domingo, 6 de septiembre de 2009

Effetá, ábrete

Homilía del domingo 6 de septiembre de 2009 (XXIII del tiempo ordinario, ciclo B)

"La liturgia de la Palabra de este día nos habla de oídos que se abren, de lenguas que se destraban y ojos que se despegan. El profeta Isaías anunciaba en la primera lectura los tiempos del Mesías: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona... Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán..., la lengua del mudo cantará”.

Y en el Evangelio, en el capítulo séptimo de San Marcos, se narra la curación de un sordomudo. Llama la atención el modo en que Jesús realiza el milagro. Dice el texto evangélico que: “apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua” -¡no parece un gesto muy apropiado para estos tiempos, en los que estamos tan sensibilizados con la transmisión de la gripe!-. Jesús podría curar con sólo su palabra, pero quiere tocar al enfermo. Igual que Dios pudo crear en el origen nuestro universo con sola su Palabra, pero no desdeñó usar sus manos -el Hijo y el Espíritu- para modelar al hombre del barro de la tierra. Es decir, Dios nos creó y Cristo nos recrea. Hay en la curación de este sordomudo un gusto a nueva creación. Necesitamos que Cristo nos toque y libere nuestros sentidos.

Dice el Evangelio: “... y mirando al cielo suspiró y le dijo: Effetá, ábrete”. Effetá, esta palabra evoca inmediatamente uno de los ritos del Bautismo, que desgraciadamente desde hace unos años no siempre se realiza en la administración del sacramento. El sacerdote, tras haber ungido y haber bautizado a la criatura, toca con su dedo pulgar los oídos y la boca del niño mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén”.

Este rito bautismal, llamado exactamente Effetá, indica uno de los efectos en nosotros del bautismo, es decir, de la gracia de Cristo: nuestros oídos, nuestra inteligencia, se abren para que podamos escuchar y comprender la voz de Dios. Y nuestra boca, nuestra lengua, recibe el poder de proclamar las maravillas de Dios. Cristo toca nuestra vida para que no seamos sordos y mudos, para que no seamos irracionales como caballos y mulos -la imagen no es mía sino de la Sagrada Escritura-, para que podamos alabar y dar gloria a Dios Padre.

Si los cristianos no oímos la voz de Dios, decidme, ¿de qué vamos a vivir? ¿Qué va a llenar nuestros pensamientos, en qué vamos a soñar, qué vamos a desear? Seremos esclavos de un mundo finito, cerrado sobre sí mismo, asfixiante. Si nuestros oídos no están abiertos, por la gracia de Dios, sólo retumbarán en nuestras cabezas nuestros propios temores, nuestros miedos, nuestras pesadillas, una y otra vez repetidas. ¿No es así, hermanos, muchas veces en nuestra vida?

Y si nuestros labios no se abren a la alabanza, si no cantan las maravillas de Dios, ¿para qué sirven? ¿Para una cháchara vacía, superficial, inútil? ¡Cuántas palabras se emiten todos los días que no valen nada, que tan pronto como se pronuncian caen en la nada, pues no han pasado -adquiriendo calor y verdad humanas- por la mente y el corazón! La tradición cristiana ha invitado siempre a velar sobre nuestros sentidos, comparando al ser humano con una fortaleza en la que no debe entrar el enemigo. Los centinelas son los sentidos, los ojos, los oídos... No todo nos conviene, hermanos. Hemos de elegir, hemos de preferir ver y escuchar aquello que es noble, que es verdadero, que es bueno. Y también debemos velar sobre lo que sale de nuestros labios, pues podemos hacer mucho mal con nuestros comentarios, con nuestros juicios sin piedad... Effetá, ábrete al bien, a la verdad, a la belleza que Dios continuamente crea.

Pero para oír la Palabra no basta tener los oídos abiertos. Hace falta que se proclame la Palabra. Para ver cosas grandes no basta tener ojos que ven, es necesario estar ante cosas grandes, volver nuestros ojos a la Presencia de Cristo Resucitado. Nuestro problema, hermanos, es que casi siempre separamos las palabras cristianas de los hechos que manifiestan su verdad. Pero como dice uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II la Revelación, es decir, la comunicación de Dios a los hombres, se produce por “hechos y palabras intrínsecamente unidos”. Y San Agustín decía: “en nuestras manos están los códices -es decir, la sagrada escritura-, en nuestros ojos los hechos”. No podemos reducir el cristianismo a palabras, aunque sean palabras de la tradición cristiana. Necesitamos ver hechos, es decir, necesitamos testigos.

