Leo hoy que el sacerdote salesiano Rafael Alfaro (Cuenca, 1930) ha resultado ganador del XXVIII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística por su poemario Hora de la tarde. Recojo uno de sus poemas:
PLEGARIA ÚLTIMA
Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu.
(Lc 23, 46)
"Al final de una noche ya cansada,
encomiendo mi espíritu a tus manos.
Señor, son invisibles
tus manos y tu rostro, pero escucho
la música más bella, tu Palabra.
Tu Palabra eres Tú, y te has inclinado
a mi oído a decirme la ternura
de las manos abiertas de tu Padre;
y ha resonado inmensa la plegaria
última de tu vida, la plegaria
última que dijiste y que te digo,
la aprendida en las horas más oscuras
de mis noches. Señor, atiéndela.
Abre tus manos y recógeme.
Señor, creo en tus manos invisibles,
en las que me abandono. Sé que no
soy una flor, ni una paloma, ni
siquiera una sonrisa. Mas soy tuyo".
Rafael Alfaro, poema de Hora de la tarde.
viernes, 12 de diciembre de 2008
jueves, 11 de diciembre de 2008
Y ¿a dónde va?
¿A dónde va la música cuando deja de sonar? ¿Muere? ¿Desaparece?
¿O vuelve y se adentra en el gran silencio del que toda música nace?
Se pregunta el poeta:
"¿Qué le pasa a una música
cuando deja de sonar; qué
a una brisa que deja
de revolar, y qué
a una luz que se apaga?
Muerte di, ¿y qué eres tú sino silencio,
calma y sombra?"
Juan Ramón Jiménez
¿O vuelve y se adentra en el gran silencio del que toda música nace?
Se pregunta el poeta:
"¿Qué le pasa a una música
cuando deja de sonar; qué
a una brisa que deja
de revolar, y qué
a una luz que se apaga?
Muerte di, ¿y qué eres tú sino silencio,
calma y sombra?"
Juan Ramón Jiménez
La música... ¿de dónde viene?
Hace unos años el gran director de orquesta Riccardo Muti escribía estas líneas de felicitación al sacerdote italiano Luigi Giussani:
"Quisiera participar en la celebración de su 80 cumpleaños con mis felicitaciones. Y lo hago diciéndole sencillamente 'gracias' por lo que usted ha dado a la música, mostrándola a tantos jóvenes como la experiencia que en mayor medida nos comunica el misterio, como camino para la búsqueda de la felicidad.
Es un misterio que no tiene necesidad de palabras; nos aferra en lo más hondo. ¿De dónde viene? En mí queda esta pregunta, y se la confío a vd., al tiempo que comparto con vd. estos versos de Dante, tomados del Canto XIV del Paraíso, que han marcado mi vida:
Y cual arpa y laúd, con tantas cuerdas
afinadas, resuenan dulcemente
aun para quien las notas no distingue,
tal de las luces que allí aparecieron
a aquella cruz un canto se adhería
que arrebatome, aun no entendiendo
el himno.
Suyo, con afecto,
Riccardo Muti"
"Quisiera participar en la celebración de su 80 cumpleaños con mis felicitaciones. Y lo hago diciéndole sencillamente 'gracias' por lo que usted ha dado a la música, mostrándola a tantos jóvenes como la experiencia que en mayor medida nos comunica el misterio, como camino para la búsqueda de la felicidad.
Es un misterio que no tiene necesidad de palabras; nos aferra en lo más hondo. ¿De dónde viene? En mí queda esta pregunta, y se la confío a vd., al tiempo que comparto con vd. estos versos de Dante, tomados del Canto XIV del Paraíso, que han marcado mi vida:
Y cual arpa y laúd, con tantas cuerdas
afinadas, resuenan dulcemente
aun para quien las notas no distingue,
tal de las luces que allí aparecieron
a aquella cruz un canto se adhería
que arrebatome, aun no entendiendo
el himno.
Suyo, con afecto,
Riccardo Muti"
El hombre presiente, espera siempre otra cosa
Es cierto, tocar el piano -como decía el maestro Rodrigo-, oír buena música, o cualquier otro contacto con la belleza nos hace rezar, al menos en la forma elemental del deseo:
"En la música, en el panorama de la naturaleza, en el sueño nocturno, el hombre rinde homenaje a otra cosa, otra cosa de la que espera todo: lo espera. Su entusiasmo se produce por algo que la música, o todo lo hermoso que existe en el mundo, ha despertado dentro de sí. Cuando el hombre lo pre-siente, de inmediato inclina su alma a la espera de esa otra cosa; entiende lo que puede, pero espera otra cosa".
Luigi Giussani, Texto programático de la colección de música "Spirto Gentil".
"En la música, en el panorama de la naturaleza, en el sueño nocturno, el hombre rinde homenaje a otra cosa, otra cosa de la que espera todo: lo espera. Su entusiasmo se produce por algo que la música, o todo lo hermoso que existe en el mundo, ha despertado dentro de sí. Cuando el hombre lo pre-siente, de inmediato inclina su alma a la espera de esa otra cosa; entiende lo que puede, pero espera otra cosa".
