domingo, 4 de enero de 2009

Un pecado de omisión

Existe una responsabilidad de los católicos -al menos de algunas generaciones- en esta crisis de la inteligencia, de la que hablaba Daniélou:

"Los creyentes han llegado a creer que les basta presentar una faz más complaciente para probar la existencia de Dios y desprecian de buena gana toda reflexión filosófica. Los cristianos han menospreciado demasiado la inteligencia. Con demasiada frecuencia han dejado la cultura en manos de los incrédulos. Indudablemente es éste uno de los grandes errores del cristianismo contemporáneo. El resultado es que espíritus más exigentes no encuentran respuestas a sus interrogantes".

J. Duquesne, citado por Jean Daniélou, El dedo en la llaga, Mensajero 1970, p. 83.

La crisis de la inteligencia

Sigue Daniélou poniendo el dedo en la llaga del origen de ésta y de todas las crisis modernas:

"Hay un drama, que para mí es el único, en el mundo actual. El drama no está en el mundo en sí mismo, que yo considero válido y bueno. Está en una crisis radical, profunda, dramática, de la inteligencia [...] Éste es el drama, el único drama. La crisis del mundo actual es una crisis de la inteligencia, una crisis de la verdad, una crisis del pensamiento".

Jean Daniélou, El dedo en la llaga, Mensajero 1970.

Aceptar el desafío

Crisis, crisis... Es la palabra de moda, tristemente. Crisis financiera, económica, laboral... pero sobre todo crisis de un sistema que ha perdido el contacto con la realidad social, que sólo sabe de progresiones geométricas de ganancias, que no es capaz de mirar el bien común. Lo señala el Papa en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Volveré sobre esto, pero hoy quiero citar un texto del cardenal Daniélou que me parece una bocanada de aire fresco en la enrarecida "casa común" del pensamiento actual. La crisis puede ser vivida como un desafío. Pero, ¿seremos capaces de responder a él?:

"Hoy se habla mucho de crisis de civilización. Pero hablar de crisis no es necesariamente hablar de decadencia o de derrumbamiento. Hablar de crisis quiere decir que este mundo en el que vivimos, este mundo en el que nos encontramos fundamentalmente a gusto -me gusta mi tiempo y no me lamento gran cosa de vivir en él-, nos plantea cierto número de interrogantes y nos lanza cierto número de desafíos, lo cual me parece absolutamente saludable [...] El hecho de estar, en este sentido, dentro de una situación de desafío, es perfectamente normal.

Ante un desafío, no se trata de impugnar la legitimidad de las cuestiones que se plantean. Se trata de responder a ellas. Lo propio del desafío es que exige ser aceptado. El drama actual pudiera consistir en que el desafío -perfectamente normal- que se nos lanza, nos encuentre incapaces de responder a él [...]"

Jean Daniélou, El dedo en la llaga, Mensajero 1970, p. 19 ss.

viernes, 2 de enero de 2009

De poetas y padres

El poeta trascurre su existencia intentando balbucear el verso que le exprese, el verbo que consiga revelar algo de lo que le quema por dentro, la palabra que logre redimir el tiempo de su caducidad. En la experiencia de la paternidad sorprende Jorgue Guillén la victoria sobre el límite personal. Y a través de los ojos del hijo renueva el asombro ante la realidad. "En el gran fuego inextinguible quemémonos": ¿vitalismo pagano o conciencia cristiana? ¡Quemémonos en el gran fuego inextinguible del amor de Dios, la zarza ardiente que arde sin consumirse!

Para saborear despacio:

"Hijo, resplandor
de mi júbilo
como el verso posible
que busco...

La mirada mía verá
con tus ojos
el mejor universo:
el de tu asombro. [...]

¿Quién eres, quién serás?
Existes. Eres. En tu mundo quedo. [...]

Hijo, vislumbre
de gloria:
cielos redondos ceñirán
tus obras. [...]

No soy mi fin, no soy final
de vida.
Pase la corriente. No es tuya
ni mía.

Hijo, centella
de un fuego:
en el gran fuego inextinguible
quemémonos".

