Homilía del domingo 4 de octubre de 2009 (XXVII del tiempo ordinario, ciclo B)
"Queridos hermanos, la liturgia de la Palabra de este domingo nos habla de una hermosa verdad de nuestra fe: que Dios, en su designio amoroso, ha querido crear al ser humano “a su imagen y semejanza”, a imagen de su naturaleza trinitaria, de modo que “no es bueno que el hombre esté solo”, pues cada uno de nosotros sólo puede alcanzar su verdadera estatura en el amor, en la relación con los demás y con nuestro Creador.
Dicho de otra manera: el ser humano no está condenado a un triste y solitario monólogo, a un soliloquio, sino que está llamado a un diálogo, un diálogo con sus hermanos y con Dios, su primer y principal interlocutor. Esta vocación al amor está presente en la Sagrada Escritura desde sus primeras páginas. En efecto, hemos escuchado en el libro del Génesis -el libro de los orígenes del mundo y de la historia- que Dios, al ver al hombre que acababa de crear, se dijo: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre... Pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo”.
Fijaos, el mundo es la morada del hombre, su hogar, y todos los animales que en él habitan están a su servicio y él los domina, pues “poner nombre” es conocer la naturaleza de las criaturas y ejercer un dominio sobre ellas. Esta es la verdad de la Revelación: el ser humano no es un animal más en la amplia variedad de la fauna terrestre. No es simplemente un animal que ha tenido suerte, en el que de un modo completamente aleatorio se ha desarrollado la chispa de la inteligencia, del lenguaje, del arte y la espiritualidad. El ser humano, tomado del barro de la tierra, es decir, de la materia cósmica -pues como algunos han dicho somos “polvo de estrellas”-, ha sido sin embargo modelado por las “manos de Dios”, recibiendo en sí mismo el hálito divino, el espíritu. Y así, si bien no hemos de ver ninguna incompatibilidad entre la actual constatación del origen evolutivo de la especie humana y la noción bíblica de la creación del hombre, pues éste fue “formado” y “modelado” pacientemente por el Creador, no podemos renunciar a la afirmación de que el ser humano no existiría sin un principio que no es material, es decir, sin un “alma”, que es relación directa y personal con Dios.
Pues bien, todo el mundo creado -nos recuerda el Génesis-, incluidos los animales más cercanos o queridos por el hombre, no resulta compañía adecuada, que pueda hacerle salir de su soledad. “No hubo ningún ser semejante para ayudarlo”, dice el texto bíblico.
Pensemos por un momento cuál sería nuestra situación si estuviéramos absolutamente solos en el mundo. Sin ningún otro ser humano. Por muy hermosos que fueran los paisajes, por muchas comodidades materiales de que pudiéramos gozar, por mucho alimento o vestido del que dispusiéramos, nuestra soledad sería terrible, radical. “No es bueno que el hombre esté solo”. ¿Qué hace entonces Dios? “Hizo caer al hombre en un profundo sueño...” y de una costilla suya, es decir, de su misma naturaleza, de su misma carne y sangre, formó a Eva, la mujer. Hay en este relato del Génesis una importantísima verdad: hombre y mujer son de la misma naturaleza, no sólo de la misma especie -lo cuál es biológicamente evidente-, sino de la misma condición, del mismo orden de ser, y por eso sólo ellos pueden hacerse mutua compañía de un modo completamente distinto a como puedan hacerlo los animales llamados “de compañía”.
El Génesis nos enseña, además, que no hay un solo modo de ser persona humana, sino dos: hombre y mujer, persona masculina y persona femenina. Hombres y mujeres nos complementamos y nos necesitamos. Y en el amor de predilección y en la unidad de una sola carne hombre y mujer resultan fecundos y pueden dar a luz nuevas vidas.
Pero llegados a este punto surge en nosotros rápidamente una objeción. Es verdad que los seres humanos podemos hacernos mucha compañía, que podemos ser verdadera ayuda en la vida, y ésta es una de las dimensiones más enriquecedoras de la amistad, de la familia, del matrimonio... pero -siempre hay un pero-, con frecuencia la convivencia se hace difícil, es mortificante, nos hace sufrir, hasta el punto de llegar a decir aquello de “más vale solo que mal acompañado”.
Y así, la pregunta que los fariseos formulan a Jesús -“¿le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”- se convierte también en nuestra propia pregunta, y con frecuencia en una implícita o explícita acusación a la Iglesia, por no ser “comprensiva”, por no “darse cuenta” de que el amor entre el hombre y la mujer puede acabar, por anteponer una “ley externa” a la felicidad del ser humano. Sí, hermanos, posiblemente en algunos de vosotros que habéis experimentado un matrimonio difícil, una separación o un divorcio, posiblemente en vosotros esté presente esta misma pregunta. Pero mirad, los fariseos se la hicieron a Jesús para ponerlo a prueba. Nosotros hemos de hacerla con el deseo sincero de escuchar la respuesta del Señor. ¿Qué respondió Jesús? “Desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.
¿Hemos de pensar que Dios quiere la infelicidad de hombres y mujeres al condenarles a una vida común sin posibilidad de “rescisión de contrato”? Seamos sinceros: cuando uno ama, desea que el amor dure, que sea para siempre. Los enamorados de todos los tiempos se han jurado amor eterno. El deseo del corazón es claro... su realización en el tiempo no tanto. Muchas veces fallan los cimientos, no hay madurez afectiva, no hay disponibilidad al perdón, falla la comunicación, no hay voluntad de construir juntos... Somos frágiles y egoístas. Podemos elegir mal, podemos darnos cuenta demasiado tarde de haber cometido un error... y entonces, ¿qué quiere Dios de mí? ¿Qué quiere de nosotros?
Mi experiencia de sacerdote -y la experiencia de muchos de mis amigos y conocidos feliz o tristemente casados- me dice que no hemos de negar el ideal porque no seamos capaces de vivirlo sin caídas o dificultades. Las uvas no dejan de estar maduras y apetitosas porque no seamos capaces de alcanzarlas... Cristo propone una y otra vez el mismo ideal a nuestro corazón: es posible amar, es posible la fidelidad, es posible el perdón... pero hace falta un corazón puro. Lo más realista es reconocer nuestra impotencia, nuestra incapacidad y pedir, mendigar. “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios”.
La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo que junto a miembros sanos y felices tiene también miembros heridos, matrimonios rotos, hijos que abandonan la fe de sus padres, sacerdotes o consagrados que no viven bien su vocación... pero no por eso deja de ser el Cuerpo de Cristo. Somos objeto de la misericordia de Cristo, Él cura nuestras heridas, Él carga con nuestras dolencias. Es tarea de toda la comunidad cristiana educar a los niños y a los jóvenes en la belleza de una vocación al amor, generoso y sacrificado, en la alegría de la donación, en la fecundidad del amor esponsal y virginal. Lo que para nosotros es imposible es posible para Dios, es posible con Dios. Y es tarea también de la comunidad eclesial acoger a aquellos que han sido asaltados en el camino de la vida, que han sido vapuleados, que han sufrido la injusticia y el dolor de un amor egoísta. La Iglesia es madre, y por eso, junto con la acogida y la ternura debe levantar nuestra mirada una y otra vez hacia el destino para el que hemos sido creados: “no es bueno que el hombre esté solo”. Por eso Dios nos ha puesto en la Iglesia, para que aprendamos a amar y a dejarnos querer. Para que cumplamos nuestra vocación esponsal, nuestra vocación al amor, pues “el Creador y Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria”. Que así sea".
Juan Miguel Prim
domingo, 4 de octubre de 2009
jueves, 1 de octubre de 2009
El Papa ha viajado a Praga y en esta hermosa ciudad ha citado a Kafka, quien afirmaba:
"Quien mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece nunca".
Ha dicho el Papa, Benedicto XVI:
"Si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, entonces podremos verdaderamente esperar seguir siendo jóvenes y construir un mundo que refleje algo de la belleza divina".
"Quien mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece nunca".
Ha dicho el Papa, Benedicto XVI:
"Si nuestros ojos permanecen abiertos a la belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad, entonces podremos verdaderamente esperar seguir siendo jóvenes y construir un mundo que refleje algo de la belleza divina".
domingo, 13 de septiembre de 2009
¿Quién dices tú que soy Yo?
