Sigue el Papa hablando de San José y emite un juicio de gran interés. El esposo de la Virgen fue un hombre justo y fiel, leal y lleno de la sabiduría de Dios, ambas cualidades necesarias en nuestra respuesta vocacional a Dios:
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
martes, 24 de marzo de 2009
Se puede amar sin poseer
En su reciente visita a África el Santo Padre celebró la solemnidad de San José. Hablando de él dijo:
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
domingo, 22 de marzo de 2009
Un amor plenamente humano en Dios
Sigue la reflexión de Adrienne von Speyr sobre San José:
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
José, esposo de María
La singular vocación de San José:
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
sábado, 21 de marzo de 2009
La renuncia de José
Sigue comentando la mística suiza von Speyr:
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
Fecundidad corporal y virginidad consagrada
Comentando la relación esponsal y virginal entre María y José propone Adrienne von Speyr una reflexión muy interesante. En María -libre del pecado original- se realiza la armonía del designio originario del Creador, ella es esposa y virgen, virgen y madre:
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
jueves, 19 de marzo de 2009
En torno a San José
Celebra hoy la Iglesia la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. La mejor reflexión que conozco sobre San José pertenece a la obra La Esclava del Señor, de Adrienne von Speyr, mística suiza convertida al catolicismo en 1940 de la mano del teólogo Hans Urs von Balthasar. La obra está dedicada a María, pero incluye un capítulo titulado "María y José". Entresaco algunos párrafos:
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
jueves, 12 de marzo de 2009
En el profundo silencio...
Intuye el autor que la naturaleza es signo, ocasión de encuentro verdadero con uno mismo y con Dios, pero no hay que hacerse ilusiones: muchos no llegan, ni ante los más bellos paisajes o los espacios más silenciosamente vírgenes, al reconocimiento del Misterio. Hace falta una educación. El silencio sana cuando es la condición para oír lo esencial, cuando es el umbral del Misterio:
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"No estoy seguro, pero creo que desaparecería este tormento de mi inquietud si me fuera posible vivir aquí, o en alguna otra parte, envuelto siempre en el profundo silencio que reina en el campo, como en una iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
La paz de las horas
Sigue van der Meer, en tono bucólico. Irse al campo...
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
"Desde hace cuatro días estamos aquí; la paz de las horas es un bálsamo. ¡Cómo me parece de opaca, obscura la vida de las ciudades! ¿Para qué tanta agitación? ¿Por qué no vivir aquí, en medio del esplendor de la naturaleza, lejos de los hombres, en la soledad vasta y plácida?, ¿por qué no observar, atentamente maravillado, el sucederse de las estaciones? Sobre mi alma flota una gran serenidad y atravieso los días como bajo altas bóvedas apacibles. ¡Horas exquisitas las que pasamos sentados bajo un árbol, en la pendiente de la colina, detras del pueblito; desde este punto la vista abarca todo el valle y el ancho arroyo, hasta ir a perderse en la montañas lejanas! La tierra está aquí, delante nuestro, y mi ensueño la abraza como con millares de amorosos brazos..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 43.
miércoles, 11 de marzo de 2009
¿De dónde viene este renuevo de vida?
Hace tiempo que no citamos a van der Meer y su obra Nostalgia de Dios. Estas líneas -en días cálidos y casi primaverales-pueden ser una buena forma de retomarlo:
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
"La primavera está muy hermosa este año. Me siento profundamente emocionado ante la maravilla de la estación. Todo reflorece, todo vuelve a resplandecer. ¿De dónde viene este renuevo de vida?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 41.
jueves, 5 de marzo de 2009
Desde esta otra orilla...
Sigue José Luis Puerto recordándonos la necesidad de atender a lo pequeño, a lo que todos desatienden, al rumor de todo lo que arde en cada brizna de realidad. Es éste el "sacerdocio del poeta", el servicio a lo que ya casi nadie percibe:
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
"Desde esta otra orilla
de soledad y de perseverancia,
entregado a la vida y al cuidado
de todo lo que sigue mereciendo la pena,
(lo más desamparado, lo pequeño,
lo que no tiene voz y está desatendido).
Desde este otro lugar
adonde tú no llegas
pues no estás a la escucha del rumor
de todo lo que arde con la llama
invisible de lo que no se atiende.
Desde aquí, desde aquí".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 30.
Estar a la escucha
Sigo con poesía. Si decíamos en la entrada anterior que el significado último -y primero- de la poesía es indagar, intentar desvelar el rostro inasible del Misterio, ahora quiero señalar la necesidad de estar a la escucha, atentos a la invitación muda -aunque también elocuente- de la realidad. Lo hago con fragmentos de poemas de José Luis Puerto, poeta salmantino que en 1997 ganó el premio "Gil de Biedma" de la Diputación Provincial de Segovia:
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
"Desde lo opaco del granito
te hablo.
A ti, que no estás a la escucha.
(...)
No acudas,
a tu oído no llega la llamada".
José Luis Puerto, Señales, Visor, Madrid 1997, p. 14.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Es esto la poesía
¿Qué busco en la poesía? No sólo la belleza formal, el ritmo de las palabras, la belleza de las imágenes, la evocación de los estados de ánimo o la profecía de la felicidad, sino... un Rostro. El rostro inaferrable del Misterio. Lo apunta Miguel d'Ors:
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
"Tu rostro, que aparece -un relámpago- y que
desaparece. Muero buscando entre palabras
apagadas un ascua de verdad que ilumine
un instante ese rostro. Haberlo casi visto
-un reflejo en el río- y vivir solamente
para volver a verlo. Que aparece -un relámpago-
y que desaparece. Qué dolor y qué gozo
este mover palabras, materia que se cierra
con espesor de piedra sobre Tu luminosa
permanencia, o que logra un destello, o siquiera
nos permite ese leve temblor de Tu inminencia
bajo la piel de un verso. Es esto la poesía:
buscar en las palabras, con las palabras, contra
las palabras Tu rostro, que aparece -un relámpago-
y que desaparece".