Jorge Guillén, Viviendo y otros poemas, Seix Barral 1958, pp. 43-48

Hacia el infinito nos precipitamos

¿Vivimos encerrados en la cárcel cíclica del tiempo? ¿Somos también parte del ritmo anual de la naturaleza? No se puede negar que respiramos con ella y su renacer nos arrastra, pero... el ser humano está orientado más allá, siempre más allá, al infinito, como dice bellamente Rilke:

"Volvamos a empezar, dice la tierra,
volvamos a empezar,
es mi única probabilidad.
Y de repente la primavera exclama:
¡volvemos a empezar!
Y la actividad por todas partes y la acción,
qué obediencia.
Y el corazón que quisiéramos retener,
de un salto se relanza.
Solamente la tierra que obedece,
sabe bien que gira en redondo,
mientras que nosotros hacia el infinito
nos precipitamos".

Rainer Maria Rilke.

jueves, 1 de enero de 2009

No una vida programada...

Al comenzar un año hacemos propósitos, hemos de programar muchas cosas, pero no olvidemos las palabras del teólogo y obispo italiano Carlo Cafarra:

"El cristianismo no es una vida programada, sino una vida enamorada".

C. Cafarra

La única alegría del mundo es comenzar...

Año nuevo, posibilidad de un nuevo inicio, pero no desde cero -como si no hubiéramos vivido nada hasta ahora, como si el año que acaba de concluir no fuera parte incancelable de nuestro bagaje humano, con sus aciertos y errores-, sino desde la misericordia de Dios, que nos regenera continuamente. Recojo una frase del escritor italiano Cesare Pavese:

"La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque es comenzar siempre, a cada instante. Cuando falta este sentido -prisión, enfermedad, rutina, estupidez- se querría uno morir".

C. Pavese, El oficio de vivir, Seix Barral 2005, p. 67.


Pavese se suicidó 13 años después de escribir esa frase, en 1950. Le faltó el sentido.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Shalom

Mañana 1 de enero se celebra la Jornada Mundial de la Paz, mientras piedras y obuses llueven de nuevo sobre Tierra Santa, un triste recordatorio de la convulsa situación del mundo. ¡Qué necesario es abrir de nuevo el corazón al primer canto de la Navidad!:

"El primer cántico navideño de la historia, con en el que se fijó para todos los tiempos el sonido interior de la Navidad, no proviene de seres humanos. San Lucas nos lo transmite como el cántico de los ángeles, que fueron los "evangelistas" de la Nochebuena: gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres, objeto de su amor, a los hombres de buena voluntad.

Este cántico establece un criterio, nos ayuda a entender de qué trata la Navidad. Contiene un término clave que, justamente en nuestro tiempo, mueve a los seres humanos como casi ningún otro: la paz. La palabra bíblica shalom, que traducimos por paz, dice mucho más que la mera ausencia de guerra: afirma el recto estado de los asuntos humanos, el estado de salvación; un mundo en el que reinan la confianza y la fraternidad, en el que no haya temor ni indigencia, engaño ni falsedad.

Paz en la tierra: éste es el objetivo de la Navidad. Pero el cántico de los ángeles presupone un primer elemento sin el cual no puede haber una paz duradera: la gloria de Dios. Ésta es la doctrina de Belén sobre la paz: la paz entre los hombres desciende de la gloria de Dios. Quien se interesa por los hombres y por su salvación debe preocuparse ante todo de dar gloria a Dios. La gloria de Dios no es un asunto privado, que cada uno puede gestionar según sus gustos, sino un asunto público. Es un bien común, y allí donde los hombres no dan gloria a Dios tampoco el hombre a la larga es honrado. La Navidad tiene que ver con la paz entre los hombres justamente porque en ella fue restablecida entre los hombres la gloria de Dios".

J. Ratzinger, La bendición de la Navidad, Herder 2007, pp. 89-90.

El sentido del tiempo

Último día del año. Recojo unas interesantes reflexiones del teólogo Ratzinger, escritas en el ya lejano año de 1974:

"Se concluye un año. Lo cual comporta siempre un momento de reflexión. Se hacen balances, se intenta una previsión para el futuro. Por un instante nos damos cuenta de esa extraña realidad llamada 'tiempo', que en otras ocasiones usamos simplemente sin percatarnos. Mirando hacia atrás los días difíciles resultan transfigurados y el afán, ya casi olvidado, nos permite estar más tranquilos y confiados, más calmados ante lo que nos supera: también eso pasará. Con el año viejo no solamente pasan muchos afanes, sino también algunas cosas bellas y, cuanto más supera una persona la mitad del camino de su vida, con tanta mayor fuerza experimenta el transformarse en pasado de lo que para él una vez fue futuro y presente. No es posible decirle al instante fugaz: ¡Detente, eres tan hermoso! Lo que es tiempo se va, como había venido.Así las últimas horas del año pueden hacernos reflexionar sobre el sentido del tiempo.