Luigi Giussani, Texto programático de la colección de música "Spirto Gentil".
Para mí tocar el piano es como rezar por las mañanas
Confesiones del gran compositor Joaquín Rodrigo (1901-1999), que perdió la vista a los tres años de edad:
"Yo empecé precisamente escribiendo para piano, y a lo largo de mis años de compositor me he acercado siempre a este instrumento con gran cariño, con una gran devoción, y he tratado de escribir sencillamente, auténticamente lo que he sentido y lo que él me ha permitido expresar.
A los músicos de mi generación se les planteaba un problema difícil a la hora de escribir para piano. De un lado estaba la genial Iberia de Albéniz, y del otro lado el gran piano impresionista francés de Debussy y Ravel. Por lo tanto era difícil abrirse camino en un piano que intentara ser un poco personal. Yo he tratado de eludir aquel piano de Albéniz hecho por acumulación, oponiendo un piano hecho por eliminación, es decir, mucho más pequeño, más claro y un poco inspirado en un autor no español, pero muy españolizado, Scarlatti.
Para mí tocar el piano es como rezar por las mañanas".
Joaquín Rodrigo
"Yo empecé precisamente escribiendo para piano, y a lo largo de mis años de compositor me he acercado siempre a este instrumento con gran cariño, con una gran devoción, y he tratado de escribir sencillamente, auténticamente lo que he sentido y lo que él me ha permitido expresar.
A los músicos de mi generación se les planteaba un problema difícil a la hora de escribir para piano. De un lado estaba la genial Iberia de Albéniz, y del otro lado el gran piano impresionista francés de Debussy y Ravel. Por lo tanto era difícil abrirse camino en un piano que intentara ser un poco personal. Yo he tratado de eludir aquel piano de Albéniz hecho por acumulación, oponiendo un piano hecho por eliminación, es decir, mucho más pequeño, más claro y un poco inspirado en un autor no español, pero muy españolizado, Scarlatti.
Para mí tocar el piano es como rezar por las mañanas".
Joaquín Rodrigo
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Cada mañana es la primera...
Más poesía...
"Todo es nuevo quizá para nosotros.
El sol claroluciente, el sol de puesta,
muere; el que sale es más brillante y alto
cada vez, es distinto, es otra nueva
forma de luz, de creación sentida.
Así cada mañana es la primera.
Para que la vivamos tú y yo solos,
nada es igual ni se repite...
... Qué verdad, qué limpia escena
la del amor, que nunca ve en las cosas
la triste realidad de su apariencia".
Claudio Rodríguez, Obras completas, p. 46-47.
"Todo es nuevo quizá para nosotros.
El sol claroluciente, el sol de puesta,
muere; el que sale es más brillante y alto
cada vez, es distinto, es otra nueva
forma de luz, de creación sentida.
Así cada mañana es la primera.
Para que la vivamos tú y yo solos,
nada es igual ni se repite...
... Qué verdad, qué limpia escena
la del amor, que nunca ve en las cosas
la triste realidad de su apariencia".
Claudio Rodríguez, Obras completas, p. 46-47.
Amor y dolor
"Sí, poeta:
el amor y el dolor son tu reino".
Vicente Aleixandre, Sombra del paraíso, p. 84.
el amor y el dolor son tu reino".
Vicente Aleixandre, Sombra del paraíso, p. 84.
martes, 9 de diciembre de 2008
Un breve libro de horas compartidas...
Acabo de leer casi de un tirón un libro de poemas, el Libro de las horas, de Jaime Ferrán. Poesías breves escritas tras la muerte de su esposa, evocando "las horas compartidas durante tantos años..." ¿Un libro triste? Sí, ciertamente, pero también luminoso. Poemas reunidos en cuatro apartados: primavera, verano, otoño, invierno; cuatro estaciones, pero no sólo eso, también etapas de la vida. Un canto a la amada:
"Hoy, / como ayer, / mi canto / es sólo para ti"...
Poemas sencillos, casi triviales, pero que nombran lugares, momentos, hechos singulares que siguen siendo acontecimiento para quien los vivió estrenándolos acompañado. Un libro de amor:
"Llegaste de la mano / amiga / me miraste / y quedé para siempre / prendido en tu mirada. / Desde entonces / sólo pude mirar contigo todo".
Y una hermosa descripción del amor como pertenencia:
"Poco a poco / fui dejando de ser para ser tuyo / y entonces me encontré / definitivamente".
Lugares visitados juntos, contagiados por la novedad de la mirada amorosa:
"Todo nuevo, / de nuevo, / cuando tú lo mirabas..."
Cambiando de continente:
"Nuestro mundo cabía / en las viejas maletas / que nos seguían".
Los amigos, la naturaleza, el calor del hogar...:
"...donde tú me esperabas cada tarde".
"... Las primeras nieves / del invierno feliz".
"Pronto vino la nieve. / Su mano silenciosa / se fue posando / grave / sobre todo".
Momentos de felicidad compartida:
"Fuimos felices en aquella / esquina / donde el tiempo / detenía las lentas manecillas / del reloj, / cuando todos / se iban a descansar / y nos quedábamos / tú y yo solos, / en medio de la nieve".
