domingo, 23 de enero de 2011

Contemplando el cielo

El filósofo Cicerón, en su obra De natura deorum (sobre la naturaleza de los dioses) escribe estas líneas, que son toda una proclamación de la dignidad y excepcionalidad del ser humano:

“Dios ha alzado al hombre del suelo y lo ha colocado en posición erecta, derecho, de modo que contemplando el cielo pudiese tener noción de los dioses. Los hombres no son habitantes de la tierra, sino en cierto sentido espectadores desde la tierra de las realidades superiores y celestes, cuya contemplación no pertenece a ninguna otra especie de seres vivos".

Cicerón, De natura deorum.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La auténtica mayoría en la Iglesia

En el mismo artículo de 1995 que citaba en la entrada anterior Ratzinger explica por qué Pablo VI hizo bien en escribir -contra el parecer de algunos miembros de la comisión que le aconsejaba- la encíclica Humanae Vitae, en 1968. Los argumentos del actual Papa son realmente interesantes:

"Una comisión, que da un parecer sobre la doctrina de la Iglesia, no debe en ningún caso representar la mayoría de los pareceres dominantes, sino la exigencia interior de la fe. La verdad no se decide por mayorías; el principio democrático termina frente a la cuestión de la verdad.

En la Iglesia, además, no cuenta sólo la sociedad actualmente presente. En ella los muertos no están muertos, porque en cuanto comunión de los santos va más allá de los confines del tiempo presente. El pasado no es pasado y el futuro, justamente por esto, es ya presente. Dicho con otras palabras: en la Iglesia no puede darse ninguna mayoría contra los santos, contra los grandes testigos de la fe que caracterizan toda la historia. Ellos pertenecen siempre al presente, y su voz no puede ser considerada minoritaria.

La responsabilidad ante la continuidad de la doctrina eclesial tenía, por eso, para Pablo VI una importancia mayor que una comisión de sesenta miembros, cuyo voto debía ciertamente tenerse en consideración, pero que no podía constituir la última instancia frente al peso de la tradición".

Joseph Ratzinger, 1995

La fe y el verdadero progreso

Interesante consideración del teólogo Ratzinger acerca de la fe como motor de verdadero progreso:

"La fe no es nunca una fórmula congelada del pasado, sino que representa siempre el verdadero progreso. Pues la fe va al encuentro de Cristo, que no es sólo el Alfa, sino también la Omega de la historia. Las obras de Cristo no van hacia atrás, sino hacia delante, dijo una vez San Buenaventura. La fe es siempre la auténtica novedad y tiene algo que decir en cada momento histórico; en cada época sabe hablar en su lengua. El milagro de Pentecostés no implica sólo la posibilidad sincrónica de las diversas lenguas y culturas de un periodo, sino también el milagro diacrónico, la fuerza de hablar en las lenguas de cualquier presente y futuro. Pero en tal desarrollo viviente permanece siempre la única fe en el único Señor".


Joseph Ratzinger, 1995

El trabajo a gusto

Gaudí era un genio, en todos los sentidos:

"Mal asunto cuando una ocupación se arrastra como trabajo forzado; compadezco a aquel que lo cumple por obligación... Una de las cosas más bellas de la vida es el trabajo a gusto".

Antonio Gaudí

martes, 16 de noviembre de 2010

De la idea a la obra

Escribe el autor de la Sagrada Familia:

"Un impulso, una fuerza debe acompañar toda idea para convertirla en obra".

Antonio Gaudí


La fuerza de Gaudí no era sólo su creatividad, sino la fe.

Espíritu y materia

Esta frase de Gaudí parecería banal, pero no lo es. Y sintetiza la obra de la Sagrada Familia:

"El espíritu domina la materia".

Antonio Gaudí

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los tres grandes libros de Gaudí

La cita anterior me recuerda lo que dijo el Papa de Gaudí en la misa celebrada en la Sagrada Familia de Barcelona:

"En este recinto Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia".

Homilía en la Sagrada Familia, 7 noviembre 2010.

Un canto a varias voces

La expresión "Palabra de Dios" ha de ser entendida en sentido analógico, dice Verbum Domini, ya que Dios se comunica de muchos modos, el único Verbo se expresa con varias voces:

"Se ha hablado justamente de una sinfonía de la Palabra, de una única Palabra que se expresa de diversos modos: un canto a varias voces.

...Si bien es cierto que en el centro de la revelación divina está el evento de Cristo, hay que reconocer también que la misma creación, el liber naturae, forma parte esencialmente de esta sinfonía a varias voces en que se expresa el único Verbo.