El hombre tiene más tiempo. La medicina ha alargado el tiempo del hombre. Pero ¿tenemos de verdad tiempo? ¿O es el tiempo el que nos posee? La mayor parte de los hombres no tiene, en cualquier caso, tiempo para Dios; emplea su tiempo para sí mismo, como cree. Pero ¿tenemos realmente tiempo para nosotros mismos? ¿O no nos falta también éste? ¿Acaso no vivimos sin pensar en nostros mismos? Y sin embargo, el verdadero tiempo del hombre ¿no es aquél que tiene para Dios?... Hay muchas razones por las que ese tiempo, del que ya no dispone, nos engulle y sólo el tener tiempo para Dios nos da tiempo para el hombre y con ello la verdadera libertad".

J. Ratzinger, Dogma e predicazione, Queriniana, 1974.

lunes, 29 de diciembre de 2008

El rito cotidiano de la resurrección

Último. Mario visita el Nirmal Hriday, la Casa del Corazón Puro, hogar de los enfermos y moribundos abandonados. Allí asiste al espectáculo de la victoria sobre el último enemigo humano: la muerte.

"Esa mañana de Nochebuena -24 de diciembre de 1993-, cerca de las siete, entré por primera vez en el Hogar de los Moribundos. El silencio era sobrecogedor. Tuve una sensación extraña en el estómago. Tal vez mezcla de temor, nervios y rechazo. Al bajar la mirada me crucé, durante algunos segundos, con la de un hombre acostado en el primer camastro de la sala y envuelto en una manta harapienta de un color impreciso. Esa manta también envolvía su cráneo, que percibí casi rapado y que apenas dejaba al descubierto parte de su rostro. Me refiero a sus ojos. Me impresionaron. Cuencas oscuras forzadamente abiertas, como transpirando un dolor que imaginé muy intenso. Los huesos de los pómulos se marcaban en el rostro como lastimando la piel, de color acre y cubierta de pequeñas llagas y manchas de color oscuro. En unos segundos, que se me antojaron una eternidad, ese hombre no quitó su mirada de la mía. Tuve yo finalmente que girar mi cabeza. Fueron segundos dolorosamente insoportables. Y por primera vez en mi vida profesional bajé mi cámara resistiendo la tentación de estampar ese rostro, el rostro de la muerte, en la mente y el corazón de miles de seres humanos que más tarde verían esas imágenes... Al volver a entrar, aquel hombre de los inmensos ojos llenos de dolor ya no estaba. Había muerto.

... En ese momento tuve la estremecedora sensación de que todo lo que estaba presenciando era parte de un digno acuerdo que estos seres humanos hacen con la muerte. Y el rito cotidiano de la resurrección".

Se hizo la luz...

Una nueva entrega sobre la Madre Teresa a través de los ojos de Mario Podestá. No os perdáis la primera frase; cada vez me parece más cierta. El periodista relata de nuevo su primer encuentro con la Madre, en ámbito litúrgico, aunque se nota su poca familiaridad con la eucaristía.

"Hay momentos en que todos los lugares del mundo son iguales... sólo depende de quién nos espere en alguno de ellos. Yo sentía que Madre me esperaba en Calcuta. Voy a hablar con ella y traerme su palabra.

Eran poco más de las cinco de la mañana cuando salí del hotel en dirección a la Casa Madre de las Misioneras de la Caridad... Entré sin llamar. Me quité los zapatos, subí las escaleras y aguardé. Faltaban algunos minutos para las seis de la mañana. Comenzaría la misa diaria. De pronto, un coro de monjas comenzó a entonar, a varias voces, bellísimos cantos religiosos. Todos ellos muy alegres.

Un grupo de personas se había congregado en el primer piso, a la salida de la capilla. A punto de las seis se corrió la cortina que separa la recepción del primer piso y apareció Madre. Frotando enérgicamente sus manos, descalza, y con un cierto apuro. Se hizo la luz...

Sólo se detuvo unos instantes a bendecir a una joven madre y su pequeño recién nacido, y al notar mi presencia me pidió que participara del oficio y luego nos sentaríamos a conversar. Madre eligió para esa mañana la liturgia del Nacimiento... Fue una ceremonia conmovedoramente humilde, en la que Madre, hermanas, hermanos, sacerdotes, voluntarios y visitantes, en comunión de los santos, compartimos el pan y el vino.