Homilía del domingo 13 de septiembre de 2009 (XXIV del tiempo ordinario, ciclo B)
"“¿Quién dice la gente que soy yo?” Es la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Es como si Jesús preguntara: “¿Qué piensa la gente de mí? ¿Quién creen que soy yo?” Es una pregunta que no tendría sentido si Jesús no tuviera la pretensión de ser alguien especial.
El otro día, en una reunión de sacerdotes -hablando de los objetivos y de las iniciativas del Año Sacerdotal- un párroco proponía preguntar a nuestros fieles qué piensan de nosotros como sacerdotes, para así saber mejor en qué hemos de corregirnos y qué espera el pueblo de Dios de nosotros. Es interesante, desde luego, ya que es fácil que la imagen que tenemos de nosotros no coincida con el modo en que nos ven los demás. ¿Es eso lo que pretende Jesús al preguntar “¿quién dice la gente que soy yo?” Me parece que no. Jesús no está preocupado por su popularidad, ni por su imagen. Jesús puede leer en los corazones de sus amigos y de sus adversarios, como tantas veces vemos en el Evangelio. No es por curiosidad por lo que hace la pregunta a sus discípulos. Es para que ellos mismos se hagan la pregunta.
Ellos responden enumerando las opiniones que los judíos tenían sobre Jesús: “Unos dicen que eres Juan Bautista”, porque el pueblo estimaba a Juan, que había muerto injustamente por el odio de Herodías y la pusilanimidad de Herodes y pensaban que Dios lo había enviado de nuevo en Jesús, para continuar su misión profética; “Otros dicen que eres Elías”, el gran profeta de Israel, arrebatado al cielo en un carro de fuego, y del que la tradición judía decía que volvería en los tiempos mesiánicos; “otros que uno de los profetas”... es decir, que en realidad el pueblo creía en Jesús como profeta de Israel, veía en él algo especial, lo veía como enviado de Dios.
¡Qué diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros! Todos los hombres y mujeres de aquella época creían en Dios, aunque luego pudieran ser impíos o pecadores. Hay un salmo que expresa bien la mentalidad del hombre de casi todas las épocas, menos la nuestra: “Dice el necio para sí: no hay Dios”. Ese versículo del salmo 14 expresa el sentido común del hombre sano: negar a Dios es una necedad, decir que no hay Dios es propio de necios. ¡Cuántos necios hay entonces hoy! Porque hoy lo raro es decir que hay Dios. El necio -hoy- es el hombre creyente, el que sigue creyendo en el mito de Dios, como hoy dirían tantos “profetas” posmodernos.
Hace veinte o treinta años todavía podía darse un fenómeno como Jesucristo Superstar, que llegó a España en 1975. Se trataba desde luego de una visión reductiva de la figura de Jesús, propia de la ideología de la época, pero ponía de manifiesto que Jesús de Nazaret era aún un referente en el mundo de la cultura y de las masas. Hoy algo así parecería imposible. Cuando hace unos años llegó a las pantallas La Pasión de Cristo de Mel Gibson la crítica la despachó rápidamente denunciándola como violenta y sádica, ¡como si Jesús hubiera muerto en la cama, de muerte natural!
“¿Quién dice la gente que soy yo?” ¿Qué responden los hombres de nuestro tiempo a esta pregunta de Jesús? “Unos, que no exististe, que te inventaron los cristianos; otros, que fuiste un judío marginal, opuesto a la casta sacerdotal de la época; otros, que un idealista que acabó mal”. En cualquier caso, nadie al que prestar mucha atención, pues aunque la fe cristiana haya marcado la historia, el arte y la cultura, se trata de algo del pasado, de algo felizmente superado.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta es la pregunta radical. No qué piensa la gente de Cristo -pues eso no nos dice sino cuál es el estado actual de nuestra cultura-, sino quién decimos nosotros, los cristianos, los discípulos de Jesús, que es Él.
Pedro, en nombre de los Doce, dijo: “¡Tú eres el Mesías!”, el Ungido, el enviado de Dios. Los discípulos sí habían comprendido quién era Jesús, pero su mentalidad todavía no había cambiado, seguían anclados en sus ideas de las cosas, como se ve en la actitud de Pedro: cuando Jesús anuncia su Pasión, Muerte y Resurrección Pedro se lo lleva aparte e intenta disuadirlo -con toda su buena intención-, pero Jesús -en presencia de los discípulos- increpa a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Son las palabras más duras que Jesús dirige a Pedro, el primero entre los discípulos. Le duele más la mentalidad de Pedro que su misma traición. Y es que el problema, hermanos, no es que seamos coherentes, sino que conozcamos a Cristo, que sepamos realmente quién es, que decidamos seguirle como Él quiere ser seguido: “¡El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.
¿Quién quiere perder la vida? Yo no, desde luego. Yo quiero salvarla, quiero ser feliz, estar en paz. Pero Jesús me dice cómo estoy hecho, cómo puedo ser feliz. Ya lo decía San Agustín: “Todos están de acuerdo en que quieren ser felices, pero no están de acuerdo de en qué consiste la felicidad”... en los honores, los placeres, las riquezas, el poder, la fama, en Dios...
Jesús me dice que para salvarme debo perderme, lo cual parece contradictorio... pero si lo miro a Él lo entiendo. Dando mi vida, gastándome por aquellos que amo, seré feliz. “La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, y a quien intenta abrirla hacia dentro se le cierra cada vez más”. De esto son testigo todos lo que aman: los padres y madres, los enamorados, los buenos amigos, los santos... Nos lo recuerda hoy también el apóstol Santiago: “La fe, si no tiene obras, por sí sola esta muerta”.
Os pongo un ejemplo de ayer mismo. Tengo un amigo sacerdote que es capellán en la cárcel de menores de Brea de Tajo. Comenzó a visitar la cárcel porque el Obispo se lo pidió. Hoy, un año después, acompaña a un grupo de jóvenes presos con los que se encuentra cada domingo, hablan de la vida, de la libertad, de la fe y se están dando casos de verdaderos cambios de mentalidad. Este sacerdote nos comunicaba anoche su alegría, porque ha visto que la fe cuando se pone en obra cambia la vida.
Mañana celebra la Iglesia la Exaltación de la Santa Cruz: ¡no temamos la Cruz de Cristo, pues es Cruz de Amor y de Gloria! ¡Amemos la Cruz de Cristo, pues es la señal de nuestra victoria! ¡No temamos dar la vida, pues hay más gozo en dar que en recibir!
¡Qué María Santísima, a la que estamos honrando en estos días en la novena de la Virgen del Val, nos enseñe a dar la vida con alegría! ¡Qué María Santísima, a la que hoy invocamos como Santina de Covadonga, junto con los amigos de la Casa de Asturias, nos haga amar la vida y encontrar el camino de la felicidad verdadera!"
Juan Miguel Prim
"“¿Quién dice la gente que soy yo?” Es la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Es como si Jesús preguntara: “¿Qué piensa la gente de mí? ¿Quién creen que soy yo?” Es una pregunta que no tendría sentido si Jesús no tuviera la pretensión de ser alguien especial.
El otro día, en una reunión de sacerdotes -hablando de los objetivos y de las iniciativas del Año Sacerdotal- un párroco proponía preguntar a nuestros fieles qué piensan de nosotros como sacerdotes, para así saber mejor en qué hemos de corregirnos y qué espera el pueblo de Dios de nosotros. Es interesante, desde luego, ya que es fácil que la imagen que tenemos de nosotros no coincida con el modo en que nos ven los demás. ¿Es eso lo que pretende Jesús al preguntar “¿quién dice la gente que soy yo?” Me parece que no. Jesús no está preocupado por su popularidad, ni por su imagen. Jesús puede leer en los corazones de sus amigos y de sus adversarios, como tantas veces vemos en el Evangelio. No es por curiosidad por lo que hace la pregunta a sus discípulos. Es para que ellos mismos se hagan la pregunta.
Ellos responden enumerando las opiniones que los judíos tenían sobre Jesús: “Unos dicen que eres Juan Bautista”, porque el pueblo estimaba a Juan, que había muerto injustamente por el odio de Herodías y la pusilanimidad de Herodes y pensaban que Dios lo había enviado de nuevo en Jesús, para continuar su misión profética; “Otros dicen que eres Elías”, el gran profeta de Israel, arrebatado al cielo en un carro de fuego, y del que la tradición judía decía que volvería en los tiempos mesiánicos; “otros que uno de los profetas”... es decir, que en realidad el pueblo creía en Jesús como profeta de Israel, veía en él algo especial, lo veía como enviado de Dios.