De modo semejante, confesamos que Dios ha comunicado su Palabra en la historia de la salvación, ha dejado oír su voz; con la potencia de su Espíritu, habló por los profetas.

La Palabra divina, por tanto, se expresa a lo largo de toda la historia de la salvación, y llega a su plenitud en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

Además, la palabra predicada por los apóstoles, obedeciendo al mandato de Jesús resucitado: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15), es Palabra de Dios.

Por tanto, la Palabra de Dios se transmite en la Tradición viva de la Iglesia".

Exhortación postsinodal Verbum Domini, 7

Dios habla y responde a nuestras cuestiones

Nos recuerda el Papa que hay algo esencial en la vida: hemos de...

"... redescubrir algo que corremos el peligro de dar por descontado en la vida cotidiana: el hecho de que Dios hable y responda a nuestras cuestiones".

Exhortación postsinodal Verbum Domini, 4

La prioridad más grande

Hace unos días se publicó la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Era un documento esperado desde hace dos años, cuando se celebró en Roma el Sínodo sobre la Palabra de Dios (2008). Ha merecido la pena la espera, pues el documento -amplio y profundo- contiene una preciosa síntesis sobre la Revelación y la Encarnación del Verbo. Recojo algunas afirmaciones:

"No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10)".

Exhortación postsinodal Verbum Domini, 2.

lunes, 11 de octubre de 2010

El poeta canta por todos

El poeta presta su voz a la multitud, canta el sentir común de la humanidad. Esa es su vocación: decir al hombre.

"Un único corazón te recorre, un único latido sube a tus ojos,
poderosamente invade tu cuerpo, levanta tu pecho,
te hace agitar las manos cuando ahora avanzas.
Y si te yergues un instante, si un instante levantas la voz,
yo sé bien lo que cantas.

Eso que desde todos los oscuros cuerpos casi infinitos
se ha unido y relampagueado,
que a través de cuerpos y almas se liberta de pronto en tu grito,
es la voz de los que te llevan, la voz verdadera y alzada
donde tú puedes escucharte, donde tú, con asombro, te reconoces.
La voz que por tu garganta, desde todos los corazones esparcidos,
se alza limpiamente en el aire.

Y para todos los oídos. Sí. Mírales cómo te oyen.
Se están escuchando a sí mismos.
Están escuchando una única voz que los canta. (...)

Y en la cumbre, con su grandeza, están todos ya cantando.
Y es tu voz la que les expresa. Tu voz colectiva y alzada.
Y un cielo de poderío, completamente existente,
hace ahora con majestad el eco entero del hombre".

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 65-67.

Búscate en los otros

"No es bueno que el hombre esté solo", dice en sus primeras páginas el libro de los orígenes, el Génesis. También lo señala el poeta.

"No es bueno quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere
calcáreamente imitar a la roca. (...)

Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate en los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos. (...)

Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!"

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 55-58.

domingo, 10 de octubre de 2010

El último amor

Largo poema de Vicente Aleixandre. El ser humano necesita amor. Si es rechazado desearía morir, desaparecer. ¿El último amor? Gracias a Dios hay Alguien que no nos rechaza, que nos amará siempre.

"Amor mío, amor mío.
Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.
Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir.
Acabamos de oír cerrarse la puerta.
Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz
se queja en la garganta.
Amor mío...

Cállate, vuelve sobre tus pasos. Cierra despacio
la puerta, si es que no quedó bien cerrada.
Regrésate.
Siéntate ahí, y descansa.
No, no oigas el ruido de la calle. No vuelve.
No puede volver.
Se ha marchado, y estás solo.
No levantes los ojos para mirarlo todo,
como si en todo aún estuviera.
Se está haciendo de noche.
Apóyate. Descansa.
Te envuelve dulcemente la oscuridad,
y lentamente te borra.
Todavía respiras. Duerme.
Duerme si puedes. Duerme poquito a poco,
deshaciéndote, desliéndote en la noche
que poco a poco te anega.

¿No oyes? No, ya no oyes. El puro
silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,
oh solitario.

¡Oh si yo pudiera hacer
que nunca más despertases!

Las palabras del abandono. Las de la amargura.

Yo mismo, sí, yo y no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás.
Daban el mismo sonido.
Las decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.
Pero no se las podía oír igual. Porque significan:
las palabras significan.
Ay, si las palabras fuesen sólo un suave sonido,
y cerrando los ojos se las pudiese escuchar en el sueño...

