Más sobre María y la Iglesia, ambas madres:
"¡Alégrese en este día la Iglesia de Cristo, que a semejanza de la bienaventurada Virgen María se encuentra enriquecida por obra del Espíritu Santo y se convierte en madre de una progenie divina! ¡Ved cuántos hermanos, que se unen a otros muchos, os da en esta sola noche su seno virginal y fecundo! Comparemos, si queréis, estas dos madres, cuya maternidad fortalecerá nuestra fe.
El Espíritu cubrió a María con su sombra, y su bendición hace lo mismo con la Iglesia en la fuente bautismal.
María concibió a su Hijo sin pecado, y la Iglesia destruye todo pecado en aquellos que ella regenera.
Por María nació Aquel que estaba en el principio, por la Iglesia renace el que pereció en el principio.
La primera ha dado a luz para pueblos numerosos, la segunda da a luz estos pueblos.
Una, permaneciendo virgen, nos ha dado a su Hijo; otra, por este Hijo, que es su Esposo virginal, no cesa de dar a luz..."
De un Sermón de Pascua atribuido a San Cesáreo de Arlés.
domingo, 5 de mayo de 2013
Día de la Madre... Iglesia
Hoy celebramos el día de la madre. Estamos además comenzando el mes de mayo, tradicionalmente dedicado a María, Madre de Dios y madre nuestra. Recojo este precioso texto de Gertrude von le Fort, en que describe la maternidad de María, que se prolonga en la maternidad de la Iglesia:
"En el momento en que María parece haber acabado completamente su vida de madre de Cristo, se convierte en realidad en la madre común de todos los cristianos. Y entonces tiene lugar por segunda vez el saludo del ángel: ¡Todas las generaciones te proclamarán bienaventurada! María ya no será nombrada más en el Evangelio, pero los Hechos de los Apóstoles nos la mostrarán en la actitud en que la pintará más tarde el gran arte de Occidente, reunida con los discípulos en Jersusalén para esperar la efusión del Espíritu. En María, al pie de la cruz, se había realizado por segunda vez la bendición de la salvación evangélica; en la mañana de Pentecostés, por segunda vez, ella es visitada por el Espíritu Santo. La Madre de Cristo se convierte en la gran figura materna de la Iglesia-Madre".
Gertrude von le Fort, La Femme eternelle, p. 149.
"En el momento en que María parece haber acabado completamente su vida de madre de Cristo, se convierte en realidad en la madre común de todos los cristianos. Y entonces tiene lugar por segunda vez el saludo del ángel: ¡Todas las generaciones te proclamarán bienaventurada! María ya no será nombrada más en el Evangelio, pero los Hechos de los Apóstoles nos la mostrarán en la actitud en que la pintará más tarde el gran arte de Occidente, reunida con los discípulos en Jersusalén para esperar la efusión del Espíritu. En María, al pie de la cruz, se había realizado por segunda vez la bendición de la salvación evangélica; en la mañana de Pentecostés, por segunda vez, ella es visitada por el Espíritu Santo. La Madre de Cristo se convierte en la gran figura materna de la Iglesia-Madre".
Gertrude von le Fort, La Femme eternelle, p. 149.
martes, 23 de abril de 2013
La elocuencia misma de Jesús
Me dicen mis amigos que últimamente no escribo en el blog. Es cierto. Pero afortunadamente la cosa tiene arreglo.
Estoy leyendo Los miserables, de Víctor Hugo, y he quedado sorprendido del libro primero, en el que el autor presenta la figura excepcional del obispo Myriel, protagonista del gesto de misericordia que cambiará la vida de Jean Valjean. Recojo algunas citas. Hablando de las visitas pastorales del obispo y de cómo se dirigía a sus fieles dice el autor:
"En estos viajes era indulgente y piadoso, y predicaba menos que conversaba... Hablaba así, grave y paternalmente; a falta de ejemplos, inventaba parábolas: iba derecho al fin que se proponía, con pocas frases y muchas imágenes, que era la elocuencia misma de Jesús, convencida y convincente".
Víctor Hugo, Los miserables, Planeta 2012, pp. 12-13.