¡Qué diferencia entre aquellos tiempos y los nuestros! Todos los hombres y mujeres de aquella época creían en Dios, aunque luego pudieran ser impíos o pecadores. Hay un salmo que expresa bien la mentalidad del hombre de casi todas las épocas, menos la nuestra: “Dice el necio para sí: no hay Dios”. Ese versículo del salmo 14 expresa el sentido común del hombre sano: negar a Dios es una necedad, decir que no hay Dios es propio de necios. ¡Cuántos necios hay entonces hoy! Porque hoy lo raro es decir que hay Dios. El necio -hoy- es el hombre creyente, el que sigue creyendo en el mito de Dios, como hoy dirían tantos “profetas” posmodernos.
Hace veinte o treinta años todavía podía darse un fenómeno como Jesucristo Superstar, que llegó a España en 1975. Se trataba desde luego de una visión reductiva de la figura de Jesús, propia de la ideología de la época, pero ponía de manifiesto que Jesús de Nazaret era aún un referente en el mundo de la cultura y de las masas. Hoy algo así parecería imposible. Cuando hace unos años llegó a las pantallas La Pasión de Cristo de Mel Gibson la crítica la despachó rápidamente denunciándola como violenta y sádica, ¡como si Jesús hubiera muerto en la cama, de muerte natural!
“¿Quién dice la gente que soy yo?” ¿Qué responden los hombres de nuestro tiempo a esta pregunta de Jesús? “Unos, que no exististe, que te inventaron los cristianos; otros, que fuiste un judío marginal, opuesto a la casta sacerdotal de la época; otros, que un idealista que acabó mal”. En cualquier caso, nadie al que prestar mucha atención, pues aunque la fe cristiana haya marcado la historia, el arte y la cultura, se trata de algo del pasado, de algo felizmente superado.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Esta es la pregunta radical. No qué piensa la gente de Cristo -pues eso no nos dice sino cuál es el estado actual de nuestra cultura-, sino quién decimos nosotros, los cristianos, los discípulos de Jesús, que es Él.
Pedro, en nombre de los Doce, dijo: “¡Tú eres el Mesías!”, el Ungido, el enviado de Dios. Los discípulos sí habían comprendido quién era Jesús, pero su mentalidad todavía no había cambiado, seguían anclados en sus ideas de las cosas, como se ve en la actitud de Pedro: cuando Jesús anuncia su Pasión, Muerte y Resurrección Pedro se lo lleva aparte e intenta disuadirlo -con toda su buena intención-, pero Jesús -en presencia de los discípulos- increpa a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Son las palabras más duras que Jesús dirige a Pedro, el primero entre los discípulos. Le duele más la mentalidad de Pedro que su misma traición. Y es que el problema, hermanos, no es que seamos coherentes, sino que conozcamos a Cristo, que sepamos realmente quién es, que decidamos seguirle como Él quiere ser seguido: “¡El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.
¿Quién quiere perder la vida? Yo no, desde luego. Yo quiero salvarla, quiero ser feliz, estar en paz. Pero Jesús me dice cómo estoy hecho, cómo puedo ser feliz. Ya lo decía San Agustín: “Todos están de acuerdo en que quieren ser felices, pero no están de acuerdo de en qué consiste la felicidad”... en los honores, los placeres, las riquezas, el poder, la fama, en Dios...
Jesús me dice que para salvarme debo perderme, lo cual parece contradictorio... pero si lo miro a Él lo entiendo. Dando mi vida, gastándome por aquellos que amo, seré feliz. “La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, y a quien intenta abrirla hacia dentro se le cierra cada vez más”. De esto son testigo todos lo que aman: los padres y madres, los enamorados, los buenos amigos, los santos... Nos lo recuerda hoy también el apóstol Santiago: “La fe, si no tiene obras, por sí sola esta muerta”.
Os pongo un ejemplo de ayer mismo. Tengo un amigo sacerdote que es capellán en la cárcel de menores de Brea de Tajo. Comenzó a visitar la cárcel porque el Obispo se lo pidió. Hoy, un año después, acompaña a un grupo de jóvenes presos con los que se encuentra cada domingo, hablan de la vida, de la libertad, de la fe y se están dando casos de verdaderos cambios de mentalidad. Este sacerdote nos comunicaba anoche su alegría, porque ha visto que la fe cuando se pone en obra cambia la vida.
Mañana celebra la Iglesia la Exaltación de la Santa Cruz: ¡no temamos la Cruz de Cristo, pues es Cruz de Amor y de Gloria! ¡Amemos la Cruz de Cristo, pues es la señal de nuestra victoria! ¡No temamos dar la vida, pues hay más gozo en dar que en recibir!
¡Qué María Santísima, a la que estamos honrando en estos días en la novena de la Virgen del Val, nos enseñe a dar la vida con alegría! ¡Qué María Santísima, a la que hoy invocamos como Santina de Covadonga, junto con los amigos de la Casa de Asturias, nos haga amar la vida y encontrar el camino de la felicidad verdadera!"
Juan Miguel Prim
domingo, 6 de septiembre de 2009
Effetá, ábrete
Homilía del domingo 6 de septiembre de 2009 (XXIII del tiempo ordinario, ciclo B)
"La liturgia de la Palabra de este día nos habla de oídos que se abren, de lenguas que se destraban y ojos que se despegan. El profeta Isaías anunciaba en la primera lectura los tiempos del Mesías: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona... Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán..., la lengua del mudo cantará”.
Y en el Evangelio, en el capítulo séptimo de San Marcos, se narra la curación de un sordomudo. Llama la atención el modo en que Jesús realiza el milagro. Dice el texto evangélico que: “apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua” -¡no parece un gesto muy apropiado para estos tiempos, en los que estamos tan sensibilizados con la transmisión de la gripe!-. Jesús podría curar con sólo su palabra, pero quiere tocar al enfermo. Igual que Dios pudo crear en el origen nuestro universo con sola su Palabra, pero no desdeñó usar sus manos -el Hijo y el Espíritu- para modelar al hombre del barro de la tierra. Es decir, Dios nos creó y Cristo nos recrea. Hay en la curación de este sordomudo un gusto a nueva creación. Necesitamos que Cristo nos toque y libere nuestros sentidos.
Dice el Evangelio: “... y mirando al cielo suspiró y le dijo: Effetá, ábrete”. Effetá, esta palabra evoca inmediatamente uno de los ritos del Bautismo, que desgraciadamente desde hace unos años no siempre se realiza en la administración del sacramento. El sacerdote, tras haber ungido y haber bautizado a la criatura, toca con su dedo pulgar los oídos y la boca del niño mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén”.
Este rito bautismal, llamado exactamente Effetá, indica uno de los efectos en nosotros del bautismo, es decir, de la gracia de Cristo: nuestros oídos, nuestra inteligencia, se abren para que podamos escuchar y comprender la voz de Dios. Y nuestra boca, nuestra lengua, recibe el poder de proclamar las maravillas de Dios. Cristo toca nuestra vida para que no seamos sordos y mudos, para que no seamos irracionales como caballos y mulos -la imagen no es mía sino de la Sagrada Escritura-, para que podamos alabar y dar gloria a Dios Padre.
Si los cristianos no oímos la voz de Dios, decidme, ¿de qué vamos a vivir? ¿Qué va a llenar nuestros pensamientos, en qué vamos a soñar, qué vamos a desear? Seremos esclavos de un mundo finito, cerrado sobre sí mismo, asfixiante. Si nuestros oídos no están abiertos, por la gracia de Dios, sólo retumbarán en nuestras cabezas nuestros propios temores, nuestros miedos, nuestras pesadillas, una y otra vez repetidas. ¿No es así, hermanos, muchas veces en nuestra vida?
