miércoles, 6 de enero de 2010

En la solemnidad de la Epifanía

Homilía pronunciada el 6 de enero de 2010 en el Monasterio de Clarisas de San Pascual, de Madrid, en la Misa retransmitida por la Cadena Cope:


SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
6 enero 2010

"Queridos amigos que asistís a esta Eucaristía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, y todos aquellos que seguís la celebración desde vuestros hogares, desde los hospitales, las residencias, las cárceles, o los que quizá estáis en estos momentos de viaje. Renovemos también hoy nuestro alegre saludo de fe: ¡feliz Navidad, feliz año nuevo, feliz día de Reyes!

Hoy celebramos con gratitud la Solemnidad de la Epifanía del Señor, la “manifestación” del Misterio oculto desde antes de los siglos -como dice hoy san Pablo- y finalmente revelado a los hombres mediante la carne de Cristo, nacida de la bendita y gloriosa Virgen María. Este designio de salvación, misterio de la “filantropía” de Dios, de su amor al hombre, ha comenzado a irradiar su luz en Belén, nos ha alcanzado en la unción de la humanidad del Verbo en las aguas bautismales del Jordán y ha manifestado su gloria en el inicio de la actividad pública de Jesús en las bodas de Caná. Hemos proclamado hace un momento el “anuncio de la Pascua”, porque a lo largo del año la Santa Liturgia despliega ante nosotros el Misterio manifestado, que es Cristo. La gruta de Belén y el Santo Sepulcro de Jerusalén son los lugares de nuestra redención.

La Epifanía es la fiesta de la “santa luz” como canta el oriente cristiano, luz anhelada desde antiguo y anunciada hoy por el profeta: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!”. ¡Cómo anhela el enfermo la llegada del amanecer! ¡Con qué ansia espera el insomne el fin de sus terrores nocturnos! ¡Qué hermosa es la llegada de un nuevo día, la vuelta a la vida, la luz de los rostros, la epifanía del mundo! ¡Qué importante es no acostumbrarnos a la gracia de la luz, que bautiza cada mañana el mundo, como en una nueva creación!

“Fiat lux!” ¡Hágase la luz!, dijo Dios al comienzo del mundo, y el universo emprendió su aventura, y millones de soles, millones de estrellas comenzaron a emitir su luz. Y el hombre, varón y mujer, vio también la luz, creado a imagen y semejanza de Dios. Pero los hombres recayeron en las tinieblas, preferían con frecuencia la oscuridad mortal a la luz, buscaban a tientas, guiados únicamente por la gloria manifestada en la creación y por la luz de su razón, luz hermosa pero débil, insuficiente para el camino.

El ser humano miraba al cielo, plagado de estrellas, y se sentía perdido en la soledad de los mundos. Veía las luces en el firmamento, pero no podía alcanzarlas. Cuanto más conocía, más pequeño se veía a sí mismo. Y entonces Dios tuvo misericordia de su criatura, y Él mismo, en Persona, salvó la distancia. No se contentó con ser luz... se hizo camino. ¡Con qué hermosas palabras constataba con asombro don Manuel García Morente en 1940, en carta escrita a don José María García Lahiguera, entonces director espiritual del Seminario de Madrid, la iniciativa de Dios al encarnarse!:

“Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho carne de hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita, que jamás podría el hombre franquear... Demasiado lejos, demasiado abstracto... Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, a ése sí que lo entiendo y ése sí que me entiende”.

El “hecho extraordinario” -epifanía del Dios vivo- que vivió el profesor García Morente en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, en París, tras escuchar un fragmento de La infancia de Cristo de Berlioz, cambiaría para siempre su vida.

La luz que se encendió en Belén fue irradiando en círculos concéntricos. Primero iluminó a María y a José, como vemos en muchas hermosas representaciones del arte cristiano, en las que la luz procedente del niño caldea y hermosea los rostros de ambos. Después alcanzó a los pastores de Belén, que advertidos por el ángel llegaron enseguida al pesebre. Como nos recordaba hace unos días el Santo Padre en su homilía de Nochebuena, los pastores, almas sencillas, tardaron poco en llegar al portal, porque no estaban lejos de Dios. Por último, la luz de Cristo atrajo a los magos de oriente, sabios escrutadores de los misterios celestes, de los que decía san Agustín que “no se pusieron en camino porque vieran la estrella, sino que vieron la estrella porque estaban en camino”. “Su viaje -dijo Benedicto XVI en Colonia- fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo en la estrella su confirmación y guía”.

El suyo fue un itinerario largo, difícil, como el nuestro, pues como hijos de nuestro tiempo hemos olvidado el camino a Belén. Les guió un astro, les guió su deseo. “Los magos partieron porque tenían un deseo grande”. No olvidemos que la palabra “de-siderium”, deseo, tiene que ver con “sidera”, las estrellas. “Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella”. Hemos de volver a ser “peregrinos del absoluto” (y es bueno recordarlo en el inicio de un nuevo año santo jacobeo). Hemos de desear de nuevo ver a Dios. ¡Con qué fuerza clamaba Leon Bloy, el genial escritor francés!:

“Hay muchos animales llamados racionales que parecen haber vivido sesenta u ochenta años y a los que un día se les lleva al cementerio sin que jamás hayan logrado salir de la nada. Muchos de ellos hasta han sido famosos en su viaje ‘del útero al sepulcro’... Distinguida multitud que ignora el tormento del Misterio... Pero los verdaderos hombres, los verdaderos vivos, los que ‘no han recibido sus almas en vano’, sufren y lloran como seres abandonados mientras no encuentran a la Iglesia, que guarda la llave de todos los misterios”.

El hombre de hoy, que ya no mira al cielo -o que si mira piensa con tristeza que la luz que ve quizá haga mucho tiempo que se haya extinguido-, necesita “signos”, necesita nuevas “epifanías” de Dios, pues está firmemente convencido de que el cristianismo, y la misma historia de Belén, no son sino “reliquias” -que se resisten a desaparecer- de una luz hace mucho tiempo extinguida.

Pero entonces, ¿qué espera?, ¿espera algo? Si lo espera, no lo espera ciertamente de la Iglesia, y entonces necesita inventar elefantes, y dragones, y bandas de nueva Orleans, para completar el pobre cortejo de la cabalgata de Reyes; necesita entretenerse, porque ésa es la cuestión. El hastío de la vida, la monotonía de todo exige distracción. No se puede mirar durante mucho tiempo la nada. Nosotros, queridos hermanos -laicos, religiosas, sacerdotes-, somos la respuesta de Dios, el signo de Dios para nuestro mundo. La Iglesia es la humanidad iluminada, bautizada en el esplendor de la gloria, “lumen gentium”, luz de las naciones... ¡Abramos de par en par las puertas de la Iglesia a todos los hombres, pues la luz de Cristo es para todos! También para los palacios del poder y de la ambición, donde la noticia del nacimiento de un niño no trae alegría, sino hostilidad y violencia. Cristo ha nacido también para iluminar la conciencia y el corazón de Herodes.

Como los magos, caigamos también nosotros de rodillas ante el Señor, ante su “epifanía eucarística”, y ofrezcámosle “el oro de nuestra libertad, el incienso de nuestra oración fervorosa y la mirra de nuestro afecto más profundo”. ¡Y que María, estrella de la mañana, la “que a Cristo más se asemeja” -como decía Dante-, nos acompañe siempre e interceda por nosotros! Amén".


Juan Miguel Prim

martes, 5 de enero de 2010

La señal de Dios

Últimas líneas de la homilía del Papa el 24 de diciembre. La Palabra acontece y puede ser mirada:

"Escuchemos directamente el Evangelio una vez más. Los pastores se dicen uno a otro el motivo por el que se ponen en camino: "Veamos qué ha pasado". El texto griego dice literalmente: "Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí".

Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así.

El Ángel había dicho a los pastores: "Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor. Cuánto desearíamos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su señal nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es así. Él tiene el poder y es la Bondad. Nos invita a ser semejantes a Él. Sí, nos hacemos semejantes a Dios si nos dejamos marcar con esta señal; si aprendemos nosotros mismos la humildad y, de este modo, la verdadera grandeza; si renunciamos a la violencia y usamos sólo las armas de la verdad y del amor.

Orígenes, siguiendo una expresión de Juan el Bautista, ha visto expresada en el símbolo de las piedras la esencia del paganismo: paganismo es falta de sensibilidad, significa un corazón de piedra, incapaz de amar y percibir el amor de Dios. Orígenes dice que los paganos, "faltos de sentimiento y de razón, se transforman en piedras y madera" (In Lc 22,9). Cristo, en cambio, quiere darnos un corazón de carne. Cuando le vemos a Él, al Dios que se ha hecho niño, se abre el corazón. En la Liturgia de la Noche Santa, Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos. Escuchemos de nuevo a Orígenes: "En efecto, ¿para qué te serviría que Cristo haya venido hecho carne una vez, si Él no llega hasta tu alma? Oremos para venga a nosotros cotidianamente y podamos decir: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20)" (In Lc 22,3).

Sí, por esto queremos pedir en esta Noche Santa. Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en mí, en mi alma. Transfórmame. Renuévame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra, nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado".

Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

El largo camino hasta el pesebre

Somos como los magos de oriente -en el mejor de los casos-, estamos lejos de Belén, pero Dios ha acortado las distancias:

"Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jesús en el pesebre y han podido encontrar al Redentor del mundo. Los sabios de Oriente, los representantes de quienes tienen renombre y alcurnia, llegaron mucho más tarde. Y los comentaristas añaden que esto es del todo obvio. En efecto, los pastores estaban allí al lado. No tenían más que "atravesar" (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones.

Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él.

Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí. Transeamus usque Bethleem, dice la Biblia latina. Vayamos allá. Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él. Pero también a través de senderos muy concretos, en la Liturgia de la Iglesia, en el servicio al prójimo, en el que Cristo me espera".

Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

La máxima prioridad

Sigo leyendo al Papa:

"Volvamos al Evangelio de Navidad. Nos dice que los pastores, después de haber escuchado el mensaje del Ángel, se dijeron uno a otro: "Vamos derechos a Belén... Fueron corriendo" (Lc 2,15s.). Se apresuraron, dice literalmente el texto griego. Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad. ¿Qué podía haber de mayor importancia? Ciertamente, les impulsaba también la curiosidad, pero sobre todo la conmoción por la grandeza de lo que se les había comunicado, precisamente a ellos, los sencillos y personas aparentemente irrelevantes. Se apresuraron, sin demora alguna.