Silencio fecundo, creativo:
"Después / en el silencio de la casa, / que tú velabas, / escribía / nuevas cantigas a tu lado..."
Viajes, traslados, cambios de hogar:
"... y nuestra casa errante fue cambiando / de ciudad en ciudad, / de país en país, / de continente en continente / y entre las dos orillas / sin espacio ni límites / encontramos, / al cabo, / nuestra Atlántida".
En cada página nombres de amigos, lugares y rincones. Y siempre la ventana abierta al mundo:
"Nuestro cuarto se abría / sobre el huerto, / a poniente / y en la clara terraza / veíamos llegar / la noche / poco a poco..."
La vida como promesa, como misterio que no logramos aferrar:
"Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. / Parece que ya es nuestra, / se nos vuelve a escapar..."
El tiempo que no vuelve, la imposibilidad de volver al pasado:
"... el regreso es difícil, / a veces imposible".
Y junto a la consideración del tiempo transcurrido, la dura vivencia de la vejez:
"Envejecer es irse despojando / de todo lo accesorio. / Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. / Envejecer es irse / poco a poco..."
Mirando fotografías que despiertan los recuerdos:
"... el jardín... te veo ahora en las fotografías / que te hicimos antaño / y parece que vuelvo a recorrerlo / de nuevo a tu costado / en un paseo, / que nunca se termina..."
La dura experiencia de la enfermedad, primero la de él:
"... la plaza tranquila / cerca del hospital / donde me ingresarían... / Fueron días de espera y de desesperanza. / Parecía / que nuestra nao naufragaba / entre los muros de / la sala de hospital / en la que me enseñaste / -cuando tú me velabas- / a continuar viviendo".
Vamos llegando al fin del libro, a los últimos poemas que evocan con pudor y esencialidad los últimos años de vida en común:
"Los últimos años / fueron los más duros. / Las enfermedades nos minaron / -una tras otra-".
"Ha sido largo el día, / la noche ha sido larga, / pero ya se terminan. / Descansa, / amor, / descansa. / ... Podrás soñar de nuevo / en una nueva infancia, / que nunca se termine, / pero ahora, / descansa. / Hasta que un día pueda / hallar tu sombra clara, / espérame en el sueño. / Descansa, / amor, / descansa".
La última estación, la última hora -"invierno"-, está precedida por una célebre cita de Rilke, una oración:
"O Herr, gib jedem seinem eignen Tod" ("Oh, Señor, da a cada uno su propia muerte").
Los últimos años. Un nuevo cambio de casa que parece anticipar la última despedida, pero también la esperanza, simbolizada en el sol del sur:
"Hay que saber decir / adiós a lo que se ama".
"Nuestra estancia ha terminado. / Nos / esperan otras tierras, / nos llaman otros lagos".
"Ahora nuestras horas / volverán a ser claras / bajo el sol... en el sur... / y cada madrugada / naceremos de nuevo / a una nueva mañana. / ¡Todo será posible / en nuestra nueva casa!"
Pero la vida se acababa:
"Teníamos suerte, / hallamos la paz. / Pensamos que nunca / se iba a acabar... / Nos equivocamos / una vez más".
"Lo teníamos todo / y entonces nos dejaste..."
"No te dio tiempo a envejecer. / Me parecías más joven que / cuando te vi por / primera vez..."
"No estaba preparado / para el final. / Nunca lo estamos".
Soledad, compañía, en misteriosa convivencia:
"Soledad. / Me acompaña / la música que un día / escuchara a su lado. / Ahora que ya sólo / regresa cuando sueño / y aparece, / de pronto, / en todos los espejos. / Pero es sólo en la música / donde siempre la encuentro".
"Eras la llama en nuestro lar errante / y consumidos por su fuego / fuimos / al fin / nosotros mismos".
" 'Llama sola, estoy solo' / dice Tristan Tzara, / pero yo digo, / llama / sola, / no hay soledad, / que un día contemplamos / ambos tu luz brillar / y al mirarte / te siento / cercana una vez más".
"En el nuevo camino / que hoy prosigo sin ti / no me podrán quitar el dolorido / sentir..."
Y los últimos versos:
"... me parece / oír aún tu voz / que me dice al oído / que no te has ido, / no..."
"Hoy, / como ayer, / mi canto / es sólo para ti"...
Poemas sencillos, casi triviales, pero que nombran lugares, momentos, hechos singulares que siguen siendo acontecimiento para quien los vivió estrenándolos acompañado. Un libro de amor:
"Llegaste de la mano / amiga / me miraste / y quedé para siempre / prendido en tu mirada. / Desde entonces / sólo pude mirar contigo todo".
Y una hermosa descripción del amor como pertenencia:
"Poco a poco / fui dejando de ser para ser tuyo / y entonces me encontré / definitivamente".
Lugares visitados juntos, contagiados por la novedad de la mirada amorosa:
"Todo nuevo, / de nuevo, / cuando tú lo mirabas..."
