Acabo de regresar de la Vigilia de Inmaculada. "Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te". "Eres toda hermosa, María, y no hay en ti mancha original". La Iglesia canta la belleza de María, la llena de gracia. La Iglesia canta la santidad de María. Y con ello canta al autor de toda belleza, pues la belleza de los santos no es sino el resplandor en las criaturas de la belleza increada (como dirían los orientales). Aunque también en Occidente sabemos decir estas cosas:
"Sólo existe una santidad.
Son los mismos santos.
No hay más que una santidad,
que viene de Jesús.
Que es la misma santidad de Jesús.
Eternamente revertida. [...]
Todos los santos
han llevado siempre en los pliegues
de todos sus mantos la gloria de Dios. [...]
Toda santidad viene de Dios,
toda santidad procede de Dios.
Sólo hay una santidad y viene
de Jesucristo...
Todas las santidades del mundo
no son más que reflejos de la santidad
de Jesús".
Charles Pèguy
domingo, 7 de diciembre de 2008
Non multa, sed multum
Un lector del blog me dice que todavía encuentra en él poco material para leer. Por una parte hay que decir que hoy se cumple su primera semana de vida. Está aún en la cuna. Por otra que, dados los tiempos que vivimos, mejor poco (y bueno, esperemos), que mucho (y quizá malo). Nuestro tiempo nos ahoga en palabras, imágenes y sonidos (con frecuencia ruidos). Es necesaria una ascesis liberadora. Ya lo decía un gran santo:
"Leed poco cada vez, pero con atención y devoción" (San Francisco de Sales, Oeuvres 21, 142).
Y el de Loyola sentenciaba:
"No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente" (San Ignacio, Ejercicios 2).
Esa es al menos mi intención. No escribir sino lo que a mí me ayuda, con la esperanza de que pueda ayudar a otros. Desde hace años ésta es mi máxima:
"Non multa, sed multum", es decir "no muchas cosas, sino mucho".
Mejor leer en profundidad que en extensión. Digo.
"Leed poco cada vez, pero con atención y devoción" (San Francisco de Sales, Oeuvres 21, 142).
Y el de Loyola sentenciaba:
"No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente" (San Ignacio, Ejercicios 2).
Esa es al menos mi intención. No escribir sino lo que a mí me ayuda, con la esperanza de que pueda ayudar a otros. Desde hace años ésta es mi máxima:
"Non multa, sed multum", es decir "no muchas cosas, sino mucho".
Mejor leer en profundidad que en extensión. Digo.
Al borde de la eternidad
Sigo a vueltas con la percepción del misterio y el umbral que hay en todas las cosas. Escribe San Bernardo de Claraval:
"Los hombres somos como niños que juegan al borde de la eternidad" (San Bernardo).
No he podido localizar la fuente exacta de la cita, pero me atrevo a transcribirla porque ¡es tan expresiva! Jugamos con la vida, nos entretenemos, nos afanamos... al borde de la eternidad; sin verla, sin siquiera intuirla tantas veces. Pero la eternidad está ahí, está aquí, incumbe sobre todas las cosas, como decía la poetisa italiana Ada Negri:
"Sobre cada instante grava el peso de lo eterno" (Ada Negri).
Lo eterno "grava", pesa sobre lo cotidiano, incluso lo aparentemente más banal. Lo eterno es la consistencia de cada cosa, de cada gesto, de cada encuentro. Pero parece que hemos perdido el sentido de lo absoluto o al menos se ha atrofiado:
"Buscamos por doquiera el absoluto y sólo encontramos cosas" (Novalis).
"Los hombres somos como niños que juegan al borde de la eternidad" (San Bernardo).
No he podido localizar la fuente exacta de la cita, pero me atrevo a transcribirla porque ¡es tan expresiva! Jugamos con la vida, nos entretenemos, nos afanamos... al borde de la eternidad; sin verla, sin siquiera intuirla tantas veces. Pero la eternidad está ahí, está aquí, incumbe sobre todas las cosas, como decía la poetisa italiana Ada Negri:
"Sobre cada instante grava el peso de lo eterno" (Ada Negri).