En nuestra vida ordinaria las cosas no son así. La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto -se piensa- siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios.

Una máxima de la Regla de San Benito, reza: "No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)". Para los monjes, la liturgia es lo primero. Todo lo demás va después. Y en lo fundamental, esta frase es válida para cada persona. Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida.

Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones -por más importantes que sean- para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas".

Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

lunes, 4 de enero de 2010

Sin oído musical para Dios

Utiliza Benedicto XVI una expresiva imagen para hablar de la dificultad del hombre moderno para percibir la existencia y presencia de Dios:

"Hay quien dice "no tener religiosamente oído para la música". La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos "sin oído musical" para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen "no tener este oído musical" y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste".


Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

Soñar o estar despiertos

Interesante reflexión del Papa en su homilía del 24 de diciembre:

"Se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto?

La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos.

El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intereses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia".


Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

domingo, 3 de enero de 2010

Si es verdad todo cambia

Hay que leer a Ratzinger. Hay que leer a Benedicto XVI. No tiene desperdicio. Recientemente ha dicho:

"El Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un "Dios con nosotros". Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado. Cristo resucitado lo dijo a los suyos, nos lo dice a nosotros: "Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Ésta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí".

Benedicto XVI, de la homilía en la Misa del Gallo de 2009.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Vivir en la mirada...

Acabo de leer una bellísima descripción de la experiencia vivida por Romano Guardini, pensador y teólogo alemán del siglo XX, en su visita a la Catedral de Monreale (Sicilia). Por su interés la ofrezco a todos. El texto es traducción de un fragmento de la obra Reise nach Sizilien [Viaje a Sicilia]:

"Hoy he visto algo grandioso: Monreale. Reboso de un sentimiento de gratitud por su existencia. El día era lluvioso. Cuando llegamos -era jueves santo- la misa solemne había pasado ya el momento de la consagración. El arzobispo, para la bendición de los óleos sagrados, estaba sentado sobre un sitio elevado bajo el arco triunfal del coro. El amplio espacio estaba abarrotado. Por todas partes las personas estaban sentadas en sus sillas, silenciosas, y miraban.

¿Qué podría decir del esplendor de este lugar? La mirada del visitante ve, en primer lugar, una basílica de proporciones armoniosas. Después percibe un movimiento en su estructura, y ésta se enriquece con algo nuevo, con un deseo de transcendencia que la atraviesa hasta traspasarla; pero todo ello progresa hasta culminar en una espléndida luminosidad.

Un breve instante histórico, por tanto. No dura mucho, le sucede algo completamente distinto. Pero este instante, aunque breve, es de una inefable belleza.

Oro en todas las paredes. Figuras y figuras, en todas las bóvedas y en todas las arcadas. Emergían del fondo áureo como de un cosmos. Del oro irrumpían por todas partes colores que tienen en sí algo de radiante.

Sin embargo la luz estaba atenuada. El oro dormía, y todos los colores dormían. Se veía que estaban ahí y esperaban. ¡Cómo serían si refulgiesen en todo su esplendor! Sólo aquí o allí destellaba un borde, y un aura claroscura se extendía sobre el manto azul de la figura de Cristo en el ábside.

Cuando llevaron los óleos sagrados a la sacristía, mientras la procesión -acompañada por la insistente melodía del antiguo himno- se desataba a través de aquella muchedumbre de figuras de la catedral, ésta se reanimó.

Sus formas se movieron. Entrando en relación con las personas que avanzaban con solemnidad, en el rozarse de los vestidos y de los colores de las paredes y las arcadas, los espacios se pusieron en movimiento. Los espacios vinieron al encuentro de los oídos tensos en la escucha y los ojos en contemplación.

La multitud estaba sentada y miraba. Las mujeres llevaban velo. En sus vestidos y en sus telas los colores esperaban el sol para poder resplandecer. Los acusados rostros de los hombres eran bellos. Casi nadie leía. Todos vivían en la mirada, todos estaban en tensión contemplativa.

Entonces se me hizo evidente cuál es el fundamento de una verdadera piedad litúrgica: la capacidad de captar lo “santo” en la imagen y en su dinamismo.

Monreale, sábado santo. A nuestra llegada la ceremonia sagrada estaba en la bendición del cirio pascual. Inmediatamente después el diácono avanzó solemnemente a lo largo de la nave principal llevando el Lumen Christi.

El Exsultet fue cantado delante del altar mayor. El obispo estaba sentado en su trono de piedra elevado a la derecha del altar y escuchaba. Siguieron las lecturas tomadas de los profetas, y allí volví a encontrar el significado sublime de las imágenes murales.

Después la bendición del agua bautismal en medio de la iglesia. En torno a la fuente estaban sentados todos los asistentes, con el obispo en el centro y la gente alrededor. Llevaron a los niños -se notaba el orgullo conmovido de sus padres- y el obispo los bautizó.

Todo era así de familiar. La conducta del pueblo era al mismo tiempo desenvuelta y devota, y cuando uno hablaba al vecino, no molestaba. De este modo la sagrada ceremonia continuó su curso. Se desplegaba un poco por toda la gran iglesia: ora se desarrollaba en el coro, ora en las naves, ora bajo el arco triunfal. La amplitud y la majestuosidad del lugar abrazaron cada movimiento y cada figura, haciéndolos compenetrarse recíprocamente hasta unirse.

De vez en cuando un rayo de sol penetraba en la bóveda, y entonces una sonrisa áurea invadía las alturas. Y allí donde, en un vestido o en velo hubiera un color en espera, era reclamado por el oro que llenaba cada ángulo, era conducido a su verdadera fuerza y asumido en una trama armoniosa que colmaba el corazón de felicidad.

Lo más bello, sin embargo, era el pueblo. Las mujeres con sus pañuelos, los hombres con sus capas sobre los hombros. Por todas partes rostros acentuados y un comportamiento sereno. Casi nadie leía, casi nadie se inclinaba para rezar solo. Todos miraban.

La sagrada ceremonia se prolongó durante más de cuatro horas, y sin embargo siempre hubo una viva participación. Hay diversos modos de participación orante. Uno se realiza escuchando, hablando, gesticulando. Otro por el contrario se desarrolla mirando. El primero es bueno, y nosotros los del Norte de Europa no conocemos otro. Pero hemos perdido algo que en Monreale todavía existía: la capacidad de vivir-en la-mirada, de estar en la visión, de acoger lo sagrado en la forma y en el acontecimiento, contemplando.

Estaba a punto de irme cuando, de repente, descubrí todos aquellos ojos vueltos a mí. Casi horrorizado aparté la mirada, como si experimentase pudor en mirar aquellos ojos que habían sido ya abiertos en el altar".

R. Guardini, Spiegel und Gleichnis. Bilder und Gedanken, Grünewald-Schöningh, Mainz-Paderbon, 1990, pp. 158-161.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Santo Tomás y la reina bella

Recojo una anécdota que acabo de leer. Me hace más amigo aún de Santo Tomás:

Relatan los biógrafos de Santo Tomás de Aquino que un día, camino del concilio de Lyon, se quedó en París porque fue invitado a comer con el rey San Luis IX. El santo durante la cena no comió nada, lo único que hizo fue contemplar a la reina, la esposa de San Luis IX, quien un poco nervioso y celoso le preguntó:

“Tomás ¿por qué miras a mi señora en lugar de comer?”

Y Santo Tomás de Aquino le contestó:

“Majestad, miro a su señora, la reina, porque es bellísima. Y si ella es así, ¿cómo será Quien la ha creado?”

lunes, 16 de noviembre de 2009

La manifestación de la Iglesia al final de los tiempos

Con ocasión de las lecturas del pasado domingo, que hablaban del fin de los tiempos, recojo este himno de la escritora alemana Gertrude Von le Fort, convertida en edad adulta del protestantismo al catolicismo. Es la Iglesia la que habla en primera persona:

“Pero cuando un día se inicie
el gran fin de todos los misterios,
cuando el Escondido surja como un relámpago
en las tremendas tempestades
del amor desencadenado,
cuando su regreso suene como tormenta
por el universo,
y dé gritos de júbilo la soterrada añoranza
de su creación,
cuando los globos de los astros estallen en llamas
y surja de su ceniza la luz liberada,
cuando se rompan los sólidos diques de la materia
y se abran todas las esclusas de lo invisible,
cuando los milenios vuelvan con rumor de águilas
y regresen a la eternidad
las escuadras de los eones,
cuando se rompan los recipientes de los idiomas
y se precipiten las aguas torrenciales de lo nunca dicho,
cuando las almas más solitarias salgan a la luz
y se manifieste lo que ninguna sabía de sí misma:
Entonces el Revelado levantará mi cabeza
y, ante su mirada, mis velos se alzarán en fuego,
y yo estaré postrada
cual espejo desnudo ante la faz de los mundos.
Y los astros reconocerán en mí su luz glorificante
y los tiempos reconocerán en mí lo que tienen de eterno,
y las almas reconocerán en mí lo que tienen de divino,
y Dios reconocerá su amor en mí.
Y ya no recaerá sobre mi cabeza ningún velo
como el deslumbramiento de mi Juez.
En él se sumergirá el mundo.
Y el velo se llamará Gracia,
y la gracia se llamará Infinitud...
y la Infinitud de llamará Bienaventuranza.
Amén”.

Gertrud Von le Fort, Himnos a la Iglesia.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La Madre en cuyo regazo lo he aprendido todo

Homilía del domingo 15 de noviembre de 2009 (XXXIII del tiempo ordinario, ciclo B)

Hermanos, celebramos en esta mañana el día de la Iglesia diocesana. ¿Qué es la iglesia diocesana? ¿Es quizá una “sucursal” de la Iglesia católica, como los bancos y las cajas tienen sus oficinas centrales y sus sucursales? No. No es esa la verdad de la Iglesia. Nuestra diócesis de Alcalá no es sino la Iglesia, la única Iglesia de Jesucristo, que vive entre nosotros, que nos circunda, a la que pertenecemos. Es la Iglesia local, presidida por nuestro Obispo, D. Juan Antonio, uno de los sucesores del Colegio de los Apóstoles. Así pues, celebrar la Iglesia diocesana es celebrar nuestra pertenencia a la Iglesia católica.

Entonces la pregunta es: ¿y qué es la Iglesia para mí? ¿Qué importancia tiene? El poeta y escritor francés Paul Claudel, convertido en edad adulta, resume su experiencia de la Iglesia en estas pocas palabras: “El gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!”

