viernes, 23 de enero de 2009

Amigos y enemigos

Que sean uno... Imposible para los hombres, salvo en Dios y por Dios. Dice el gran Agustín:

"Dichoso el que ama siempre a Dios,
y a sus amigos en Dios,
y a sus enemigos por Dios".

San Agustín, Confesiones, 50, 4, 9.

Nuestra obligación más bella

Unidad y desunión. Las palabras de Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III:

"Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos. Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz.

La obligación más bella para con Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel".

San Cipriano.

Sobre la unidad

Estamos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Recojo un consejo, una invitación de un autor de la tradición ortodoxa:

"Contemplando la Trinidad indivisible venceréis la odiosa división del mundo".

San Sergio de Radonez.

jueves, 22 de enero de 2009

Dios, el espacio de mi libertad

Cita Clément a Cabasilas, escritor bizantino del siglo XIV:

"Y por eso, El no se contenta con llamar a sí al esclavo que ha amado, sino que desciende en su busca; él, el rico, se inclina hacia nuestra indigencia, se presenta en persona, declara su amor y pide que se le pague; despreciado, espera en la puerta y hace todo para mostrarse verdadero amante; soporta los contratiempos y muere..." (Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, VI).

Y comenta Clément:

"El amor de Dios es, así, el espacio de mi libertad. Si Dios no existe, yo no soy más que una parcela de la sociedad y del universo, sometida a sus determinismos y, en definitiva, a la muerte. Pero si Dios es el Amor crucificado, se me ofrece una libertad sin límites, una participación en la libertad misma de Dios".

Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 54-55.

Dios lo puede todo, salvo...

Harto de ya de idas y venidas de autobuses ateos o cristianos leo esta noche unas páginas que me hacen respirar. Dios no sólo no impide la felicidad humana, sino que nos respeta tanto como para permitir que lo neguemos, hasta en la forma más radical. Si el hombre fuera dios no permitiría la existencia de ateos -con autobús o sin él-, pero Dios asume hasta sus últimas consecuencias -el Amor crucificado- nuestra existencia en libertad:

"El hombre, ser personal, constituye el apogeo de la creación. Con él, la omnipotencia de Dios suscita una novedad radical. No es un reflejo muerto o una marioneta, sino una libertad que puede decidirse contra Dios, excluirle de su propia creación, comprometer su terminación.

En el colmo de la omnipotencia creadora -pues sólo el Amor vivificante puede crear un viviente libre- se inscribe el riesgo. La omnipotencia se consuma limitándose. En el propio acto creador Dios se limita de alguna manera, se retira, para dar al hombre el espacio de la libertad.

El summum de la omnipotencia encubre, así, una paradójica impotencia. Porque ese summum es el amor, y Dios lo puede todo salvo obligar al hombre a amarle".

Olivier Clément, Sobre el hombre, Encuentro 1983, p. 53-54.

martes, 20 de enero de 2009

Pálidos hombrezuelos

Evocando la figura de su madre -y haciendo su elogio- van der Meer critica la vida mediocre, enana, de esos "pálidos hombrezuelos" que viven una existencia aburguesada. Duras palabras, pero ciertas:

"Mi madre está con nosotros desde hace unos días. Su presencia me causa profunda alegría. Conozco pocas personas de edad de quienes emane una tan ardiente juventud de corazón, que sean tan capaces de entusiasmo como ella, y que den menos de esos consejos deprimentes y seudosabios con que los viejos quieren volver razonables a los jóvenes.

Mi madre ha sido el centro de mi infancia y de mi adolescencia. Siempre recordaré que ella amplió el horizonte de nuestra vida, al liberarse ella misma, gracias a una lucha tenaz, de la estrecha existencia aburguesada que sofoca todas las aspiraciones elevadas y extensas. ¡Cuál no sería su desprecio ante esos pálidos hombrezuelos cuyo ideal consiste en vivir tranquilamente, sin emociones, sin sacudidas, sin trastornos, en un opaco crepúsculo sin relieve; en quienes el pensamiento, el amor, la ambición, la fe, la virtud, el vicio, en una palabra, todo lo que agita el alma, es pequeño! ¡Sólo su honestidad es inmensa!

¡Y tales individuos realizan el más sublime de sus sueños cuando sus hijos se vuelven miembros útiles de la sociedad, al lograr una posición sólida y bien remunerada que hará de ellos, a la brevedad posible, animales domésticos!