Pablo VI dijo en una ocasión que “el hombre de hoy escucha con más gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”. Tenemos necesidad de testigos, más que de maestros. Porque podemos escuchar con gusto a un maestro, pero luego ser incapaces de poner en práctica sus enseñanzas. Sin embargo el testigo nos mueve, porque nos conmueve.

El domingo pasado os proponía dos testimonios, el de la mujer curada milagrosamente en Lourdes y el de una mujer ecuatoriana cuya vida triste y dramática había cambiado gracias al encuentro con la Iglesia. Hoy quiero proponeros un testimonio más cercano, el de una joven que durante cuatro años ha participado de la vida de nuestra parroquia. Sofía, estudiante de medicina, a la que muchos de vosotros conocéis, el pasado viernes en la oración de jóvenes en el oratorio de San Felipe Neri anunciaba su próxima entrada en un Monasterio de Clarisas. Os leo solamente dos párrafos del testimonio que ella ha escrito:

“Mi vida ha sido de lo más normal. Hasta el paso a la Universidad yo he vivido junto a mis padres y hermanas en Manzanares (Ciudad Real). Fui a un colegio de religiosas. He crecido en un ambiente cristiano, no sólo en el colegio sino, sobre todo, en mi casa. Recuerdo que con 13 años ya tenía claro que mi vida era para entregarla a Dios, y mi mayor deseo era poder dedicarme a ayudar a los pobres de África. Y fue precisamente por este deseo por el que años después comencé la carrera de Medicina en Alcalá de Henares. Ahora tengo 22 años. Hace unos meses terminé 4º de Medicina y, si Dios quiere, el próximo 4 de octubre haré mi entrada en el Monasterio de Clarisas de la Aguilera, donde hace dos años -cosas del Misterio- entró mi hermana gemela, Estefanía.

A lo largo de todos estos años Dios me ha ido poniendo delante circunstancias y personas muy concretas a través de las cuales he ido conociendo Quién es Cristo. Para mí Cristo no es una idea o un pensamiento, y la fe no es un bonito sentimiento. Para mí Cristo es una Persona, real y presente, aquí y ahora, y la fe es ese gran Don que se nos concede dentro de la Iglesia y que nos permite conocer, reconocer tal Presencia. Realmente no hay que ir a ningún sitio en especial, no hay que salir de la realidad en la que cada uno vive, donde se le puede reconocer, donde se le puede encontrar. Ha sido a través de testigos, a través de testimonios de vida que me han remitido a Otro.

Y es que podemos pasar por encima de la vida como el surfista pasa por encima de las olas, sin preguntarnos, sin estremecernos, sin conmovernos ante hechos que ven nuestros ojos. Podemos pasar por la vida sin juzgar la realidad que vivimos, sin ir hasta el fondo... Yo simplemente he mirado a mi alrededor y he encontrado a personas que viven de una forma distinta. Todos conocemos tales personas que nos llaman la atención porque tienen ese “algo especial”, como solemos decir con frecuencia... personas ante cuyas vidas me he preguntado por qué viven así o Quién hace posible que vivan así. También ante la persona de Jesús se preguntaban “¿quién es éste?, porque no era como los demás. Y lo que he encontrado en estas personas ha sido a Cristo”.

Termino: “Éste es mi deseo -dice Sofía-, que todos conozcan a Cristo... Mi vida por Cristo y desde Él, y a través de la oración, por todos vosotros, por toda la humanidad. Es desde la oración el modo en el que puedo llegar a todos abrazaros a todos”. Hermanos, que Cristo nos abra los ojos y el corazón para dejarnos conmover por testimonios como éste".

Juan Miguel Prim

lunes, 31 de agosto de 2009

Llamados a vivir

Leo una frase de Pasternak, escritor ruso autor de la famosa obra Doctor Zivago. La fe en Cristo es también para esta vida, no sólo para la vida eterna, por eso urge comunicarla:

“Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida".

Boris Pasternak

La resurrección dentro de la historia

Sigue hablando Mons. Scola, Patriarca de Venecia. La fe es para esta vida, para comenzar a experimentar la resurrección:

"A lo largo de dos mil años, desde el inicio del cristianismo, se han sedimentado equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro y triste, sufrido en vista al rescate en un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro: si fuese esta la propuesta del Dios de Jesucristo, sería inaceptable.