¡Este es ya otro lenguaje! La Iglesia es Madre y Maestra. “Esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo”. Si esto es así para nosotros también, y en mi caso desde luego lo es, entonces no puedo sentir sino afecto hacia la Iglesia, agradecimiento, y también responsabilidad. Porque deseo que así como yo he encontrado este libro vivo que es la vida de la Iglesia, sus santos, su arte, su enseñanza, deseo que muchos otros puedan también encontrarla.

El papa Benedicto XVI, en una visita reciente a la diócesis de Brescia, en Italia, ha hecho una alabanza de la Iglesia, recordando las palabras de Pablo VI: “Podría decir que siempre la he amado -es Pablo VI quien habla- y que por ella, no por otra cosa, he vivido... Quisiera abrazarla, saludarla, amarla en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y guía, en cada alma que la vive y la ilustra: bendecirla”. Y le dirige las últimas palabras, como si se tratara de la esposa de toda una vida: “Y a la Iglesia, a la que le debo todo y que fue mía, ¿qué le diré? Que Dios te bendiga, sé consciente de tu naturaleza y de tu misión, ten conciencia de las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, siendo fuerte y amando a Cristo”.

La Iglesia es, pues, un misterio. Misterio de Amor, del amor de Cristo. Acabamos de celebrar la fiesta anual de San Diego, este pasado viernes. San Diego, nos recordaba nuestro Obispo, es el testimonio vivo y elocuente, cercano a nosotros, de la caridad de Cristo. Un hombre apasionado por Dios, que lo buscó en la vida eremítica y en la vida conventual, en la estricta observancia franciscana. Que encontró a Dios y lo comunicó mediante sencillos pero elocuentes actos de caridad. Un hombre que murió abrazado a la cruz, signo insuperable del amor de Dios. Ahora que asistimos al debate sobre la presencia de la cruz en lugares públicos hemos de recordar que para nosotros los cristianos, y para todos aquellos hombres y mujeres que conozcan verdaderamente el anuncio cristiano, la cruz no puede ser motivo de amenaza, de ofensa, de violencia. ¡Todo lo contrario! Es el mayor signo de amor, el signo de la nueva alianza de Dios con la humanidad. Justamente porque la cruz ha sido plantada en el corazón del mundo, en el corazón de Europa, puede esperarse un futuro de convivencia, de tolerancia, de amor y perdón. Es la cruz la que permite que convivan con nosotros personas de otras religiones, de otras culturas, porque si el brazo vertical de la cruz de Cristo nos asegura el respeto a la libertad religiosa, la relación sagrada de todo hombre con Dios, su brazo horizontal nos revela nuestra hermandad, nuestra fraternidad. La cruz es garantía de libertad, de amor y de fraternidad. Por eso, si llegara el día en que fueran prohibidos los signos religiosos deberíamos recordar que cada uno de nosotros es una cruz viva, que cada cristiano ha nacido de la cruz redentora de Cristo, que el signo de la cruz da comienzo a todas nuestra celebraciones y a cada día de nuestra vida. Debemos ser cruces vivientes, como San Diego, testigos elocuentes del amor de Dios.

Y el cuerpo incorrupto de San Diego nos recuerda también lo que rezábamos en el salmo: “Mi suerte está en tu mano... Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Lo decía Jesús en el Evangelio. “El cielo y la tierra pasarán. Mis palabras no pasarán”. Todo lo que nos rodea, el mundo visible, los astros, la realidad material, pasará, pero Dios no pasa, el sol de Dios no se pone, su palabra, que es Jesucristo, es eterna y ha vencido a la muerte. Dice Jesús en el Evangelio: “Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla”. Pero murieron los apóstoles, y sus sucesores, y han pasado veinte siglos y el mundo sigue evolucionando y el universo continúa su expansión. ¿A qué se refería entonces Jesús? Es esta una lección importante. El fin del mundo, que a tantos atemoriza y que da lugar a películas apocalípticas, tendrá ciertamente lugar, porque nuestro mundo no es eterno, pero nadie sabe el día ni la hora. Lo cierto es que nuestra vida personal en este mundo tendrá término, aunque seguimos también en esto sin saber ni el día ni la hora. Pero las palabras de Jesús se cumplieron ya en su muerte y resurrección. Allí aconteció el fin del mundo, el juicio de la historia. Su muerte y resurrección marcan un antes y un después radical. Y nosotros, que hemos venido después de este acontecimiento, y que hemos sido bautizados en Él, ya no tenemos nuestra muerte delante, sino detrás. Es esta una imagen preciosa de un teólogo de nuestros días: para nosotros cristianos la muerte ya no está delante, sino detrás, porque ha sido ya vencida y transformada por Cristo. Nuestra vida es vida nueva, y nuestra muerte no será ya la muerte pagana, que aterroriza al hombre, sino la “hermana muerte” que cantaba San Francisco.

Hemos leído en el profeta Daniel: “Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro... Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia como las estrellas, por toda la eternidad”.

Este es nuestro destino, este es el anuncio de la Iglesia. Terminemos con la invitación del papa Benedicto XVI: “Recemos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, Madre de la Iglesia. Amén!”

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo, 8 de noviembre de 2009

La lógica del Evangelio

Homilía del domingo 8 de noviembre de 2009 (XXXII del tiempo ordinario, ciclo B)

En el Evangelio de hoy encontramos una invitación del Señor a dar nuestra vida por amor, a darnos por completo a Él para encontrar la felicidad y la vida eterna.

Cuenta San Marcos que un día Jesús se encontraba en el templo, sentado frente al cepillo de las limosnas, observando cómo la gente echaba allí sus monedas. Jesús era un gran observador, traspasaba las apariencias para leer en el corazón, y es lo que hace también en este evangelio. Observa cómo muchos fieles depositan sus ofrendas, cómo echan su dinero -algunos mucho dinero- al cepillo, pero le llama la atención una mujer, una pobre viuda que acercándose echa dos moneditas de muy poco valor. Es un gesto que podría haber pasado desapercibido, entre tantas personas como acudían diariamente al templo de Jerusalén, entre tantas ofrendas como se realizaban continuamente. Pero Jesús lo ve y llamando a sus discípulos les dice: “Yo os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Jesús no critica que se hagan ofertas al templo, ni juzga la cantidad de lo donado, pues cada uno puede dar según su capacidad, sino que señala la verdadera actitud religiosa, la de aquel que se entrega por completo al Señor. Es lo mismo que sucede con la viuda de Sarepta, en la primera lectura. Cuando el profeta Elías le pide un poco de agua y algo de pan, ella desesperada le expone su pobreza, su miseria, diciéndole: “Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan solo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija: Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos”.

Pero el profeta le invita a confiar en el Señor, que “sustenta al huérfano y a la viuda... proporciona pan a los hambrientos... y alivia al agobiado”, como hemos rezado en el salmo. Y así fue, ni la harina se acabó, ni el aceite se acabó.

¿Qué nos quiere decir el Señor? ¡Que cada uno de nosotros se lo pregunte! Yo me he hecho esta pregunta y me he respondido: el Señor no quiere mis cosas, me quiere a mí. El Señor no me pide un poco de tiempo, un poco de dinero, un poco de afecto. El Señor es Dios, es el Señor y me quiere por completo. Su amor es totalizante. Si no fuera así no sería un verdadero amor.

Porque, hermanos, pasa algo parecido en la experiencia del amor humano. Aquellos que nos quieren no esperan de nosotros las migajas, no quieren lo que nos sobra. Nos quieren a nosotros. Lo quieren todo, aunque saben que no podemos dárselo. Amar es desear darse por completo. Es quererlo todo del otro. “Los demás han dado de lo que les sobra”, dice Jesús, “en cambio esta mujer ha dado todo lo que tenía para vivir”. No demos sobras a los demás, démosles lo mejor de nosotros mismos. El cristianismo es una religión de excelencia. No se nos pide ser un poco buenos, se nos pide ser santos. No se nos pide aceptar algunos sufrimientos, se nos pide tomar la cruz detrás de Jesús. No se nos promete pequeñas alegrías -esas ya las da el mundo-, se nos promete la felicidad eterna.

¿Qué sucede? Que tenemos miedo a darlo todo, tenemos miedo a salir perdiendo. Tenemos miedo a sufrir, a estar en desventaja. Y así no amamos plenamente, no nos entregamos por completo.

Pero la lógica del Evangelio es otra: lo que no se da se pierde. Lo que no se entrega se corrompe. Hay más alegría en dar que en recibir. Y el Señor ha prometido el ciento por uno. Pero para recibir el ciento hay que dar el uno. Hermanos, el amor no se agota, aunque nos parezca mentira tenemos una capacidad ilimitada de amar, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. No hay que reservarse, hay que darse sin medida.

Es el ejemplo cercano a nosotros de un santo que vivió sus últimos años y murió en nuestra ciudad. Me refiero a San Diego, cuya fiesta celebraremos el próximo viernes, día 13. Él se dio por completo y por eso sigue entre nosotros, por eso heredó la vida eterna. Dio sus bienes, dio los bienes de sus hermanos franciscanos -recordemos el célebre milagro de los panes y las rosas- y se dio a sí mismo. Es un testimonio vivo de caridad. Invoquemos durante esta próxima semana a San Diego, para que nos haga generosos en la vida, entregados, verdaderamente amantes. Sólo lo que damos al Señor se salva, sólo eso no se corrompe. Ofrezcámosle nuestros afectos, nuestros proyectos, nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras personas.

Y que María, la Virgen Madre de Cristo, nos sostenga en el amor, ella que dio al Señor “todo cuanto tenía para vivir”: sus proyectos de vida, su cuerpo, su tiempo y su alma. En ella vemos cómo paga el Señor, cómo recompensa. Que así sea.

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo, 1 de noviembre de 2009

Los mejores hijos de la Iglesia

Homilía del domingo 1 de noviembre de 2009 (XXXI del tiempo ordinario, ciclo B)

Queridos hermanos, con gran alegría celebramos hoy, 1 de noviembre, la Solemnidad de Todos los Santos. La feliz circunstancia de que este año la celebración de Todos los Santos coincida con el domingo, el Día del Señor, nos ayuda a comprender mejor el sentido de esta fiesta.