Y si nuestros labios no se abren a la alabanza, si no cantan las maravillas de Dios, ¿para qué sirven? ¿Para una cháchara vacía, superficial, inútil? ¡Cuántas palabras se emiten todos los días que no valen nada, que tan pronto como se pronuncian caen en la nada, pues no han pasado -adquiriendo calor y verdad humanas- por la mente y el corazón! La tradición cristiana ha invitado siempre a velar sobre nuestros sentidos, comparando al ser humano con una fortaleza en la que no debe entrar el enemigo. Los centinelas son los sentidos, los ojos, los oídos... No todo nos conviene, hermanos. Hemos de elegir, hemos de preferir ver y escuchar aquello que es noble, que es verdadero, que es bueno. Y también debemos velar sobre lo que sale de nuestros labios, pues podemos hacer mucho mal con nuestros comentarios, con nuestros juicios sin piedad... Effetá, ábrete al bien, a la verdad, a la belleza que Dios continuamente crea.
Pero para oír la Palabra no basta tener los oídos abiertos. Hace falta que se proclame la Palabra. Para ver cosas grandes no basta tener ojos que ven, es necesario estar ante cosas grandes, volver nuestros ojos a la Presencia de Cristo Resucitado. Nuestro problema, hermanos, es que casi siempre separamos las palabras cristianas de los hechos que manifiestan su verdad. Pero como dice uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II la Revelación, es decir, la comunicación de Dios a los hombres, se produce por “hechos y palabras intrínsecamente unidos”. Y San Agustín decía: “en nuestras manos están los códices -es decir, la sagrada escritura-, en nuestros ojos los hechos”. No podemos reducir el cristianismo a palabras, aunque sean palabras de la tradición cristiana. Necesitamos ver hechos, es decir, necesitamos testigos.
Pablo VI dijo en una ocasión que “el hombre de hoy escucha con más gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”. Tenemos necesidad de testigos, más que de maestros. Porque podemos escuchar con gusto a un maestro, pero luego ser incapaces de poner en práctica sus enseñanzas. Sin embargo el testigo nos mueve, porque nos conmueve.
El domingo pasado os proponía dos testimonios, el de la mujer curada milagrosamente en Lourdes y el de una mujer ecuatoriana cuya vida triste y dramática había cambiado gracias al encuentro con la Iglesia. Hoy quiero proponeros un testimonio más cercano, el de una joven que durante cuatro años ha participado de la vida de nuestra parroquia. Sofía, estudiante de medicina, a la que muchos de vosotros conocéis, el pasado viernes en la oración de jóvenes en el oratorio de San Felipe Neri anunciaba su próxima entrada en un Monasterio de Clarisas. Os leo solamente dos párrafos del testimonio que ella ha escrito:
“Mi vida ha sido de lo más normal. Hasta el paso a la Universidad yo he vivido junto a mis padres y hermanas en Manzanares (Ciudad Real). Fui a un colegio de religiosas. He crecido en un ambiente cristiano, no sólo en el colegio sino, sobre todo, en mi casa. Recuerdo que con 13 años ya tenía claro que mi vida era para entregarla a Dios, y mi mayor deseo era poder dedicarme a ayudar a los pobres de África. Y fue precisamente por este deseo por el que años después comencé la carrera de Medicina en Alcalá de Henares. Ahora tengo 22 años. Hace unos meses terminé 4º de Medicina y, si Dios quiere, el próximo 4 de octubre haré mi entrada en el Monasterio de Clarisas de la Aguilera, donde hace dos años -cosas del Misterio- entró mi hermana gemela, Estefanía.
A lo largo de todos estos años Dios me ha ido poniendo delante circunstancias y personas muy concretas a través de las cuales he ido conociendo Quién es Cristo. Para mí Cristo no es una idea o un pensamiento, y la fe no es un bonito sentimiento. Para mí Cristo es una Persona, real y presente, aquí y ahora, y la fe es ese gran Don que se nos concede dentro de la Iglesia y que nos permite conocer, reconocer tal Presencia. Realmente no hay que ir a ningún sitio en especial, no hay que salir de la realidad en la que cada uno vive, donde se le puede reconocer, donde se le puede encontrar. Ha sido a través de testigos, a través de testimonios de vida que me han remitido a Otro.
Y es que podemos pasar por encima de la vida como el surfista pasa por encima de las olas, sin preguntarnos, sin estremecernos, sin conmovernos ante hechos que ven nuestros ojos. Podemos pasar por la vida sin juzgar la realidad que vivimos, sin ir hasta el fondo... Yo simplemente he mirado a mi alrededor y he encontrado a personas que viven de una forma distinta. Todos conocemos tales personas que nos llaman la atención porque tienen ese “algo especial”, como solemos decir con frecuencia... personas ante cuyas vidas me he preguntado por qué viven así o Quién hace posible que vivan así. También ante la persona de Jesús se preguntaban “¿quién es éste?, porque no era como los demás. Y lo que he encontrado en estas personas ha sido a Cristo”.
Termino: “Éste es mi deseo -dice Sofía-, que todos conozcan a Cristo... Mi vida por Cristo y desde Él, y a través de la oración, por todos vosotros, por toda la humanidad. Es desde la oración el modo en el que puedo llegar a todos abrazaros a todos”. Hermanos, que Cristo nos abra los ojos y el corazón para dejarnos conmover por testimonios como éste".
Juan Miguel Prim
"La liturgia de la Palabra de este día nos habla de oídos que se abren, de lenguas que se destraban y ojos que se despegan. El profeta Isaías anunciaba en la primera lectura los tiempos del Mesías: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona... Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán..., la lengua del mudo cantará”.
Y en el Evangelio, en el capítulo séptimo de San Marcos, se narra la curación de un sordomudo. Llama la atención el modo en que Jesús realiza el milagro. Dice el texto evangélico que: “apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua” -¡no parece un gesto muy apropiado para estos tiempos, en los que estamos tan sensibilizados con la transmisión de la gripe!-. Jesús podría curar con sólo su palabra, pero quiere tocar al enfermo. Igual que Dios pudo crear en el origen nuestro universo con sola su Palabra, pero no desdeñó usar sus manos -el Hijo y el Espíritu- para modelar al hombre del barro de la tierra. Es decir, Dios nos creó y Cristo nos recrea. Hay en la curación de este sordomudo un gusto a nueva creación. Necesitamos que Cristo nos toque y libere nuestros sentidos.
Dice el Evangelio: “... y mirando al cielo suspiró y le dijo: Effetá, ábrete”. Effetá, esta palabra evoca inmediatamente uno de los ritos del Bautismo, que desgraciadamente desde hace unos años no siempre se realiza en la administración del sacramento. El sacerdote, tras haber ungido y haber bautizado a la criatura, toca con su dedo pulgar los oídos y la boca del niño mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén”.
Este rito bautismal, llamado exactamente Effetá, indica uno de los efectos en nosotros del bautismo, es decir, de la gracia de Cristo: nuestros oídos, nuestra inteligencia, se abren para que podamos escuchar y comprender la voz de Dios. Y nuestra boca, nuestra lengua, recibe el poder de proclamar las maravillas de Dios. Cristo toca nuestra vida para que no seamos sordos y mudos, para que no seamos irracionales como caballos y mulos -la imagen no es mía sino de la Sagrada Escritura-, para que podamos alabar y dar gloria a Dios Padre.
Si los cristianos no oímos la voz de Dios, decidme, ¿de qué vamos a vivir? ¿Qué va a llenar nuestros pensamientos, en qué vamos a soñar, qué vamos a desear? Seremos esclavos de un mundo finito, cerrado sobre sí mismo, asfixiante. Si nuestros oídos no están abiertos, por la gracia de Dios, sólo retumbarán en nuestras cabezas nuestros propios temores, nuestros miedos, nuestras pesadillas, una y otra vez repetidas. ¿No es así, hermanos, muchas veces en nuestra vida?
Y si nuestros labios no se abren a la alabanza, si no cantan las maravillas de Dios, ¿para qué sirven? ¿Para una cháchara vacía, superficial, inútil? ¡Cuántas palabras se emiten todos los días que no valen nada, que tan pronto como se pronuncian caen en la nada, pues no han pasado -adquiriendo calor y verdad humanas- por la mente y el corazón! La tradición cristiana ha invitado siempre a velar sobre nuestros sentidos, comparando al ser humano con una fortaleza en la que no debe entrar el enemigo. Los centinelas son los sentidos, los ojos, los oídos... No todo nos conviene, hermanos. Hemos de elegir, hemos de preferir ver y escuchar aquello que es noble, que es verdadero, que es bueno. Y también debemos velar sobre lo que sale de nuestros labios, pues podemos hacer mucho mal con nuestros comentarios, con nuestros juicios sin piedad... Effetá, ábrete al bien, a la verdad, a la belleza que Dios continuamente crea.