Estoy leyendo Los miserables, de Víctor Hugo, y he quedado sorprendido del libro primero, en el que el autor presenta la figura excepcional del obispo Myriel, protagonista del gesto de misericordia que cambiará la vida de Jean Valjean. Recojo algunas citas. Hablando de las visitas pastorales del obispo y de cómo se dirigía a sus fieles dice el autor:
"En estos viajes era indulgente y piadoso, y predicaba menos que conversaba... Hablaba así, grave y paternalmente; a falta de ejemplos, inventaba parábolas: iba derecho al fin que se proponía, con pocas frases y muchas imágenes, que era la elocuencia misma de Jesús, convencida y convincente".
Víctor Hugo, Los miserables, Planeta 2012, pp. 12-13.
Te seguimos y buscamos tu rostro
De los Laudes de hoy:
"Los que en ti confían
no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón,
te respetamos y buscamos tu rostro".
"Los que en ti confían
no quedan defraudados.
Ahora te seguimos de todo corazón,
te respetamos y buscamos tu rostro".
domingo, 27 de enero de 2013
Palabras vivas
En el Evangelio de hoy Jesús, tras proclamar en la sinagoga de Nazaret un pasaje de Isaías, dice: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". En Jesús se han cumplido las antiguas profecías, pero también "hoy" la Palabra se cumple entre nosotros, porque es la Palabra de Cristo Resucitado, porque el Espíritu Santo la hace acontecer, tocando los corazones. Todo esto lo hace Dios. Pero hay también algo que depende de nosotros, como escribe genialmente Péguy:
Jesucristo no nos entregó palabras en conserva para guardar, sino que nos entregó palabras vivas para alimentar.
Las palabras de la vida, las palabras vivas no pueden conservarse sino vivas.
Alimentadas vivas, alimentadas caldeadas, cálidas en un corazón viviente.
Como Jesús tomó, se vio forzado a tomar cuerpo, a revestirse de carne para pronunciar estas palabras (carnales) y para hacerlas oír, para poderlas pronunciar, así nosotros, que somos de carne, debemos aprovecharlo, para conservarlas, para calentarlas, para alimentarlas en nosotros vivas y carnales.
Como una madre carnal alimenta y calienta sobre su pecho a su recién nacido, así debemos alimentar, tenemos que alimentar en nuestro pecho, con nuestra carne y con nuestra sangre, con nuestro corazón, las Palabras carnales, las Palabras eternas, temporalmente pronunciadas.
Milagro de milagros, depende de nosotros, débiles y carnales, el hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo. Esas palabras que sin nosotros caerían descarnadas”.
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro 1991, pp. 77-79.
lunes, 21 de enero de 2013
Belleza y misión
En el diario italiano Avvenire leo una entrevista a un anciano sacerdote al que he tenido la gracia de conocer, el padre Romano Scalfi, fundador del Centro Russia Cristiana, dedicado a la evangelización de Rusia, especialmente en los duros años del comunismo. Entresaco estas palabras suyas, en respuesta a la pregunta sobre cómo ayudar hoy a descubrir el Misterio:
Padre Romano Scalfi, entrevista en Avvenire, 19 enero 2013.
sábado, 19 de enero de 2013
El vino más bello
El Evangelio de este domingo es el de las bodas de Caná. Jesús, a petición de María, su Madre, acude en ayuda de los novios, convirtiendo una gran cantidad de agua en vino. Benedicto XVI pronunció estas palabras en respuesta a unos novios que le planteaban la dificultad que para ellos suponía la promesa del "para siempre":
"El primer vino que se sirve es estupendo: es el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe venir un segundo vino, es decir, debe fermentar y crecer, madurar.
Un amor definitivo que llega a ser el segundo vino que es más bello, mejor, mejor que el primero. Y esto es lo que debemos buscar".
Benedicto XVI, Encuentro Mundial de las Familias, Milán 2012.
Tu tierra tendrá marido
Recojo la primera lectura de este domingo, segundo del tiempo ordinario. Es de una gran belleza, y muy consolador, el modo en que el profeta habla a Israel, que somos tú y yo:
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia,
Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada»,
Ya no te llamarán «Abandonada»,
ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi favorita»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá marido.
Como un joven se casa con su novia,
Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo".
Isaías 62, 1-5
lunes, 14 de enero de 2013
El "yo" brota del "tú"
Decía Nietzsche que "el tú es anterior al yo". Y es verdad en muchos sentidos. Tanto en el creatural como en el psicológico. El teólogo suizo von Balthasar lo explica maravillosamente en algunos de sus escritos. La primera experiencia es la del ser, ser amado, nutrido y protegido, sin distinción de 'tú' y 'yo'. El niño experimenta la bondad de ser, de existir, dependiente del seno materno. Y sólo comenzará a tener conciencia de sí, de su 'yo', frente a la sonrisa de su madre, que será -junto con el padre- el primer "rostro" de Dios. ¡Qué gran don y qué responsabilidad para los padres!