La Iglesia propone al mundo un modelo de humanidad, un ideal de hombre y de mujer. Para algunas culturas, como la civilización griega, la máxima realización de la grandeza humana se identificaba con la sabiduría, siendo el filósofo o el sabio el hombre en plenitud. El problema es que sólo algunos conseguían esa dignidad. En otras culturas, como la romana, el hombre ideal era el guerrero, el jefe militar que rendía pueblos e imponía la ley de Roma. Y así eran los hombres de armas, los políticos astutos, los que podían elevarse a la gloria de los Arcos de Triunfo que han llegado hasta nuestros días. Ha habido épocas, como el Renacimiento, en que el hombre ideal era el inventor, o el artista, o el príncipe. Y en nuestros días, por desgracia, el ideal humano es el de los que triunfan, los que tienen éxito, sin importar realmente el mérito de sus conquistas o la moralidad de sus triunfos.

Frente a estos, y otros muchos modelos de humanidad que las diversas civilizaciones han soñado, ¿que propone la Iglesia? ¿Qué propuso Cristo? Jesús no elogió al César, ni al Sumo Sacerdote, no señaló como ideal al hombre rebelde que conquista violentamente su libertad, ni al hombre de negocios que astutamente sabe aumentar día tras día sus beneficios. Jesús proclamó dichosos a los pobres en el espíritu; a aquellos cuya humanidad se conmueve ante el que llora y sufre; a los que tienen hambre y sed de justicia, de verdad, de paz; a los que tienen un corazón limpio y misericordioso; a los que aceptan la persecución sin negar la verdad y están dispuestos a dar su vida por amor, por el amor de Cristo. A esos llamó Jesús dichosos, bienaventurados, santos. Es lo que hemos oído en el Evangelio de la fiesta de hoy. “Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Hermanos, nuestro ideal de hombre es Jesucristo. Nosotros miramos su Humanidad divinizada y deseamos “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Él es el Hombre de las bienaventuranzas, el Dios con nosotros. Nuestro ideal es la santidad. “Seréis santos porque Yo, vuestro Dios, soy Santo”.

La Iglesia del siglo IV, al comenzar a usar las basílicas romanas para sus celebraciones eucarísticas, decoró sus paredes y sus arcos no con héroes, caudillos o personajes mitológicos, sino con los mártires y los santos. Esa era y es la humanidad que la Iglesia celebra y propone a todos sus hijos. Por eso la Solemnidad de Todos los Santos -con la que comienza el mes de noviembre- es un recordatorio, un anuncio del camino que el Señor nos propone para alcanzar nuestra felicidad, nuestra bienaventuranza. Si quieres ser grande, nos dice el Señor, aspira a la santidad, desea participar de la humanidad de Cristo, de la humanidad de los santos. Ellos son, como dice el Prefacio de la Liturgia de hoy, “los mejores hijos de la Iglesia”.

En el catálogo de los santos hay hombres y mujeres, ancianos y niños, sacerdotes y laicos, esposos y religiosas... La santidad no conoce barreras de raza, sexo o condición social. Así nos lo enseña la Iglesia en cada canonización, haciéndonos ver -con amor de Madre- que todos podemos alcanzar nuestro destino, ya que el Destino, que es Cristo, ha venido a nosotros, acompañándonos en el camino de la vida.

Decía hace unos años el papa Benedicto XVI al celebrar esta misma Solemnidad:

“Hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos... ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra! El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor, nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria de sus santos”.

La lectura del Apocalipsis que hemos proclamado habla de 144.000 “marcados”, pero no nos engañemos. No es ese el número de los salvados, pues el número 144, resultado de multiplicar 12 por 12 es una cifra simbólica del pueblo de Israel, un número de elección y de plenitud. Y además, el texto dice a continuación que “después apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos”.

“Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor”, hemos cantado en el salmo. Esta es la Iglesia, el pueblo de los santos. Repetidas veces ha dicho el Santo Padre que el verdadero rostro de la Iglesia se manifiesta en los santos y en la belleza de la vida eclesial. Lo dijo siendo aún cardenal Ratzinger, en la famosa entrevista con Vitorio Messori, que dio lugar al libro Informe sobre la fe:

“La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente... Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y por lo tanto humanizando, el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza -y por lo tanto de la verdad- sin la cual el mundo no sería otra cosa que antesala del infierno”.

Pues bien, hermanos, frente a un mundo que celebra el terror de los muertos y la mascarada de brujas y vampiros, testimoniemos con humildad y caridad la belleza de nuestra fe, la esperanza de nuestro destino, que sobrepasa las fronteras de la muerte, y la grandeza de nuestra vida llamada a la santidad. Dice el apóstol Juan que “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos... Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es”.

Y pidamos para todos nuestros seres queridos que han muerto en el Señor, la participación en la gloria de los Santos. Que así sea.

Juan Miguel Prim Goicoechea

domingo, 25 de octubre de 2009

Mi corazón grita más que nunca

Homilía del domingo 25 de octubre de 2009 (XXX del tiempo ordinario, ciclo B)

“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”, hemos cantado con el salmista. Sí, la diócesis de Alcalá está contenta, por muchas razones, entre ellas por la ordenación ayer mismo, en esta Catedral, de tres nuevos diáconos al servicio de nuestra Iglesia. Juan Jesús, Álvaro y Miguel Ángel -todos ellos de Alcalá- recibieron de manos de nuestro Obispo, D. Juan Antonio, la ordenación diaconal y si Dios quiere serán ordenados sacerdotes en el próximo mes de mayo. Durante este curso ejercerán su ministerio en Rivas Vaciamadrid, San Fernando de Henares y Torrejón de Ardoz. Es pues una buena noticia; el Señor sigue llamando, y hay quien escucha y responde.

Pero hay muchas más razones para la alegría. Esta semana hemos conocido una noticia excepcional: medio millón de anglicanos, entre los que se cuentan fieles, seminaristas, sacerdotes e incluso obispos -unos 20-, serán admitidos a la comunión plena con la Iglesia Católica. El Papa promulgará una Constitución Apostólica para regular el paso de estos fieles desde la Comunión Anglicana a la Iglesia Católica. Se respetarán las peculiaridades de su tradición espiritual y litúrgica en la plena asunción de la doctrina católica. Es esta también una excelente noticia en el campo del diálogo ecuménico. En la primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, leíamos: “Gritad de alegría... regocijaos... Yo os traeré del país del norte... una gran multitud retorna”. Esta palabras, originalmente referidas al pueblo de Israel, podemos hoy aplicarlas a aquellos que procedentes del país del norte, Inglaterra, y de otros lugares de fe anglicana, retornan a la comunión plena con la Iglesia Católica.

Pero vayamos al Evangelio de este domingo, en el capítulo 10 de San Marcos. Jesús sale de Jericó, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío, y encuentra, sentado al borde del camino, a un ciego, llamado Bartimeo, pidiendo limosna. Hasta aquí resulta una escena normal en tiempos de Jesús. Muchos ciegos, lisiados y mendigos llenaban las calles y los caminos de Palestina. La civilización cristiana no había llegado aún, y no existían los hospitales, los sanatorios, los albergues que hoy en día consideramos imprescindibles. Pero este ciego, que pide limosna, al oír que era Jesús quien pasa, comienza a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. No le pide limosna, ¡sería demasiado poco! Pide compasión, pide un milagro. Sabe que Jesús tiene poder, ha oído hablar de él. Le llama Hijo de David, es decir, le reconoce como Mesías, enviado de Dios. También nosotros podemos hacer nuestra su petición: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.

Pero fijaos lo que sucede. Dice el Evangelio que “muchos lo regañaban para que se callara”. Les resultaba desagradable, no querían que molestara al maestro, les parecía impropio. Pero el ciego “gritaba más” fuerte: “Hijo de David, ten compasión de mí”.

A mí esta escena me hace pensar en nuestros días, en nuestros tiempos. También hoy se quiere acallar la pregunta, la petición, el grito dirigido a Jesús, a Dios. No es “políticamente correcto” expresar en público nuestra oración, nuestro grito a Dios. También hoy se intenta muchas veces acallar las preguntas más serias del corazón. Y así ante la muerte, ante una gran tragedia ya no se pregunta ¿qué será de ellos, de los que han muerto?, sino que se llama a los psicólogos, para acallar la pregunta, considerada casi patológica.

“Todo conspira para acallarnos”, para acallar nuestras preguntas últimas, que son en realidad las primeras, las más urgentes: ¿qué sentido tiene la vida?, ¿es posible amar para siempre?, ¿existe el perdón para el mal que yo cometo?, ¿tiene salvación nuestro mundo, nuestra vida?... ¿Será posible ser feliz?

Os leo las palabras de una chica, llamada Laura, que hablaba así de la tentación de sofocar las preguntas: “Algunas mañanas, cuando me despierto y me asaltan estas cuestiones, casi pienso que es mejor no tenerlas en cuenta, que es mejor acallarlas, porque me obligan a tomar en serio mi vida. Mil veces caigo en este punto, es decir, prefiero escapar de estas cuestiones con la esperanza de que pasen pronto y todo se resuelva sin que yo sufra demasiado, esforzándome lo mínimo por encontrar una respuesta... Pero hay un problema: puedo pasar días enteros ignorando ciertas circunstancias, me he vuelto una experta en hacerlo, pero no puedo acallar mi corazón, y esto es lo que me salva, lo que hace que esté viva todavía. Mi corazón grita, grita ahora más que nunca”.

Es lo que hace el ciego del Evangelio. “Gritaba con más fuerza”. Entonces, Jesús, al escuchar su grito, se detiene y lo llama a su presencia. “LLamaron al ciego diciéndole: Ánimo, levántate, que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. Era ciego, pero no paralítico. “Dio un salto”, lleno de alegría, de esperanza... “y se acercó a Jesús”. ¿Os dais cuenta? Esto también lo podemos hacer nosotros. Gritar a Cristo, acercarnos a Él. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Es fantástico. Jesús ve que es ciego, sabe lo que quiere. Pero se lo pregunta, para hacerle consciente de su necesidad. Cristo no puede obrar en nosotros, no puede curar nuestra ceguera si no se lo pedimos, si no le gritamos.

Cristo nos pregunta hoy, ahora: “¿Qué quieres que haga por ti?” ¿Qué necesitas? No salgáis de este templo, no salgamos, sin identificar nuestra necesidad más radical, sin responder a la pregunta de Cristo, que nos habla hoy a través de la liturgia, de la Palabra proclamada, de la Eucaristía.

El ciego pidió ver y Jesús se lo concedió, pero le dijo: “Tu fe te ha curado”. Es como si le dijera: “No ha sido magia, sino un milagro posible por tu fe en mí”. La fe, hermanos, nos cura, nos salva. Bartimeo, el ciego del Evangelio, “recobró la vista” al momento y -añade el Evangelio- lo seguía por el camino”.