Yo las oí. Y su sonido final fue
como el de una llave que se cierra.
Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.
Volví, y me senté.
Silenciosamente cerré la puerta yo mismo.
Sin ruido. Y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
Y dije...

Pero no dije nada. Moví mis labios.
Suavemente, suavísimamente.
Y dibujé todavía
el último gesto, ese
que yo ya nunca repetiría.

Porque era el último amor. ¿No lo sabes?
Era el último. Duérmete. Calla.
Era el último amor...
Y es de noche".

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 39-43.

Delicada frontera

No sólo el hueso, también la delicada piel separa al amante del amado, como una preciosa pero terrible frontera inviolable.

"Cuán delicadamente beso despacio, despacísimo,
secretamente en tu piel
la delicada frontera que de mí te separa.

Piel preciosa, tibia, presentemente dulce,
invisiblemente cerrada...
... te siendo del otro lado, inasible, imposible, rehusada,
detrás de tu frontera preciosa, de tu mágica piel inviolable,
separada de mí por tu superficie delicada..."

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 17-18.

El triste hueso que rehusa el amor

Seguimos con Aleixandre. La carne parece comunicar las almas, trasmitiendo el amor, pero el duro hueso lo rehusa, como si sirviera a recordar el inevitable límite, la "zona triste del ser" que no alcanzamos, que sólo está patente a los ojos de Dios.

"Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso. (...)

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehusa
mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehusa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea..."

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 13-15.

Historia del corazón

Tras unos meses de silencio vuelvo a retomar el blog. No han faltado las lecturas, pero sí la calma para compartirlas. Ayer compré en la feria del libro de Alcalá "Historia del corazón" de Vicente Aleixandre, que recoge algunos de sus más bellos poemas sobre el amor. Permitidme que escoja algunos versos y os los vaya ofreciendo. Comencemos por la experiencia de la fugacidad, de la fragilidad del amor humano, que necesita ser salvado, redimido.

"Hermoso es el reino del amor,
pero triste es también. (...)

Nació el amante para la dicha,
para la eterna propagación del amor,
que de su corazón se expande
para verterse sin término
en el puro corazón de la amada entregada.

Pero la realidad de la vida,
la solicitación de las diarias horas,
la misma nube lejana, los sueños, el corto vuelo
inspirado del juvenil corazón que él ama,
todo conspira contra la perduración sin descanso
de la llama imposible. (...)

El amante sabe que pasa,
que el amor mismo pasa... (...)

Por eso el amante sabe
que su amada le ama
una hora, mientras otra hora sus ojos
leves discurren
en la nube falaz que pasa y se aleja. (...)

Y el amante la mira
con el infinito amor de lo que se sabe instantáneo.
Dulce es, acaso más dulce, más tristísimamente dulce,
verla en los brazos
en su efímera entrega.

Tuyo soy -dice el cuerpo armonioso-,
pero sólo un instante.
Mañana,
ahora mismo,
despierto de este beso y contemplo
el país, este río, esa rama, aquel pájaro...

Y el amante la mira
infinitamente pesaroso... (...)

Siempre leve, siempre aquí, siempre allí; siempre.
Como el vilano".

Vicente Aleixandre, Historia del corazón, Espasa-Calpe, Madrid 1954, 3ª ed., pp. 9-12.

domingo, 1 de agosto de 2010

Un Misterio que nos aferra en lo más hondo

Otra de un músico y director de orquesta, en este caso el italiano Riccardo Muti. En carta dirigida a don Giussani escribe:

"Querido monseñor Giussani, quisiera participar en la celebración de su 80 cumpleaños con mis felicitaciones. Y lo hago diciéndole sencillamente 'gracias' por lo que usted ha dado a la música, mostrándola a tantos jóvenes como la experiencia que en mayor medida nos comunica el Misterio, como camino para la búsqueda de la felicidad.

Es un Misterio que no tiene necesidad de palabras, que nos aferra en lo más hondo. ¿De dónde viene? En mí queda esta pregunta, y se la confío a usted, al tiempo que comparto con usted estos versos de Dante, tomados del canto XIV del Paraíso, que han marcado mi vida:

Y cual arpa y laúd, con tantas cuerdas
afinadas, resuenan dulcemente
aun para quien las notas no distingue,

tal de las luces que allí aparecieron
a aquella cruz un canto se adhería,
que arrebatome, aun no entendiendo el himno.

Suyo, con afecto".