Lo eterno "grava", pesa sobre lo cotidiano, incluso lo aparentemente más banal. Lo eterno es la consistencia de cada cosa, de cada gesto, de cada encuentro. Pero parece que hemos perdido el sentido de lo absoluto o al menos se ha atrofiado:
"Buscamos por doquiera el absoluto y sólo encontramos cosas" (Novalis).
viernes, 5 de diciembre de 2008
La claridad es un don
Hoy la liturgia de la Palabra nos ha hablado de la luz y la ceguera. "Aquel día, sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos", dice Isaías. "El Señor es mi luz y mi salvación" rezamos con el salmo. Y en el Evangelio Jesús cura a dos ciegos, abriéndoles los ojos y explicándoles por qué: "Que os suceda conforme a vuestra fe".
El Adviento es tiempo de luz, de peregrinar a la luz de la estrella de la fe, de caminar repletos de dones hasta la claridad de Belén, para recibir el Don. La luz es la gracia, la luz es don.
Esto ya lo intuyen los poetas, y lo expresan magníficamente, como Claudio Rodríguez:
"Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don...
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra".
Claudio Rodríguez, Desde mis poemas, Cátedra 1990 (3ª ed.), p. 33
El Adviento es tiempo de luz, de peregrinar a la luz de la estrella de la fe, de caminar repletos de dones hasta la claridad de Belén, para recibir el Don. La luz es la gracia, la luz es don.
Esto ya lo intuyen los poetas, y lo expresan magníficamente, como Claudio Rodríguez:
"Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don...
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra".
Claudio Rodríguez, Desde mis poemas, Cátedra 1990 (3ª ed.), p. 33
Nostalgia y esperanza
Adviento, tiempo de esperanza. Pero esperanza no es nostalgia. La esperanza se apoya en el presente para mirar al futuro. La nostalgia tuerce la cabeza hacia atrás. Como dijera bellamente Guitton:
"La nostalgia, esperanza al revés".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad 1967, p. 14
"La nostalgia, esperanza al revés".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad 1967, p. 14
Es imposible no creer
Ayer cité en un encuentro una vieja frase del cardenal Danièlou. La transcribo para no olvidarla:
"Es difícil creer, pero es imposible no creer".
Jean Danièlou, El dedo en la llaga, p. 83
"Es difícil creer, pero es imposible no creer".
Jean Danièlou, El dedo en la llaga, p. 83
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Escuchando en vivo el Mesías de Haendel
Ayer tuve la suerte de poder asistir a una interpretación del Oratorio "El Mesías" de Haendel. Fue en el Auditorio Nacional de Música, en Madrid. La primera impresión es de admiración ante la genialidad del compositor que logra, con sus recitativos, arias y coros, conferir una expresividad aún mayor a los textos bíblicos que hablan de la larga espera de Israel, del nacimiento del Verbo, de su pasión, muerte y resurrección, y de su venida en majestad al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos.
The English Concert y English Voices, bajo la dirección de Harry Bicket, cuatro espléndidos solistas y la participación de más de 220 cantantes individuales de varios coros españoles hicieron posible el milagro de hacer revivir la música escrita por Haendel.
Pero junto a la admiración y el disfrute surgía en mí otra consideración: ¿cuántas de las personas asistentes al concierto comprendían aún de manera existencial los hechos y sentimientos descritos en el oratorio? La música es ciertamente bella, alcanzando en ciertos momentos la sublimidad, como en el aria "Yo sé que mi redentor vive" o en "Si Dios está con nosotros"; es grandiosa como en el "Aleluya" o en el coro final que precede al "Amén", pero... el "pathos" que suscita en el oyente ¿incluye el estupor por la verdad histórica de los hechos narrados? Mucho me temo que en gran parte de los casos ya no es así.