¡Si Vd. se queda aquí una semana saldrá en estado de gracia!- me dijo con una amorosa sonrisa, algo cómplice".

Estaba preparado para recibir...

Sigo con la Madre Teresa y Mario Podestá, el fotógrafo argentino que le dedicó un espléndido reportaje. Así describe el periodista su situación existencial y sus impresiones de Calcuta cuando viajó a la India para conocer a la Madre. ¡Qué terribles y conmovedoras palabras! Recomiendo su lectura pausada:

"En aquel viaje a India pude comprobar nuevamente mis intuiciones acerca del valor de la vida humana según su color. Ese viaje significaba en aquel preciso momento histórico una suerte de retorno a las fuentes. De alguna forma, desde algún lugar, era un alma arrastrando un cuerpo. Las sombras se alargaban dentro mío. Me sentía partido en dos mitades y cada una de ellas corría en sentido contrario. Hacía más de dos años que no me detenía, de guerra en guerra, pasando por la vida sin vivirla. Me sentía un marginal ininteligible, capaz de internarme en los laberintos de las experiencias límite y regresar de allí con testimonios terribles y creíbles. Dicen que uno no deja la profesión de periodista, ella lo deja a uno. Finalmente llegué a Calcuta. Mi primera vez...

Al llegar quedé fascinado en el acto. Amor a primera vista. Aunque, como aquellas mujeres de las que uno se enamora, aun sabiendo que sufrirá por causa de ellas. Calcuta entró sin llamar y se instaló en mi espíritu para siempre. Quise abrir el corazón y permitirme 'cruzar la línea'. Luego de ello sabía que ya no habría retorno. Se es antes y después de Calcuta.

... Calcuta es una especie de 'collage' inquietante. Vibra con millones de luces sobrenaturales, que parecen brotar de entrañas dolientes y manantiales invisibles. Embates de aromas cargados de sudor, hambre y furia, es la ciudad de los olores terribles. El hambre y la furia tienen olor a fin del mundo. Había llevado muy poco equipaje. Sólo ropa para un par de cambios, tabletas purificadoras de agua, mi equipo de fotografía, un grabador de mano, unas cintas con Nocturnos de Chopin y un maletín lleno de cartas de amor. Sentía que Calcuta sería un buen lugar para releerlas.

... No esperaba nada. Estaba preparado para recibir. No tenía idea de lo que buscaba. Imaginé entonces que lo sabría cuando lo encontrara. Y sólo si ello sucedía.

Y finalmente sucedió, al regreso, en soledad, y sobre mi mesa de luz, al ver las fotografías obtenidas. La cámara nos proporciona una suerte de blindaje momentáneo y casi infantil que nos ayuda a no involucrarnos con el espanto mientras realizamos las imágenes... Creí sentir el grito de la ciudad. Esa especie de grito ahogado, egoísta, por momentos gracioso y por momentos profundamente canalla. El grito de una ciudad tremendamente vulnerable, aunque despótica y soberbia. El alarido desde la carne quemada de una ciudad triunfante, apocalíptica y miserable.

Y comencé a darme cuenta... de que había soñado cada rincón y cada rostro de Calcuta antes de saber siquiera que existían. Los bellísimos rostros de los niños de Calcuta. Rostros con millones de años de luz en la mirada.

Esa maravillosa ciudad, herida sangrante de una humanidad morena, inconmovible y olvidada, se sumergía una y otra vez en la noche más espantosa con su respiración húmeda y agitada, para volver a nacer en la mañana del primer amanecer del mundo.

Calcuta desafiaba la vida desde el espanto. Y el espanto desde el espíritu.

No le concedí tiempo al sueño. Caminé como sonámbulo entre sombras flacas y olores siniestros hasta el amanecer. La vida me urgía. Siempre suele ser más tarde de lo que uno cree.

Debo reconocer que siempre he puesto mi fe en lo que puedo tocar y ver. Calcuta desafiaba todo cálculo racional. Me hacía estar con todos mis sentidos en alerta. Sentía que creía en esta ciudad a partir de la incertidumbre, lo que la convertía en poderosa. La incertidumbre como fundamento de todo poder. Y el poder como cimiento de toda fe.

Calcuta me observaba con esos millones de ojos fijos. Con sus océanos de lágrimas secas.... Caminaba como un fantasma desquiciado, en una geografía húmeda, caliente y desolada, esquivando los cuerpos ocultos entre las sombras, cubiertos con mugrientos trapos grises y marrones. Mi cabeza era como un tambor golpeado por un demente.