Riccardo Muti

Los síntomas y las causas

Juicio muy acertado del músico y director de orquesta Daniel Barenboim, que se aplica a muchos fenómenos de nuestro tiempo:

"Una de las enfermedades de nuestra civilización es que vemos los síntomas sin ver las causas".

D. Barenboim

sábado, 17 de julio de 2010

Un centro en el que convergen todas las líneas

El final de mi último comentario me ha recordado esta cita de Máximo el Confesor, que reconoce en Cristo el centro, el foco al que todo tiende, en el que todo se reconcilia y se salva en su verdad:

"Así pues, Cristo es todo en todos, él que asume todo según su fuerza infinita y comunica a todos su bondad. Es como un centro en el que convergen todas las líneas. Y sucede que las criaturas del Dios único ya no sean más extrañas y enemigas unas de otras, por falta de un lugar común en el que puedan manifestar su amistad y su paz".

Máximo el Confesor, Mystagogia, I.

viernes, 16 de julio de 2010

Lo uno y lo otro (sobre la preferencia)

Es increíble cómo la mirada del filósofo, del pensador, toma pie en la realidad -en este caso las torres de la catedral de Sigüenza- para ahondar en la vida, en el corazón humano, en la aspiración que todos llevamos dentro:

"Esta indecisión a que me invita el par de torres bárbaras que ahora veo coronar el municipio seguntino es muy de mi sabor. Vivimos entre antítesis: la religión se opone a la ciencia, la virtud al placer, la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento... Alguien, al ponernos sobre el planeta, ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. ¡Un penoso destino! ¡Prolongada, insistente tragedia! Sí, tragedia: porque preferir supone reconocer ambos términos sometidos a elección como bienes, como valores positivos. Y aunque elijamos lo que nos parece mejor, siempre dejamos en nuestra apetencia un hueco que debió llenarse con aquel otro bien pospuesto.

Ahora bien, las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor; olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de lo uno y de lo otro: Religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra... Cierto que hasta ahora no se han resuelto las antítesis; pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.

La catedral de Sigüenza, toda oliveña y rosa a la hora de amanecer, parece sobre la tierra quebrada, tormentosa, un bajel secular que llega bogando hacia mí, trayéndome esta sugestión castiza en el viril de su tabernáculo...

La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada".

José Ortega y Gasset, Paisajes, Cegal 1983, p. 12-13.

* * *

Sí, el espíritu humano lo quiere todo, no desea renunciar a nada, a nada que sea hermoso, bueno, verdadero. Porque llevamos en nosotros la huella del Eterno, el sello de la Plenitud divina. En eso Ortega tiene razón, en eso ve bien. Yo quiero lo uno y lo otro. El cielo y la tierra. Esto es profundamente católico. Pero para ello -y en esto discrepo de Ortega- es necesario aprender a preferir, es decir, a reconocer lo más bello, lo más verdadero, lo mejor, y a anteponerlo, dándole espacio, dedicándole tiempo. Porque preferir no es renunciar (aunque a veces sea necesario aceptar la apariencia de renuncia, el sacrificio de una cierta distancia), sino amar, eligiendo -somos libres, siempre libres- lo que más corresponde, lo que más nos hace crecer. Quererlo todo sin aceptar un orden, una jerarquía, es condenarse al capricho, a la glotonería indiscriminada, a la saturación que a la postre hace perder el apetito. La preferencia es lo que nos hace poder amarlo todo, cada cosa en su orden, en su significado verdadero y en su relación con nuestro destino.

Amar el silencio es renunciar, en este momento, a la conversación, o al negocio humano. Amar a la mujer es renunciar, para siempre, al donjuanismo, al narcisismo. Amar la verdad es preferirla incluso más que a uno mismo, pues sólo así se alcanza sin engaños. Pero tiene razón Ortega en que las antítesis están llamadas a resolverse: la razón y la fe, la libertad y la gracia, lo humano y lo divino, el cuerpo y el alma. El cristianismo no es antitético, es -en todo caso- paradójico, pues afirma que para salvar la razón hace falta la fe, que para salvar la libertad hace falta la gracia, que para salvar lo humano hace falta lo divino, que para salvar -y gozar- el cuerpo hace falta el alma... y que para salvar el alma hace falta Dios.

Madurar es aprender a preferir, y comprobar que desde lo Preferido todo se ordena, todo se salva, nada se pierde. Pero esto sólo lo saben verdaderamente quienes han conocido a Cristo, en quien todas las líneas convergen, por Quien y para Quien todo fue hecho. Ojalá Ortega lo hubiera comprendido. Hubiera sido infinitamente más grande.