Pero para oír la Palabra no basta tener los oídos abiertos. Hace falta que se proclame la Palabra. Para ver cosas grandes no basta tener ojos que ven, es necesario estar ante cosas grandes, volver nuestros ojos a la Presencia de Cristo Resucitado. Nuestro problema, hermanos, es que casi siempre separamos las palabras cristianas de los hechos que manifiestan su verdad. Pero como dice uno de los documentos más importantes del Concilio Vaticano II la Revelación, es decir, la comunicación de Dios a los hombres, se produce por “hechos y palabras intrínsecamente unidos”. Y San Agustín decía: “en nuestras manos están los códices -es decir, la sagrada escritura-, en nuestros ojos los hechos”. No podemos reducir el cristianismo a palabras, aunque sean palabras de la tradición cristiana. Necesitamos ver hechos, es decir, necesitamos testigos.
Pablo VI dijo en una ocasión que “el hombre de hoy escucha con más gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”. Tenemos necesidad de testigos, más que de maestros. Porque podemos escuchar con gusto a un maestro, pero luego ser incapaces de poner en práctica sus enseñanzas. Sin embargo el testigo nos mueve, porque nos conmueve.
El domingo pasado os proponía dos testimonios, el de la mujer curada milagrosamente en Lourdes y el de una mujer ecuatoriana cuya vida triste y dramática había cambiado gracias al encuentro con la Iglesia. Hoy quiero proponeros un testimonio más cercano, el de una joven que durante cuatro años ha participado de la vida de nuestra parroquia. Sofía, estudiante de medicina, a la que muchos de vosotros conocéis, el pasado viernes en la oración de jóvenes en el oratorio de San Felipe Neri anunciaba su próxima entrada en un Monasterio de Clarisas. Os leo solamente dos párrafos del testimonio que ella ha escrito:
“Mi vida ha sido de lo más normal. Hasta el paso a la Universidad yo he vivido junto a mis padres y hermanas en Manzanares (Ciudad Real). Fui a un colegio de religiosas. He crecido en un ambiente cristiano, no sólo en el colegio sino, sobre todo, en mi casa. Recuerdo que con 13 años ya tenía claro que mi vida era para entregarla a Dios, y mi mayor deseo era poder dedicarme a ayudar a los pobres de África. Y fue precisamente por este deseo por el que años después comencé la carrera de Medicina en Alcalá de Henares. Ahora tengo 22 años. Hace unos meses terminé 4º de Medicina y, si Dios quiere, el próximo 4 de octubre haré mi entrada en el Monasterio de Clarisas de la Aguilera, donde hace dos años -cosas del Misterio- entró mi hermana gemela, Estefanía.
A lo largo de todos estos años Dios me ha ido poniendo delante circunstancias y personas muy concretas a través de las cuales he ido conociendo Quién es Cristo. Para mí Cristo no es una idea o un pensamiento, y la fe no es un bonito sentimiento. Para mí Cristo es una Persona, real y presente, aquí y ahora, y la fe es ese gran Don que se nos concede dentro de la Iglesia y que nos permite conocer, reconocer tal Presencia. Realmente no hay que ir a ningún sitio en especial, no hay que salir de la realidad en la que cada uno vive, donde se le puede reconocer, donde se le puede encontrar. Ha sido a través de testigos, a través de testimonios de vida que me han remitido a Otro.
Y es que podemos pasar por encima de la vida como el surfista pasa por encima de las olas, sin preguntarnos, sin estremecernos, sin conmovernos ante hechos que ven nuestros ojos. Podemos pasar por la vida sin juzgar la realidad que vivimos, sin ir hasta el fondo... Yo simplemente he mirado a mi alrededor y he encontrado a personas que viven de una forma distinta. Todos conocemos tales personas que nos llaman la atención porque tienen ese “algo especial”, como solemos decir con frecuencia... personas ante cuyas vidas me he preguntado por qué viven así o Quién hace posible que vivan así. También ante la persona de Jesús se preguntaban “¿quién es éste?, porque no era como los demás. Y lo que he encontrado en estas personas ha sido a Cristo”.
Termino: “Éste es mi deseo -dice Sofía-, que todos conozcan a Cristo... Mi vida por Cristo y desde Él, y a través de la oración, por todos vosotros, por toda la humanidad. Es desde la oración el modo en el que puedo llegar a todos abrazaros a todos”. Hermanos, que Cristo nos abra los ojos y el corazón para dejarnos conmover por testimonios como éste".
Juan Miguel Prim
lunes, 31 de agosto de 2009
Llamados a vivir
Leo una frase de Pasternak, escritor ruso autor de la famosa obra Doctor Zivago. La fe en Cristo es también para esta vida, no sólo para la vida eterna, por eso urge comunicarla:
“Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida".
Boris Pasternak
“Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida".
Boris Pasternak
La resurrección dentro de la historia
Sigue hablando Mons. Scola, Patriarca de Venecia. La fe es para esta vida, para comenzar a experimentar la resurrección:
"A lo largo de dos mil años, desde el inicio del cristianismo, se han sedimentado equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro y triste, sufrido en vista al rescate en un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro: si fuese esta la propuesta del Dios de Jesucristo, sería inaceptable.
Un grave signo de la actual desorientación de la conciencia cristiana es el equívoco, difundido también en parte del mundo católico, que reduce la gracia de la fe a la pura gracia de la salvación. Dios Padre, en el abismo de su misericordia, dará la salvación también a los habitantes de Tamil Nadu que, aun no habiendo oído hablar nunca de Jesús, se comporten según su conciencia. No es para eso para lo que el Señor fundó su Iglesia; no es para eso para lo que existen los cristianos y el bautismo.
La gracia de la fe -que implica la salvación, pero no se limita a ella- se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí".
Angelo Scola, Gesù Destino dell'uomo, San Paolo, Milán 1999, pp. 59, 65, 66.
"A lo largo de dos mil años, desde el inicio del cristianismo, se han sedimentado equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro y triste, sufrido en vista al rescate en un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro: si fuese esta la propuesta del Dios de Jesucristo, sería inaceptable.
Un grave signo de la actual desorientación de la conciencia cristiana es el equívoco, difundido también en parte del mundo católico, que reduce la gracia de la fe a la pura gracia de la salvación. Dios Padre, en el abismo de su misericordia, dará la salvación también a los habitantes de Tamil Nadu que, aun no habiendo oído hablar nunca de Jesús, se comporten según su conciencia. No es para eso para lo que el Señor fundó su Iglesia; no es para eso para lo que existen los cristianos y el bautismo.
La gracia de la fe -que implica la salvación, pero no se limita a ella- se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí".
Angelo Scola, Gesù Destino dell'uomo, San Paolo, Milán 1999, pp. 59, 65, 66.
domingo, 30 de agosto de 2009
El culto verdadero
Homilía del domingo 30 de agosto de 2009 (XXII del tiempo ordinario, ciclo B)
"Queridos fieles de Cristo: asistimos hoy en el Evangelio a la indignación de Cristo ante la actitud de los fariseos, que se escandalizan de que los discípulos de Jesús coman sin lavarse las manos, y les llama hipócritas: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. “El culto que me dan está vacío”. Las palabras de Jesús también nos juzgan a nosotros. ¿Cómo es nuestro culto? ¿Honramos al Señor de corazón y no sólo con los labios, externamente? No es lo que entra de fuera, sino lo que sale del corazón lo que hace puro o impuro al hombre, dice hoy Jesús.
Pero, ¿cómo tener un corazón puro? Viviendo con Cristo, participando de la vida de la Iglesia, purificándonos constantemente gracias al testimonio de los hermanos.
En la primera lectura escuchamos a Moisés dirigiéndose al pueblo de Israel, hablándoles de los mandatos recibidos de Dios en el Sinaí. Moisés dice: “Escucha, Israel”. Esta es la primera invitación: “Escucha” (Shemá). Igual que acudimos al templo llamados por las campanas de la Catedral, así estamos hoy aquí para escuchar la voz del Señor, para escuchar su propuesta de vida.