Gusta la música y se reconoce el valor mitológico y poético de los textos, pero ya no se cree en su verdad histórica. El Oratorio es -en el mejor de los casos- expresión de una hermosa, pero ingenua, tradición religiosa. En el fondo se piensa que el músico, que no tenía más remedio que componer sobre los temas que le eran dados por el momento cultural y religioso en que vivía, se apoyó en ellos para realizar una obra maestra. Como escribe un crítico del cristianismo: "El Mesías de Haendel es una pintura perfecta del gran mito eclesial". Y sin embargo parece que dijo el propio Haendel: "He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles". Una obra inmensa compuesta en tres semanas por un hombre que creía en Dios. Eso es el Mesías.
Nadie está obligado a creer en el "mito eclesial", pero... ¿y si fuera cierto? ¿No sería mil veces más hermoso que la propia música de Haendel?
The English Concert y English Voices, bajo la dirección de Harry Bicket, cuatro espléndidos solistas y la participación de más de 220 cantantes individuales de varios coros españoles hicieron posible el milagro de hacer revivir la música escrita por Haendel.
Pero junto a la admiración y el disfrute surgía en mí otra consideración: ¿cuántas de las personas asistentes al concierto comprendían aún de manera existencial los hechos y sentimientos descritos en el oratorio? La música es ciertamente bella, alcanzando en ciertos momentos la sublimidad, como en el aria "Yo sé que mi redentor vive" o en "Si Dios está con nosotros"; es grandiosa como en el "Aleluya" o en el coro final que precede al "Amén", pero... el "pathos" que suscita en el oyente ¿incluye el estupor por la verdad histórica de los hechos narrados? Mucho me temo que en gran parte de los casos ya no es así.
Gusta la música y se reconoce el valor mitológico y poético de los textos, pero ya no se cree en su verdad histórica. El Oratorio es -en el mejor de los casos- expresión de una hermosa, pero ingenua, tradición religiosa. En el fondo se piensa que el músico, que no tenía más remedio que componer sobre los temas que le eran dados por el momento cultural y religioso en que vivía, se apoyó en ellos para realizar una obra maestra. Como escribe un crítico del cristianismo: "El Mesías de Haendel es una pintura perfecta del gran mito eclesial". Y sin embargo parece que dijo el propio Haendel: "He creído ver el Paraíso frente a mí y al gran Dios sentado en su trono con su compañía de Ángeles". Una obra inmensa compuesta en tres semanas por un hombre que creía en Dios. Eso es el Mesías.
Nadie está obligado a creer en el "mito eclesial", pero... ¿y si fuera cierto? ¿No sería mil veces más hermoso que la propia música de Haendel?
martes, 2 de diciembre de 2008
Atravesar el umbral
Estar en el umbral. ¿Qué hace falta para traspasar el umbral? Sólo no puedes, hace falta la gracia de un encuentro. Cristo ha venido a este mundo, ha atravesado este umbral para que tú puedas también atravesarlo, pero en dirección opuesta, en dirección al misterio. Así comenta Luigi Giussani, sacerdote italiano fundador de Comunión y Liberación, la contundente frase de Péguy:
«¡Pero vino Jesús! Y no perdió sus años gimiendo e interpelando la maldad de la época. Él zanjó la cuestión. De manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo» (Charles Péguy).
"Jesús vino: la fuente de piedad ha venido. La fuente de piedad viene a ti, como la presencia de la madre va a un niño al que mira y abraza. Viene, existe, viene ahora. Puedes no haberla conocido hasta ahora. Ahora está aquí. Jesús vino y, sin demorarse, ¿qué hace? No rechaza a los malditos, no calcula, no juzga, no anticipa el juicio universal. Hace el cristianismo. ¿Qué significa hacer el cristianismo? El cristianismo es el vínculo que Cristo establece contigo. No el que tú estableces con Cristo, sino el que Cristo ha establecido y establece contigo. Puedes no haberlo mirado a la cara hasta ahora. Puedes no mirarlo a la cara durante treinta años más; dentro de treinta años Él establece un vínculo contigo.
