Un buen amigo me ha enviado este hermoso texto sobre la Resurrección de Cristo del escritor -filósofo, matemático y religioso- ruso Pavel Florenski (1882-1937). Sobran los comentarios:
“La belleza de la naturaleza no ha vencido a la muerte, no ha hecho más que volverla más horrible, vistiéndola con hábitos elegantes. La nobleza del espíritu no ha vencido a la muerte, aunque el espíritu inmortal haya escapado de lo Inexorable, retirándose a regiones que para ella eran inaccesibles. Y cuando parecía que toda batalla fuese vana el Amor ha entrado en el reino de la muerte: y el punzón de la depredadora se ha desplazado contra su escudo (...)
El mismo ha descendido a nuestra carne lívida. La materia se ha divinizado, en el cuerpo de Cristo se ha vuelto radiante, de una belleza inmutable (...) Ahora la belleza no es vana, porque la criatura ha sido liberada de la corrupción; ahora tampoco el amor es vano, porque el amado no perece sin dejar huellas. No es vana nuestra fe, ni las empresas ascéticas del espíritu, porque Cristo ha resucitado.
En el confuso fluir de los eventos se ha encontrado un centro, ha sido descubierto un centro de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato habría tenido razón con su pregunta llena de desprecio: ¿Qué es la verdad? Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, las cosas más preciosas se habrían convertido irremediablemente en cenizas, la belleza habría perecido para siempre. Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, el puente entre el cielo y la tierra se hubiese derrumbado para siempre. Y habríamos perdido ambas cosas, porque no habríamos conocido el cielo y no habríamos podido defendernos de la liquidación de la tierra. Pero ha resucitado aquél ante el cual somos eternamente culpables (...) La muerte que todo lo devora ha sido aniquilada por la inmortalidad. La verdad ha triunfado sobre la falsedad. El fuego del pecado ha sido extinguido por el amor humilde".
P. Florenski, Homilía pascual (El inicio de la vida).
lunes, 4 de mayo de 2009
domingo, 3 de mayo de 2009
No se puede dejar de ser padre
Domingo del Buen Pastor. Hay un sólo Buen Pastor, Cristo. Y en Él se transparenta la Paternidad de Dios. Los ministros de la Iglesia, desde el Santo Padre hasta el último de los sacerdotes católicos, estamos llamados a vivir y ejercitar esta paternidad. Recojo aquí el testimonio luminoso del papa Pablo VI, en transcripción de una conversación con el filósofo francés Jean Guitton:
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
viernes, 1 de mayo de 2009
María y la Iglesia
Dice el teólogo suizo von Balthasar que la persona de María salva a la Iglesia de volverse una institución fría, una mera organización más preocupada de los planes y proyectos que de las personas:
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
María y nosotros
Primer día del mes de mayo. La devoción a María es más que devoción, es escuela de experiencia cristiana:
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
miércoles, 15 de abril de 2009
Una cita genial de Chesterton
Tras un largo silencio -intensa actividad en torno a la Semana Santa- retomo el blog con una cita de Chesterton que, a mi juicio, ilustra muy bien la naturaleza de la Iglesia, que vive la actualidad del acontecimiento de Cristo y de su resurrección:
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Fe y acción
Una más. San José, ejemplo de una humanidad vivida en presencia del Misterio, de una acción guiada por la fe. La justicia de José:
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
La autoridad del menor sobre el mayor: José y Jesús
Hablando de la autoridad que José ejerció sobre Jesús recuerda el Papa, citando a Orígenes -autor eclesiástico de los siglos II y III-, que toda autoridad humana -y de modo especial el sacerdocio, que implica también la autoridad de Dios- debe ser ejercida como servicio, pues muchas veces es el menor el que tiene autoridad sobre el mayor:
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
martes, 24 de marzo de 2009
Fidelidad e inteligencia
Sigue el Papa hablando de San José y emite un juicio de gran interés. El esposo de la Virgen fue un hombre justo y fiel, leal y lleno de la sabiduría de Dios, ambas cualidades necesarias en nuestra respuesta vocacional a Dios:
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
Se puede amar sin poseer
En su reciente visita a África el Santo Padre celebró la solemnidad de San José. Hablando de él dijo:
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
domingo, 22 de marzo de 2009
Un amor plenamente humano en Dios
Sigue la reflexión de Adrienne von Speyr sobre San José:
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
José, esposo de María
La singular vocación de San José:
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
sábado, 21 de marzo de 2009
La renuncia de José
Sigue comentando la mística suiza von Speyr:
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
Fecundidad corporal y virginidad consagrada
Comentando la relación esponsal y virginal entre María y José propone Adrienne von Speyr una reflexión muy interesante. En María -libre del pecado original- se realiza la armonía del designio originario del Creador, ella es esposa y virgen, virgen y madre:
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
jueves, 19 de marzo de 2009
En torno a San José
Celebra hoy la Iglesia la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. La mejor reflexión que conozco sobre San José pertenece a la obra La Esclava del Señor, de Adrienne von Speyr, mística suiza convertida al catolicismo en 1940 de la mano del teólogo Hans Urs von Balthasar. La obra está dedicada a María, pero incluye un capítulo titulado "María y José". Entresaco algunos párrafos:
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
jueves, 12 de marzo de 2009
En el profundo silencio...
Intuye el autor que la naturaleza es signo, ocasión de encuentro verdadero con uno mismo y con Dios, pero no hay que hacerse ilusiones: muchos no llegan, ni ante los más bellos paisajes o los espacios más silenciosamente vírgenes, al reconocimiento del Misterio. Hace falta una educación. El silencio sana cuando es la condición para oír lo esencial, cuando es el umbral del Misterio:
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
La paz de las horas
Sigue van der Meer, en tono bucólico. Irse al campo...
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
miércoles, 11 de marzo de 2009
¿De dónde viene este renuevo de vida?
Hace tiempo que no citamos a van der Meer y su obra Nostalgia de Dios. Estas líneas -en días cálidos y casi primaverales-pueden ser una buena forma de retomarlo:
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
jueves, 5 de marzo de 2009
Desde esta otra orilla...
Sigue José Luis Puerto recordándonos la necesidad de atender a lo pequeño, a lo que todos desatienden, al rumor de todo lo que arde en cada brizna de realidad. Es éste el "sacerdocio del poeta", el servicio a lo que ya casi nadie percibe:
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
Estar a la escucha
Sigo con poesía. Si decíamos en la entrada anterior que el significado último -y primero- de la poesía es indagar, intentar desvelar el rostro inasible del Misterio, ahora quiero señalar la necesidad de estar a la escucha, atentos a la invitación muda -aunque también elocuente- de la realidad. Lo hago con fragmentos de poemas de José Luis Puerto, poeta salmantino que en 1997 ganó el premio "Gil de Biedma" de la Diputación Provincial de Segovia:
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Es esto la poesía
¿Qué busco en la poesía? No sólo la belleza formal, el ritmo de las palabras, la belleza de las imágenes, la evocación de los estados de ánimo o la profecía de la felicidad, sino... un Rostro. El rostro inaferrable del Misterio. Lo apunta Miguel d'Ors:
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
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