Un grave signo de la actual desorientación de la conciencia cristiana es el equívoco, difundido también en parte del mundo católico, que reduce la gracia de la fe a la pura gracia de la salvación. Dios Padre, en el abismo de su misericordia, dará la salvación también a los habitantes de Tamil Nadu que, aun no habiendo oído hablar nunca de Jesús, se comporten según su conciencia. No es para eso para lo que el Señor fundó su Iglesia; no es para eso para lo que existen los cristianos y el bautismo.

La gracia de la fe -que implica la salvación, pero no se limita a ella- se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí".

Angelo Scola, Gesù Destino dell'uomo, San Paolo, Milán 1999, pp. 59, 65, 66.

domingo, 30 de agosto de 2009

El culto verdadero

Homilía del domingo 30 de agosto de 2009 (XXII del tiempo ordinario, ciclo B)

"Queridos fieles de Cristo: asistimos hoy en el Evangelio a la indignación de Cristo ante la actitud de los fariseos, que se escandalizan de que los discípulos de Jesús coman sin lavarse las manos, y les llama hipócritas: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. “El culto que me dan está vacío”. Las palabras de Jesús también nos juzgan a nosotros. ¿Cómo es nuestro culto? ¿Honramos al Señor de corazón y no sólo con los labios, externamente? No es lo que entra de fuera, sino lo que sale del corazón lo que hace puro o impuro al hombre, dice hoy Jesús.

Pero, ¿cómo tener un corazón puro? Viviendo con Cristo, participando de la vida de la Iglesia, purificándonos constantemente gracias al testimonio de los hermanos.

En la primera lectura escuchamos a Moisés dirigiéndose al pueblo de Israel, hablándoles de los mandatos recibidos de Dios en el Sinaí. Moisés dice: “Escucha, Israel”. Esta es la primera invitación: “Escucha” (Shemá). Igual que acudimos al templo llamados por las campanas de la Catedral, así estamos hoy aquí para escuchar la voz del Señor, para escuchar su propuesta de vida.

“Escucha, Israel, los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar”.

Los mandamientos de Dios son para la vida, pero... atención... no sólo para la vida eterna, para la vida después de la muerte, sino para esta vida, para el camino de esta vida. El escritor ruso ortodoxo Boris Pasternak decía: “Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida”. “Así viviréis -dice Moisés- y entraréis a tomar posesión de la tierra que Dios os va a dar”. La promesa de una vida conforme al designio de Dios es ya para esta vida, para tomar posesión de esta tierra, para vivir bien los días de nuestra vida.

El patriarca de Venecia, Monseñor Scola, en una entrevista reciente decía que a lo largo de dos mil años de cristianismo se han producido a veces equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá -entre el cielo y esta vida- una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro, triste, sufrido como condición para un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro. Pero no es este el evangelio de Jesucristo.

La gracia de Cristo no se reduce a la gracia de la salvación en el más allá, pues Dios en su infinita misericordia y por medio de los méritos de Cristo, podrá salvar también -como recuerda el Concilio Vaticano II- a aquellos que no habiendo podido conocer a Cristo hayan vivido bien, rectamente, conforme a su conciencia.

Cristo no fundó la Iglesia sólo para la salvación eterna, sino para la salvación integral del ser humano, ya en esta vida. Cristo entró en el más acá, caminó por los caminos de nuestra tierra, se hizo amigo de los hombres, comió y bebió, amó y sufrió, murió y resucitó.

La gracia de la fe, cuya plenitud es -desde luego- la salvación eterna, se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí.

Por eso Moisés podía decir al pueblo de Israel: “Poned por obra los preceptos del Señor, ya que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente. Pues, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? ¿Y cuál es la gran nación cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?” Si Moisés, en el Antiguo Testamento, podía decir esto, qué no podremos decir nosotros, que hemos conocido a Cristo, que vivimos en la Iglesia.

El apóstol Santiago expresa la novedad de la vida cristiana en la segunda lectura: Dios nos engendró “para que seamos como la primicia de sus criaturas”. Fijaos, la primicia es el primer fruto, la primera realización, quizá imperfecta, mejorable, pero realización al fin y al cabo. Los cristianos somos la primicia de la creación de Dios, el inicio de una creación renovada. “Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros”. Hay un poder de salvación en nuestra fe. Es capaz de salvarnos. Pero es necesario vivirla, aceptar el desafío de la fe. “No os limitéis a escucharla”, dice Santiago, “engañándoos a vosotros mismos”. Por eso nos juntamos cada domingo, para eso existen las parroquias, para esto existe la Iglesia, para verificar el poder de salvación de la fe.

