo XXII del Tiempo Ordinario (2 septiembre 2012):

En este primer domingo del mes de septiembre la liturgia de la Palabra nos recuerda la necesidad que tiene nuestra vida, nuestra persona, de relacionarse con algo o mejor con Alguien más grande que nosotros. ¿Por qué nosotros sentimos la necesidad de acudir al templo, de celebrar la Eucaristía, de rezar? Hay muchos que no lo hacen. Mirando nuestra asamblea constatamos que faltan muchas personas que viven cerca de nosotros, que viven en nuestra misma ciudad, quizá que pertenecen a nuestra propia familia. Cada domingo miles de católicos acuden a los templos para celebrar la Eucaristía y sigue habiendo parejas que deciden casarse por la Iglesia, padres que piden el bautismo para sus hijos, familiares que piden un funeral por sus seres queridos...  Pero otros muchos ya no lo hacen. El número de bodas por la Iglesia ha descendido drásticamente, así como el número de jóvenes que practican la religión. ¿Cuántas personas confiesan hoy sus pecados? ¿Cuántas rezan? Nos podemos preguntar entonces: ¿es verdaderamente religioso el hombre por naturaleza? ¿O la religión es cosa de algunos, es una especie de sentimiento personal que unos necesitan y otros no? ¿O es, quizá, un residuo de tiempos pasados que se resiste a desaparecer, un consuelo, un refugio?

El poeta inglés Eliot, en su obra Los Coros de la Roca, describe cómo los hombres han buscado a lo largo de la historia la Luz -con mayúsculas-, el significado, cómo han inventado las religiones, y cómo en un determinado momento esa Luz del Misterio ha traspasado el umbral y ha entrado en la historia, en la persona de Jesucristo. Os leo unas líneas de su poema, que evoca las primeras páginas del Génesis:

"En el principio Dios creó el mundo. Yermo y vacío. Y la oscuridad estaba sobre la faz del mundo. Y cuando hubo hombres, en sus modos diversos, lucharon en tormento hacia Dios (esta es la historia de la humanidad, una lucha con Dios, hacia Dios). Ciega y vanamente, pues el hombre es cosa vana, y el hombre sin Dios es una semilla al viento: llevado de un lado a otro, sin encontrar un lugar de asentamiento y germinación. Ellos siguieron la luz y la sombra, y la luz los condujo hacia adelante, a la luz, y la sombra los condujo a la oscuridad. Rindiendo culto a serpientes y árboles, a demonios antes que a nada: clamando por vida más allá de la vida, por un éxtasis no de la carne... (es decir, por algo más que los placeres de este mundo). Yermo y vacío, y oscuridad sobre la faz de lo profundo".

Pero la presencia de Dios estaba en el mundo desde sus orígenes: "Y el Espíritu se movía sobre la faz del agua. Y los hombres se volvieron hacia la luz y fueron conocidos de la luz. Inventaron las Grandes Religiones; y las Grandes Religiones eran buenas. Y condujeron a los hombres de luz en luz, al conocimiento del Bien y del Mal. Pero su luz estaba siempre rodeada y herida por la oscuridad". Es decir, el impulso religioso del hombre no es suficiente, porque el hombre imagina a Dios, partiendo de los elementos de la naturaleza, y a veces llega a aberraciones: "Y llegaron a un punto final, a un punto muerto agitados por un destello de vida... rueda de plegarias, culto a los muertos, negación de este mundo, afirmación de ritos con significados olvidados. En la arena siempre móvil azotada por el viento... Yermo y vacío. Y oscuridad sobre la faz de lo profundo".