«Hacer el cristianismo» significa que Cristo establece un vínculo. Se llama alianza y Dios es fiel a su alianza. El cristianismo es el acontecimiento del vínculo que Cristo ha establecido contigo. Entonces es necesario que tú digas sí a este vínculo. Decir sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo es la decisión para la existencia. Si dices sí al vínculo que Cristo ha establecido y establece contigo no te encuentras solo, sino que estás junto a otros, en una comunidad. Porque, como dice Schneider en su bella novela sobre Las Casas, «aquellos que están en el umbral se reconocen mutuamente». Imaginemos un umbral que conduce a una gran casa, una gran morada; en este umbral puede haber dos, dos mil, un millón de personas: aquellos que esperan entrar, los que están en el umbral, se reconocen mutuamente. Por eso, diciendo sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo, te encuentras en la comunidad cristiana. «Jesús vino. Zanjó la cuestión. De una manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo»".
L. Giussani
«¡Pero vino Jesús! Y no perdió sus años gimiendo e interpelando la maldad de la época. Él zanjó la cuestión. De manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo» (Charles Péguy).
"Jesús vino: la fuente de piedad ha venido. La fuente de piedad viene a ti, como la presencia de la madre va a un niño al que mira y abraza. Viene, existe, viene ahora. Puedes no haberla conocido hasta ahora. Ahora está aquí. Jesús vino y, sin demorarse, ¿qué hace? No rechaza a los malditos, no calcula, no juzga, no anticipa el juicio universal. Hace el cristianismo. ¿Qué significa hacer el cristianismo? El cristianismo es el vínculo que Cristo establece contigo. No el que tú estableces con Cristo, sino el que Cristo ha establecido y establece contigo. Puedes no haberlo mirado a la cara hasta ahora. Puedes no mirarlo a la cara durante treinta años más; dentro de treinta años Él establece un vínculo contigo.
«Hacer el cristianismo» significa que Cristo establece un vínculo. Se llama alianza y Dios es fiel a su alianza. El cristianismo es el acontecimiento del vínculo que Cristo ha establecido contigo. Entonces es necesario que tú digas sí a este vínculo. Decir sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo es la decisión para la existencia. Si dices sí al vínculo que Cristo ha establecido y establece contigo no te encuentras solo, sino que estás junto a otros, en una comunidad. Porque, como dice Schneider en su bella novela sobre Las Casas, «aquellos que están en el umbral se reconocen mutuamente». Imaginemos un umbral que conduce a una gran casa, una gran morada; en este umbral puede haber dos, dos mil, un millón de personas: aquellos que esperan entrar, los que están en el umbral, se reconocen mutuamente. Por eso, diciendo sí al vínculo que Cristo ha establecido contigo, te encuentras en la comunidad cristiana. «Jesús vino. Zanjó la cuestión. De una manera muy sencilla. Haciendo el cristianismo»".
L. Giussani
lunes, 1 de diciembre de 2008
Un contemplativo al que nadie le había hablado del Dios vivo
Sigo con Clément que nos habla de su padre, y con él de tantos seres humanos que no han tenido la gracia de conocer al Dios vivo... pero que han vivido en los umbrales:
"Hay hombres que, incluso en una ciudad justa, serán siempre heridos por la vida colectiva porque llevan en sí un silencio, una nostalgia, un vacío que la sociedad no puede llenar. Mi padre era uno de esos hombres. Había heredado los ojos castaños y la infinita dulzura de su madre, que al final de su vida adormecía el vacío canturreando. En la guerra, cara a la muerte, mi padre conoció la desnuda experiencia de la amistad. Pero, terminada la guerra, se acabó la amistad: cada uno en su casa. Y esa amistad tenía, a pesar de todo, un sabor de horror. A mi padre, lo que aún le importaba y le absorbía era la familia y el trabajo. Pero ya no era la familia del pueblo, vivificada por la vecindad, sumergida en una comunidad mucho más amplia. Era la familia cerrada de la ciudad. Mi padre se hundía en las cuestiones familiares, en un mundo construido por las mujeres para los hijos. Se hundía, se callaba, se ahogaba. Era un parroquiano sin parroquia, un contemplativo al que nadie había hablado del Dios vivo. Siendo niño le gustaba leer el Apocalipsis (cuando se tienen ascendientes protestantes, agradezcámoselo, la casa está llena de biblias). -¡Qué tonto era, qué tonto!- decía. Pero -¡era tan bonita la Jerusalén celestial!"