Cambiando de continente:
"Nuestro mundo cabía / en las viejas maletas / que nos seguían".
Los amigos, la naturaleza, el calor del hogar...:
"...donde tú me esperabas cada tarde".
"... Las primeras nieves / del invierno feliz".
"Pronto vino la nieve. / Su mano silenciosa / se fue posando / grave / sobre todo".
Momentos de felicidad compartida:
"Fuimos felices en aquella / esquina / donde el tiempo / detenía las lentas manecillas / del reloj, / cuando todos / se iban a descansar / y nos quedábamos / tú y yo solos, / en medio de la nieve".
Silencio fecundo, creativo:
"Después / en el silencio de la casa, / que tú velabas, / escribía / nuevas cantigas a tu lado..."
Viajes, traslados, cambios de hogar:
"... y nuestra casa errante fue cambiando / de ciudad en ciudad, / de país en país, / de continente en continente / y entre las dos orillas / sin espacio ni límites / encontramos, / al cabo, / nuestra Atlántida".
En cada página nombres de amigos, lugares y rincones. Y siempre la ventana abierta al mundo:
"Nuestro cuarto se abría / sobre el huerto, / a poniente / y en la clara terraza / veíamos llegar / la noche / poco a poco..."
La vida como promesa, como misterio que no logramos aferrar:
"Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. / Parece que ya es nuestra, / se nos vuelve a escapar..."
El tiempo que no vuelve, la imposibilidad de volver al pasado:
"... el regreso es difícil, / a veces imposible".
Y junto a la consideración del tiempo transcurrido, la dura vivencia de la vejez:
"Envejecer es irse despojando / de todo lo accesorio. / Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. / Envejecer es irse / poco a poco..."
Mirando fotografías que despiertan los recuerdos:
"... el jardín... te veo ahora en las fotografías / que te hicimos antaño / y parece que vuelvo a recorrerlo / de nuevo a tu costado / en un paseo, / que nunca se termina..."
La dura experiencia de la enfermedad, primero la de él:
"... la plaza tranquila / cerca del hospital / donde me ingresarían... / Fueron días de espera y de desesperanza. / Parecía / que nuestra nao naufragaba / entre los muros de / la sala de hospital / en la que me enseñaste / -cuando tú me velabas- / a continuar viviendo".
Vamos llegando al fin del libro, a los últimos poemas que evocan con pudor y esencialidad los últimos años de vida en común:
"Los últimos años / fueron los más duros. / Las enfermedades nos minaron / -una tras otra-".
"Ha sido largo el día, / la noche ha sido larga, / pero ya se terminan. / Descansa, / amor, / descansa. / ... Podrás soñar de nuevo / en una nueva infancia, / que nunca se termine, / pero ahora, / descansa. / Hasta que un día pueda / hallar tu sombra clara, / espérame en el sueño. / Descansa, / amor, / descansa".
La última estación, la última hora -"invierno"-, está precedida por una célebre cita de Rilke, una oración:
"O Herr, gib jedem seinem eignen Tod" ("Oh, Señor, da a cada uno su propia muerte").
Los últimos años. Un nuevo cambio de casa que parece anticipar la última despedida, pero también la esperanza, simbolizada en el sol del sur:
"Hay que saber decir / adiós a lo que se ama".
"Nuestra estancia ha terminado. / Nos / esperan otras tierras, / nos llaman otros lagos".
"Ahora nuestras horas / volverán a ser claras / bajo el sol... en el sur... / y cada madrugada / naceremos de nuevo / a una nueva mañana. / ¡Todo será posible / en nuestra nueva casa!"
Pero la vida se acababa:
"Teníamos suerte, / hallamos la paz. / Pensamos que nunca / se iba a acabar... / Nos equivocamos / una vez más".
"Lo teníamos todo / y entonces nos dejaste..."
"No te dio tiempo a envejecer. / Me parecías más joven que / cuando te vi por / primera vez..."
"No estaba preparado / para el final. / Nunca lo estamos".
Soledad, compañía, en misteriosa convivencia:
"Soledad. / Me acompaña / la música que un día / escuchara a su lado. / Ahora que ya sólo / regresa cuando sueño / y aparece, / de pronto, / en todos los espejos. / Pero es sólo en la música / donde siempre la encuentro".
"Eras la llama en nuestro lar errante / y consumidos por su fuego / fuimos / al fin / nosotros mismos".
" 'Llama sola, estoy solo' / dice Tristan Tzara, / pero yo digo, / llama / sola, / no hay soledad, / que un día contemplamos / ambos tu luz brillar / y al mirarte / te siento / cercana una vez más".
"En el nuevo camino / que hoy prosigo sin ti / no me podrán quitar el dolorido / sentir..."
Y los últimos versos:
"... me parece / oír aún tu voz / que me dice al oído / que no te has ido, / no..."
lunes, 8 de diciembre de 2008
¿Es aburrida la santidad?
Última cita en el día de la Inmaculada, la toda santa:
"Frecuentemente brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. ... Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece.
En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo".
Benedicto XVI, 8 diciembre 2005.
"Frecuentemente brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. ... Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece.
En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo".