"Su yo [el del niño] brota de la experiencia del tú: con la sonrisa de la madre, gracias a la cual él experimenta que se encuentra insertado, afirmado, amado en algo que incomprensiblemente lo rodea, algo real, y que lo guarda y lo alimenta.
El cuerpo contra el que se estrecha, como una almohada suave, caliente, nutricia, es una almohada amorosa en la que se puede refugiar porque ya antes había sido su refugio. El despertar de su conocimiento es algo tardío en comparación con este misterio abisal que lo precede en una perspectiva incalculable. La conciencia ve limitadamente lo que estaba allí desde hacía tiempo y, por tanto, sólo lo puede confirmar. Un buen día se despierta una luz soñolienta como luz vigilante que se reconoce a sí misma. Pero se despierta al amor del tú, igual que en el seno del tú había antes dormido. La experiencia de la entrada consciente en una realidad que te protege y te abraza, deja algo que no podrá superar la conciencia posterior que crece y madura.
Es natural, pues, que el niño vea lo absoluto, perciba a 'Dios' en su madre y en sus procreadores, y que sólo en un segundo y tercer estadio tenga que aprender a distinguir el amor a Dios del amor experimentado".
Hans Urs von Balthasar, Gloria. Una estética teológica. Vol. 5. Metafísica. Edad Moderna, Encuentro, Madrid, pp. 565-566.
"Su yo [el del niño] brota de la experiencia del tú: con la sonrisa de la madre, gracias a la cual él experimenta que se encuentra insertado, afirmado, amado en algo que incomprensiblemente lo rodea, algo real, y que lo guarda y lo alimenta.
El cuerpo contra el que se estrecha, como una almohada suave, caliente, nutricia, es una almohada amorosa en la que se puede refugiar porque ya antes había sido su refugio. El despertar de su conocimiento es algo tardío en comparación con este misterio abisal que lo precede en una perspectiva incalculable. La conciencia ve limitadamente lo que estaba allí desde hacía tiempo y, por tanto, sólo lo puede confirmar. Un buen día se despierta una luz soñolienta como luz vigilante que se reconoce a sí misma. Pero se despierta al amor del tú, igual que en el seno del tú había antes dormido. La experiencia de la entrada consciente en una realidad que te protege y te abraza, deja algo que no podrá superar la conciencia posterior que crece y madura.
Es natural, pues, que el niño vea lo absoluto, perciba a 'Dios' en su madre y en sus procreadores, y que sólo en un segundo y tercer estadio tenga que aprender a distinguir el amor a Dios del amor experimentado".
Hans Urs von Balthasar, Gloria. Una estética teológica. Vol. 5. Metafísica. Edad Moderna, Encuentro, Madrid, pp. 565-566.
Oración de San Clemente
Leo esta preciosa oración de uno de los primeros papas de la Iglesia, Clemente de Roma. Está llena de resonancias bíblicas:
"Haz que esperemos en tu nombre,
tú que eres el origen de todo lo creado;
abre los ojos de nuestro corazón,
para que te conozcamos a ti,
el solo altísimo en las alturas,
el santo que reposa entre los santos;
que terminas con la soberbia de los insolentes,
que deshaces los planes de las naciones,
que ensalzas a los humildes
y humillas a los soberbios,
que das la pobreza y la riqueza,
que das la muerte, la salvación y la vida,
el solo bienhechor de los espíritus
y Dios de toda carne;
tú que sondeas los abismos,
que ves todas nuestras acciones,
que eres ayuda de los que están en peligro,
que eres salvador de los desesperados,
que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos;
tú que multiplicas las naciones sobre la tierra
y eliges de entre ellas a los que te aman
por Jesucristo, tu Hijo amado,
por quien nos has instruido, santificado y honrado".