La historia de la humanidad nos enseña que los hombres de todos los tiempos, de todas las culturas, han buscado a Dios y han desarrollado creencias y ritos, para relacionarse con Él. Pero la pluralidad de religiones nos habla de la insuficiencia, de la inevitable limitación de esta búsqueda. No todas las religiones son iguales, no todas dan culto a Dios como Dios quiere, no todas salvan la dignidad del ser humano y su condición de imagen de Dios. Nosotros no somos católicos sólo por tradición, por haber nacido en una familia o en un contexto católico. Somos católicos, porque como dice hoy la primera lectura: "¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?". Son palabras de Moisés, tras entregar a su pueblo las tablas de la ley dadas por Dios en el Sinaí; y ciertamente, la fe de Israel representa en el mundo de las religiones antiguas una purificación de la imagen de Dios, un culto superior, como reconocen hoy los historiadores de las religiones.

Pero no es suficiente. También el culto de Israel se desvió. Jesús, en el Evangelio que hemos proclamado, recoge las duras palabras del profeta Isaías, y las lanza contra los escribas y fariseos: "Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos".

¿Cuál es entonces la religiosidad verdadera, el culto agradable a Dios? Santiago dice en la segunda lectura: "Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni periodos de sombra". El contenido de nuestra religión y de nuestro culto no lo hemos inventado nosotros, nos viene de lo alto. Porque como dice Eliot en su poema, hablando de la Encarnación del Hijo de Dios:

"Entonces llegó, en un momento predeterminado... partiendo, bisecando el mundo del tiempo (en efecto, nosotros contamos todavía los años antes de Cristo y después de Cristo), entonces pareció como si los hombres tuvieran que avanzar de la luz a la luz, en la luz de la Palabra, a través de la Pasión y el Sacrificio, salvados a persar de su ser negativo..." El cristianismo no es tanto una religión, cuanto una Revelación. Es Dios mismo quien ha venido a nuestro encuentro y nosotros le respondemos, y le rezamos con las palabras que Él mismo nos ha dado, y ofrecemos el Sacrificio de su Hijo y escuchamos su Palabra. Esta es la fe que ha construido Europa y España durante tantos siglos, la de los monasterios y la catedrales, de los hospitales y la gesta de la evangelización. Es verdad que ha habido pecados cometidos por los cristianos, porque somos "egoístas y torpes", "carnales", nos buscamos a nosotros mismos como siempre, pero aun así la humanidad ha seguido este camino durante siglos con fruto, con los frutos de arte, civilización y cultura que todos conocemos.

Ahora bien, termina diciendo Eliot: "parece que ha ocurrido algo que nunca antes había ocurrido: aunque no sabemos justo cuándo, o por qué, o cómo, o dónde. Los hombres han dejado a Dios no por otros dioses, dicen, sino por ningún dios; y esto nunca antes había ocurrido". Que el hombre de hoy no sienta necesidad de Dios, que no busque darle culto, que no rece, es algo que no había pasado nunca. ¿Será verdad que el ser humano no es por naturaleza religioso?

En realidad, el ser humano sólo puede ser religioso... o idólatra. Cuando no da culto al verdadero Dios rinde tributo a otros "dioses": "Nunca antes había ocurrido que los hombres a la vez nieguen a los dioses y rindan culto a los dioses, profesando primero la Razón, y luego el Dinero, y el Poder, y lo que ellos llaman Vida, o Raza, o Dialéctica". Al final del poema Eliot enumera los tres Ídolos ante los que hoy se arrodilla el hombre: "Los hombres han olvidado a todos los dioses, excepto la Usura, la Lujuria y el Poder". ¿Se puede decir mejor?

El hombre es relación con el Infinito, con Dios. Lo ha recordado el Papa este verano, en el Mensaje que ha dirigido al Meeting de Rímini: "No solo mi alma, sino cada fibra de mi carne está hecha para encontrar su paz, su realización en Dios. Y esta tensión es imborrable en el corazón del hombre: incluso cuando se rechaza o se niega a Dios no desaparece la sed de infinito que habita en el hombre. Comienza, en cambio, una búsqueda afanosa y estéril de «falsos infinitos» que puedan satisfacer al menos por un momento. La sed del alma y el anhelo de la carne... no se pueden eliminar, así el hombre, sin saberlo, va a la búsqueda del Infinito, pero en direcciones equivocadas: en la droga, en una sexualidad vivida en modo desordenado, en las tecnologías totalizantes, en el éxito a cualquier precio, inclusive en formas engañosas de religiosidad. Incluso las cosas buenas, que Dios ha creado como caminos que conducen a Él, con frecuencia corren el riesgo de volverse absolutas y convertirse en ídolos que sustituyen al Creador. Es necesario erradicar todas las falsas promesas de infinito que seducen al hombre y lo hacen esclavo. Para encontrarse verdaderamente a sí mismo y la propia identidad, para vivir a la altura del propio ser, el hombre debe volver a reconocerse creatura, dependiente de Dios".