Hay muchos testimonios de este poder de salvación. Y no hablo sólo de los milagros en sentido estricto, como el que parece que se ha realizado en Lourdes este verano, en la persona de una mujer italiana curada de una esclerosis lateral amiotrófica. Esta mujer decía: “En Lourdes, yo no pedí un milagro. Yo recé a la Virgen para que me diera la fuerza de vivir con dignidad cada instante que me quedaba". Este es el milagro que muchos enfermos obtienen en Lourdes: aceptar su enfermedad y vivirla con dignidad, evitando la tentación de la muerte. Y además hay milagros excepcionales, para que creamos en el poder de Dios, en el poder de la fe.

Os cuento otro testimonio que he tenido ocasión de escuchar este verano: una mujer ecuatoriana, Amparo Espinosa, que trabaja en la actualidad como educadora en un proyecto que ayuda a más de 1500 niños y familias pobres, contaba su historia: Estaba enfadada con Dios. Había sido abandonada por mi marido por segunda vez y se me acababa de morir mi primera hija. ¿Qué quiere de mí el Señor, si yo no soy mala?, se preguntaba. ¿Por qué me pasan estas cosas? No quiero llorar más, ponme donde quieras, pero de manera que pueda ser útil a otros. Por desgracia, también su tercer hijo murió, a causa de una cardiopatía congénita.

¿Qué le ha cambiado la vida? El encuentro con cristianos, que le acompañaron en su dolor y le ofrecieron un lugar donde ayudar a otros. Primero las religiosas del colegio donde estudiaba su segunda hija y luego los miembros de un proyecto de cooperación internacional que le ofrecieron trabajo. Y ahora, ella, que ha pasado por el terrible dolor de ver morir a dos hijos, acompaña a madres en situación de pobreza para que puedan educar y alimentar a sus hijos.
Dios me ha acompañado a través de los rostros que me ha puesto delante, dice. Ya no estoy sola, he encontrado un sentido a mi sufrimiento. Dios está cerca de nosotros. Acojámoslo".

Juan Miguel Prim

Signos visibles que anticipan el Paraíso

En una reciente publicación que recoge conversaciones con el actual Patriarca de Venecia, Mons. Angelo Scola, encontramos estas esperanzadoras palabras:

"Tras la muerte no habrá un salto en la oscuridad. No es que nosotros, aquí en la tierra, estemos viviendo una existencia que sigue su propio ritmo marcado por la finitud y la herida del pecado y que, si nos comportamos bien ahora, recibiremos en el más allá un premio extraordinario e inimaginable. ¡No! ¡Es imaginable, porque es ya visible! Del Reino que se realizará plenamente en el Paraíso nosotros ya conocemos cuanto Jesús ha querido revelarnos para permitirnos desearlo, aspirar a él, perseguirlo: tenemos signos que anticipan el destino que nos aguarda. El Paraíso no es un puro futurible, totalmente ignoto".

Angelo Scola, Il Padre nostro, Cantagalli, Siena 2009, p. 11-12.

martes, 7 de julio de 2009

La fe estaba viva y lo penetraba todo

Tras su experiencia en el Monasterio, van der Meer y su mujer viajan por Italia. Allí descubren un arte espléndido nacido de la fe cristiana, y se sorprenden por la unidad de vida de los hombres que lo generaron:

"Me es imposible separar el presente del pasado, mi imaginación ve la vida de siglos atrás como una realidad, y me siento contemporáneo del Giotto, de Dante; me represento entre la jubilosa multitud que acompaña a la Madonna del Cimabue desde el taller de éste hasta Santa María Novella; asisto a las fiestas, participo en la lucha siempre exaltada entre güelfos y gibelinos; esos siglos idos están para mí más vivientes que todo el ruido vano de hoy. ¡Qué vehemencia magnífica, qué estilo, qué ardiente belleza descubro en ellos!