“Escucha, Israel, los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar”.
Los mandamientos de Dios son para la vida, pero... atención... no sólo para la vida eterna, para la vida después de la muerte, sino para esta vida, para el camino de esta vida. El escritor ruso ortodoxo Boris Pasternak decía: “Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida”. “Así viviréis -dice Moisés- y entraréis a tomar posesión de la tierra que Dios os va a dar”. La promesa de una vida conforme al designio de Dios es ya para esta vida, para tomar posesión de esta tierra, para vivir bien los días de nuestra vida.
El patriarca de Venecia, Monseñor Scola, en una entrevista reciente decía que a lo largo de dos mil años de cristianismo se han producido a veces equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá -entre el cielo y esta vida- una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro, triste, sufrido como condición para un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro. Pero no es este el evangelio de Jesucristo.
La gracia de Cristo no se reduce a la gracia de la salvación en el más allá, pues Dios en su infinita misericordia y por medio de los méritos de Cristo, podrá salvar también -como recuerda el Concilio Vaticano II- a aquellos que no habiendo podido conocer a Cristo hayan vivido bien, rectamente, conforme a su conciencia.
Cristo no fundó la Iglesia sólo para la salvación eterna, sino para la salvación integral del ser humano, ya en esta vida. Cristo entró en el más acá, caminó por los caminos de nuestra tierra, se hizo amigo de los hombres, comió y bebió, amó y sufrió, murió y resucitó.
La gracia de la fe, cuya plenitud es -desde luego- la salvación eterna, se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí.
Por eso Moisés podía decir al pueblo de Israel: “Poned por obra los preceptos del Señor, ya que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente. Pues, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? ¿Y cuál es la gran nación cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?” Si Moisés, en el Antiguo Testamento, podía decir esto, qué no podremos decir nosotros, que hemos conocido a Cristo, que vivimos en la Iglesia.
El apóstol Santiago expresa la novedad de la vida cristiana en la segunda lectura: Dios nos engendró “para que seamos como la primicia de sus criaturas”. Fijaos, la primicia es el primer fruto, la primera realización, quizá imperfecta, mejorable, pero realización al fin y al cabo. Los cristianos somos la primicia de la creación de Dios, el inicio de una creación renovada. “Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros”. Hay un poder de salvación en nuestra fe. Es capaz de salvarnos. Pero es necesario vivirla, aceptar el desafío de la fe. “No os limitéis a escucharla”, dice Santiago, “engañándoos a vosotros mismos”. Por eso nos juntamos cada domingo, para eso existen las parroquias, para esto existe la Iglesia, para verificar el poder de salvación de la fe.
Hay muchos testimonios de este poder de salvación. Y no hablo sólo de los milagros en sentido estricto, como el que parece que se ha realizado en Lourdes este verano, en la persona de una mujer italiana curada de una esclerosis lateral amiotrófica. Esta mujer decía: “En Lourdes, yo no pedí un milagro. Yo recé a la Virgen para que me diera la fuerza de vivir con dignidad cada instante que me quedaba". Este es el milagro que muchos enfermos obtienen en Lourdes: aceptar su enfermedad y vivirla con dignidad, evitando la tentación de la muerte. Y además hay milagros excepcionales, para que creamos en el poder de Dios, en el poder de la fe.
Os cuento otro testimonio que he tenido ocasión de escuchar este verano: una mujer ecuatoriana, Amparo Espinosa, que trabaja en la actualidad como educadora en un proyecto que ayuda a más de 1500 niños y familias pobres, contaba su historia: Estaba enfadada con Dios. Había sido abandonada por mi marido por segunda vez y se me acababa de morir mi primera hija. ¿Qué quiere de mí el Señor, si yo no soy mala?, se preguntaba. ¿Por qué me pasan estas cosas? No quiero llorar más, ponme donde quieras, pero de manera que pueda ser útil a otros. Por desgracia, también su tercer hijo murió, a causa de una cardiopatía congénita.
¿Qué le ha cambiado la vida? El encuentro con cristianos, que le acompañaron en su dolor y le ofrecieron un lugar donde ayudar a otros. Primero las religiosas del colegio donde estudiaba su segunda hija y luego los miembros de un proyecto de cooperación internacional que le ofrecieron trabajo. Y ahora, ella, que ha pasado por el terrible dolor de ver morir a dos hijos, acompaña a madres en situación de pobreza para que puedan educar y alimentar a sus hijos.
Dios me ha acompañado a través de los rostros que me ha puesto delante, dice. Ya no estoy sola, he encontrado un sentido a mi sufrimiento. Dios está cerca de nosotros. Acojámoslo".
Juan Miguel Prim
"Queridos fieles de Cristo: asistimos hoy en el Evangelio a la indignación de Cristo ante la actitud de los fariseos, que se escandalizan de que los discípulos de Jesús coman sin lavarse las manos, y les llama hipócritas: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. “El culto que me dan está vacío”. Las palabras de Jesús también nos juzgan a nosotros. ¿Cómo es nuestro culto? ¿Honramos al Señor de corazón y no sólo con los labios, externamente? No es lo que entra de fuera, sino lo que sale del corazón lo que hace puro o impuro al hombre, dice hoy Jesús.
Pero, ¿cómo tener un corazón puro? Viviendo con Cristo, participando de la vida de la Iglesia, purificándonos constantemente gracias al testimonio de los hermanos.
En la primera lectura escuchamos a Moisés dirigiéndose al pueblo de Israel, hablándoles de los mandatos recibidos de Dios en el Sinaí. Moisés dice: “Escucha, Israel”. Esta es la primera invitación: “Escucha” (Shemá). Igual que acudimos al templo llamados por las campanas de la Catedral, así estamos hoy aquí para escuchar la voz del Señor, para escuchar su propuesta de vida.
“Escucha, Israel, los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar”.
Los mandamientos de Dios son para la vida, pero... atención... no sólo para la vida eterna, para la vida después de la muerte, sino para esta vida, para el camino de esta vida. El escritor ruso ortodoxo Boris Pasternak decía: “Los cristianos están llamados a vivir, no sólo a prepararse para la vida”. “Así viviréis -dice Moisés- y entraréis a tomar posesión de la tierra que Dios os va a dar”. La promesa de una vida conforme al designio de Dios es ya para esta vida, para tomar posesión de esta tierra, para vivir bien los días de nuestra vida.
El patriarca de Venecia, Monseñor Scola, en una entrevista reciente decía que a lo largo de dos mil años de cristianismo se han producido a veces equívocos y distorsiones que han llevado a abrir entre el más allá y el más acá -entre el cielo y esta vida- una fractura cada vez más profunda, hasta llegar a verlos como opuestos: un más acá alienante, oscuro, triste, sufrido como condición para un más allá luminoso, finalmente liberador. Una salvación negada en el presente para asegurarla en el futuro. Pero no es este el evangelio de Jesucristo.
La gracia de Cristo no se reduce a la gracia de la salvación en el más allá, pues Dios en su infinita misericordia y por medio de los méritos de Cristo, podrá salvar también -como recuerda el Concilio Vaticano II- a aquellos que no habiendo podido conocer a Cristo hayan vivido bien, rectamente, conforme a su conciencia.
Cristo no fundó la Iglesia sólo para la salvación eterna, sino para la salvación integral del ser humano, ya en esta vida. Cristo entró en el más acá, caminó por los caminos de nuestra tierra, se hizo amigo de los hombres, comió y bebió, amó y sufrió, murió y resucitó.
La gracia de la fe, cuya plenitud es -desde luego- la salvación eterna, se nos da para testimoniar el destino de resurrección dentro de la historia, para testimoniar el ciento por uno aquí.
Por eso Moisés podía decir al pueblo de Israel: “Poned por obra los preceptos del Señor, ya que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente. Pues, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? ¿Y cuál es la gran nación cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?” Si Moisés, en el Antiguo Testamento, podía decir esto, qué no podremos decir nosotros, que hemos conocido a Cristo, que vivimos en la Iglesia.