Esta es la propuesta de la Iglesia, especialmente en este curso en que celebraremos el Año de la Fe. Con palabras del apóstol Santiago: "Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos".

Juan Miguel Prim Goicoechea

jueves, 30 de agosto de 2012

He dicho que no a Dios...

Ha llegado a mis ojos una cita de Jean Rostand (1894-1977), biólogo y filósofo francés. Me parece interesante para ir preparando el Año de la Fe. Hablando de su relación con Dios escribe: 

“Me lo planteo todos los días, sin cesar. He dicho que no. He dicho que no a Dios, por decirlo brutalmente, pero en cada momento, la cuestión vuelve a presentarse. Por ejemplo cuando se habla del azar. Yo me digo: No puede ser el azar el que combina los átomos. Entonces, ¿qué? (...). Estoy obsesionado, digamos el término: obsesionado; si no por Dios, al menos por el no-Dios”.

“ No es un ateísmo sereno, ni jubiloso, ni contento. No. Ni me satisface ni me llena; es algo vivo, siempre al rojo vivo. La llaga se abre sin cesar”.

Jean Rostand

lunes, 18 de junio de 2012

El destino del hombre es el amor

"... porque el destino del hombre es el amor,
y cada uno tiene su propia lucha y su propio camino".

Francisco Brines

La debilidad es la fuerza de la semilla

El cristianismo es paradójico, o mejor, Dios es paradójico. Es decir, nos sorprende siempre, supera nuestra lógica con la suya, que parece imposible. Nos lo ha recordado de nuevo Benedicto XVI este domingo al comentar así la parábola de la pequeña semilla de mostaza que da origen a la mayor de las plantas: 

"Al partirse [la semilla] nace un brote capaz de romper el suelo, de salir a la luz solar y de crecer hasta convertirse en 'la más grande de todas las plantas del jardín': la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su fuerza. Así es el Reino de Dios: una realidad humana pequeña, compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quien no es importante a los ojos del mundo; no obstante, a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante".

Benedicto XVI, Angelus, domingo 17 de junio de 2012.

viernes, 15 de junio de 2012

Una infinita curiosidad

Última cita de El sentido del asombro, de Rachel Carson. La curiosidad y el asombro no se dirigen sólo al mundo que nos rodea, sino también, y de manera especial, al mundo que esperamos. La autora recoge el testimonio de Otto Pettersson, oceanógrafo sueco, quien a punto de morir -a los 93 años- dijo a su hijo: 

"Lo que me sostendrá en mis últimos momentos es una infinita curiosidad por lo que sigue".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, p. 45.

Un renovado entusiasmo por vivir

La creación, obra de Dios, nos enseña a esperar la Vida tras la muerte, sosteniendo nuestra esperanza:

"¿Cuál es el valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?

Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan las bellezas de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine.

Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno".

R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, pp. 44-45.

jueves, 14 de junio de 2012

Un mundo de cosas pequeñas

El asombro no se dirige sólo a lo infinitamente grande -el cielo estrellado-, o a la naturaleza que nos rodea a nuestra propia escala -el mar, los bosques, las aves-, sino que:

"Hay un mundo de cosas pequeñas que pocas veces se ve. Muchos niños, quizás porque ellos mismos son pequeños y están más cerca del suelo que nosotros, se dan cuenta y disfrutan con lo pequeño y que pasa desapercibido. Quizás por esto es fácil compartir con ellos la belleza que solemos perdernos porque miramos demasiado deprisa, viendo el todo y no las partes.