De la Carta de San Clemente de Roma a los Corintios
"Haz que esperemos en tu nombre,
tú que eres el origen de todo lo creado;
abre los ojos de nuestro corazón,
para que te conozcamos a ti,
el solo altísimo en las alturas,
el santo que reposa entre los santos;
que terminas con la soberbia de los insolentes,
que deshaces los planes de las naciones,
que ensalzas a los humildes
y humillas a los soberbios,
que das la pobreza y la riqueza,
que das la muerte, la salvación y la vida,
el solo bienhechor de los espíritus
y Dios de toda carne;
tú que sondeas los abismos,
que ves todas nuestras acciones,
que eres ayuda de los que están en peligro,
que eres salvador de los desesperados,
que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos;
tú que multiplicas las naciones sobre la tierra
y eliges de entre ellas a los que te aman
por Jesucristo, tu Hijo amado,
por quien nos has instruido, santificado y honrado".
De la Carta de San Clemente de Roma a los Corintios
miércoles, 2 de enero de 2013
Comenzar el año con una bendición
La liturgia de la Palabra del primer día del año nos ofrece esta preciosa bendición:
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti
y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro
y te conceda la paz".
Libro de los Números 6,24-26
Un nuevo año es como un viaje
En el ángelus del primer día del nuevo año Benedicto XVI ha comparado nuestra vida con un viaje. Y ha implorado la bendición de la Madre para todos nosotros con estas sencillas palabras:
Benedicto XVI, Angelus, 1 enero 2013
lunes, 31 de diciembre de 2012
Qué es educar
En el ángelus del domingo de la Sagrada Familia Benedicto XVI nos ha ofrecido una sintética y profunda definición de la educación: introducción a la vida y a la comprensión de la realidad. Comentando el pasaje del Niño Jesús perdido y hallado en el templo dice:
"La preocupación de María y José por Jesús es la misma de cualquier padre que educa a un hijo, lo introduce a la vida y a la comprensión de la realidad".
Benedicto XVI, Ángelus, 30 diciembre 2012
"La preocupación de María y José por Jesús es la misma de cualquier padre que educa a un hijo, lo introduce a la vida y a la comprensión de la realidad".
Benedicto XVI, Ángelus, 30 diciembre 2012
martes, 25 de diciembre de 2012
La Divinidad sin armas
San Juan de Ávila, recientemente nombrado Doctor de la Iglesia, nos invita a contemplar a Dios nacido en la carne, inerme, para vencer nuestro temor a su grandeza y su poder:
“¿Qué cosa hay en el mundo más flaquita para hacer mal que un niño de dos días?
¿Cuándo un niño de dos días dio bofetada ni mató a nadie? No hay cosa más sin temor que un niño.
Esta es la Divinidad sin armas que dice: No te haré mal, pecador, llégate a mí. Que así como no debes huir de un niño, así no debes huir de mi santa Divinidad”.
“¿Qué cosa hay en el mundo más flaquita para hacer mal que un niño de dos días?
¿Cuándo un niño de dos días dio bofetada ni mató a nadie? No hay cosa más sin temor que un niño.
Esta es la Divinidad sin armas que dice: No te haré mal, pecador, llégate a mí. Que así como no debes huir de un niño, así no debes huir de mi santa Divinidad”.
San Juan de Ávila
Los pastores se apresuraron
Con esta bellísima exhortación concluye el Papa su homilía en la Nochebuena:
"Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente.
¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. Amén".
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
"Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente.
¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. Amén".
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
Una santa curiosidad
El amor y la alegría dieron alas a los pastores de Belén, que se apresuraron en llegar al portal:
"Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros: Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16).
Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que el ángel se había referido, había entrado en su corazón y les daba alas".
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
"Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros: Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16).
Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que el ángel se había referido, había entrado en su corazón y les daba alas".
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
La alegría de percibir la gloria de Dios
Preciosa reflexión del Papa en la Nochebuena:
"Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace. Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia.
Los ángeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios.
Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores".
Benedicto XVI, Homilía durante la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
"Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace. Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia.
Los ángeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios.
Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores".
Benedicto XVI, Homilía durante la Misa de Nochebuena, 24 diciembre 2012.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
La caridad de la belleza
Con ocasión del Año de la Fe se expone en la Galería Borghese de Roma la Anunciación de Cortona, del Beato Angélico. El comisario de la exposición, don Alessio Geretti, explica las razones que movieron al cardenal Borghese a crear la galería que lleva su nombre:
"Este santuario del arte en Roma nació del deseo de belleza que aquel creyente llevaba en su corazón. El cardenal había intuido que se puede hacer bien a la humanidad promoviendo y conservando el arte, no sólo dando de comer a los pobres: una indicación que es hoy también válida. La caridad de la belleza es tan importante como la del pan y la asistencia física. Si vivimos en la fealdad estamos más tristes y hacemos menos bien el bien. La belleza sirve para mantener viva la esperanza, incluso en los momentos de crisis".