Cada ciudad tiene sus fantasmas... Los de Calcuta, cuerpos yacentes en la noche espantosa. La ciudad de aquellos que han nacido, sobreviven y habrán de morir en las calles... Calcuta duele. Y no existe dolor que no tenga significado. Y esta ciudad se clavó como una espina ardiente en las profundidades más insondables de mi espíritu para el resto de los tiempos".

Un gesto digno del cielo

Sigue hablando Mario Podestá, evocando su primer encuentro con Madre Teresa:

"Aquella mañana se había juntado una pequeña multitud... De pronto te abriste paso entre todos ellos y te acercaste a una muy joven y agitada madre que sostenía un bebé en brazos. Aquella tímida y bella madre soltera de las piernas vendadas. Cubierta por un vestido que era poco más que un trapo andrajoso y emparchado... Elegiste a aquel niño. Cuando lo tomaste en brazos descubriendo la gastada manta que lo envolvía pude ver sus piernas deformes y un escalofrío nuevo me bajó por la espalda. Le regalaste tu enorme sonrisa y lo llenaste de caricias... tu mano se apoyó en su cabeza y luego tomaste de tu bolsillo la vieja medallita de lata, la besaste y la pusiste sobre el pecho de ese bebé que te miraba con esos enormes ojos fijos... Jamás olvidaré aquel momento. En aquel instante supe que sólo por ese gesto deberías ir al cielo.

Había en aquel recién nacido, exaltado, harapiento y maloliente, mayor santidad que en todas las grandes iglesias del lujoso primer mundo.

... Esa inolvidable mañana sería para mí el comienzo de una bella amistad... He sido un afortunado desde el momento en que me diste el privilegio de tu amistad".

La fiesta de la dignidad humana

La Navidad es la fiesta de la dignidad humana, del valor inconmensurable de cada ser humano. Soy amado hasta el punto de que mi Creador se ha hecho hombre por mí, ha salvado la distancia, se ha hecho vulnerable hasta la Cruz. Es como para llorar de alegría.

He rescatado en estos días unos apuntes de algo que me impresionó vivamente en el año 2003. La editorial Esfera de los Libros publicó un libro de fotografías -en blanco y negro- del fotógrafo argentino Mario Podestá, corresponsal de guerra que en el encuentro con la Madre Teresa de Calcuta descubrió la paz y el sentido que había ido perdiendo al fotografiar tantas escenas de muerte y desolación. Antes de este encuentro se preguntaba el periodista argentino: "¿Alguien puede ser feliz porque resultó premiada la fotografía del rostro de un niño que va a morir?".

En 1993 la vida de Mario sufrió un vuelco. Madre Teresa le abrió sus puertas para que pudiera documentar fotográficamente su obra. Conocer a esta mujer, convivir con ella, presenciar tan de cerca el dolor que ella asistía lo conmovió de tal manera que su vida cambió.

Cada vez que abandonaba su profesión porque no soportaba tanto horror, o porque necesitaba encontrarse consigo mismo, viajaba a Calcuta, a visitar a la Madre Teresa, su amiga, su confidente. LLevó hasta la muerte -acaecida en 2003 al volcar su vehículo en Irak- la medallita de plata que ella le había regalado. Recojo algunos pasajes especialmente conmovedores en los que Mario Podestá narra su encuentro con Calcuta y con la Madre Teresa:

"Cuando en Nochebuena de 1993 me recibiste en tu casa, en las entrañas dolientes de la terrible y luminosa Calcuta, supe que probablemente nada sería ya lo mismo...

Me resultaba definitivamente imposible imaginar Calcuta sin ti, como también imaginarte sin Calcuta. La Ciudad de la Noche Espantosa, como la llamaba Rudyard Kipling... La ciudad de los olores terribles. La ciudad de los que nacen, sobreviven y mueren en las calles. La Ciudad de la Alegría...

Una hermana me pidió que subiera por las escaleras hasta el primer piso y esperara. Creí escuchar cantos que provenían de lo que parecía ser una capilla. Cantos de una armonía, color y afinación indescriptibles. Cantos que tenían alas. Oceános de bellísima música. Sentí que se abrían los párpados de mis oídos en una emoción nueva.