De ella -y también de mi padre- recibí ésta mi absoluta indiferencia por la consideración social. Ella me infundió el desprecio a todo lo mediocre y bajo, a la existencia cautiva y rastrera a lo largo de los años, que va matando toda grandeza: ¡me inculcó el sano anhelo de las cumbres, del aire vivificante de las altas montañas donde reina la soledad! Mi madre buscó infatigablemente la verdad en los hombres y en los libros, pero nada ni nadie ha podido saciar la sed de su espíritu. Su alma pronto se evadió del árido protestantismo. Más tarde se dedicó al espiritismo... estuve a su lado durante sus exploraciones entre los teósofos, ¡esos chinos de la religión! Pero no se detenía en ninguno de esos extraños grupos; comprendía en seguida que la verdad no estaba allí. Hoy día espera y cree. Cree en un Espíritu incomprensible e incircunscripto, que gobierna el universo. Y cuando, como de costumbre, hablamos con ella de temas profundos y serios, suele decirnos con una convicción grave y alegre: Tengo la seguridad de que todo lo recóndito, todos los misterios me serán revelados algún día".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 28-29.

El cielo, cúpula de mi corazón

Vuelvo al diario Nostalgia de Dios. Es un espléndido testimonio del sentido religioso humano, del anhelo del alma:

"Primer día realmente primaveral del año. En el jardín, detrás de nuestra casita, los azafranes amarillos, malvas y blancos están en flor... Me siento animoso, alegre, gracias a la hermosura del día. Miro con emocionado asombro las primeras flores abiertas. Una leve brisa roza mi cara, mis manos. Deslumbrado contemplo las profundidades azules y rutilantes del cielo que es la cúpula de mi corazón. Todo se transforma para mí en una maravilla inexplicable y misteriosa...

¿Qué somos nosotros, los hombres, que nunca saciados, ni siquiera por la magnificencia de lo visible, llevamos siempre más allá nuestro deseo y nuestro ensueño, hacia mundos enteramente inaccesibles? ¿Es que buscamos algo que hemos perdido? ¡Ah, lejos de mí esos pensamientos! Podrían estropear nuevamente mi alegría primaveral.

Ahora estoy sentado a la mesa, frente a la ventana abierta. Cae la tarde. Ya una estrella titila sobre la cima de un olmo suplicante, en el jardín de enfrente. Y la noche cae pesadamente sobre mi corazón. ¡Oh, mis sueños y mi nostalgia!"

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 26-27.

Entrar en el concierto celeste

Concluye el Papa tras escuchar la Misa en do menor de Mozart:

"Rezamos al buen Dios para que te dé, querido Georg, aún años buenos en que puedas seguir viviendo la alegría de Dios y la alegría de la música, y en los que puedas servir aún a los hombres como sacerdote. Y le pedimos que nos permita a todos, un día, entrar en el concierto celeste, para experimentar definitivamente la alegría de Dios.

Espero que la espléndida música que hemos escuchado, en el contexto único de la Capilla Sixtina, contribuya a profundizar nuestra relación con Dios, sirva para reavivar en nuestro corazón la alegría que brota de la fe, para que cada uno llegue a ser testigo convencido en su propio ambiente cotidiano".

Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.

lunes, 19 de enero de 2009

La voz de la Esposa: la Misa en do menor de Mozart

El pasado sábado 17 de enero se celebró en la Capilla Sixtina un concierto con motivo del 85 cumpleaños del hermano del Papa, monseñor Georg Ratzinger. El Coro de la Catedral de Ratisbona interpretó la Misa en do menor de Mozart. algunos de sus comentarios: Al finalizar el concierto el Papa pronunció una breve alocución en la que rememoró sus recuerdos y experiencias asociados a esta genial obra de Mozart. Recojo algunos de sus comentarios:

"Querido Georg, queridos amigos, han pasado ya casi 70 años desde que tomaste la iniciativa de ir juntos a Salzburgo, y en la espléndida iglesia de la abadía de San Pedro, escuchamos juntos la Misa en do menor de Mozart. Aunque yo entonces era un simple muchacho, me dí cuenta contigo de que habíamos vivido algo distinto a un simple concierto: había sido música en oración, oficio divino, en el que habíamos podido captar algo de la magnificencia y de la belleza del mismo Dios, y nos había impresionado. Después de la guerra volvimos otras veces a Salzburgo para escuchar la Misa en do menor, y es por esto que está inscrita profundamente en nuestra biografía interior.