Algunas de las más exquisitas obras de la naturaleza están a una escala de miniatura, como sabe quien haya mirado un copo de nieve a través de una lupa".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012, p. 34.

La belleza sobre sus cabezas

Sigo leyendo El sentido del asombro, librito de Rachel Carson que acaba de publicar Encuentro. La autora nos invita a no dar nada por supuesto, a apreciar la belleza de este mundo salido de las manos de Dios como si lo viéramos por primera o por última vez:

"Para la mayoría de nosotros el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, pero miramos alrededor con ojos tales que no vemos que somos parcialmente ciegos. Una manera de abrir los ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: ¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto? ¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca otra vez?

Recuerdo una noche de verano cuando este pensamiento me vino con fuerza. Era una noche clara sin luna. Con un amigo fuimos a un cabo que era casi una isla pequeña, estando todo rodeado por el agua de la bahía. Allí el horizonte está remoto y lejana la frontera del borde del espacio. Nos tendimos y miramos al cielo y al millón de estrellas que brillaban en la oscuridad. La noche estaba tan en calma que podíamos oír el ruido de las boyas sobre el acantilado más allá de la boca de la bahía. Una o dos veces una palabra dicha por alguien en la lejana orilla de la playa era traída por el aire despejado. Unas pocas luces ardían en las cabañas. Aparte de eso no había nada que nos recordara una presencia humana; mi acompañante y yo estábamos solos con las estrellas. Nunca las había visto tan hermosas: el río brumoso de la Vía Láctea fluyendo a través del cielo, los dibujos de las constelaciones, brillantes y nítidas, un planeta centelleante más abajo en el horizonte. Una o dos veces un meteorito se consumió en su camino hacia la atmósfera de la tierra.

Se me ocurrió que si esto pudiera verse sólo una vez en un siglo o incluso una vez en una generación este cabo estaría atestado de espectadores. Pero como lo podemos ver muchas decenas de noches en cualquier año, las luces arden en las cabañas y los habitantes probablemente no otorgan ningún pensamiento a la belleza sobre sus cabezas; y porque pueden verlo casi cualquier noche, quizás no lo verán nunca".

R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro, Madrid 2012,  pp. 31-32.


sábado, 9 de junio de 2012

Tiempo para preparar la tierra

A los padres, que con frecuencia se agobian ante las preguntas de los niños -que habitualmente no saben responder- y que quieren evitarles precisamente aquellas aventuras que más les entusiasman, por miedo a que se ensucien o se mojen, Rachel Carson les dice:

"Los padres a menudo tienen un sentimiento de incompetencia cuando se enfrentan por un lado con la impaciente y sensitiva mente de un niño, y por el otro con un mundo físico de naturaleza compleja, una vida tan diversa y nada familiar, que parece imposible reducirlo para ordenarlo y conocerlo (...)

Yo sinceramente creo que para el niño, y para los padres que buscan guiarle, no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir. Si los hechos son la semilla que más tarde produce el conocimiento y la sabiduría, entonces las emociones y las impresiones de los sentidos son la tierra fértil en la cual la semilla debe crecer. Los años de la infancia son el tiempo para preparar la tierra. Una vez que han surgido las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y lo desconocido, la sensación de simpatía, compasión, admiración o amor, entonces deseamos el conocimiento acerca del objeto de nuestra conmoción. Una vez que lo encuentras, tiene un significado duradero. Es más importante preparar el camino del niño que quiere conocer que darle un montón de datos que no está preparado para asimilar".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, pp. 28-29.

La compañía de un adulto

"Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, sin contar con ningún don concedido por las hadas, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

El antídoto contra el desencanto

Sigo leyendo en el librito de Rachel Carson:

"Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina, aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño de este mundo el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

El sentido del asombro

En 1965, un año después de la muerte de su autora, fue publicado The Sense of Wonder, un breve librito que recoge un artículo de 1956 de Rachel Carson, en el que la escritora narra algunas experiencias vividas junto a su sobrino Roger en los bosques y en el mar, junto a la costa de Maine. Aparece ahora la traducción española, publicada por Ediciones Encuentro. Recojo un párrafo:

"El mundo de los niños es fresco y nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara, que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos".