Los hombres de nuestra época con sus blandas costumbres y el tonto orgullo de su universalidad y de su "amplia comprensión", si los comparo con esas almas simples pero ¡cuán luminosas! de la Edad Media, se me aparecen como tristes sombras, como pobres y tímidos fantasmas. ¡A qué miseria quedamos reducidos, con nuestro eclecticismo presuntuoso, cuando pensamos en el robusto fervor de esos seres, en su actividad apasionada tanto en el bien como en el mal! Había grandeza en las buenas acciones y hasta en los crímenes. y además, por sobre el tumulto salvaje de esos siglos formidables, siento siempre el pensamiento de Dios, ya oculto, ya ardiente, pero siempre activo y quemante. A pesar de las discordias y de los desgarramientos, había una unidad; porque la fe estaba viva y lo penetraba todo; el arte estaba totalmente animado e impulsado por ella. Los hombres creían, conocían a Jesús y sabían por qué vino a este mundo; honraban a María y a los Santos, y cada hecho de, sus Vidas, cada leyenda, narrada con palabras o con imágenes, era para sus almas un trampolín espiritual para subir hasta Dios. En ciertos momentos sus corazones palpitaban de dolor, de amor y de la más intensa compasión por el Hijo de Dios que había dado su sangre y que se había dejado clavar en la Cruz por ellos. Se sabían dueños de un alma, creada a imagen de Dios, y cuyo último fin es el de contemplarle por toda la eternidad en el Paraíso celestial.

En la construcción de sus iglesias, en los frescos, en los himnos y en los cuadros, en la música y en los más bellos cuentos y leyendas, en todo el arte medieval, ¡con cuánta fuerza repercute ese deseo, esa gloriosa nostalgia! No puedo saciarme de contemplar los primitivos que veo por primera vez, Cimabue, el Giotto, Orcagna y otros. Encuentro en su arte una concepción más vasta, una aspiración más profunda, más mística que en el de nuestros primitivos del Norte. Me obligan a pensar que los acontecimientos han sucedido tal como ellos los representan, su sueño se me convierte en realidad. Su piedad intensa, sencilla, fuerte, me conmueve hasta las lágrimas. Mi espíritu es transportado muy lejos por este arte; él me hace presentir cosas que me es imposible nombrar, me abre un mundo que no puedo expresar, y algo análogo me ocurre con la liturgia de la Iglesia".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 70-71.

lunes, 6 de julio de 2009

Debes estar a la espera

Pero la fe se impone sobre las dudas e incertidumbres. En el silencio de la noche se le concede al autor de Nostalgia de Dios ver el mundo y a los hombres como los ve Dios, y se le invita a esperar con confianza:

"Noche y silencio. Después, clara como si fuese de plata, suena la campana de la iglesia. Contra los ventanales se acoda la noche. Respiro el silencio. Por un ventanuco veo las estrellas lejanas, inaccesibles; esta noche brillan en forma extraña en las profundidades del cielo... Entre la sillería del coro hay algunas lámparas encendidas, pero las bóvedas y el fondo de la capilla donde están los hermanos se hunden en la penumbra...

El mundo duerme, y aquí, delante mío, en este espacio débilmente iluminado hay hombres que velan, cantan y oran. ¿Soy yo el que se equivoca? ¿Son ellos los locos? El canto sonoro y monótono de los salmos transporta mi alma... Me es imposible expresar lo que siento; es nostalgia y es felicidad, y otras cosas completamente distintas. Palpo un mundo que no está en ninguna parte; comprendo cosas que no puedo nombrar.

De pronto la música me abandona; y entonces caigo y yazgo perdido, como despojo en una costa desierta. En torno mío el silencio está de rodillas, con millares de manos extendidas y millares de bocas que oran. Al mismo tiempo contemplo las ciudades del mundo en la noche, veo rondar la miseria, el sufrimiento y los pecados por los caminos y por las habitaciones de los hombres. Escucho el lamento de los desdichados y veo también los claustros y se me figuran haces de luz purísima en la desesperante noche. Son las bocas de la humanidad que expresan lo que hay de más bello y de más profundo en el mundo; son como montañas que realizan el anhelo de los valles...

He entrevisto un abismo en las alturas, como un vórtice luminoso que me enceguecía. Ahora pienso en la fe, y comprendo que es necesario apartar de nuestro espíritu la duda y las vanas preguntas. Me parece escuchar una voz que me dice: Conserva puros tus pensamientos y estate siempre alerta. Porque el Espíritu puede venir tanto en el momento más negro de tu desesperación como cuando te encuentres en la cúspide de tu felicidad. Él sabe cuándo puede entrar en tu corazón. Debes estar a la espera".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 67-68.