La tradición pretende que Mozart compuso esta Misa para cumplir un voto: en agradecimiento por sus bodas con Constanze Weber. Así se explican también los importantes solos de la soprano, en los que Constance era llamada a poner voz a la gratitud y a la alegría -gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam-, gratitud por la bondad de Dios que le había impactado. Desde un punto de vista estrictamente litúrgico se podría objetar que estos grandes solos se alejan un poco de la sobriedad de la liturgia romana, pero por contra se puede uno preguntar: ¿No sentimos acaso la voz de la esposa, de la Iglesia, de la que nos ha hablado hace un momento monseñor Gerhard Ludwig? ¿No es quizás precisamente la voz de la esposa, que hace resonar en ellos su propia alegría de ser amada por Cristo y su propio amor, y así nos lleva como Iglesia viva ante Dios, en su gratitud y su alegría? Mozart expresó con la grandeza de esta música y de esta Misa, que supera toda individualidad, su personalísimo agradecimiento.

En esta hora, junto a ti, querido Georg, hemos agradecido a Dios, en la armonía de esta Misa, por los 85 años de vida que Él te ha dado. El profesor Hommes, en la publicación preparada para este concierto, ha subrayado con vigor que la gratitud expresada en esta Misa no es una gratitud superficial, expresada con ligereza por un hombre del Rococó, sino que en esta Misa encuentra expresión también toda la intensidad de su lucha interior, de su búsqueda del perdón, de la misericordia de Dios y después, de estas profundidades, se eleva radiante más que nunca la alegría en Dios".

Benedicto XVI, sábado 17 enero 2009.

domingo, 18 de enero de 2009

Le miraban hablar

Sigue la evocación del primer encuentro de Juan y Andrés con Jesús, encuentro que se dilata hasta Simón Pedro:

"Uno de los dos que habían oído las palabras de Juan el Bautista y habían seguido a Jesús se llamaba Andrés y era hermano de Simón Pedro. Se encontró, en primer lugar, con su hermano Simón... Dejan a Jesús y el primero con el que Andrés se encuentra es con su hermano Simón que volvía de la playa, de pescar o de repasar las redes para pescar, y le dice: "Hemos encontrado al Mesías". No narra nada, no cita nada, no documenta nada: es cosa ya sabida, está claro, ¡son apuntes de cosas que todo el mundo sabe! Pocas páginas se pueden leer con tanto realismo y veracidad, tan sencillamente verídicas, donde ni una sola palabra se añade al puro recuerdo.

¿Cómo pudo decir: "Hemos encontrado al Mesías"? Jesús, al hablar con ellos, les diría esta palabra propia de su vocabulario. Porque decir espontáneamente que aquél era el Mesías, tan seguros como de que "dos y dos son cuatro", hubiera sido de otro modo imposible. Pero se ve que estando allí durante horas escuchando a aquel hombre, viéndole, mirándole hablar -¿Había alguien que hablase así? ¿Quién había hablado así hasta entonces? ¿Había alguien que hubiese dicho esas cosas? ¡Nunca se habían oído! ¡Nunca se había visto a nadie como Él!-, lentamente se iba abriendo paso en su ánimo la expresión: "Si no creo en este hombre no puedo creer en nadie, ni siquiera en mis propios ojos". No es que lo dijeran, ni que lo pensaran; lo sintieron, no lo pensaron. Aquel hombre diría, pues, entre otras cosas, que Él era el que tenía que venir, el Mesías que tenía que venir. Y fue tan obvio el carácter excepcional de su anuncio (de su afirmación), que ellos lo asumieron como si fuese algo sencillo -¡de hecho era algo sencillo!-, como si fuese algo fácil de entender.

"Y Andrés le llevó a donde estaba Jesús. Jesús, con la mirada fija en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que quiere decir 'piedra' "". Los judíos solían cambiar el nombre de una persona para indicar su carácter o algún hecho que le había sucedido. Imaginaos, pues, a Simón yendo con su hermano, lleno de curiosidad y un poco de temor. El hombre a cuyo encuentro le conduce su hermano le mira fijamente. Aquel hombre le estaba mirando ya desde lejos. ¡De qué modo le miraría que comprendió su carácter hasta la médula!: "Tú te llamarás Piedra". Pensad en uno que se sienta mirado así, que se sienta alcanzado en lo más profundo de sí mismo por alguien que acaba de conocer, absolutamente extraño. "Al día siguiente, Jesús quiso partir hacia Galilea...".

Luigi Giussani, diciembre 1994.

Y Andrés abrazó a su mujer

El encuentro con Jesús cambia a la persona. Uno no deja de ser él mismo, pero es otro. Lo experimentó, seguramente, la mujer de Andrés, que nunca -como aquella noche- se había sentido abrazada así por su marido:

"Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados, en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo.