"Este santuario del arte en Roma nació del deseo de belleza que aquel creyente llevaba en su corazón. El cardenal había intuido que se puede hacer bien a la humanidad promoviendo y conservando el arte, no sólo dando de comer a los pobres: una indicación que es hoy también válida. La caridad de la belleza es tan importante como la del pan y la asistencia física. Si vivimos en la fealdad estamos más tristes y hacemos menos bien el bien. La belleza sirve para mantener viva la esperanza, incluso en los momentos de crisis".
domingo, 2 de diciembre de 2012
La puerta del Adviento
Homilía en el Primer Domingo de Adviento (2 diciembre 2012):
"Hermanos, esta mañana he recibido un correo electrónico de un sacerdote amigo mío que estudia un Roma. En él, este amigo me saludaba diciendo: ¡Feliz Año Nuevo!
Al principio he pensado que se traba de un error. Porque hay gente que ya se atreve a felicitar la Navidad, aunque estamos comenzando el Adviento. ¡Pero felicitar el Año Nuevo, es demasiado! He mirado la fecha del correo y estaba bien. Y tampoco parece que hubiera perdido la cabeza, porque lo que decía después tenía sentido. Y es que hoy, realmente, inauguramos, con la celebración del Primer Domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico.
Los cristianos no vivimos el tiempo como los demás. El tiempo cristiano no es cíclico, no es un círculo cerrado en el que una y otra vez se repiten los mismos acontecimientos, las cuatro estaciones, los cumpleaños, los aniversarios, las fiestas. Es verdad que podemos vivirlo así, como una cárcel sin novedad aparente. Pero, en realidad, el tiempo del universo, el tiempo de la historia y el de nuestra propia vida avanza, camina hacia su fin.
Y aquí tenemos un problema. Cuando oímos la palabra “fin” normalmente pensamos en el letrero final de las películas, o en la bajada de telón en una obra de teatro. “Fin” significaría entonces: “se acabó”. Y para nuestro mundo, pagano, significa más exactamente: “se acabó para siempre”. El amor se acaba, el placer se acaba, la vida se acaba. Y eso nos aterra, y con razón. No hace falta que además nos amenacen con soles y estrellas que caen del cielo, ni con terremotos o maremotos, ya hay bastante terror en pensar que nuestra vida, con todo lo que amamos, quedará repentinamente truncada. Jesús dice en el Evangelio de hoy: “Aquel día... caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra”.
Sin embargo, la palabra fin tiene otro significado. El fin de algo no es sólo su acabamiento, sino también su “finalidad”, su propósito. ¿Qué fin persigo haciendo esto?, puedo preguntarme. ¿Con qué fin lo has hecho? ¿Qué pretendías? Es decir, la palabra “fin” alude también al sentido del tiempo, a la finalidad o al propósito de la vida, de todo lo que sucede.
Aún más, la palabra “fin” puede traducirse también como “meta”. Y esto nos ayuda aún más. Porque la meta es. ciertamente, el final de un camino, pero indica también el reposo, el cumplimiento, el haber llegado al destino. Y si el destino es bueno, entonces es estupendo haber llegado, haber conseguido alcanzar la meta.
Por eso os decía que los cristianos vivimos el tiempo de un modo distinto, porque tenemos un concepto distinto de la meta, del destino. Nuestro destino es Dios, nuestra meta es el cielo, nuestro fin es nuestro comienzo. Sabéis que hay un dicho que reza: “Nacemos para morir”. Yo prefiero darle la vuelta y decir: “Morimos para nacer”. Nuestro fin, nuestra meta, es nacer a la vida eterna. Y esto ya comenzó el día de nuestro Bautismo, pero es necesario que la Vida Eterna penetre en nuestra carne, en nuestros sentidos, en nuestra manera de pensar y de sentir, y vivamos cada instante del camino con la conciencia de la meta, o mejor, con la presencia de la meta, de la cumbre. Un alpinista no subiría con energía una montaña si no creyera en la cumbre, si no la tuviera presente a cada paso, si no supiera que cada esfuerzo, a veces agónico, le está acercando a la meta.