El orden, la paz... y la muerte

Tras haber asistido al rezo de Maitines con los monjes -en plena noche- van der Meer regresa a su celda y se pregunta por el sentido de lo que acaba de vivir:

"Estoy solo, me siento en una silla, quisiera reflexionar. La vida me parece incomprensible. Si Dios no existe, si Él no es más que la invención del deseo del hombre, una visión que le ha sido sugerida por la desesperación que le provoca su espantosa soledad, entonces, ¿no es acaso una locura, un crimen, encerrarse así, privarse voluntariamente de los goces y de las bellezas de la vida, y dedicarse a adorar y a exaltar una cosa inexistente?

Pero, sin embargo, aquí siento el orden y la paz; la atención está dirigida hacia el alma, hacia lo que es interior, hacia lo eterno. Y la vida, la pretendida vida que nos tiene asidos a mí y a casi todos los hombres, y que nos empuja a ciegas, es una fuerza caótica; vivimos para las cosas exteriores, para saciar todos nuestros deseos; nos contentamos con lo transitorio. Buscamos aturdirnos, porque en el fondo tenemos miedo, porque al final de todas las aventuras está la muerte. Tengo fiebre, pienso en mi propia vida, en las estrellas, en la belleza, en los monjes que, muy cerca mío, descansan al otro lado del muro; pienso en el poder de la fe y luego en la duda que todo lo destruye. No encuentro un sostén en parte alguna, todo escapa a mi comprensión, hasta que surge en mi cerebro este pensamiento: la única certidumbre es la muerte. Y con nueva fuerza me abruman todos los misterios".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 66.

Música que revela una presencia muy dulce

Van der Meer es invitado por un amigo a pasar unos días en un Monasterio trapense. Junto al silencio le conmueve el canto litúrgico en el que participa por primera vez:

"Yo escuchaba inmóvil. Todo era tan nuevo, tan absolutamente desconocido para mí. Jamás hubiera creído posible que existiesen aún en nuestros días hombres que consagran su vida íntegra a la oración y al culto de un Dios.

De pronto se entonaron los Salmos. El canto de los versículos salmodiados ondulaba como las olas poderosas y sonoras del mar; mi alma se sentía arrastrada por el oleaje de ese coro de voces masculinas, hacia un inmenso espacio luminoso. Escuchaba, escuchaba con todo mi ser... cuando después de un breve silencio una voz entonó la Salve. Me estremezco, me arrebujo en mi emoción. Esa magnífica antífona, esa plegaria cantada, sube y baja siguiendo un ritmo grandioso muy sencillo y muy grave. Me impresiona la ausencia de pasión, de sensualidad, en esa maravillosa música; ella no despierta en mí la inquietud ni todas las angustias que en mí se albergan; me hace un bien inmenso, me cura. Sus notas giran como un vuelo de pájaros gloriosos. Y sin embargo, ¡qué gravedad, qué indecible nostalgia vibra en ella! Música que revela una presencia muy fuerte y muy dulce, y lleva en sí un evidente resplandor de la divina luz".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 65.

Aquel viernes en el Gólgota

La atracción del catolicismo, decía en el texto anterior; y ahora la percepción del acontecimiento único de la Pasión y Muerte de Cristo. ¡No estás lejos del Reino de los Cielos!:

"En la Vulgata que poseo desde hace algún tiempo he leído la Pasión según San Lucas. No sé ni cómo ni por qué, pero el incomprensible acontecimiento de aquel Viernes en el Gólgota se me apareció como el centro, como el eje de la eternidad. Presentía como por inspiración que en el Gólgota, en el espacio entre la hora sexta y la hora nona -mientras que las tinieblas cubren toda la tierra-, se encuentra la luz que aclara todos los misterios a quienes recibieron el don de ver. El universo fue creado con el fin de que se pudiera realizar aquel acontecimiento único: la Crucifixión y Muerte del Hombre-Dios. Verdaderamente la Biblia es un libro extraordinario".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 61.

Visitando Notre-Dame de París

Van der Meer visita la Catedral de París. Como les ha pasado a tantas personas a lo largo de la historia, la Catedral -obra de la fe de un pueblo erigida para Dios- le sobrecoge. He aquí sus reflexiones:

"Ayer al mediodía fui solo a Notre-Dame; vagué durante horas por la iglesia, admirando el contorno del coro con sus hermosas imágenes, los viejos vitrales, la bóveda, y luego me senté en un lugar de donde podía ver la lamparilla que arde ante el altar y que para los fieles significa que Jesús está allí... La iglesia estaba casi desierta. Desde las altas bóvedas donde se concentraba la sombra, descendía una deliciosa paz sobre mi alma inquieta. En mí se sucedían innumerables pensamientos e imágenes. Miraba la luz entre las columnas y los arcos ojivales que se juntan como manos en oración; mis ojos reflejaban el incendio del rosetón y de los vitrales. Mi alma se estremecía hasta lo más hondo, con todos los ensueños y deseos a los que no puedo darles un nombre, y que me causan tristeza y alegría.