Benedicto XVI, 8 diciembre 2005.
Fuente viva de esperanza: el himno a la Virgen de Dante
A punto de concluirse el día de la Inmaculada no me resisto a transcribir el famoso himno a la Virgen de Dante Alighieri:
“Virgen Madre, hija de tu Hijo, la más humilde y alta de las criaturas, término fijo de la voluntad eterna. Tú ennobleciste la naturaleza humana hasta tal punto que su Hacedor no desdeñó hacerse su hechura. En tu vientre prendió el amor, por cuyo calor, en la eterna paz, germinó esta flor. Aquí [en el Paraíso] eres faz meridiana de caridad para nosotros y abajo, entre los mortales, eres fuente viva de esperanza”.
Dante, La Divina Comedia. Paraíso, XXXIII, 3.
“Virgen Madre, hija de tu Hijo, la más humilde y alta de las criaturas, término fijo de la voluntad eterna. Tú ennobleciste la naturaleza humana hasta tal punto que su Hacedor no desdeñó hacerse su hechura. En tu vientre prendió el amor, por cuyo calor, en la eterna paz, germinó esta flor. Aquí [en el Paraíso] eres faz meridiana de caridad para nosotros y abajo, entre los mortales, eres fuente viva de esperanza”.
Dante, La Divina Comedia. Paraíso, XXXIII, 3.
Inmaculada y Panaghia
Dos modos diversos de nombrar la santidad de María:
"La Iglesia latina expresa esto con el título de 'Inmaculada', y la Iglesia ortodoxa con el título de 'Toda santa' (Panaghia). Una resalta el elemento negativo de la gracia de María, que es la ausencia de todo pecado, también del pecado original; la otra resalta el elemento positivo, es decir, la presencia en ella de todas las virtudes y de todo el esplendor que de ella emana".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 21.
Enlace al icono de la Panaghia.
"La Iglesia latina expresa esto con el título de 'Inmaculada', y la Iglesia ortodoxa con el título de 'Toda santa' (Panaghia). Una resalta el elemento negativo de la gracia de María, que es la ausencia de todo pecado, también del pecado original; la otra resalta el elemento positivo, es decir, la presencia en ella de todas las virtudes y de todo el esplendor que de ella emana".
R. Cantalamessa, María, espejo de la Iglesia, Edicep, p. 21.
Enlace al icono de la Panaghia.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Sólo hay una santidad y viene de Jesús...
Acabo de regresar de la Vigilia de Inmaculada. "Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te". "Eres toda hermosa, María, y no hay en ti mancha original". La Iglesia canta la belleza de María, la llena de gracia. La Iglesia canta la santidad de María. Y con ello canta al autor de toda belleza, pues la belleza de los santos no es sino el resplandor en las criaturas de la belleza increada (como dirían los orientales). Aunque también en Occidente sabemos decir estas cosas:
"Sólo existe una santidad.
Son los mismos santos.
No hay más que una santidad,
que viene de Jesús.
Que es la misma santidad de Jesús.
Eternamente revertida. [...]
Todos los santos
han llevado siempre en los pliegues
de todos sus mantos la gloria de Dios. [...]
Toda santidad viene de Dios,
toda santidad procede de Dios.
Sólo hay una santidad y viene
de Jesucristo...
Todas las santidades del mundo
no son más que reflejos de la santidad
de Jesús".
Charles Pèguy
"Sólo existe una santidad.
Son los mismos santos.
No hay más que una santidad,
que viene de Jesús.
Que es la misma santidad de Jesús.
Eternamente revertida. [...]
Todos los santos
han llevado siempre en los pliegues
de todos sus mantos la gloria de Dios. [...]
Toda santidad viene de Dios,
toda santidad procede de Dios.
Sólo hay una santidad y viene
de Jesucristo...
Todas las santidades del mundo
no son más que reflejos de la santidad
de Jesús".
Charles Pèguy
Non multa, sed multum
Un lector del blog me dice que todavía encuentra en él poco material para leer. Por una parte hay que decir que hoy se cumple su primera semana de vida. Está aún en la cuna. Por otra que, dados los tiempos que vivimos, mejor poco (y bueno, esperemos), que mucho (y quizá malo). Nuestro tiempo nos ahoga en palabras, imágenes y sonidos (con frecuencia ruidos). Es necesaria una ascesis liberadora. Ya lo decía un gran santo:
"Leed poco cada vez, pero con atención y devoción" (San Francisco de Sales, Oeuvres 21, 142).
Y el de Loyola sentenciaba:
"No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente" (San Ignacio, Ejercicios 2).
Esa es al menos mi intención. No escribir sino lo que a mí me ayuda, con la esperanza de que pueda ayudar a otros. Desde hace años ésta es mi máxima:
"Non multa, sed multum", es decir "no muchas cosas, sino mucho".
Mejor leer en profundidad que en extensión. Digo.
"Leed poco cada vez, pero con atención y devoción" (San Francisco de Sales, Oeuvres 21, 142).
Y el de Loyola sentenciaba:
"No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente" (San Ignacio, Ejercicios 2).