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 16.
"Hay hombres que, incluso en una ciudad justa, serán siempre heridos por la vida colectiva porque llevan en sí un silencio, una nostalgia, un vacío que la sociedad no puede llenar. Mi padre era uno de esos hombres. Había heredado los ojos castaños y la infinita dulzura de su madre, que al final de su vida adormecía el vacío canturreando. En la guerra, cara a la muerte, mi padre conoció la desnuda experiencia de la amistad. Pero, terminada la guerra, se acabó la amistad: cada uno en su casa. Y esa amistad tenía, a pesar de todo, un sabor de horror. A mi padre, lo que aún le importaba y le absorbía era la familia y el trabajo. Pero ya no era la familia del pueblo, vivificada por la vecindad, sumergida en una comunidad mucho más amplia. Era la familia cerrada de la ciudad. Mi padre se hundía en las cuestiones familiares, en un mundo construido por las mujeres para los hijos. Se hundía, se callaba, se ahogaba. Era un parroquiano sin parroquia, un contemplativo al que nadie había hablado del Dios vivo. Siendo niño le gustaba leer el Apocalipsis (cuando se tienen ascendientes protestantes, agradezcámoselo, la casa está llena de biblias). -¡Qué tonto era, qué tonto!- decía. Pero -¡era tan bonita la Jerusalén celestial!"
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 16.
Mi primer encuentro con el misterio
Hoy he recordado una página de Olivier Clément, de su estupendo libro El otro sol. Hace referencia a una experiencia vivida en su infancia, la inolvidable vivencia de su primer contacto con el misterio. ¿Quién no recuerda experiencias semejantes, por desgracia cada vez más infrecuentes?:
"Cuando caía la tarde -excepto durante el verano, en el que la gente se instalaba en la calle para hablar con los vecinos-, no se encendía la lámpara de petróleo o la electricidad. Toda la familia se sentaba en la misma habitación delante de un fuego de cepas. Llegada la noche, todos se callaban y ponían las manos rugosas sobre las rodillas. Sólo el fuego... Ahí he vivido mi primer encuentro con el misterio. El silencio, la noche, la llama, el absoluto abandono. Y de pronto, cuando la oscuridad se hacía densa y opresora, la luz como una resurrección, la algarabía de la vida; todos se atareaban para la cena, después sería la velada laboriosa y agradable".
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 13.
"Cuando caía la tarde -excepto durante el verano, en el que la gente se instalaba en la calle para hablar con los vecinos-, no se encendía la lámpara de petróleo o la electricidad. Toda la familia se sentaba en la misma habitación delante de un fuego de cepas. Llegada la noche, todos se callaban y ponían las manos rugosas sobre las rodillas. Sólo el fuego... Ahí he vivido mi primer encuentro con el misterio. El silencio, la noche, la llama, el absoluto abandono. Y de pronto, cuando la oscuridad se hacía densa y opresora, la luz como una resurrección, la algarabía de la vida; todos se atareaban para la cena, después sería la velada laboriosa y agradable".
O. Clément, El otro sol, Narcea 1983, p. 13.
La única alegría en el mundo es comenzar
"La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante".