... Pequeña, muy pequeña, casi arrastrando tus gastados pies, frotando enérgicamente tus grandes manos, ese gesto tan tuyo, con esas profundas arrugas que se me antojaron mapas de guerra. De esa guerra que peleabas con amor y pasión desde hace casi cincuenta años por tus leprosos, tus desamparados, tus enfermos, tus moribundos, tus desnudos, tus hambrientos, tus postergados, los más pobres de los pobres... Si veías un hambriento, lo alimentabas; un desnudo, lo vestías; un sediento, le dabas de beber; un enfermo, lo curabas; un desamparado, le dabas techo; un moribundo, lo abrazabas para que no muriera abandonado y solo. Y antes de la partida le dabas el 'ticket para San Pedro'. Llamabas así al bautismo. Simplemente el ideal evangélico. El Evangelio vivo. El amor en acción".

domingo, 28 de diciembre de 2008

Una breve cita de Chesterton

Hablando del intento de censurar o reinterpretar la Navidad dice el escritor inglés:

"Eliminad lo sobrenatural y lo que queda es lo antinatural".

G. K. Chesterton, Herejes, Acantilado 2007, p. 74.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Si Dios no hubiera venido al mundo...

Último fragmento del relato del "hecho extraordinario" de García Morente. Dios ha eliminado la distancia:

"No me cabe la menor duda que esta especie de visión no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo; esa es la Providencia viva -me dije a mí mismo-. Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho carne de hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear.

Yo lo había experimentado por mí mismo hacía pocas horas. Yo había querido con toda sinceridad y devoción abrazarme a Dios, a la Providencia de Dios; yo había querido entregarme a esa providencia, que hace y deshace la vida de los hombres. ¿Y qué me había sucedido? Pues que la distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía me había resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano.

Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése sí que lo entiendo y ése sí que me entiende. A ése sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror... se me había olvidado!

Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente. Recordé mi niñez; recordé a mi madre, a quien perdí cuando yo contaba nueve años de edad; me representé claramente su cara, el regazo en que me acostaba, estando de rodillas para rezar con ella; lentamente, con paciencia, fui recordando trozos del Padrenuestro; algunos se me ocurrieron en francés, pero al traducirlos restituí fielmente el texto español. Al cabo de una hora de esfuerzos logré restablecer íntegro el texto sagrado y lo escribí en un librito de notas. También pude restablecer el Avemaría. Pero de aquí no pude pasar. El Credo se me resistió por completo, así como la Salve y el Señor mío Jesucristo. Tuve que contentarme con el Padrenuestro -que leía en mi papel-, no atreviéndome a fiar en un recuerdo tan difícilmente restaurado, y el Avemaría, que repetí innumerables veces, hasta que las dos oraciones se me quedaron ya perfectamente grabadas en la memoria.

Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo... Sea lo que fuere el hecho es que me veía a mí mismo hecho otro hombre...

¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana... Y postrado de rodillas, perdida la mirada en el lejano horizonte del caserío de París, recité con íntimo fervor una vez más el Padrenuestro, entregando libremente toda mi voluntad en las manos llagadas de Nuestro Señor Jesucristo".

M. García Morente, El "Hecho Extraordinario", Rialp, 2002, 3ª ed., pp. 37-41.

La "Infancia de Jesús" de Berlioz

Seguimos con García Morente. Lo dejábamos agotado, debatiéndose en el caracter contradictorio de sus propios pensamientos. Pero he aquí que de repente sucede lo imprevisto:

"Haciendo un esfuerzo enorme de voluntad me impuse la obligación de tomar algún descanso... Se me ocurrió poner en marcha la radio para ayudarme a la distracción".

"Estaban radiando música francesa: final de un sinfonía de Cesar Franck; luego, al piano, la Pavane pour une infante défunte, de Ravel: luego, en orquesta, un trozo de Berlioz intitulado L'enfance de Jesus. No puede Vd. imaginarse lo que es esto si no lo conoce: algo exquisito, suavísimo, de delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. Cantábalo un tenor magnífico, de voz dulce, aterciopelada, flexible y suave, que matizaba incomparablemente la melodía pura, ingenua, verdaderamente divina."

"Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente comenzaron a desfilar -sin que yo pudiera oponerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Vile en la imaginación caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a San José y a María. Seguí representándome otros periodos de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando con sus cabellos los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cireneo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las santas mujeres al pie de la Cruz."

"Y así poco a poco se fue agrandando en mi alma la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la Cruz, en una eminencia dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres y niños sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor Crucificado. Y los brazos de Cristo crecían, crecían y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor. Y la Cruz subía, hasta el Cielo y llenaba el ámbito todo y tras ella también subían muchos... Subían todos, ninguno se quedaba atrás, sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí."