Esa es al menos mi intención. No escribir sino lo que a mí me ayuda, con la esperanza de que pueda ayudar a otros. Desde hace años ésta es mi máxima:
"Non multa, sed multum", es decir "no muchas cosas, sino mucho".
Mejor leer en profundidad que en extensión. Digo.
Al borde de la eternidad
Sigo a vueltas con la percepción del misterio y el umbral que hay en todas las cosas. Escribe San Bernardo de Claraval:
"Los hombres somos como niños que juegan al borde de la eternidad" (San Bernardo).
No he podido localizar la fuente exacta de la cita, pero me atrevo a transcribirla porque ¡es tan expresiva! Jugamos con la vida, nos entretenemos, nos afanamos... al borde de la eternidad; sin verla, sin siquiera intuirla tantas veces. Pero la eternidad está ahí, está aquí, incumbe sobre todas las cosas, como decía la poetisa italiana Ada Negri:
"Sobre cada instante grava el peso de lo eterno" (Ada Negri).
Lo eterno "grava", pesa sobre lo cotidiano, incluso lo aparentemente más banal. Lo eterno es la consistencia de cada cosa, de cada gesto, de cada encuentro. Pero parece que hemos perdido el sentido de lo absoluto o al menos se ha atrofiado:
"Buscamos por doquiera el absoluto y sólo encontramos cosas" (Novalis).
"Los hombres somos como niños que juegan al borde de la eternidad" (San Bernardo).
No he podido localizar la fuente exacta de la cita, pero me atrevo a transcribirla porque ¡es tan expresiva! Jugamos con la vida, nos entretenemos, nos afanamos... al borde de la eternidad; sin verla, sin siquiera intuirla tantas veces. Pero la eternidad está ahí, está aquí, incumbe sobre todas las cosas, como decía la poetisa italiana Ada Negri:
"Sobre cada instante grava el peso de lo eterno" (Ada Negri).
Lo eterno "grava", pesa sobre lo cotidiano, incluso lo aparentemente más banal. Lo eterno es la consistencia de cada cosa, de cada gesto, de cada encuentro. Pero parece que hemos perdido el sentido de lo absoluto o al menos se ha atrofiado:
"Buscamos por doquiera el absoluto y sólo encontramos cosas" (Novalis).
viernes, 5 de diciembre de 2008
La claridad es un don
Hoy la liturgia de la Palabra nos ha hablado de la luz y la ceguera. "Aquel día, sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos", dice Isaías. "El Señor es mi luz y mi salvación" rezamos con el salmo. Y en el Evangelio Jesús cura a dos ciegos, abriéndoles los ojos y explicándoles por qué: "Que os suceda conforme a vuestra fe".
El Adviento es tiempo de luz, de peregrinar a la luz de la estrella de la fe, de caminar repletos de dones hasta la claridad de Belén, para recibir el Don. La luz es la gracia, la luz es don.
Esto ya lo intuyen los poetas, y lo expresan magníficamente, como Claudio Rodríguez:
"Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don...
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra".
Claudio Rodríguez, Desde mis poemas, Cátedra 1990 (3ª ed.), p. 33
El Adviento es tiempo de luz, de peregrinar a la luz de la estrella de la fe, de caminar repletos de dones hasta la claridad de Belén, para recibir el Don. La luz es la gracia, la luz es don.
Esto ya lo intuyen los poetas, y lo expresan magníficamente, como Claudio Rodríguez:
"Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don...
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra".
Claudio Rodríguez, Desde mis poemas, Cátedra 1990 (3ª ed.), p. 33
Nostalgia y esperanza
Adviento, tiempo de esperanza. Pero esperanza no es nostalgia. La esperanza se apoya en el presente para mirar al futuro. La nostalgia tuerce la cabeza hacia atrás. Como dijera bellamente Guitton:
"La nostalgia, esperanza al revés".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad 1967, p. 14
"La nostalgia, esperanza al revés".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad 1967, p. 14
Es imposible no creer
Ayer cité en un encuentro una vieja frase del cardenal Danièlou. La transcribo para no olvidarla:
"Es difícil creer, pero es imposible no creer".
Jean Danièlou, El dedo en la llaga, p. 83
"Es difícil creer, pero es imposible no creer".
Jean Danièlou, El dedo en la llaga, p. 83
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Escuchando en vivo el Mesías de Haendel
Ayer tuve la suerte de poder asistir a una interpretación del Oratorio "El Mesías" de Haendel. Fue en el Auditorio Nacional de Música, en Madrid. La primera impresión es de admiración ante la genialidad del compositor que logra, con sus recitativos, arias y coros, conferir una expresividad aún mayor a los textos bíblicos que hablan de la larga espera de Israel, del nacimiento del Verbo, de su pasión, muerte y resurrección, y de su venida en majestad al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.
The English Concert y English Voices, bajo la dirección de Harry Bicket, cuatro espléndidos solistas y la participación de más de 220 cantantes individuales de varios coros españoles hicieron posible el milagro de hacer revivir la música escrita por Haendel.