Cesare Pavese
Cesare Pavese
Esperando a un nuevo San Benito
Ahora que comenzamos un nuevo año litúrgico me vienen a la cabeza las palabras finales de un artículo del periodista católico José Luis Restán, escrito tras las elecciones del 9 de marzo de 2008:
"Tras el 9-M vuelve a mi cabeza la intuición del filósofo McIntyre: no estamos esperando a Godot, sino a un moderno san Benito. La respuesta no es la agitación permanente, ni la dialéctica acerada, ni el derrotismo que culpabiliza a todo el mundo de las miserias de esta época. Como hizo Benito con sus monjes, es preciso construir comunidades en las que sea posible encontrar hoy el cristianismo como realidad presente, histórica, que hace cuentas con todos los aspectos de la realidad. Lugares capaces de generar cultura, de cuidar y acoger la vida con todos sus dolores, lugares que no estén amurallados sino que irradien el potente atractivo de la vida cristiana a través del testimonio de sus gentes, en un diálogo a campo abierto que no puede dar nada por supuesto".
José Luis Restán, Ahora es bello comenzar de nuevo, Libertad Digital, 12 marzo 2008.
Leer artículo completo
"Tras el 9-M vuelve a mi cabeza la intuición del filósofo McIntyre: no estamos esperando a Godot, sino a un moderno san Benito. La respuesta no es la agitación permanente, ni la dialéctica acerada, ni el derrotismo que culpabiliza a todo el mundo de las miserias de esta época. Como hizo Benito con sus monjes, es preciso construir comunidades en las que sea posible encontrar hoy el cristianismo como realidad presente, histórica, que hace cuentas con todos los aspectos de la realidad. Lugares capaces de generar cultura, de cuidar y acoger la vida con todos sus dolores, lugares que no estén amurallados sino que irradien el potente atractivo de la vida cristiana a través del testimonio de sus gentes, en un diálogo a campo abierto que no puede dar nada por supuesto".
José Luis Restán, Ahora es bello comenzar de nuevo, Libertad Digital, 12 marzo 2008.
Leer artículo completo
Oración a María en Adviento
"María, humilde hija de nuestra estirpe,
circundada de belleza y de todas las gracias,
tú cristal purísimo, fuente incontaminada,
saliste de las manos creadoras de Dios
para dar inicio a tierras y cielos nuevos.
Tú, María, maravilla de Dios,
estás revestida del esplendor de santidad,
que siempre dona vida nueva y lleva a nuestro mundo viejo
a los orígenes de la pura creación.
En ti, mujer humilde y acogedora,
la palabra eterna fija morada,
la humanidad entera conoce el gozo
de la liberación y de la esperanza;
y para todos se abre una estación de vida verdadera.
María, en este Adviento que precede a la venida de tu Hijo,
haznos atentos a la Palabra que crea, purifica y renueva,
que reconcilia, santifica y colma de gozo,
para que también en nosotros el Verbo pueda hacerse carne.
regálanos un poco de tu luz de gracia y santidad
y haznos capaces de derramar a nuestro alrededor
un poco de tu perfume, de tu belleza espléndida,
la única que salvará el mundo y lo unirá en la paz".
circundada de belleza y de todas las gracias,
tú cristal purísimo, fuente incontaminada,
saliste de las manos creadoras de Dios
para dar inicio a tierras y cielos nuevos.
Tú, María, maravilla de Dios,
estás revestida del esplendor de santidad,
que siempre dona vida nueva y lleva a nuestro mundo viejo
a los orígenes de la pura creación.
En ti, mujer humilde y acogedora,
la palabra eterna fija morada,
la humanidad entera conoce el gozo
de la liberación y de la esperanza;
y para todos se abre una estación de vida verdadera.
María, en este Adviento que precede a la venida de tu Hijo,
haznos atentos a la Palabra que crea, purifica y renueva,
que reconcilia, santifica y colma de gozo,
para que también en nosotros el Verbo pueda hacerse carne.
Revístenos de tu vestidura de salvación,
regálanos un poco de tu luz de gracia y santidad
y haznos capaces de derramar a nuestro alrededor
un poco de tu perfume, de tu belleza espléndida,
la única que salvará el mundo y lo unirá en la paz".
La liturgia requiere belleza y canto
El papa Benedicto XVI dirigió estas palabras a los miembros de la Capilla Musical Pontificia, tras un concierto en la Capilla Sixtina:
"En realidad la alabanza a Dios requiere el canto. (...) Por eso, vuestra aportación es esencial para la liturgia: no es un adorno marginal. La liturgia en sí misma exige esta belleza, exige el canto para alabar a Dios y para alegrar a los que participan en ella".