Concluyo con esta observación: el ciego recobró la vista, pero no volvió al lugar de antes -al borde del camino-, ni se fue a su casa, sino que siguió a Jesús, se convirtió en discípulo suyo. Al recobrar la vista pudo ver a Jesús, en quien ya había creído. Por eso el mayor milagro es la fe, es ver a Jesús y ser discípulos suyos. Hermanos, no ahoguemos el grito de nuestro corazón, no acallemos las preguntas. Gritemos al Señor y aumentará nuestra fe. Sigamos a Jesús por el camino de la vida y podremos cantar cada día: “El Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre”. Que así sea.

Juan Miguel prim Goicoechea

martes, 20 de octubre de 2009

Apartarse para abarcar mejor el mundo

Estoy leyendo un libro que reúne artículos breves de Gilbert Cesbron, escritor católico francés (1913-1979). Lo compré hace unos días en la feria del Libro de Alcalá de Henares. He encontrado estas páginas sobre la oración contemplativa, escritas en 1954, que os ofrezco:

"En un siglo que confunde Caridad y Bondad, tenemos que seguir afirmando este escándalo: que el Desprendimiento es poco sin la Plegaria y que, si hay que establecer entre ellos un orden de precedencia, lo primero es la Plegaria.

Pero, ¿no se está también muy tranquilo tras los muros de un monasterio? Una vida regulada con exactitud y rosas en el jardín del claustro; se come todos los días (poco, pero con seguridad); y todas las noches se duerme (poco, pero apaciblemente). ¿Qué importa que el mundo se hunda con tal de que sigan sólidos los muros que rodean al convento? ¿A quién podremos hacerle creer que esa vida sea más meritoria, más eficaz, más heroica que la del misionero o de la hermanita de los pobres? ¿A quién se lo haríamos creer?

Pues a nosotros, a los cristianos. A nosotros que, por vocación, aceptamos lo imposible. En un mundo donde los ricos son desgraciados y felices los que lloran, en un mundo en que lo que permanece oculto para los sabios se les revela a los pobres de espíritu, no podemos sorprendernos de que los más silenciosos e inmóviles puedan ser los más eficaces, y los más recluidos y aislados del peligro, resulten los más heroicos (...)

En cualquier cosa se puede creer a medias -lo cual viene a ser incluso una cierta definición de la inteligencia- pero en Cristo, en cambio, no se puede creer a medias (...) Ya veis que es imposible escapar. El cristianismo no es una religión de viejas sino de hombres hechos. Sería tan cómodo creer sólo a medias... Pero eso no vale. Hay que enfrentarse decididamente con un cierto número de verdades escandalosas. Y ésta es una de ellas precisamente: que la plegaria es más operante que la acción y que los conventos son tan útiles como los dispensarios por la sencilla razón de que el alma es más importante que el cuerpo.

Es muy conveniente para todos nosotros, muertos y vivos, cristianos o no, es muy bueno para todos -pues todos somos hijos de Dios- que los monjes y las monjas, mientras nosotros dormimos aún, recen en el frío y en la soledad. Nos beneficia mucho a todos, cardenales o ateos, que esos hombres y mujeres vayan llenando gota a gota, en su aislamiento, esa doble cisterna de agua viva de la que también depende lo que llamamos nuestra salvación y que nos permitirá la alegría de contemplar juntos a Cristo en toda su gloria, su justicia y su verdad. Es muy bueno para todos nosotros que mientras nos afanamos y hacemos nuestras cuentas, mientras que caemos en esa sutil trampa del «deber cumplido», unos hombres y unas mujeres restablezcan con sus oraciones el equilibrio de un mundo del que sólo se han apartado para abarcarlo mejor, de un modo total y sin distinguir ya entre círculos, clases ni naciones, sin esos límites tan frágiles que los hombres han impuesto a la Creación. Es muy saludable para nuestra alma que ellos estén en silencio mientras que nosotros discurseamos, que obedezcan mientras que nosotros creemos mandar y que la grave campana de los monasterios suene más fuerte, sin saberlo nosotros, que el timbre de nuestro teléfono.

¿Con qué derecho vamos a establecer un orden jerárquico entre el sacerdote y el monje si Dios se ha tomado el trabajo de llamarlos claramente por uno u otro camino? Asimismo, ¿cómo nos atreveríamos a juzgar inútil o parásito a uno de esos caminos sólo porque es más secreto, más exigente, más desnudo? ¿Qué sería el día sin la noche que lo separa del siguiente y nos permite reparar nuestras fuerzas? ¿O la primavera sin el invierno silencioso, en que la tierra descansa? ¿O la fruta sin el hueso que la perpetúa? ¿Y qué sería el hombre sin la mujer? Así, la Iglesia es doble; militante y de clausura, Iglesia de acción y de plegaria en donde el sacerdote de la misión obrera y la carmelita, hermanos que nos parecen tan distanciados, viven unidos bajo la mirada de Dios.

Es muy beneficioso para todo el mundo que el hijo del multimillonario y del general en jefe y el del gran político, le anuncien solemnemente a su padre que han elegido el Silencio, la Obediencia y la Pobreza y no ya que «renuncien» al mundo sino que se entreguen verdaderamente a él detrás de los muros infranqueables de un monasterio...

Gilbert Cesbron, ¡Soltad a Barrabás!, Ediciones Destino, 1976, pp. 40-43

domingo, 18 de octubre de 2009

La petición de los hijos de Zebedeo

Homilía del domingo 18 de octubre de 2009 (XXIX del tiempo ordinario, ciclo B)

"El Evangelio de este domingo nos presenta a dos de los discípulos de Jesús, Santiago y Juan -los hijos de Zebedeo- formulando una petición, o más bien casi una orden, a Jesús: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. ¿Cómo reaccionaríais vosotros si uno de vuestros hijos os dijera “quiero que hagas lo que te voy a pedir”? Probablemente todos responderíamos algo así como: “lo haré si quiero”, o al menos, “lo haré si lo considero oportuno”. Desde luego no parece una forma adecuada de pedirle algo a Jesús, y sin embargo muchas veces es lo que hacemos con Dios; le decimos lo que debe hacer por nosotros.

Ahora bien, Jesús parece no ofenderse, ya que hay confianza entre los discípulos y Él. Entonces les pregunta: “¿Qué queréis que haga por vosotros?” A ver si por lo menos el contenido de la petición es justo. Pero fijaros, lo que le piden los dos hermanos, nada menos que Santiago y Juan, es “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. ¡Caramba! ¡El tráfico de influencias está ya presente en el Evangelio! Quieren llegar alto. Es lógica la reacción de los demás discípulos “que se indignaron contra Santiago y Juan”, no sabemos si porque se les habían adelantado en pedir este privilegio o porque les parecía indigno de un discípulo buscar el poder y el prestigio de esa manera.

Lo cierto es que los discípulos dan muestras de no haber comprendido el sentido de la realeza de Cristo. Pese al tiempo que llevan conviviendo estrechamente con Jesús no han entendido ni su mensaje, ni su Persona. Jesús, con paciencia pero también con firmeza les responde: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Jesús sabe que al trono de gloria, a la gloria del cielo se llega por la humildad, por la obediencia a la voluntad del Padre, por la entrega de la propia vida. Por eso les habla del cáliz... de la pasión -el cáliz que alzamos en la Eucaristía cada domingo-, que es su sangre derramada por amor; y les habla del bautismo por el que ha de pasar, también éste de sangre, el bautismo de la pasión, muerte y resurrección. Pero ellos no entienden. Todavía no han comprendido que el Hijo del hombre, el Buen Pastor, debe padecer y derramar su sangre por la redención de los hombres. Con una enorme audacia, hija de la ignorancia, afirman: “Lo somos”. “Somos capaces”. Jesús entonces les anticipa la participación en su mismo destino: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”. Los discípulos llegarán a la gloria, ciertamente, pero pasando por el martirio, por la entrega de sus vidas. Es la condición del discípulo, que no es más que su maestro.

Jesús aprovecha esta situación para dar una lección a sus amigos, y con ello nos alecciona también a nosotros. “Sabéis -les dice- que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Esto es lo que siempre diferenciará al cristianismo de cualquier filosofía, sistema político o ideología. Jesús invierte los valores. No es más grande el que domina, sino el que sirve. No es primero el que tiene el poder de oprimir, el más fuerte, sino el que más ama, el que más sirve a sus hermanos y a Dios. Es el ejemplo de los santos. Es el ejemplo de la liturgia.

Quizá alguno de vosotros se haya detenido un momento en estos días a leer un cartelillo que hay a la entrada de esta iglesia, aunque seguramente os haya pasado desapercibido. En él se dan las razones por las que los cristianos nos arrodillamos en misa en el momento de la consagración, cosa que no todos hacen, por una mala comprensión del gesto de arrodillarse. Recoge el cartel una frase de Benedicto XVI que dice: “Arrodillarse en adoración ante el Señor es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros los cristianos sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento”.

Es una afirmación revolucionaria. Nunca es el hombre más grande que cuando se arrodilla ante el Señor, cuando reconoce su fragilidad y su grandeza. Todo lo contrario de lo que sostenía Nietzsche, el profeta de la muerte de Dios, del nihilismo y del superhombre, quien creía que el cristianismo era la religión de los débiles, de los pusilánimes, de los resentidos. Pero hay que ser fuerte para reconocer la propia fragilidad, para luchar todos los días por la propia conversión. El único superhombre es Cristo, porque siendo hombre verdadero es a la vez Dios. Él es, como dice hoy la Carta a los Hebreos, “el sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios”. Él no es “incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”, pues “ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”.

Cristo, como decía la lectura del profeta Isaías fue “triturado con el sufrimiento” y entregó su vida “como expiación”. Pero “verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano”. La descendencia de Cristo la vemos todos los días en la vida de la Iglesia. La veíamos el pasado viernes en la Vigilia de Oración por la Vida que presidía en esta Catedral nuestro Obispo, D. Juan Antonio. La vimos ayer en el clamor, pacífico pero profético, de un pueblo que afirma la vida, que defiende a la mujer, que respeta y apoya la maternidad. La vemos también -hoy, día del Domund- en los miles de misioneros y misioneras que anuncian incansablemente el Evangelio en los cinco continentes, sirviendo al hombre, a su promoción integral. Como nos recuerda el Papa en su Mensaje de este año para el Domund: “La Iglesia no actúa para extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo”. Y afirma también: “La misión de la Iglesia es la de ‘contagiar’ de esperanza a todos los pueblos”. Somos “germen de esperanza”.