R. Carson, El sentido del asombro, Encuentro 2012, p. 28.

sábado, 26 de mayo de 2012

La vocación poética

Este año se cumple el primer centenario del nacimiento de un poeta italiano poco conocido en España, Giorgio Caproni (1912-1990). Hablando de su vocación poética dice:

"La poesía ha sido para mí, desde niño, la búsqueda de mí mismo, de mi identidad. Intentar comprender quién soy y, a través de mí, intentar comprender quiénes son los demás. En mi opinión el poeta es un poco como el minero, que partiendo de la superficie –es decir, de la autobiografía– excava, excava, excava hasta que encuentra un fondo en el propio yo que es común a todos los hombres".


Giorgio Caproni

miércoles, 28 de marzo de 2012

Elogio a los poetas

Poema del joven poeta Juan Meseguer, en que se hace el elogio del poeta, que logra decir la realidad, "entenderse con la vida", sin charlatanería, sin abusar de las palabras, con "modesta elocuencia":

Elogio a los poetas

"Los poetas
―almas introvertidas, casi siempre―
se entienden a menudo con la vida
en muy pocas palabras.
Son
para los charlatanes de este mundo
un ejemplo modesto de elocuencia".

Juan Meseguer, Bancos de arena, 2006.

domingo, 12 de febrero de 2012

Quiero, queda limpio

Interesante: no es el hombre impuro el que contamina a Dios, sino Dios el que purifica al hombre. Y lo hace "tocándolo", es decir, mediante su humanidad resucitada, mediante su Iglesia:

«La actitud de Jesús con relación al leproso revela un cambio de perspectiva. No es el hombre impuro el que puede contaminar a Dios, sino que es Dios el que hace puro al hombre. La pureza que irradia Jesús es la fuerza de la santidad divina; una potencia capaz de limpiar cualquier mancha que ensucie al hombre. Jesús es el Salvador universal y espiritual de todos, que extiende su mano y toca al leproso diciendo: "Quiero: queda limpio".

El gesto físico de tocar al impuro manifiesta que el Señor no emplea sólo el poder de su palabra –que hubiera bastado– sino que también pone en juego su humanidad porque Él quiere salvarnos "no sólo con el poder de su divinidad, sino asimismo mediante el misterio de su encarnación" (STh III 3 ad 2)».

Guillermo Juan Morado, Homilía para el VI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B), 11 de febrero de 2012.

Si quieres, puedes limpiarme

En el Evangelio de hoy (Mc 1,40-45) se narra la curación milagrosa de un leproso que «se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: 'Quiero: queda limpio'». Comenta el Papa:

«En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Y después, dirigiéndose a Dios, añade: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: 'Confesaré al Señor mi culpa', y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que "cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores" (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz».

Benedicto XVI, Angelus, domingo 15 de febrero de 2009.

domingo, 5 de febrero de 2012

Una apertura a Alguien distinto de mí

Os propongo este humilde y valiente testimonio de Giorgio Vittadini, perteneciente a los Memores Domini o Grupo Adulto, laicos consagrados que siguen la experiencia de Comunión y Liberación. La perfección humana no está en la "ataraxia", en la impasibilidad, en no dejarse herir, sino en la búsqueda y la apertura a la única Presencia que –a través de sus "hechos"– puede colmar la vida:

«Mi recorrido existencial de los últimos seis años, cuya novedad principal puedo describir como la 'explosión' de la desproporción estructural, ha sido la radicalización de la percepción de mi necesidad humana, de una exigencia de significado, casi lacerante en ciertos momentos, unida a la percepción de la imposibilidad humana de colmarlo y a la caída de muchas ilusiones.