M. García Morente, El "Hecho Extraordinario", Rialp, 2002, 3ª ed., pp. 36-37.

El hecho extraordinario

Hoy he releído con verdadera emoción el relato de la conversión del profesor García Morente, lo que él designó como "el hecho extraordinario". El que fuera catedrático de Ética y decano de Filosofía de la Universidad de Madrid se encontraba en París, exiliado tras el asesinato político de un familiar a manos de milicianos y avisado de que su propia vida corría serio peligro. Era la noche del 29 al 30 de abril de 1937.

Tras esta experiencia Manuel García Morente ingresaría en el Seminario de Madrid para hacerse sacerdote. El relato fue escrito por el propio protagonista en septiembre de 1940 para dar a conocer a su director espiritual, D. José María García Lahiguera, el itinerario de su acercamiento a Dios y a la fe de la Iglesia. El texto permaneció inédito hasta después de su muerte. Transcribo algunos fragmentos en varias entradas del blog para utilidad de quien no lo conozca o no lo tenga a mano.

Comienza D. Manuel describiendo su atormentada vida en el exilio -alejado de su familia- y su estado de rebeldía ante Dios. Y sin embargo le sucedían hechos que parecían confirmar la acción providente de Dios:

"El conjunto de lo que me estaba sucediendo tenía caracteres verdaderamente extraños e incomprensibles. Alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida... Yo permanecía pasivo por completo e ignorante de todo lo que me sucedía. Dijérase que algún poder incógnito, dueño absoluto del acontecer humano, arreglaba sin mí todo lo mío... Tuve profunda y punzante la sensación de ser una miserable briznilla de paja empujada por un huracán omnipotente".

"Por tercera vez la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de confusión y angustia. Era demasiado evidente que yo por mí mismo no podía nada y que todo lo bueno y lo malo que me estaba sucediendo tenía su origen y propulsión en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, refugiábame en la idea cósmica del determinismo universal, y una vez que se me ocurrió tímidamente el pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar -que era sin duda la actitud más lógica y congruente con todo lo que me estaba sucediendo- rechacelo también como necia puerilidad. ¡Qué demencia!..."

Pero las cosas se torcían, la angustia le invadía, estaba en manos de la desesperanza:

"Derrumbose otra vez en mi alma la confianza en la determinación natural de causas y efectos, y la inquietud profunda se apoderó otra vez de mí. No podía hacer nada. Lo que quiera que hubiese de acontecer, allá se fraguaba, lejos, sin la más mínima posibilidad de una acción eficaz por mi parte... Aquellas noches fueron atroces. ¿Qué está haciendo de mí -pensaba- Dios, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea? La impotencia, la ignorancia, una noche sombría en derredor y nada, nada absolutamente, sino esperar la sentencia de los acontecimientos. ¡Esperar! ¿Y cómo esperar sin saber? ¿Qué esperanza es esa esperanza que no sabe lo que espera? Una esperanza que no sabe lo que espera es propiamente... la desesperación".

"Empezó a invadirme un sentimiento raro, una especie de depresión total, absoluta, de todo mi ser, una dejadez infinita, de la que salía, como por el estímulo de un latigazo interior, para precipitarme en estados de sobreexcitación febril".

Sopesaba el profesor en sus razonamientos, alternativamente, la idea de Dios y su negación:


"Claro está que en seguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también en seguida debió de asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se cura de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades".

Confianza y rebelión se sucedían hasta llevar a D. Manuel al extremo:


"...El solo pensamiento de que hay una Providencia sabia bastó para tranquilizarme; aunque no comprendía ni veía la razón o causa concreta de la crueldad que esa misma Providencia practicaba conmigo, negándome el retorno de mis hijas."

"...Pensaba en Dios, pero siempre en el Dios del deísmo, en el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que se piensa, pero al que no se reza"...

"En mi alma se produjo una especie de protesta, y creo, Dios me perdone, que algo así como una blasfemia subió a mi mente. Creo que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de sarcástica, esa Providencia que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a su antojo inexplicablemente, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo no quería. ¿Qué puedo esperar -pensaba yo- de un Dios que así se complace en jugar conmigo...? No me someto al destino que Dios quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado... Me apareció claramente que sólo una cosa era libre de hacer para mostrar mi oposición a esa Providencia, que se me antojaba inaccesible y hostil: quitarme la vida..."