El tiempo de la creación, y con él el tiempo de nuestra vida, está llamado a entrar en el descanso de Dios. Los seis días de la creación desembocan en el séptimo. Ese séptimo día es el día del Señor, el día del descanso y de la fiesta, el día de la Iglesia. Pero hay un octavo día, que rompe el encadenamiento de las semanas. Ese octavo día es la irrupción en nuestro tiempo mortal de la inmortalidad, y por eso los primeros cristianos edificaron baptisterios octogonales. El lugar del bautismo evoca el octavo día, el día en el que el tiempo entrará en la eternidad. ¿No es una meta hermosa? ¿No es un precioso “fin” del tiempo?
La liturgia, domingo tras domingo, y a través de los tiempos litúrgicos, como éste que hoy comenzamos, nos inserta en el significado del tiempo. Los ciclos litúrgicos no son exactamente un círculo, sino más bien una espiral ascendente, una escalera que nos acerca al destino. Como en la Divina Comedia de Dante, podemos subir, círculo tras círculo, por esta espiral que es el tiempo gobernado por Dios. Ahora se nos abre la puerta del Adviento, para recorrer un nuevo tramo virgen de este camino. Este Adviento no es como el del año pasado, y algunos de vosotros lo sabéis, pues en este año han pasado muchas cosas que os han cambiado.
Entremos en el Adviento con un santo deseo, con una petición: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad... Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza”.
San Pablo nos exhorta hoy: “Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios. Pues proceded así y seguid adelante... Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos... Para que cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre”.
Sólo hay una posible objeción a todo lo que he dicho. Podríais preguntarme: “¿Y si al final del camino me encuentro con el precipicio, con el abismo de mi condenación? Amigos, ni puedo engañarme, ni engañaros. Esta posibilidad está abierta a nuestra libertad. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, escribió San Agustín. Pero podemos estar ciertos de que Dios no quiere nuestra perdición, y que hace todo lo posible para que nunca sea así. Por eso hoy nos dice en el Evangelio: “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche de repente aquel día... Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza... para manteneros en pie ante el Hijo del Hombre”.
Encendamos, al comenzar este Adviento, la vela de nuestra fe, tengamos presente nuestro destino e invoquemos el Señor para que venga a nuestra vida y convierta nuestro corazón. Que María Santísima, a la que invocaremos dentro de unos días como Inmaculada, toda hermosa y sin mancha, sostenga nuestra espera y nuestro camino. Amén".
Juan Miguel Prim Goicoechea
"Hermanos, esta mañana he recibido un correo electrónico de un sacerdote amigo mío que estudia un Roma. En él, este amigo me saludaba diciendo: ¡Feliz Año Nuevo!
Al principio he pensado que se traba de un error. Porque hay gente que ya se atreve a felicitar la Navidad, aunque estamos comenzando el Adviento. ¡Pero felicitar el Año Nuevo, es demasiado! He mirado la fecha del correo y estaba bien. Y tampoco parece que hubiera perdido la cabeza, porque lo que decía después tenía sentido. Y es que hoy, realmente, inauguramos, con la celebración del Primer Domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico.
Los cristianos no vivimos el tiempo como los demás. El tiempo cristiano no es cíclico, no es un círculo cerrado en el que una y otra vez se repiten los mismos acontecimientos, las cuatro estaciones, los cumpleaños, los aniversarios, las fiestas. Es verdad que podemos vivirlo así, como una cárcel sin novedad aparente. Pero, en realidad, el tiempo del universo, el tiempo de la historia y el de nuestra propia vida avanza, camina hacia su fin.
Y aquí tenemos un problema. Cuando oímos la palabra “fin” normalmente pensamos en el letrero final de las películas, o en la bajada de telón en una obra de teatro. “Fin” significaría entonces: “se acabó”. Y para nuestro mundo, pagano, significa más exactamente: “se acabó para siempre”. El amor se acaba, el placer se acaba, la vida se acaba. Y eso nos aterra, y con razón. No hace falta que además nos amenacen con soles y estrellas que caen del cielo, ni con terremotos o maremotos, ya hay bastante terror en pensar que nuestra vida, con todo lo que amamos, quedará repentinamente truncada. Jesús dice en el Evangelio de hoy: “Aquel día... caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra”.
Sin embargo, la palabra fin tiene otro significado. El fin de algo no es sólo su acabamiento, sino también su “finalidad”, su propósito. ¿Qué fin persigo haciendo esto?, puedo preguntarme. ¿Con qué fin lo has hecho? ¿Qué pretendías? Es decir, la palabra “fin” alude también al sentido del tiempo, a la finalidad o al propósito de la vida, de todo lo que sucede.