Lo primero que quiero deciros es que mirar a Carrón en estos años ha significado el despertar de mi exigencia radical, darme cuenta de que había reducido toda la historia precedente, de que mi despertar no ha dependido de 'estudiar' El Sentido Religioso, sino de la convivencia con el acontecimiento de Cristo que algunos amigos me testimoniaban. El encuentro con un testigo vivo no me ha vuelto más granítico; yo pensaba que madurar equivalía un poco a la "ataraxia". En cambio, me encuentro ahora mucho más frágil, con mayor turbación, mucho más vulnerable, mucho más afectado por la enfermedad de alguien o por un proyecto que no se realiza, por un deseo que no se cumple, por la angustia ante la suerte de un amigo y del mundo.

La herida es mucho más radical que antes (la herida esencial, personal, psicológica), y las cosas y las personas me turban mucho más. Pero, al mismo tiempo, la novedad es que percibo que nadie puede responder a esta vorágine sino Alguien que no se puede reducir a la naturaleza. Es una apertura a Alguien distinto de mí. Es decir, me he dado cuenta en estos años, en esta convivencia, del engaño que supone tratar de llenar la exigencia humana con algo menor de lo que puede satisfacerla, y esto se puede vivir perfectamente –siendo del Grupo Adulto– con fidelidad, como creo haber tratado de vivir en estos años; pero la esperanza humana no está puesta en Cristo presente, y es como si se vivieran vidas paralelas (el dualismo del que hablamos a menudo): por una parte, afirmas a Cristo y crees que rezas, pero el criterio de juicio que utilizas en relación con la realidad está basado en otra cosa.

Si mi necesidad es tan grande, necesito volver a encontrar esta Presencia siempre, no una vez; si no la vuelvo a encontrar no estoy bien, y ciertos días eso lo llego a percibir físicamente, como si una herida traspasase el corazón, y entonces necesito ver Sus hechos, porque estos hechos son como el bálsamo del abismo que tengo dentro. Y así ha sucedido algo extraño: la Presencia ha desencadenado la percepción de mi desproporción, pero la desproporción me ha vuelto capaz de ver esta Presencia en cosas en las que antes no caía».

G. Vittadini, en Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, «Si uno está en Cristo es una criatura nueva», Rímini 2011, pp. 30-31.

Una humanidad dispuesta

No, no es una estupidez –véase entrada anterior– esperar un imprevisto. En lenguaje cristiano se llama "gracia" o "milagro". Y se puede pedir:

«Es de un milagro de lo que tenemos necesidad. Y esto nos sitúa en una posición totalmente diversa, porque no es sólo nuestro esfuerzo, nuestro proyecto, sino una intervención de Dios, un milagro, lo que puede hacer que vuelva a suceder en nosotros el milagro del inicio... Lo más razonable, entonces, es pedir... pedir que vuelva a suceder, por nuestro bien y por el bien del mundo. Y pedir, al mismo tiempo, estar disponibles ahora: que esta gracia encuentre en nosotros una humanidad dispuesta».

J. Carrón - F. Ventorino, Parole ai pretti, SEI, Torino 1996, pp. 86-87.

Un imprevisto es la única esperanza

Abrir las ventanas, decía el Papa. Dejar entrar en nuestra mirada, en nuestra vida, la realidad, con toda su grandeza. Porque en la realidad –no programable– está el Misterio, nuestra única esperanza. Escribía el poeta Eugenio Montale:

«Y ahora, ¿qué será de mi viaje? Demasiado cuidadosamente lo he estudiado, sin saber nada de él. Un imprevisto es la única esperanza. Pero me dicen que es una estupidez decírselo».

E. Montale, «Antes del viaje».

Abrir las ventanas

En su viaje a Alemania el Papa pronunció estas palabras, que describen gráficamente la urgencia de salir de la cárcel del positivismo, de una mirada reducida y asfixiante a la realidad y a nosotros mismos:

«Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo».

Benedicto XVI, Discurso al Parlamento federal, Berlín, 22 de septiembre de 2011.