El apóstol Santiago expresa la novedad de la vida cristiana en la segunda lectura: Dios nos engendró “para que seamos como la primicia de sus criaturas”. Fijaos, la primicia es el primer fruto, la primera realización, quizá imperfecta, mejorable, pero realización al fin y al cabo. Los cristianos somos la primicia de la creación de Dios, el inicio de una creación renovada. “Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros”. Hay un poder de salvación en nuestra fe. Es capaz de salvarnos. Pero es necesario vivirla, aceptar el desafío de la fe. “No os limitéis a escucharla”, dice Santiago, “engañándoos a vosotros mismos”. Por eso nos juntamos cada domingo, para eso existen las parroquias, para esto existe la Iglesia, para verificar el poder de salvación de la fe.
Hay muchos testimonios de este poder de salvación. Y no hablo sólo de los milagros en sentido estricto, como el que parece que se ha realizado en Lourdes este verano, en la persona de una mujer italiana curada de una esclerosis lateral amiotrófica. Esta mujer decía: “En Lourdes, yo no pedí un milagro. Yo recé a la Virgen para que me diera la fuerza de vivir con dignidad cada instante que me quedaba". Este es el milagro que muchos enfermos obtienen en Lourdes: aceptar su enfermedad y vivirla con dignidad, evitando la tentación de la muerte. Y además hay milagros excepcionales, para que creamos en el poder de Dios, en el poder de la fe.
Os cuento otro testimonio que he tenido ocasión de escuchar este verano: una mujer ecuatoriana, Amparo Espinosa, que trabaja en la actualidad como educadora en un proyecto que ayuda a más de 1500 niños y familias pobres, contaba su historia: Estaba enfadada con Dios. Había sido abandonada por mi marido por segunda vez y se me acababa de morir mi primera hija. ¿Qué quiere de mí el Señor, si yo no soy mala?, se preguntaba. ¿Por qué me pasan estas cosas? No quiero llorar más, ponme donde quieras, pero de manera que pueda ser útil a otros. Por desgracia, también su tercer hijo murió, a causa de una cardiopatía congénita.
¿Qué le ha cambiado la vida? El encuentro con cristianos, que le acompañaron en su dolor y le ofrecieron un lugar donde ayudar a otros. Primero las religiosas del colegio donde estudiaba su segunda hija y luego los miembros de un proyecto de cooperación internacional que le ofrecieron trabajo. Y ahora, ella, que ha pasado por el terrible dolor de ver morir a dos hijos, acompaña a madres en situación de pobreza para que puedan educar y alimentar a sus hijos.
Dios me ha acompañado a través de los rostros que me ha puesto delante, dice. Ya no estoy sola, he encontrado un sentido a mi sufrimiento. Dios está cerca de nosotros. Acojámoslo".
Juan Miguel Prim
Signos visibles que anticipan el Paraíso
En una reciente publicación que recoge conversaciones con el actual Patriarca de Venecia, Mons. Angelo Scola, encontramos estas esperanzadoras palabras:
"Tras la muerte no habrá un salto en la oscuridad. No es que nosotros, aquí en la tierra, estemos viviendo una existencia que sigue su propio ritmo marcado por la finitud y la herida del pecado y que, si nos comportamos bien ahora, recibiremos en el más allá un premio extraordinario e inimaginable. ¡No! ¡Es imaginable, porque es ya visible! Del Reino que se realizará plenamente en el Paraíso nosotros ya conocemos cuanto Jesús ha querido revelarnos para permitirnos desearlo, aspirar a él, perseguirlo: tenemos signos que anticipan el destino que nos aguarda. El Paraíso no es un puro futurible, totalmente ignoto".
Angelo Scola, Il Padre nostro, Cantagalli, Siena 2009, p. 11-12.
"Tras la muerte no habrá un salto en la oscuridad. No es que nosotros, aquí en la tierra, estemos viviendo una existencia que sigue su propio ritmo marcado por la finitud y la herida del pecado y que, si nos comportamos bien ahora, recibiremos en el más allá un premio extraordinario e inimaginable. ¡No! ¡Es imaginable, porque es ya visible! Del Reino que se realizará plenamente en el Paraíso nosotros ya conocemos cuanto Jesús ha querido revelarnos para permitirnos desearlo, aspirar a él, perseguirlo: tenemos signos que anticipan el destino que nos aguarda. El Paraíso no es un puro futurible, totalmente ignoto".
Angelo Scola, Il Padre nostro, Cantagalli, Siena 2009, p. 11-12.
martes, 7 de julio de 2009
La fe estaba viva y lo penetraba todo
Tras su experiencia en el Monasterio, van der Meer y su mujer viajan por Italia. Allí descubren un arte espléndido nacido de la fe cristiana, y se sorprenden por la unidad de vida de los hombres que lo generaron:
"Me es imposible separar el presente del pasado, mi imaginación ve la vida de siglos atrás como una realidad, y me siento contemporáneo del Giotto, de Dante; me represento entre la jubilosa multitud que acompaña a la Madonna del Cimabue desde el taller de éste hasta Santa María Novella; asisto a las fiestas, participo en la lucha siempre exaltada entre güelfos y gibelinos; esos siglos idos están para mí más vivientes que todo el ruido vano de hoy. ¡Qué vehemencia magnífica, qué estilo, qué ardiente belleza descubro en ellos!
Los hombres de nuestra época con sus blandas costumbres y el tonto orgullo de su universalidad y de su "amplia comprensión", si los comparo con esas almas simples pero ¡cuán luminosas! de la Edad Media, se me aparecen como tristes sombras, como pobres y tímidos fantasmas. ¡A qué miseria quedamos reducidos, con nuestro eclecticismo presuntuoso, cuando pensamos en el robusto fervor de esos seres, en su actividad apasionada tanto en el bien como en el mal! Había grandeza en las buenas acciones y hasta en los crímenes. y además, por sobre el tumulto salvaje de esos siglos formidables, siento siempre el pensamiento de Dios, ya oculto, ya ardiente, pero siempre activo y quemante. A pesar de las discordias y de los desgarramientos, había una unidad; porque la fe estaba viva y lo penetraba todo; el arte estaba totalmente animado e impulsado por ella. Los hombres creían, conocían a Jesús y sabían por qué vino a este mundo; honraban a María y a los Santos, y cada hecho de, sus Vidas, cada leyenda, narrada con palabras o con imágenes, era para sus almas un trampolín espiritual para subir hasta Dios. En ciertos momentos sus corazones palpitaban de dolor, de amor y de la más intensa compasión por el Hijo de Dios que había dado su sangre y que se había dejado clavar en la Cruz por ellos. Se sabían dueños de un alma, creada a imagen de Dios, y cuyo último fin es el de contemplarle por toda la eternidad en el Paraíso celestial.
En la construcción de sus iglesias, en los frescos, en los himnos y en los cuadros, en la música y en los más bellos cuentos y leyendas, en todo el arte medieval, ¡con cuánta fuerza repercute ese deseo, esa gloriosa nostalgia! No puedo saciarme de contemplar los primitivos que veo por primera vez, Cimabue, el Giotto, Orcagna y otros. Encuentro en su arte una concepción más vasta, una aspiración más profunda, más mística que en el de nuestros primitivos del Norte. Me obligan a pensar que los acontecimientos han sucedido tal como ellos los representan, su sueño se me convierte en realidad. Su piedad intensa, sencilla, fuerte, me conmueve hasta las lágrimas. Mi espíritu es transportado muy lejos por este arte; él me hace presentir cosas que me es imposible nombrar, me abre un mundo que no puedo expresar, y algo análogo me ocurre con la liturgia de la Iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 70-71.
"Me es imposible separar el presente del pasado, mi imaginación ve la vida de siglos atrás como una realidad, y me siento contemporáneo del Giotto, de Dante; me represento entre la jubilosa multitud que acompaña a la Madonna del Cimabue desde el taller de éste hasta Santa María Novella; asisto a las fiestas, participo en la lucha siempre exaltada entre güelfos y gibelinos; esos siglos idos están para mí más vivientes que todo el ruido vano de hoy. ¡Qué vehemencia magnífica, qué estilo, qué ardiente belleza descubro en ellos!