Benedicto XVI, 20 diciembre 2005
Leer texto completo del discurso del Papa
"En realidad la alabanza a Dios requiere el canto. (...) Por eso, vuestra aportación es esencial para la liturgia: no es un adorno marginal. La liturgia en sí misma exige esta belleza, exige el canto para alabar a Dios y para alegrar a los que participan en ella".
Benedicto XVI, 20 diciembre 2005
Leer texto completo del discurso del Papa
domingo, 30 de noviembre de 2008
La eternidad es desacostumbrarse
Leo una hermosa cita del famoso teólogo ortodoxo francés O. Clément, hablando de la eterna novedad del cielo:
«Allí viviremos el "milagro de la primera vez". La primera vez que sentiste que ese hombre sería tu amigo; la primera vez que oíste tocar, cuando niño, aquella música que te marcó; la primera vez que tu hijo te sonrió. La primera vez... Después uno se acostumbra, pero la eternidad es desacostumbrarse».
Olivier Clément
«Allí viviremos el "milagro de la primera vez". La primera vez que sentiste que ese hombre sería tu amigo; la primera vez que oíste tocar, cuando niño, aquella música que te marcó; la primera vez que tu hijo te sonrió. La primera vez... Después uno se acostumbra, pero la eternidad es desacostumbrarse».
Olivier Clément
El vínculo entre la búsqueda de la belleza y la verdad y el bien
"He subrayado en varias ocasiones la necesidad y el compromiso de una ampliación de los horizontes de la razón, y en esta perspectiva es preciso reconsiderar también la íntima conexión que existe entre la búsqueda de la belleza y la búsqueda de la verdad y de la bondad. Una razón que quisiese despojarse de la belleza resultaría amputada, igual que una belleza privada de razón se vería reducida a una máscara vacía e ilusoria... Debemos apuntar a una razón ampliada, en la que el corazón y la razón se encuentran, la belleza y la verdad se tocan. Si este compromiso es válido para todos, lo es aún más para el creyente, para el discípulo de Cristo, llamado por el Señor a "dar razón" a todos de la belleza y de la verdad de la propia fe".
Benedicto XVI, Mensaje al Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, 24 noviembre 2008.
Benedicto XVI, Mensaje al Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, 24 noviembre 2008.
La vía de la belleza
Hoy comienzo este blog de extraño título: Viae pulchritudinis. Es decir, los caminos de la belleza. El siguiente párrafo explica mi intención. Es mi motivación explícita:
"La vía de la belleza, partiendo de la experiencia sencilla del encuentro con la belleza que suscita la admiración, puede abrir el camino de la búsqueda de Dios y es capaz de disponer el corazón y el espíritu para el encuentro con Cristo, que es la Hermosura, que es la Santidad encarnada ofrecida por Dios a los hombres para su salvación. Ella invita a los nuevos Agustín de nuestros días, a los buscadores insaciables del amor, de la verdad y de la belleza, a elevarse de la belleza sensible a la Belleza eterna y a descubrir con fervor al Dios Santo, al autor de toda belleza".
Del documento La Via Pulchritudinis, documento final de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 27-28 marzo 2006.
"La vía de la belleza, partiendo de la experiencia sencilla del encuentro con la belleza que suscita la admiración, puede abrir el camino de la búsqueda de Dios y es capaz de disponer el corazón y el espíritu para el encuentro con Cristo, que es la Hermosura, que es la Santidad encarnada ofrecida por Dios a los hombres para su salvación. Ella invita a los nuevos Agustín de nuestros días, a los buscadores insaciables del amor, de la verdad y de la belleza, a elevarse de la belleza sensible a la Belleza eterna y a descubrir con fervor al Dios Santo, al autor de toda belleza".
Del documento La Via Pulchritudinis, documento final de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 27-28 marzo 2006.
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