Pero junto a la admiración y el disfrute surgía en mí otra consideración: ¿cuántas de las personas asistentes al concierto comprendían aún de manera existencial los hechos y sentimientos descritos en el oratorio? La música es ciertamente bella, alcanzando en ciertos momentos la sublimidad, como en el aria "Yo sé que mi redentor vive" o en "Si Dios está con nosotros"; es grandiosa como en el "Aleluya" o en el coro final que precede al "Amén", pero... el "pathos" que suscita en el oyente ¿incluye el estupor por la verdad histórica de los hechos narrados? Mucho me temo que en gran parte de los casos ya no es así.
Gusta la música y se reconoce el valor mitológico y poético de los textos, pero ya no se cree en su verdad histórica. El Oratorio es -en el mejor de los casos- expresión de una hermosa, pero ingenua, tradición religiosa. En el fondo se piensa que el músico, que no tenía más remedio que componer sobre los temas que le eran dados por el momento cultural y religioso en que vivía, se apoyó en ellos para realizar una obra maestra. Como escribe un crítico del cristianismo: "El Mesías de Haendel es una pintura perfecta del gran mito eclesial". Y sin embargo parece que dijo el propio Haendel: "He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles". Una obra inmensa compuesta en tres semanas por un hombre que creía en Dios. Eso es el Mesías.
Nadie está obligado a creer en el "mito eclesial", pero... ¿y si fuera cierto? ¿No sería mil veces más hermoso que la propia música de Haendel?
The English Concert y English Voices, bajo la dirección de Harry Bicket, cuatro espléndidos solistas y la participación de más de 220 cantantes individuales de varios coros españoles hicieron posible el milagro de hacer revivir la música escrita por Haendel.
Pero junto a la admiración y el disfrute surgía en mí otra consideración: ¿cuántas de las personas asistentes al concierto comprendían aún de manera existencial los hechos y sentimientos descritos en el oratorio? La música es ciertamente bella, alcanzando en ciertos momentos la sublimidad, como en el aria "Yo sé que mi redentor vive" o en "Si Dios está con nosotros"; es grandiosa como en el "Aleluya" o en el coro final que precede al "Amén", pero... el "pathos" que suscita en el oyente ¿incluye el estupor por la verdad histórica de los hechos narrados? Mucho me temo que en gran parte de los casos ya no es así.
Gusta la música y se reconoce el valor mitológico y poético de los textos, pero ya no se cree en su verdad histórica. El Oratorio es -en el mejor de los casos- expresión de una hermosa, pero ingenua, tradición religiosa. En el fondo se piensa que el músico, que no tenía más remedio que componer sobre los temas que le eran dados por el momento cultural y religioso en que vivía, se apoyó en ellos para realizar una obra maestra. Como escribe un crítico del cristianismo: "El Mesías de Haendel es una pintura perfecta del gran mito eclesial". Y sin embargo parece que dijo el propio Haendel: "He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles". Una obra inmensa compuesta en tres semanas por un hombre que creía en Dios. Eso es el Mesías.
Nadie está obligado a creer en el "mito eclesial", pero... ¿y si fuera cierto? ¿No sería mil veces más hermoso que la propia música de Haendel?
martes, 2 de diciembre de 2008
Atravesar el umbral
Estar en el umbral. ¿Qué hace falta para traspasar el umbral? Sólo no puedes, hace falta la gracia de un encuentro. Cristo ha venido a este mundo, ha atravesado este umbral para que tú puedas también atravesarlo, pero en dirección opuesta, en dirección al misterio. Así comenta Luigi Giussani, sacerdote italiano fundador de Comunión y Liberación, la contundente frase de Péguy:
«¡Pero vino Jesús! Y no perdió sus años gimiendo e interpelando la maldad de la época. Él zanjó la cuestión. De manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo» (Charles Péguy).
"Jesús vino: la fuente de piedad ha venido. La fuente de piedad viene a ti, como la presencia de la madre va a un niño al que mira y abraza. Viene, existe, viene ahora. Puedes no haberla conocido hasta ahora. Ahora está aquí. Jesús vino y, sin demorarse, ¿qué hace? No rechaza a los malditos, no calcula, no juzga, no anticipa el juicio universal. Hace el cristianismo. ¿Qué significa hacer el cristianismo? El cristianismo es el vínculo que Cristo establece contigo. No el que tú estableces con Cristo, sino el que Cristo ha establecido y establece contigo. Puedes no haberlo mirado a la cara hasta ahora. Puedes no mirarlo a la cara durante treinta años más; dentro de treinta años Él establece un vínculo contigo.
«Hacer el cristianismo» significa que Cristo establece un vínculo. Se llama alianza y Dios es fiel a su alianza. El cristianismo es el acontecimiento del vínculo que Cristo ha establecido contigo. Entonces es necesario que tú digas sí a este vínculo. Decir sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo es la decisión para la existencia. Si dices sí al vínculo que Cristo ha establecido y establece contigo no te encuentras solo, sino que estás junto a otros, en una comunidad. Porque, como dice Schneider en su bella novela sobre Las Casas, «aquellos que están en el umbral se reconocen mutuamente». Imaginemos un umbral que conduce a una gran casa, una gran morada; en este umbral puede haber dos, dos mil, un millón de personas: aquellos que esperan entrar, los que están en el umbral, se reconocen mutuamente. Por eso, diciendo sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo, te encuentras en la comunidad cristiana. «Jesús vino. Zanjó la cuestión. De una manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo»".