Miguel d'Ors, poema Splendor veritatis.
martes, 3 de marzo de 2009
La Iglesia, hogar de la belleza
Hace tiempo que me rondaba por la cabeza esta cita del cardenal Ratzinger. Hoy por fin la recupero y la propongo de nuevo a todos los amigos:
“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.
Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizando el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza —y, por lo tanto, de la verdad—, sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno” .
J. Ratzinger (V. Messori), Informe sobre la fe, BAC, Madrid 1985, 5ª edic., pp. 142-143.
“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.
Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizando el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza —y, por lo tanto, de la verdad—, sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno”
lunes, 2 de marzo de 2009
A propósito de Mendelssohn
A propósito de Mendelssohn he leído una anécdota cuyo origen no he podido verificar, pero que resulta interesante:
Cuando el organista se dio la vuelta para irse, el forastero se le acercó y le preguntó si le permitiría tocar esa pieza. El organista respondió bruscamente que no era su costumbre dejar que otros tocaran el órgano. Finalmente, después de dos nuevas peticiones amables, el músico le dio permiso, aunque con evidente reticencia. El forastero se sentó ante el teclado y llenó el santuario de una hermosa e impecable música. Cuando terminó, el organista le preguntó: ¿Quién es usted? El hombre contestó: Soy Félix Mendelssohn. El organista por poco impide al creador de la pieza interpretar su propia música".
La lección es clara: igual que el obstinado y celoso organista, nosotros -disgustados y desesperanzados con frecuencia por nuestra mediocre interpretación- corremos el riesgo de impedirle al Creador mostrarnos la verdadera melodía de nuestra vida. Él es el compositor y sólo Él sabe cómo suena de verdad. ¡Dejemos que el Espíritu interprete en nosotros la hermosa partitura diseñada por Dios!
"Un organista de una iglesia estaba practicando un día una pieza de Félix Mendelssohn, pero no lograba tocarla bien. Frustrado, recogió sus partituras y se dispuso a marcharse. No había advertido la presencia de un forastero que se había sentado en un banco de atrás.
Cuando el organista se dio la vuelta para irse, el forastero se le acercó y le preguntó si le permitiría tocar esa pieza. El organista respondió bruscamente que no era su costumbre dejar que otros tocaran el órgano. Finalmente, después de dos nuevas peticiones amables, el músico le dio permiso, aunque con evidente reticencia. El forastero se sentó ante el teclado y llenó el santuario de una hermosa e impecable música. Cuando terminó, el organista le preguntó: ¿Quién es usted? El hombre contestó: Soy Félix Mendelssohn. El organista por poco impide al creador de la pieza interpretar su propia música".
La lección es clara: igual que el obstinado y celoso organista, nosotros -disgustados y desesperanzados con frecuencia por nuestra mediocre interpretación- corremos el riesgo de impedirle al Creador mostrarnos la verdadera melodía de nuestra vida. Él es el compositor y sólo Él sabe cómo suena de verdad. ¡Dejemos que el Espíritu interprete en nosotros la hermosa partitura diseñada por Dios!
Paisajes de extraña belleza
Celebramos en 2009 el bicentenario del nacimiento del gran músico Félix Mendelssohn Bartholdy. Leo una expresión suya tras visitar Escocia, cuyos paisajes le inspiraron algunas de sus mejores obras, como la Sinfonía escocesa o la obertura del concierto Las Hébridas:
"Cuando Dios se pone a pintar paisajes, crea cuadros de extraña belleza".
F. Mendelssohn.
"Cuando Dios se pone a pintar paisajes, crea cuadros de extraña belleza".
F. Mendelssohn.
sábado, 28 de febrero de 2009
Difícil, pero no imposible
Última entrada de Lewis. El perdón cristiano es ciertamente difícil, pero no imposible... para Dios y desde Dios:
"Es difícil. Tal vez no es tan difícil perdonar sólo una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver, sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido de estas palabras en nuestras oraciones de cada noche: "Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 15.
"Es difícil. Tal vez no es tan difícil perdonar sólo una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver, sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido de estas palabras en nuestras oraciones de cada noche: "Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 15.
No poner límites al perdón
Sigue el ensayo de Lewis:
"El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: "Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia". Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 14.
"El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: "Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia". Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 14.
Dar cuenta de lo inexcusable
Evitaremos la tentación de querer sólo disculparnos si confiamos verdaderamente en el perdón de Dios, si creemos en él:
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
"Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen "circunstancias atenuantes", en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta.
Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 13-14.
¿Disculpar o perdonar?
En su ensayo sobre el perdón Lewis advierte de la diferencia que existe entre querer ser perdonados y querer ser disculpados. Su juicio nos ayuda, sin duda, a ponernos adecuadamente ante Dios:
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
"En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado); en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas.
Perdonar es decir: "Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes". En cambio, disculpar es decir: "Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable".
Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al "pedir perdón a Dios" muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas "circunstancias atenuantes" en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones, creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas".
C. S. Lewis, El perdón y otros ensayos cristianos, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 12-13.
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