Lo que me llama singularmente la atención es que cada forma es la vestidura de un pensamiento. Comprendo la coherencia interior, el lazo entre la belleza visible y el mundo espiritual. El creyente, para quien cada forma es el símbolo de una realidad viviente, tiene que sentir una fuerte impresión ante una iglesia como ésta; en cuanto a mí, me siento conmovido hasta lo más hondo del ser, y pienso en la fe católica que tan poderosamente ha animado el arte gótico. Admiro al catolicismo, desearía conocerlo mejor".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 52.

Algo más bello que nuestro mismo amor

El hombre se justifica a sí mismo con pasmosa facilidad, y cuanto más inteligente es, más fácilmente puede mentirse a sí mismo con razones adaptadas a su propio temperamento o trayectoria vital. Pero sólo puede hacerlo al precio de reducir su deseo: las últimas líneas de este texto desvelan la posición auténtica del corazón humano, la estatura de nuestro verdadero deseo:

"Mis camaradas y amigos, como la generalidad de los hombres, se han fabricado -cuando no son miembros de alguna secta- una especie de sistema filosófico que cuidan de poner en perfecta armonía con su propio temperamento; y de esa manera tienen siempre preparados uno o muchos argumentos para explicar y defender cualquier mala acción. Uno pretende esto; otro, aquello; un tercero tiene opiniones diametralmente opuestas a las del primero; otro zigzaguea hábilmente entre todas las dificultades, y logra que su alma tranquila se pasee por la ancha senda del justo medio. Pero yo nada hago; sigo viviendo, y espero junto con Cristina la llegada de algo que será más bello que nuestro mismo amor, y que debe ser eterno".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 48.

lunes, 29 de junio de 2009

El tesoro más bello y sagrado del hombre

Denuncia van der Meer la actitud provocativa -tan de moda- de quienes con sarcástica ironía juegan con las cosas más valiosas del ser humano, sus ideales, sus deseos... Pero, ¿a quién provocan en verdad? En realidad lo que hacen es poner de manifiesto su impotencia: como no alcanzan las uvas dicen que están verdes...

"Ese autor lo contempla todo con esa actitud tan moderna de espíritu que es la ironía, o sea, burlarse dolorosamente de sí mismo y de todas las cosas, con una sonrisa escéptica y triste. Él se crea un ensueño, pero al instante sonríe con sarcasmo finamente atroz, y destroza su ensueño entre sus dedos temblorosos, como si fuese una copa de fino cristal. Altivo, provocador -pero, ¿a quién provoca?-, se ríe de todos los ideales, no cree en nada; mas no logra ser feliz al jugar con las cosas que son el tesoro más bello y sagrado del hombre, y al destruirlas como objetos viles y sin valor. Ese juego doloroso, esa miseria, esa impotencia, exasperan en uno la nostalgia espiritual..."

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 47.

domingo, 28 de junio de 2009

Siento en mí ambas posibilidades

Cita van der Meer una conversación acerca del bien y del mal. Hay quien rechaza cualquier valoración moral de los actos humanos, proponiendo únicamente la búsqueda de la satisfacción individual:

"Hay que burlarse de todo y de todo el mundo, y para conquistar algo que haga la vida digna de ser vivida -aunque sea por unos instantes- obrar con cinismo y hasta con crueldad.

Es extraño que puedan pensarse semejantes paradojas, y es aún más extraño y aterrador que tales teorías nihilistas sean puestas en práctica por ciertos individuos que no retroceden ante ninguna consecuencia, mientras hay otros hombres absorbidos enteramente por el amor de Dios. En mí siento ambas posibilidades".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, pp. 46-47.

Dios no creó la muerte

A propósito de la cita anterior sale a nuestro encuentro la primera lectura de la misa de este domingo. ¡Qué afirmación tan neta y tan decisiva! Dios no es cruel con sus criaturas:

"Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella".

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24.

¿Verdad o espejismo?

Nueva cita de Nostalgia de Dios. Ha muerto el padre de Marta, la mujer de Pieter van der Meer, autor del diario. Anota éste:

"Esta noche ha muerto repentinamente el padre de Marta... No puedo desprenderme de la visión de ese muerto. Se había acostado como todas las noches. Mientras dormía se dio vuelta en la cama, suspiró profundamente y murió. Entonces, ¿qué significa esta vida a cuyo final se encuentra el inmenso abismo negro donde unos después de otros van cayendo lo hombres, como pesadas piedras, para desaparecer por siempre?