“El Señor ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra”, hemos cantado con el salmista. Que luchemos incansablemente por la justicia y el derecho, oponiéndonos siempre -de manera pacífica- a las leyes injustas, a las situaciones de violencia hacia la mujer embarazada y hacia la vida humana en el seno materno, hacia toda forma de violencia o de injusticia. Que, como nos exhortaba nuestro Pastor en la Vigilia del viernes pasado, promovamos la cultura de la vida, no juzguemos nunca a quien sufre los errores y la violencia de esta sociedad, y ejercitemos la misericordia con todos. El más fuerte es el que ama más, el que abraza más, el que no se resigna al mal. Que la Virgen María, nuestra Señora del Val, nos alcance la gracia de ser verdaderos discípulos de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Así sea".

Juan Miguel Prim

domingo, 11 de octubre de 2009

El joven y triste rico

Homilía del domingo 11 de octubre de 2009 (XXVIII del tiempo ordinario, ciclo B)

“La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante... juzga los deseos e intenciones del corazón”. Son palabras de la segunda lectura de hoy, de la Carta a los Hebreos.

Hermanos, cuando cada domingo atravesamos el umbral, la puerta de esta Catedral, estamos aceptando ser iluminados, fortalecidos y también corregidos por la Palabra del Señor, Palabra viva y eficaz. Eso implica en nosotros una disposición básica, pero que no podemos dar por supuesta: la de aquellos que buscan humilde y sinceramente la Verdad.

“Todo está patente -sigue diciendo la Carta a los Hebreos-, todo está patente y descubierto a los ojos de aquél a quien hemos de rendir cuentas”. “No hay criatura que escape a su mirada”. Hay muchas personas a las que este vivir siempre bajo la mirada de Dios les agobia, les resulta insoportable, como si Dios fuera el “Gran Hermano”, o mejor el “Gran Padre” que continuamente nos acecha. Pero mirad, igual que no nos molesta vivir bajo la luz del sol que da vida, el sol que alegra y caldea nuestros días, no sólo no debe darnos miedo la mirada de Dios, sino que debe infundirnos alegría, esperanza, pues hay Alguien que nos ama, Alguien que sabe realmente lo que nos pasa, Alguien que valora y premia nuestros esfuerzos.

Hemos rezado con el salmo 89: “Sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría”. La alegría no nos la da el que lo hagamos todo bien, ni el no equivocarnos, sino el saber que estamos en el camino justo, que nos arrepentimos del mal que hacemos, que vivimos bajo la mirada misericordiosa de Dios.

Lo contrario a la alegría es la tristeza y ése es el sentimiento que experimentó el personaje del evangelio de hoy, el joven rico, como la tradición cristiana le ha denominado, pues no conocemos su nombre. Él llegó corriendo ante Jesús, impulsado por su deseo sincero de ver a este hombre del que sin duda le habían hablado. Se pone de rodillas ante Él y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” La pregunta es buena: ¿qué he de hacer para tener vida verdadera, para que mi alegría no caduque, para alcanzar la vida eterna? ¿Acaso no es eso lo que todos deseamos: vivir para siempre, vivir bien? Hoy que se habla tanto de “calidad de vida” pensemos que no hay vida de más calidad que la vida eterna.

Pero Jesús, que conoce los deseos e intenciones del corazón, le responde: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios”. Preguntémonos por qué Jesús dice esto. Él mismo es bueno, pues en Jesús no hubo mal deseo, ni mala intención, ni pecado alguno, pero Él mismo es Dios. Y el joven rico no lo ha reconocido todavía como Dios. Para Él Jesús es un maestro de moral, un rabbí. Y además, como veremos a continuación, el joven rico se considera bueno, se cree bueno. Cuando Jesús le dice que el bien consiste en seguir y cumplir los mandamientos el joven responde: “Todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Como diría Don Pablo -párroco de Santa María y anterior párroco también de esta iglesia- vamos a bajar la imagen del santo de su peana y te ponemos a ti. El joven se cree bueno. Por eso Jesús le ha dicho: “Sólo Dios es bueno”.
Entonces Jesús -mirándole con cariño- le propone un seguimiento radical, le invita a salir de sí mismo, de su “yo”, que es todavía el centro, para seguirle: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Si Jesús le hubiera dicho que tenía que hacer más ayunos o más oraciones, seguramente las habría hecho, pero hubiera seguido centrado en sí mismo, sin reconocer y amar a Dios. Por eso le dice: “Sígueme”. Comienza a seguir a otro distinto de ti, ama a Otro, con mayúsculas. No estés tan preocupado por tu propia perfección, ni siquiera por tu salvación. Aprende a amar, a olvidarte de ti. Sígueme.

Entonces, “él frunció el ceño y se marchó pesaroso -triste-, porque era muy rico”. ¿Le ataban las riquezas? Sí, desde luego, pero sobre todo le ataba su propio “yo”. Esto es lo que más nos cuesta, hermanos, lo que más nos hace sufrir: el egoísmo, la afirmación suicida, la afirmación a muerte del propio “yo”, la incapacidad de amar y de dejarnos amar sin merecerlo. Queremos merecer el amor, siendo buenos. Pero las cosas no funcionan así.

Ante la retirada del joven, Jesús dice: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!” Hoy en día esta afirmación no nos causa demasiados problemas, porque como no somos ricos -al menos según los criterios occidentales- pensamos que estas palabras no tienen que ver con nosotros. Seguimos teniendo metida en la cabeza la lucha de clases. Pobre igual a bueno, rico igual a malo. Pero Jesús no dice exactamente eso. Él dice: “¡Qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!” Así se explica la reacción de los discípulos, que primero se extrañan y luego se espantan de las palabras de Jesús: “¡Entonces, ¿quién puede salvarse?” Porque todos, también nosotros hermanos, ponemos la confianza de nuestra vida, nuestra alegría y seguridad, en nuestros bienes. “Sólo Dios es bueno”, sólo Él es totalmente libre y vive sólo de Amor. Nosotros mezclamos a Dios y el dinero, ponemos una vela a Dios y otra... ¡Dios sabe a qué!

Como le pasó al joven rico, que se marchó triste renunciando a su deseo, también nosotros tenemos muchas veces miedo a perder algo si seguimos con mayor radicalidad a Cristo. Pero “Cristo no quita nada, sino que lo da todo”. Es la experiencia de los santos, de aquellos canonizados, como hoy lo ha sido en Roma el hermano Rafael, o de los “santos” que viven a nuestro lado, cuya alegría es Dios, su amor. El domingo pasado -día de San Francisco de Asís- acompañé por la tarde a una joven de nuestra parroquia, Sofía, en su entrada en el Monasterio de la Aguilera, de las clarisas de Lerma. La alegría de su rostro y el testimonio luminoso de las otras 138 clarisas de ese monasterio son signo incontestable de que Cristo lo da todo. Decía el hermano Rafael, desde hoy San Rafael Arnáiz: “Dios no nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro”. Lo repito: “Dios no nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro”. Quedaos con esta frase. Que nos acompañe en nuestra vida cotidiana. Seamos sencillos, pobres, y vivamos de amor, amor por dentro, sin alharacas, sin llamar la atención, sin intentar demostrar que somos buenos.

Esta es la sabiduría de la que hablaba la primera lectura: “La preferí a cetros y tronos... No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro. La quise más que a la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes”. Hermanos, sigamos a Jesús y heredaremos la vida eterna. Amén".

Juan Miguel Prim

domingo, 4 de octubre de 2009

No es bueno que el hombre esté solo

Homilía del domingo 4 de octubre de 2009 (XXVII del tiempo ordinario, ciclo B)

"Queridos hermanos, la liturgia de la Palabra de este domingo nos habla de una hermosa verdad de nuestra fe: que Dios, en su designio amoroso, ha querido crear al ser humano “a su imagen y semejanza”, a imagen de su naturaleza trinitaria, de modo que “no es bueno que el hombre esté solo”, pues cada uno de nosotros sólo puede alcanzar su verdadera estatura en el amor, en la relación con los demás y con nuestro Creador.

Dicho de otra manera: el ser humano no está condenado a un triste y solitario monólogo, a un soliloquio, sino que está llamado a un diálogo, un diálogo con sus hermanos y con Dios, su primer y principal interlocutor. Esta vocación al amor está presente en la Sagrada Escritura desde sus primeras páginas. En efecto, hemos escuchado en el libro del Génesis -el libro de los orígenes del mundo y de la historia- que Dios, al ver al hombre que acababa de crear, se dijo: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre... Pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo”.

Fijaos, el mundo es la morada del hombre, su hogar, y todos los animales que en él habitan están a su servicio y él los domina, pues “poner nombre” es conocer la naturaleza de las criaturas y ejercer un dominio sobre ellas. Esta es la verdad de la Revelación: el ser humano no es un animal más en la amplia variedad de la fauna terrestre. No es simplemente un animal que ha tenido suerte, en el que de un modo completamente aleatorio se ha desarrollado la chispa de la inteligencia, del lenguaje, del arte y la espiritualidad. El ser humano, tomado del barro de la tierra, es decir, de la materia cósmica -pues como algunos han dicho somos “polvo de estrellas”-, ha sido sin embargo modelado por las “manos de Dios”, recibiendo en sí mismo el hálito divino, el espíritu. Y así, si bien no hemos de ver ninguna incompatibilidad entre la actual constatación del origen evolutivo de la especie humana y la noción bíblica de la creación del hombre, pues éste fue “formado” y “modelado” pacientemente por el Creador, no podemos renunciar a la afirmación de que el ser humano no existiría sin un principio que no es material, es decir, sin un “alma”, que es relación directa y personal con Dios.

Pues bien, todo el mundo creado -nos recuerda el Génesis-, incluidos los animales más cercanos o queridos por el hombre, no resulta compañía adecuada, que pueda hacerle salir de su soledad. “No hubo ningún ser semejante para ayudarlo”, dice el texto bíblico.

Pensemos por un momento cuál sería nuestra situación si estuviéramos absolutamente solos en el mundo. Sin ningún otro ser humano. Por muy hermosos que fueran los paisajes, por muchas comodidades materiales de que pudiéramos gozar, por mucho alimento o vestido del que dispusiéramos, nuestra soledad sería terrible, radical. “No es bueno que el hombre esté solo”. ¿Qué hace entonces Dios? “Hizo caer al hombre en un profundo sueño...” y de una costilla suya, es decir, de su misma naturaleza, de su misma carne y sangre, formó a Eva, la mujer. Hay en este relato del Génesis una importantísima verdad: hombre y mujer son de la misma naturaleza, no sólo de la misma especie -lo cuál es biológicamente evidente-, sino de la misma condición, del mismo orden de ser, y por eso sólo ellos pueden hacerse mutua compañía de un modo completamente distinto a como puedan hacerlo los animales llamados “de compañía”.