Andrés entra en su casa, pone el mantel y su mujer le dice: "Pero, Andrés, ¿qué pasa? Estás diferente, ¿qué te ha sucedido?". Imaginemos que él, abrazándola, rompiese a llorar y que ella, turbada, siguiese preguntándole: "Pero, ¿qué tienes?". Él seguía abrazando a su mujer, que no se había sentido abrazada así en toda su vida: ¡Era otro! Era él pero era otro. Si le hubiesen preguntado "¿Quién eres?", habría dicho: "Me doy cuenta de que soy otro... Después de haber oído a ese individuo, a ese hombre, soy otro". Amigos, esto, sin muchas sutilezas, es lo que sucedió".

Luigi Giussani, diciembre 1994.

Juan y Andrés: el método cristiano

En el Evangelio de hoy hemos escuchado el relato del encuentro de los primeros discípulos con Jesús. ¡Qué espléndido pasaje! Y espléndida también la evocación de estos hechos tantas veces realizada por don Giussani. Esta es una de ellas:

"Aquel día estaba Juan allí de nuevo con dos de sus discípulos. Fijando su mirada en Jesús que pasaba dijo...". Imaginad la escena. Tras 150 años de espera, por fin, el pueblo hebreo, que siempre a lo largo de toda su historia, durante dos milenios, había tenido algún profeta, alguno reconocido por todos, tras 150 años, por fin, tenía un nuevo profeta: se llamaba Juan el Bautista... Toda la gente -ricos y pobres, publicanos y fariseos, amigos y adversarios- iban a oírle y a ver cómo vivía, al otro lado del Jordán, en una tierra desierta, comiendo langostas y hierbas silvestres. Tenía siempre un corro de personas a su alrededor.

Entre estas personas se contaban también aquel día dos que habían ido por primera vez y que venían, por así decirlo, del campo: del lago, que estaba bastante lejos y se encontraba fuera de la influencia de las ciudades importantes. Estaban allí como dos pueblerinos que van por primera vez a la ciudad, turbados, mirando con ojos asombrados todo lo que sucedía a su alrededor y, sobre todo, mirándole a él. Estaban allí con la boca abierta y con los ojos abiertos de par en par para mirarle, para oírle, atentísimos.

De repente, uno del grupo, un hombre joven, se marcha tomando el sendero que bordea el río para ir hacia el Norte. Y Juan el Bautista, de improviso, con la mirada fija en él, grita: "¡He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo!". La gente no se movió, porque estaba acostumbrada a oír de vez en cuando al profeta expresarse con frases extrañas, incomprensibles, sin nexo aparente entre ellas, sin contexto; por eso la mayor parte de los presentes no hizo caso de ello. Pero los dos que venían por primera vez, que estaban allí pendientes de todas las palabras que decía Juan, que miraban sus ojos y los seguían hacia donde él dirigía su mirada, vieron que se fijaba en aquel individuo que se iba y se marcharon detrás. Le seguían manteniéndose a distancia, por temor, por vergüenza, pero extraña, profunda, oscura y sugestivamente movidos por la curiosidad.

"Aquellos dos discípulos, cuando le oyeron hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que le seguían dijo: '¿Qué buscáis?'. Le respondieron: 'Rabí, ¿dónde vives?' Les dijo: 'Venid y lo veréis'". Ésta es la fórmula, la fórmula cristiana. El método cristiano es éste: "Venid y lo veréis". "Y fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con Él aquel día. Eran alrededor de las cuatro de la tarde". No especifica cuándo se fueron o cuándo empezaron a seguirle. Como decía antes, todo el párrafo, y también el siguiente, está compuesto de apuntes: las frases terminan en un punto que da por descontado que ya se saben muchas cosas. Por ejemplo: "Eran alrededor de las cuatro de la tarde"; pero, ¿quién sabe cuándo se fueron, cuándo se marcharon de allí? Sea como fuere, eran las cuatro de la tarde".

Luigi Giussani, diciembre 1994.

sábado, 17 de enero de 2009

Esperando un gran acontecimiento

No pretendo transcribir íntegro el libro Nostalgia de Dios, pero no me resisto a ofrecer fragmentos de indudable belleza y verdad, para bien de todos:

"No ocurre nada. Por lo menos, nada que me interese, que haga exultar mi corazón. Espero. ¡Espero! Mi vida, desde siempre, es la espera de un gran acontecimiento, de una catástrofe, de una sublime alegría, de algo inmenso y muy bello.