Si el alma no es inmortal, ¡es realmente un absurdo tomar la vida en serio! ¡Oh, poseer la indestructible certidumbre de la fe!

Pero, ¿acaso no son las religiones sueños hermosos, mentiras consoladoras, con los que nos deslumbramos por temor de la atroz realidad, a los que nos aferramos frente a la terrible noticia de la muerte? ¿Contienen la verdad o sólo se trata de un espejismo? Estos enigmas me obsesionan. ¿Dónde podré encontrar la verdad?"

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 45.

Demasiado pequeño para mi alma

Hace mucho que no cito el libro Nostalgia de Dios, de van der Meer. Ahora que tengo un poco más de tiempo me propongo transcribir nuvos párrafos. Recordemos que en esta obra el autor narra el itinerario de su conversión, de su encuentro con Cristo gracias a testigos cristianos. Sus páginas son sinceras, profundas, literariamente bellas. Antes de su adhesión a la Iglesia lo que llena su alma es una indecible nostalgia:

"Es de noche a bordo. El mar es una masa oscura aparte del halo luminoso que rodea al navío. Éste avanza tranquilo y seguro hacia el puerto lejano. Mis ojos escrutan los horizontes de la noche impenetrable. Pero no me sacia el espectáculo del espacio; mi alma se sofoca en los límites de lo visible, y yo quisiera impulsarla más allá del mundo real, pero ignoro el camino. Ella no tiende ni hacia las estrellas, ni hacia las profundidades del mar; todo eso tiene una medida, y es, por lo tanto, demasiado pequeño para mi alma. La siento en mí más grande que el vasto mundo; no la sacia ni todo lo que ven mis ojos, ni todo lo que conoce mi inteligencia. Solloza en mi interior con indecible nostalgia".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 38.

domingo, 14 de junio de 2009

De nosotros depende...

Corpus Christi. Eucaristía e Iglesia. Nosotros, que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, somos su Cuerpo en la historia, su Presencia. Es un milagro, como escribía Péguy:

«Milagro de milagros, hija mía, misterio de misterios.
Porque Jesucristo se hizo nuestro hermano carnal
Porque pronunció temporal y carnalmente las palabras eternas
In monte, en la montaña,
Se nos ha dado a nosotros débiles,
Depende de nosotros, débiles y carnales,
El hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo
Esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo.
Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio,
Ese privilegio increíble, exorbitante,
De conservar vivas las palabras de vida,
De alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón
Estas palabras que sin nosotros caerían descarnadas.
[...]
Oh miseria, oh dicha, de nosotros depende,
Temblor de gozo,
Nosotros que no somos nada, que pasamos en la tierra unos años de nada,
Unos pobres años miserables,
(Nosotros almas inmortales),
Oh riesgo, peligro de muerte, estamos encargados,
Nosotros que no podemos nada, que no somos nada,
que no estamos seguros del mañana,
Ni del hoy mismo, que nacemos y morimos como criaturas de un día,
Que pasamos como mercenarios,
Precisamente nosotros estamos encargados,
Nosotros que en la mañana no estamos seguros de la tarde,
Ni aún del mediodía,
Y que en la tarde no estamos seguro de la mañana,
De mañana en la mañana,
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados, sólo de nosotros depende
El asegurar a las Palabras una segunda eternidad
Eterna.
Una perpetuidad singular.
Nos corresponde, de nosotros depende asegurar las palabras
Una perpetuidad eterna, una perpetuidad carnal,
Una perpetuidad alimentada de carne, de grasa y de sangre.
Nosotros que no somos nada, que no duramos,
Que no duramos por así decir nada
(Sobre la tierra)
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados
de conservar y de alimentar eternas
En la tierra
Las palabras dichas, la palabra de Dios».

Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid 1989, pp. 78-80.

sábado, 6 de junio de 2009

Himno a la Trinidad

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

Primeras vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Trinidad e Iglesia

Interesante afirmación de Tertuliano, autor eclesiástico africano, que vivió entre el siglo II y III. La Iglesia es el cuerpo de la Trinidad, su realización histórica, contingente pero real:

"Pues allí donde hay tres, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres".

Tertuliano, De baptismo, VI, 2.

es el cuerpo de los tres»6.