Aún más, la palabra “fin” puede traducirse también como “meta”. Y esto nos ayuda aún más. Porque la meta es. ciertamente, el final de un camino, pero indica también el reposo, el cumplimiento, el haber llegado al destino. Y si el destino es bueno, entonces es estupendo haber llegado, haber conseguido alcanzar la meta.
Por eso os decía que los cristianos vivimos el tiempo de un modo distinto, porque tenemos un concepto distinto de la meta, del destino. Nuestro destino es Dios, nuestra meta es el cielo, nuestro fin es nuestro comienzo. Sabéis que hay un dicho que reza: “Nacemos para morir”. Yo prefiero darle la vuelta y decir: “Morimos para nacer”. Nuestro fin, nuestra meta, es nacer a la vida eterna. Y esto ya comenzó el día de nuestro Bautismo, pero es necesario que la Vida Eterna penetre en nuestra carne, en nuestros sentidos, en nuestra manera de pensar y de sentir, y vivamos cada instante del camino con la conciencia de la meta, o mejor, con la presencia de la meta, de la cumbre. Un alpinista no subiría con energía una montaña si no creyera en la cumbre, si no la tuviera presente a cada paso, si no supiera que cada esfuerzo, a veces agónico, le está acercando a la meta.
El tiempo de la creación, y con él el tiempo de nuestra vida, está llamado a entrar en el descanso de Dios. Los seis días de la creación desembocan en el séptimo. Ese séptimo día es el día del Señor, el día del descanso y de la fiesta, el día de la Iglesia. Pero hay un octavo día, que rompe el encadenamiento de las semanas. Ese octavo día es la irrupción en nuestro tiempo mortal de la inmortalidad, y por eso los primeros cristianos edificaron baptisterios octogonales. El lugar del bautismo evoca el octavo día, el día en el que el tiempo entrará en la eternidad. ¿No es una meta hermosa? ¿No es un precioso “fin” del tiempo?
La liturgia, domingo tras domingo, y a través de los tiempos litúrgicos, como éste que hoy comenzamos, nos inserta en el significado del tiempo. Los ciclos litúrgicos no son exactamente un círculo, sino más bien una espiral ascendente, una escalera que nos acerca al destino. Como en la Divina Comedia de Dante, podemos subir, círculo tras círculo, por esta espiral que es el tiempo gobernado por Dios. Ahora se nos abre la puerta del Adviento, para recorrer un nuevo tramo virgen de este camino. Este Adviento no es como el del año pasado, y algunos de vosotros lo sabéis, pues en este año han pasado muchas cosas que os han cambiado.
Entremos en el Adviento con un santo deseo, con una petición: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad... Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza”.
San Pablo nos exhorta hoy: “Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios. Pues proceded así y seguid adelante... Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos... Para que cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre”.
Sólo hay una posible objeción a todo lo que he dicho. Podríais preguntarme: “¿Y si al final del camino me encuentro con el precipicio, con el abismo de mi condenación? Amigos, ni puedo engañarme, ni engañaros. Esta posibilidad está abierta a nuestra libertad. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, escribió San Agustín. Pero podemos estar ciertos de que Dios no quiere nuestra perdición, y que hace todo lo posible para que nunca sea así. Por eso hoy nos dice en el Evangelio: “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche de repente aquel día... Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza... para manteneros en pie ante el Hijo del Hombre”.
Encendamos, al comenzar este Adviento, la vela de nuestra fe, tengamos presente nuestro destino e invoquemos el Señor para que venga a nuestra vida y convierta nuestro corazón. Que María Santísima, a la que invocaremos dentro de unos días como Inmaculada, toda hermosa y sin mancha, sostenga nuestra espera y nuestro camino. Amén".
Juan Miguel Prim Goicoechea
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Unidad en la diversidad
¿Cuál es la propuesta de Thibon frente a la metafísica de la separación? Volver a la unidad de la creación salida de las manos de Dios, que no es uniformidad muerta sino amor que mantiene unido lo diverso:
"No queda otro medio de salvación sino retornar a la unidad en la diversidad".
Gustave Thibon, Sobre el amor humano, El Buey Mudo 2010, pp. 9-10.
"No queda otro medio de salvación sino retornar a la unidad en la diversidad".
Gustave Thibon, Sobre el amor humano, El Buey Mudo 2010, pp. 9-10.
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