Alguien me reprocha: Usted es demasiado retraído. Es cierto, jamás me he sentido a gusto en sociedad; el deseo, la ambición de ocupar un lugar destacado en lo que se llama sociedad, me son absolutamente desconocidos. Vivo para otra cosa, no sé bien para qué, no podría decirlo; pero vivo a la espera de algo de belleza inefable, algo que quizá me suceda algún día. Ese sentimiento maravilloso y extraño lo he heredado de mi madre. Y ese mismo sentimiento arde también en Cristina".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 25.

viernes, 16 de enero de 2009

La pregunta que me tortura sin tregua

Cada uno de nosotros reconoce en su propia vida cosas hermosas, experiencias satisfactorias, alegrías concretas... entonces, ¿por qué no nos basta?:

"Yo mismo ni siquiera sé ya lo que he venido a hacer en este mundo. Es verdad que trabajo, que doy algunas lecciones, que escribo... Algunos opinan que lo que hago está muy bien; otros, que es absurdo. Un tercero admira sinceramente mi actitud, mientras que el cuarto me considera loco. Y la tierra sigue girando en los espacios, los años van pasando, el cielo se curva sobre nuestras cabezas, implacablemente hermoso. A veces la vida me parece una comedia inmunda.

Pero, ¿y nuestro amor, Cristina mía? ¿Nuestra felicidad y el hijo que va creciendo? Tengo que reconocer que estas son cosas bellas, inmensas, y que dan una gran fuerza. ¿Por qué no logran colmarme de alegría y de felicidad hasta el punto de no dejar lugar a la incertidumbre cruel, a la pregunta que me tortura sin tregua?: ¿por qué existimos?"

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23-24.

El misterio del alma humana

En un mundo sin certezas la compañía cierta de la persona amada y los objetos familiares son signos amistosos, pero insuficientes. Sigue intacto el misterio del alma humana:

"Las horas mejores, las más hermosas del día son las que pasamos juntos, Cristina y yo, a la noche, en nuestro cuarto, bajo la luz dorada de la lámpara. Los objetos nos rodean como amigos fieles que nos miran benévolos y en silencio. El viejo reloj golpea ese silencio con su tic-tac acompasado. Esta noche hemos continuado la lectura de Los hermanos Karamazov. Ya conocía yo ese hermoso libro, y Dostoievski vuelve a transportarme. ¡Con cuánto vigor sentimos en este escritor el misterio del alma humana, la desolación de la vida, la desesperante búsqueda de una liberación!"

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 23.

¿Vivir como un animal satisfecho?

Vuelvo al diario de van der Meer, Nostalgia de Dios. El autor, aún lejos de la fe, busca un modo -equivocado- de escapar al tormento de una existencia sin sentido. Cuando las preguntas nos desbordan la solución más fácil es intentar censurarlas, pero no funciona:

"Ando errante en mi alma, como un réprobo.

Es mejor no seguir buscando, no reflexionar más, vivir a lo bruto, sin la constante tortura de las vanas preguntas sin respuesta, vivir como un animal satisfecho.

La incertidumbre destroza mi alma. Lo mismo puedo afirmar esto que aquello. Puedo hacer burla de las cosas más sagradas, mancillarlas con palabras o con pensamientos; nada me lo impide. Pero al mismo tiempo que me complazco en estas turbias cavilaciones, aspiro a la pura sencillez de un niño. ¡Oh, el tormento de no saber dónde buscar, dónde encontrar la curación de mi inteligencia y de mi corazón! ¡Bah!, ¡hay que jugar sonriendo con la vida! Es el único medio de escapar a la desesperanza".

P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 21.

jueves, 15 de enero de 2009

Cristo, nuevo sol

Última:

"Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol. Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido.

En este misterioso designio, al mismo tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra. En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe el Apóstol (Col 1, 16).

Y, precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo".

Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.

La sinfonía de la creación

Nueva referencia a las palabras del Papa en Epifanía:

"Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios. Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia.

Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar, que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad.

El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" -así decía también Galileo- considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este "solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparición de una nueva estrella en el firmamento".

Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.

El amor que mueve el sol y las demás estrellas

Sigue su reflexión el Papa:

"El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia. Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5)".

Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.

miércoles, 14 de enero de 2009

Una revolución cosmológica

En este Año de la Astronomía el Papa habla del cosmos y de Cristo, centro del cosmos y de la historia. Así lo ha hecho en la homilía de la Solemnidad de la Epifanía del Señor, el pasado 6 de enero:

"En este año 2009, que -en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio- está dedicado de modo especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf. Nm 24, 17).

En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico. En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo".

Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 enero 2009.