El Génesis nos enseña, además, que no hay un solo modo de ser persona humana, sino dos: hombre y mujer, persona masculina y persona femenina. Hombres y mujeres nos complementamos y nos necesitamos. Y en el amor de predilección y en la unidad de una sola carne hombre y mujer resultan fecundos y pueden dar a luz nuevas vidas.
Pero llegados a este punto surge en nosotros rápidamente una objeción. Es verdad que los seres humanos podemos hacernos mucha compañía, que podemos ser verdadera ayuda en la vida, y ésta es una de las dimensiones más enriquecedoras de la amistad, de la familia, del matrimonio... pero -siempre hay un pero-, con frecuencia la convivencia se hace difícil, es mortificante, nos hace sufrir, hasta el punto de llegar a decir aquello de “más vale solo que mal acompañado”.

Y así, la pregunta que los fariseos formulan a Jesús -“¿le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”- se convierte también en nuestra propia pregunta, y con frecuencia en una implícita o explícita acusación a la Iglesia, por no ser “comprensiva”, por no “darse cuenta” de que el amor entre el hombre y la mujer puede acabar, por anteponer una “ley externa” a la felicidad del ser humano. Sí, hermanos, posiblemente en algunos de vosotros que habéis experimentado un matrimonio difícil, una separación o un divorcio, posiblemente en vosotros esté presente esta misma pregunta. Pero mirad, los fariseos se la hicieron a Jesús para ponerlo a prueba. Nosotros hemos de hacerla con el deseo sincero de escuchar la respuesta del Señor. ¿Qué respondió Jesús? “Desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

¿Hemos de pensar que Dios quiere la infelicidad de hombres y mujeres al condenarles a una vida común sin posibilidad de “rescisión de contrato”? Seamos sinceros: cuando uno ama, desea que el amor dure, que sea para siempre. Los enamorados de todos los tiempos se han jurado amor eterno. El deseo del corazón es claro... su realización en el tiempo no tanto. Muchas veces fallan los cimientos, no hay madurez afectiva, no hay disponibilidad al perdón, falla la comunicación, no hay voluntad de construir juntos... Somos frágiles y egoístas. Podemos elegir mal, podemos darnos cuenta demasiado tarde de haber cometido un error... y entonces, ¿qué quiere Dios de mí? ¿Qué quiere de nosotros?

Mi experiencia de sacerdote -y la experiencia de muchos de mis amigos y conocidos feliz o tristemente casados- me dice que no hemos de negar el ideal porque no seamos capaces de vivirlo sin caídas o dificultades. Las uvas no dejan de estar maduras y apetitosas porque no seamos capaces de alcanzarlas... Cristo propone una y otra vez el mismo ideal a nuestro corazón: es posible amar, es posible la fidelidad, es posible el perdón... pero hace falta un corazón puro. Lo más realista es reconocer nuestra impotencia, nuestra incapacidad y pedir, mendigar. “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios”.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo que junto a miembros sanos y felices tiene también miembros heridos, matrimonios rotos, hijos que abandonan la fe de sus padres, sacerdotes o consagrados que no viven bien su vocación... pero no por eso deja de ser el Cuerpo de Cristo. Somos objeto de la misericordia de Cristo, Él cura nuestras heridas, Él carga con nuestras dolencias. Es tarea de toda la comunidad cristiana educar a los niños y a los jóvenes en la belleza de una vocación al amor, generoso y sacrificado, en la alegría de la donación, en la fecundidad del amor esponsal y virginal. Lo que para nosotros es imposible es posible para Dios, es posible con Dios. Y es tarea también de la comunidad eclesial acoger a aquellos que han sido asaltados en el camino de la vida, que han sido vapuleados, que han sufrido la injusticia y el dolor de un amor egoísta. La Iglesia es madre, y por eso, junto con la acogida y la ternura debe levantar nuestra mirada una y otra vez hacia el destino para el que hemos sido creados: “no es bueno que el hombre esté solo”. Por eso Dios nos ha puesto en la Iglesia, para que aprendamos a amar y a dejarnos querer. Para que cumplamos nuestra vocación esponsal, nuestra vocación al amor, pues “el Creador y Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria”. Que así sea".

Juan Miguel Prim

jueves, 1 de octubre de 2009

El Papa ha viajado a Praga y en esta hermosa ciudad ha citado a Kafka, quien afirmaba:

"Quien mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece nunca".

Ha dicho el Papa, Benedicto XVI:

"Si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, entonces podremos verdaderamente esperar seguir siendo jóvenes y construir un mundo que refleje algo de la belleza divina".

domingo, 13 de septiembre de 2009

¿Quién dices tú que soy Yo?

Homilía del domingo 13 de septiembre de 2009 (XXIV del tiempo ordinario, ciclo B)

"“¿Quién dice la gente que soy yo?” Es la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Es como si Jesús preguntara: “¿Qué piensa la gente de mí? ¿Quién creen que soy yo?” Es una pregunta que no tendría sentido si Jesús no tuviera la pretensión de ser alguien especial.

El otro día, en una reunión de sacerdotes -hablando de los objetivos y de las iniciativas del Año Sacerdotal- un párroco proponía preguntar a nuestros fieles qué piensan de nosotros como sacerdotes, para así saber mejor en qué hemos de corregirnos y qué espera el pueblo de Dios de nosotros. Es interesante, desde luego, ya que es fácil que la imagen que tenemos de nosotros no coincida con el modo en que nos ven los demás. ¿Es eso lo que pretende Jesús al preguntar “¿quién dice la gente que soy yo?” Me parece que no. Jesús no está preocupado por su popularidad, ni por su imagen. Jesús puede leer en los corazones de sus amigos y de sus adversarios, como tantas veces vemos en el Evangelio. No es por curiosidad por lo que hace la pregunta a sus discípulos. Es para que ellos mismos se hagan la pregunta.

Ellos responden enumerando las opiniones que los judíos tenían sobre Jesús: “Unos dicen que eres Juan Bautista”, porque el pueblo estimaba a Juan, que había muerto injustamente por el odio de Herodías y la pusilanimidad de Herodes y pensaban que Dios lo había enviado de nuevo en Jesús, para continuar su misión profética; “Otros dicen que eres Elías”, el gran profeta de Israel, arrebatado al cielo en un carro de fuego, y del que la tradición judía decía que volvería en los tiempos mesiánicos; “otros que uno de los profetas”... es decir, que en realidad el pueblo creía en Jesús como profeta de Israel, veía en él algo especial, lo veía como enviado de Dios.

¡Qué diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros! Todos los hombres y mujeres de aquella época creían en Dios, aunque luego pudieran ser impíos o pecadores. Hay un salmo que expresa bien la mentalidad del hombre de casi todas las épocas, menos la nuestra: “Dice el necio para sí: no hay Dios”. Ese versículo del salmo 14 expresa el sentido común del hombre sano: negar a Dios es una necedad, decir que no hay Dios es propio de necios. ¡Cuántos necios hay entonces hoy! Porque hoy lo raro es decir que hay Dios. El necio -hoy- es el hombre creyente, el que sigue creyendo en el mito de Dios, como hoy dirían tantos “profetas” posmodernos.

Hace veinte o treinta años todavía podía darse un fenómeno como Jesucristo Superstar, que llegó a España en 1975. Se trataba desde luego de una visión reductiva de la figura de Jesús, propia de la ideología de la época, pero ponía de manifiesto que Jesús de Nazaret era aún un referente en el mundo de la cultura y de las masas. Hoy algo así parecería imposible. Cuando hace unos años llegó a las pantallas La Pasión de Cristo de Mel Gibson la crítica la despachó rápidamente denunciándola como violenta y sádica, ¡como si Jesús hubiera muerto en la cama, de muerte natural!

“¿Quién dice la gente que soy yo?” ¿Qué responden los hombres de nuestro tiempo a esta pregunta de Jesús? “Unos, que no exististe, que te inventaron los cristianos; otros, que fuiste un judío marginal, opuesto a la casta sacerdotal de la época; otros, que un idealista que acabó mal”. En cualquier caso, nadie al que prestar mucha atención, pues aunque la fe cristiana haya marcado la historia, el arte y la cultura, se trata de algo del pasado, de algo felizmente superado.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta es la pregunta radical. No qué piensa la gente de Cristo -pues eso no nos dice sino cuál es el estado actual de nuestra cultura-, sino quién decimos nosotros, los cristianos, los discípulos de Jesús, que es Él.

Pedro, en nombre de los Doce, dijo: “¡Tú eres el Mesías!”, el Ungido, el enviado de Dios. Los discípulos sí habían comprendido quién era Jesús, pero su mentalidad todavía no había cambiado, seguían anclados en sus ideas de las cosas, como se ve en la actitud de Pedro: cuando Jesús anuncia su Pasión, Muerte y Resurrección Pedro se lo lleva aparte e intenta disuadirlo -con toda su buena intención-, pero Jesús -en presencia de los discípulos- increpa a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Son las palabras más duras que Jesús dirige a Pedro, el primero entre los discípulos. Le duele más la mentalidad de Pedro que su misma traición. Y es que el problema, hermanos, no es que seamos coherentes, sino que conozcamos a Cristo, que sepamos realmente quién es, que decidamos seguirle como Él quiere ser seguido: “¡El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.

¿Quién quiere perder la vida? Yo no, desde luego. Yo quiero salvarla, quiero ser feliz, estar en paz. Pero Jesús me dice cómo estoy hecho, cómo puedo ser feliz. Ya lo decía San Agustín: “Todos están de acuerdo en que quieren ser felices, pero no están de acuerdo de en qué consiste la felicidad”... en los honores, los placeres, las riquezas, el poder, la fama, en Dios...

Jesús me dice que para salvarme debo perderme, lo cual parece contradictorio... pero si lo miro a Él lo entiendo. Dando mi vida, gastándome por aquellos que amo, seré feliz. “La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, y a quien intenta abrirla hacia dentro se le cierra cada vez más”. De esto son testigo todos lo que aman: los padres y madres, los enamorados, los buenos amigos, los santos... Nos lo recuerda hoy también el apóstol Santiago: “La fe, si no tiene obras, por sí sola esta muerta”.