L. Giussani
«¡Pero vino Jesús! Y no perdió sus años gimiendo e interpelando la maldad de la época. Él zanjó la cuestión. De manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo» (Charles Péguy).
"Jesús vino: la fuente de piedad ha venido. La fuente de piedad viene a ti, como la presencia de la madre va a un niño al que mira y abraza. Viene, existe, viene ahora. Puedes no haberla conocido hasta ahora. Ahora está aquí. Jesús vino y, sin demorarse, ¿qué hace? No rechaza a los malditos, no calcula, no juzga, no anticipa el juicio universal. Hace el cristianismo. ¿Qué significa hacer el cristianismo? El cristianismo es el vínculo que Cristo establece contigo. No el que tú estableces con Cristo, sino el que Cristo ha establecido y establece contigo. Puedes no haberlo mirado a la cara hasta ahora. Puedes no mirarlo a la cara durante treinta años más; dentro de treinta años Él establece un vínculo contigo.
«Hacer el cristianismo» significa que Cristo establece un vínculo. Se llama alianza y Dios es fiel a su alianza. El cristianismo es el acontecimiento del vínculo que Cristo ha establecido contigo. Entonces es necesario que tú digas sí a este vínculo. Decir sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo es la decisión para la existencia. Si dices sí al vínculo que Cristo ha establecido y establece contigo no te encuentras solo, sino que estás junto a otros, en una comunidad. Porque, como dice Schneider en su bella novela sobre Las Casas, «aquellos que están en el umbral se reconocen mutuamente». Imaginemos un umbral que conduce a una gran casa, una gran morada; en este umbral puede haber dos, dos mil, un millón de personas: aquellos que esperan entrar, los que están en el umbral, se reconocen mutuamente. Por eso, diciendo sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo, te encuentras en la comunidad cristiana. «Jesús vino. Zanjó la cuestión. De una manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo»".
L. Giussani
lunes, 1 de diciembre de 2008
Un contemplativo al que nadie le había hablado del Dios vivo
Sigo con Clément que nos habla de su padre, y con él de tantos seres humanos que no han tenido la gracia de conocer al Dios vivo... pero que han vivido en los umbrales:
"Hay hombres que, incluso en una ciudad justa, serán siempre heridos por la vida colectiva porque llevan en sí un silencio, una nostalgia, un vacío que la sociedad no puede llenar. Mi padre era uno de esos hombres. Había heredado los ojos castaños y la infinita dulzura de su madre, que al final de su vida adormecía el vacío canturreando. En la guerra, cara a la muerte, mi padre conoció la desnuda experiencia de la amistad. Pero, terminada la guerra, se acabó la amistad: cada uno en su casa. Y esa amistad tenía, a pesar de todo, un sabor de horror. A mi padre, lo que aún le importaba y le absorbía era la familia y el trabajo. Pero ya no era la familia del pueblo, vivificada por la vecindad, sumergida en una comunidad mucho más amplia. Era la familia cerrada de la ciudad. Mi padre se hundía en las cuestiones familiares, en un mundo construido por las mujeres para los hijos. Se hundía, se callaba, se ahogaba. Era un parroquiano sin parroquia, un contemplativo al que nadie había hablado del Dios vivo. Siendo niño le gustaba leer el Apocalipsis (cuando se tienen ascendientes protestantes, agradezcámoselo, la casa está llena de biblias). -¡Qué tonto era, qué tonto!- decía. Pero -¡era tan bonita la Jerusalén celestial!"
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 16.
"Hay hombres que, incluso en una ciudad justa, serán siempre heridos por la vida colectiva porque llevan en sí un silencio, una nostalgia, un vacío que la sociedad no puede llenar. Mi padre era uno de esos hombres. Había heredado los ojos castaños y la infinita dulzura de su madre, que al final de su vida adormecía el vacío canturreando. En la guerra, cara a la muerte, mi padre conoció la desnuda experiencia de la amistad. Pero, terminada la guerra, se acabó la amistad: cada uno en su casa. Y esa amistad tenía, a pesar de todo, un sabor de horror. A mi padre, lo que aún le importaba y le absorbía era la familia y el trabajo. Pero ya no era la familia del pueblo, vivificada por la vecindad, sumergida en una comunidad mucho más amplia. Era la familia cerrada de la ciudad. Mi padre se hundía en las cuestiones familiares, en un mundo construido por las mujeres para los hijos. Se hundía, se callaba, se ahogaba. Era un parroquiano sin parroquia, un contemplativo al que nadie había hablado del Dios vivo. Siendo niño le gustaba leer el Apocalipsis (cuando se tienen ascendientes protestantes, agradezcámoselo, la casa está llena de biblias). -¡Qué tonto era, qué tonto!- decía. Pero -¡era tan bonita la Jerusalén celestial!"
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 16.
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