"Pero tan pronto como me di cuenta de la conclusión a que había llegado me espanté de mí mismo. No por la idea del suicidio en sí, que ya en otras ocasiones había entrado en los ámbitos de mi conciencia, sino más bien por la absoluta ineficacia de un acto así, que a nada conducía, que nada resolvía... Seriamente me entró la preocupación de si no estaría empezando a desvariar. En realidad, había llegado al fondo de un callejón sin salida".

Manuel García Morente, El "Hecho Extraordinario", Rialp, 2002, 3ª ed., pp. 21-36.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Esteban y Cristo

No deja de resultar paradójico que al día siguiente de festejar el nacimiento de Cristo la liturgia católica conmemore el martirio de San Esteban, llamado 'protomártir', es decir, el primer mártir. Pero en realidad el hecho tiene pleno sentido: el nacimiento de Cristo es la condición que hace posible su pasión, muerte y resurrección, los hechos redentores que nos salvan, y el mártir es el testigo de esta victoria de Cristo sobre la muerte. Esteban además reproduce en su martirio los rasgos inconfundibles del "testigo veraz", Cristo: ofrece a todos la buena noticia del evangelio, muere perdonando a sus lapidadores y entrega su espíritu al Padre. Esta estrecha relación entre Esteban y Jesús ya fue señalada por san Fulgencio, obispo de Ruspe a comienzos del siglo VI:

"Ayer celebrábamos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el triunfal martirio de su soldado. Ayer nuestro Rey, revestido con el manto de nuestra carne y saliendo del recinto del seno virginal, se dignó visitar el mundo; hoy el soldado, saliendo del tabernáculo de su cuerpo, triunfador, ha emigrado al cielo. Nuestro Rey, siendo la excelsitud misma, se humilló por nosotros; su venida no ha sido en vano, pues ha aportado grandes dones a sus soldados, a los que no sólo ha enriquecido abundantemente, sino que también los ha fortalecido para luchar invenciblemente. Ha traído el don de la caridad, por la que los hombres se hacen partícipes de la naturaleza divina... Así, pues, la misma caridad que Cristo trajo del cielo a la tierra ha levantado a Esteban de la tierra al cielo".

Y un versículo de la liturgia de las horas lo resume con preciosas palabras:

"Ayer nació el Señor en la tierra, para que hoy Esteban naciera en el cielo; el Señor entró en el mundo, para que Esteban entrara en la gloria".

El Evangelio está aún en los inicios...

Leo un pasaje de Ratzinger, escrito en 1992, sobre la gran pregunta que en estas fechas nos quema a tantos creyentes: ¿cuál es el balance de 2000 años de cristianismo?, ¿ha mejorado el mundo gracias al anuncio cristiano?:

"En veinte siglos de proclamación del anuncio cristiano el mundo no se había vuelto manifiestamente mejor, ya que los horrores que ahora sucedían no eran de hecho inferiores, en cuanto a su atrocidad, a los de las épocas precristianas. Los años desde el advenimiento de Cristo en adelante ¿podían seguirse llamando aún realmente 'tiempo de gracia'? ¿No teníamos a nuestras espaldas siglos terribles de irredención, y no debíamos esperarnos, si fuera posible, cosas aún peores?

Cincuenta años más tarde esas preguntas que entonces me planteaba las he encontrado formuladas con toda su crudeza en Julien Green, aunque con una respuesta que a decir verdad no puedo compartir. En la conclusión de su libro sobre Francisco de Asís el gran novelista escribe:

La segunda guerra mundial me derribó interiormente como un golpe del destino... El mundo, que se combatía a sí mismo con una lucha sin cuartel, me parecía horrible, y lentamente en mi interior se formó la idea de que el evangelio había fracasado. Cristo mismo se preguntó si encontraría fe a su regreso a esta tierra... Las almas, que él había tocado y unido a sí, daban la impresión de un pequeño grupo de dispersos en este huracán desencadenado por locos. Casi a mitad de camino entre la noche que había acogido a Jesús y el infierno en el que la humanidad ahora se debatía había aparecido sobre la tierra otro Cristo, el Francisco de Asís de mi juventud. También él había fracasado. ¿Había fracasado realmente? Sólo aparentemente... Él estaba convencido de que la salvación vendría por obra del evangelio. El evangelio era la eternidad. El evangelio estaba apenas en los inicios. ¿Qué eran veinte siglos a los ojos de Dios?"

J. Ratzinger, Svolta per l'Europa? Chiesa e modernità nell'Europa dei rivolgimenti, Paoline 1992, 2ª ed., p.51.