Os pongo un ejemplo de ayer mismo. Tengo un amigo sacerdote que es capellán en la cárcel de menores de Brea de Tajo. Comenzó a visitar la cárcel porque el Obispo se lo pidió. Hoy, un año después, acompaña a un grupo de jóvenes presos con los que se encuentra cada domingo, hablan de la vida, de la libertad, de la fe y se están dando casos de verdaderos cambios de mentalidad. Este sacerdote nos comunicaba anoche su alegría, porque ha visto que la fe cuando se pone en obra cambia la vida.

Mañana celebra la Iglesia la Exaltación de la Santa Cruz: ¡no temamos la Cruz de Cristo, pues es Cruz de Amor y de Gloria! ¡Amemos la Cruz de Cristo, pues es la señal de nuestra victoria! ¡No temamos dar la vida, pues hay más gozo en dar que en recibir!

¡Qué María Santísima, a la que estamos honrando en estos días en la novena de la Virgen del Val, nos enseñe a dar la vida con alegría! ¡Qué María Santísima, a la que hoy invocamos como Santina de Covadonga, junto con los amigos de la Casa de Asturias, nos haga amar la vida y encontrar el camino de la felicidad verdadera!"

Juan Miguel Prim

domingo, 6 de septiembre de 2009

Effetá, ábrete

Homilía del domingo 6 de septiembre de 2009 (XXIII del tiempo ordinario, ciclo B)

"La liturgia de la Palabra de este día nos habla de oídos que se abren, de lenguas que se destraban y ojos que se despegan. El profeta Isaías anunciaba en la primera lectura los tiempos del Mesías: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona... Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán..., la lengua del mudo cantará”.

Y en el Evangelio, en el capítulo séptimo de San Marcos, se narra la curación de un sordomudo. Llama la atención el modo en que Jesús realiza el milagro. Dice el texto evangélico que: “apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua” -¡no parece un gesto muy apropiado para estos tiempos, en los que estamos tan sensibilizados con la transmisión de la gripe!-. Jesús podría curar con sólo su palabra, pero quiere tocar al enfermo. Igual que Dios pudo crear en el origen nuestro universo con sola su Palabra, pero no desdeñó usar sus manos -el Hijo y el Espíritu- para modelar al hombre del barro de la tierra. Es decir, Dios nos creó y Cristo nos recrea. Hay en la curación de este sordomudo un gusto a nueva creación. Necesitamos que Cristo nos toque y libere nuestros sentidos.

Dice el Evangelio: “... y mirando al cielo suspiró y le dijo: Effetá, ábrete”. Effetá, esta palabra evoca inmediatamente uno de los ritos del Bautismo, que desgraciadamente desde hace unos años no siempre se realiza en la administración del sacramento. El sacerdote, tras haber ungido y haber bautizado a la criatura, toca con su dedo pulgar los oídos y la boca del niño mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén”.

Este rito bautismal, llamado exactamente Effetá, indica uno de los efectos en nosotros del bautismo, es decir, de la gracia de Cristo: nuestros oídos, nuestra inteligencia, se abren para que podamos escuchar y comprender la voz de Dios. Y nuestra boca, nuestra lengua, recibe el poder de proclamar las maravillas de Dios. Cristo toca nuestra vida para que no seamos sordos y mudos, para que no seamos irracionales como caballos y mulos -la imagen no es mía sino de la Sagrada Escritura-, para que podamos alabar y dar gloria a Dios Padre.

Si los cristianos no oímos la voz de Dios, decidme, ¿de qué vamos a vivir? ¿Qué va a llenar nuestros pensamientos, en qué vamos a soñar, qué vamos a desear? Seremos esclavos de un mundo finito, cerrado sobre sí mismo, asfixiante. Si nuestros oídos no están abiertos, por la gracia de Dios, sólo retumbarán en nuestras cabezas nuestros propios temores, nuestros miedos, nuestras pesadillas, una y otra vez repetidas. ¿No es así, hermanos, muchas veces en nuestra vida?

Y si nuestros labios no se abren a la alabanza, si no cantan las maravillas de Dios, ¿para qué sirven? ¿Para una cháchara vacía, superficial, inútil? ¡Cuántas palabras se emiten todos los días que no valen nada, que tan pronto como se pronuncian caen en la nada, pues no han pasado -adquiriendo calor y verdad humanas- por la mente y el corazón! La tradición cristiana ha invitado siempre a velar sobre nuestros sentidos, comparando al ser humano con una fortaleza en la que no debe entrar el enemigo. Los centinelas son los sentidos, los ojos, los oídos... No todo nos conviene, hermanos. Hemos de elegir, hemos de preferir ver y escuchar aquello que es noble, que es verdadero, que es bueno. Y también debemos velar sobre lo que sale de nuestros labios, pues podemos hacer mucho mal con nuestros comentarios, con nuestros juicios sin piedad... Effetá, ábrete al bien, a la verdad, a la belleza que Dios continuamente crea.

Pero para oír la Palabra no basta tener los oídos abiertos. Hace falta que se proclame la Palabra. Para ver cosas grandes no basta tener ojos que ven, es necesario estar ante cosas grandes, volver nuestros ojos a la Presencia de Cristo Resucitado. Nuestro problema, hermanos, es que casi siempre separamos las palabras cristianas de los hechos que manifiestan su verdad. Pero como dice uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II la Revelación, es decir, la comunicación de Dios a los hombres, se produce por “hechos y palabras intrínsecamente unidos”. Y San Agustín decía: “en nuestras manos están los códices -es decir, la sagrada escritura-, en nuestros ojos los hechos”. No podemos reducir el cristianismo a palabras, aunque sean palabras de la tradición cristiana. Necesitamos ver hechos, es decir, necesitamos testigos.

Pablo VI dijo en una ocasión que “el hombre de hoy escucha con más gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”. Tenemos necesidad de testigos, más que de maestros. Porque podemos escuchar con gusto a un maestro, pero luego ser incapaces de poner en práctica sus enseñanzas. Sin embargo el testigo nos mueve, porque nos conmueve.

El domingo pasado os proponía dos testimonios, el de la mujer curada milagrosamente en Lourdes y el de una mujer ecuatoriana cuya vida triste y dramática había cambiado gracias al encuentro con la Iglesia. Hoy quiero proponeros un testimonio más cercano, el de una joven que durante cuatro años ha participado de la vida de nuestra parroquia. Sofía, estudiante de medicina, a la que muchos de vosotros conocéis, el pasado viernes en la oración de jóvenes en el oratorio de San Felipe Neri anunciaba su próxima entrada en un Monasterio de Clarisas. Os leo solamente dos párrafos del testimonio que ella ha escrito:

“Mi vida ha sido de lo más normal. Hasta el paso a la Universidad yo he vivido junto a mis padres y hermanas en Manzanares (Ciudad Real). Fui a un colegio de religiosas. He crecido en un ambiente cristiano, no sólo en el colegio sino, sobre todo, en mi casa. Recuerdo que con 13 años ya tenía claro que mi vida era para entregarla a Dios, y mi mayor deseo era poder dedicarme a ayudar a los pobres de África. Y fue precisamente por este deseo por el que años después comencé la carrera de Medicina en Alcalá de Henares. Ahora tengo 22 años. Hace unos meses terminé 4º de Medicina y, si Dios quiere, el próximo 4 de octubre haré mi entrada en el Monasterio de Clarisas de la Aguilera, donde hace dos años -cosas del Misterio- entró mi hermana gemela, Estefanía.

A lo largo de todos estos años Dios me ha ido poniendo delante circunstancias y personas muy concretas a través de las cuales he ido conociendo Quién es Cristo. Para mí Cristo no es una idea o un pensamiento, y la fe no es un bonito sentimiento. Para mí Cristo es una Persona, real y presente, aquí y ahora, y la fe es ese gran Don que se nos concede dentro de la Iglesia y que nos permite conocer, reconocer tal Presencia. Realmente no hay que ir a ningún sitio en especial, no hay que salir de la realidad en la que cada uno vive, donde se le puede reconocer, donde se le puede encontrar. Ha sido a través de testigos, a través de testimonios de vida que me han remitido a Otro.

Y es que podemos pasar por encima de la vida como el surfista pasa por encima de las olas, sin preguntarnos, sin estremecernos, sin conmovernos ante hechos que ven nuestros ojos. Podemos pasar por la vida sin juzgar la realidad que vivimos, sin ir hasta el fondo... Yo simplemente he mirado a mi alrededor y he encontrado a personas que viven de una forma distinta. Todos conocemos tales personas que nos llaman la atención porque tienen ese “algo especial”, como solemos decir con frecuencia... personas ante cuyas vidas me he preguntado por qué viven así o Quién hace posible que vivan así. También ante la persona de Jesús se preguntaban “¿quién es éste?, porque no era como los demás. Y lo que he encontrado en estas personas ha sido a Cristo”.

Termino: “Éste es mi deseo -dice Sofía-, que todos conozcan a Cristo... Mi vida por Cristo y desde Él, y a través de la oración, por todos vosotros, por toda la humanidad. Es desde la oración el modo en el que puedo llegar a todos abrazaros a todos”. Hermanos, que Cristo nos abra los ojos y el corazón para dejarnos conmover por testimonios como éste".

Juan Miguel Prim

lunes, 31 de agosto de 2009

Llamados a vivir

Leo una frase de Pasternak, escritor ruso autor de la famosa obra Doctor Zivago. La fe en Cristo es también para esta vida, no sólo para la vida eterna, por eso urge comunicarla:

“Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida".

Boris Pasternak

La resurrección dentro de la historia

Sigue hablando Mons. Scola, Patriarca de Venecia. La fe es para esta vida, para comenzar a experimentar la resurrección:

"A lo largo de dos mil años, desde el inicio del cristianismo, se han sedimentado equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro y triste, sufrido en vista al rescate en un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro: si fuese esta la propuesta del Dios de Jesucristo, sería inaceptable.

Un grave signo de la actual desorientación de la conciencia cristiana es el equívoco, difundido también en parte del mundo católico, que reduce la gracia de la fe a la pura gracia de la salvación. Dios Padre, en el abismo de su misericordia, dará la salvación también a los habitantes de Tamil Nadu que, aun no habiendo oído hablar nunca de Jesús, se comporten según su conciencia. No es para eso para lo que el Señor fundó su Iglesia; no es para eso para lo que existen los cristianos y el bautismo.

La gracia de la fe -que implica la salvación, pero no se limita a ella- se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí".

Angelo Scola, Gesù Destino dell'uomo, San Paolo, Milán 1999, pp. 59, 65, 66.