Los hombres de nuestra época con sus blandas costumbres y el tonto orgullo de su universalidad y de su "amplia comprensión", si los comparo con esas almas simples pero ¡cuán luminosas! de la Edad Media, se me aparecen como tristes sombras, como pobres y tímidos fantasmas. ¡A qué miseria quedamos reducidos, con nuestro eclecticismo presuntuoso, cuando pensamos en el robusto fervor de esos seres, en su actividad apasionada tanto en el bien como en el mal! Había grandeza en las buenas acciones y hasta en los crímenes. y además, por sobre el tumulto salvaje de esos siglos formidables, siento siempre el pensamiento de Dios, ya oculto, ya ardiente, pero siempre activo y quemante. A pesar de las discordias y de los desgarramientos, había una unidad; porque la fe estaba viva y lo penetraba todo; el arte estaba totalmente animado e impulsado por ella. Los hombres creían, conocían a Jesús y sabían por qué vino a este mundo; honraban a María y a los Santos, y cada hecho de, sus Vidas, cada leyenda, narrada con palabras o con imágenes, era para sus almas un trampolín espiritual para subir hasta Dios. En ciertos momentos sus corazones palpitaban de dolor, de amor y de la más intensa compasión por el Hijo de Dios que había dado su sangre y que se había dejado clavar en la Cruz por ellos. Se sabían dueños de un alma, creada a imagen de Dios, y cuyo último fin es el de contemplarle por toda la eternidad en el Paraíso celestial.
En la construcción de sus iglesias, en los frescos, en los himnos y en los cuadros, en la música y en los más bellos cuentos y leyendas, en todo el arte medieval, ¡con cuánta fuerza repercute ese deseo, esa gloriosa nostalgia! No puedo saciarme de contemplar los primitivos que veo por primera vez, Cimabue, el Giotto, Orcagna y otros. Encuentro en su arte una concepción más vasta, una aspiración más profunda, más mística que en el de nuestros primitivos del Norte. Me obligan a pensar que los acontecimientos han sucedido tal como ellos los representan, su sueño se me convierte en realidad. Su piedad intensa, sencilla, fuerte, me conmueve hasta las lágrimas. Mi espíritu es transportado muy lejos por este arte; él me hace presentir cosas que me es imposible nombrar, me abre un mundo que no puedo expresar, y algo análogo me ocurre con la liturgia de la Iglesia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 70-71.
lunes, 6 de julio de 2009
Debes estar a la espera
Pero la fe se impone sobre las dudas e incertidumbres. En el silencio de la noche se le concede al autor de Nostalgia de Dios ver el mundo y a los hombres como los ve Dios, y se le invita a esperar con confianza:
"Noche y silencio. Después, clara como si fuese de plata, suena la campana de la iglesia. Contra los ventanales se acoda la noche. Respiro el silencio. Por un ventanuco veo las estrellas lejanas, inaccesibles; esta noche brillan en forma extraña en las profundidades del cielo... Entre la sillería del coro hay algunas lámparas encendidas, pero las bóvedas y el fondo de la capilla donde están los hermanos se hunden en la penumbra...
El mundo duerme, y aquí, delante mío, en este espacio débilmente iluminado hay hombres que velan, cantan y oran. ¿Soy yo el que se equivoca? ¿Son ellos los locos? El canto sonoro y monótono de los salmos transporta mi alma... Me es imposible expresar lo que siento; es nostalgia y es felicidad, y otras cosas completamente distintas. Palpo un mundo que no está en ninguna parte; comprendo cosas que no puedo nombrar.
De pronto la música me abandona; y entonces caigo y yazgo perdido, como despojo en una costa desierta. En torno mío el silencio está de rodillas, con millares de manos extendidas y millares de bocas que oran. Al mismo tiempo contemplo las ciudades del mundo en la noche, veo rondar la miseria, el sufrimiento y los pecados por los caminos y por las habitaciones de los hombres. Escucho el lamento de los desdichados y veo también los claustros y se me figuran haces de luz purísima en la desesperante noche. Son las bocas de la humanidad que expresan lo que hay de más bello y de más profundo en el mundo; son como montañas que realizan el anhelo de los valles...
He entrevisto un abismo en las alturas, como un vórtice luminoso que me enceguecía. Ahora pienso en la fe, y comprendo que es necesario apartar de nuestro espíritu la duda y las vanas preguntas. Me parece escuchar una voz que me dice: Conserva puros tus pensamientos y estate siempre alerta. Porque el Espíritu puede venir tanto en el momento más negro de tu desesperación como cuando te encuentres en la cúspide de tu felicidad. Él sabe cuándo puede entrar en tu corazón. Debes estar a la espera".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 67-68.
"Noche y silencio. Después, clara como si fuese de plata, suena la campana de la iglesia. Contra los ventanales se acoda la noche. Respiro el silencio. Por un ventanuco veo las estrellas lejanas, inaccesibles; esta noche brillan en forma extraña en las profundidades del cielo... Entre la sillería del coro hay algunas lámparas encendidas, pero las bóvedas y el fondo de la capilla donde están los hermanos se hunden en la penumbra...
El mundo duerme, y aquí, delante mío, en este espacio débilmente iluminado hay hombres que velan, cantan y oran. ¿Soy yo el que se equivoca? ¿Son ellos los locos? El canto sonoro y monótono de los salmos transporta mi alma... Me es imposible expresar lo que siento; es nostalgia y es felicidad, y otras cosas completamente distintas. Palpo un mundo que no está en ninguna parte; comprendo cosas que no puedo nombrar.
De pronto la música me abandona; y entonces caigo y yazgo perdido, como despojo en una costa desierta. En torno mío el silencio está de rodillas, con millares de manos extendidas y millares de bocas que oran. Al mismo tiempo contemplo las ciudades del mundo en la noche, veo rondar la miseria, el sufrimiento y los pecados por los caminos y por las habitaciones de los hombres. Escucho el lamento de los desdichados y veo también los claustros y se me figuran haces de luz purísima en la desesperante noche. Son las bocas de la humanidad que expresan lo que hay de más bello y de más profundo en el mundo; son como montañas que realizan el anhelo de los valles...
He entrevisto un abismo en las alturas, como un vórtice luminoso que me enceguecía. Ahora pienso en la fe, y comprendo que es necesario apartar de nuestro espíritu la duda y las vanas preguntas. Me parece escuchar una voz que me dice: Conserva puros tus pensamientos y estate siempre alerta. Porque el Espíritu puede venir tanto en el momento más negro de tu desesperación como cuando te encuentres en la cúspide de tu felicidad. Él sabe cuándo puede entrar en tu corazón. Debes estar a la espera".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 67-68.
El orden, la paz... y la muerte
Tras haber asistido al rezo de Maitines con los monjes -en plena noche- van der Meer regresa a su celda y se pregunta por el sentido de lo que acaba de vivir:
"Estoy solo, me siento en una silla, quisiera reflexionar. La vida me parece incomprensible. Si Dios no existe, si Él no es más que la invención del deseo del hombre, una visión que le ha sido sugerida por la desesperación que le provoca su espantosa soledad, entonces, ¿no es acaso una locura, un crimen, encerrarse así, privarse voluntariamente de los goces y de las bellezas de la vida, y dedicarse a adorar y a exaltar una cosa inexistente?
Pero, sin embargo, aquí siento el orden y la paz; la atención está dirigida hacia el alma, hacia lo que es interior, hacia lo eterno. Y la vida, la pretendida vida que nos tiene asidos a mí y a casi todos los hombres, y que nos empuja a ciegas, es una fuerza caótica; vivimos para las cosas exteriores, para saciar todos nuestros deseos; nos contentamos con lo transitorio. Buscamos aturdirnos, porque en el fondo tenemos miedo, porque al final de todas las aventuras está la muerte. Tengo fiebre, pienso en mi propia vida, en las estrellas, en la belleza, en los monjes que, muy cerca mío, descansan al otro lado del muro; pienso en el poder de la fe y luego en la duda que todo lo destruye. No encuentro un sostén en parte alguna, todo escapa a mi comprensión, hasta que surge en mi cerebro este pensamiento: la única certidumbre es la muerte. Y con nueva fuerza me abruman todos los misterios".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 66.
"Estoy solo, me siento en una silla, quisiera reflexionar. La vida me parece incomprensible. Si Dios no existe, si Él no es más que la invención del deseo del hombre, una visión que le ha sido sugerida por la desesperación que le provoca su espantosa soledad, entonces, ¿no es acaso una locura, un crimen, encerrarse así, privarse voluntariamente de los goces y de las bellezas de la vida, y dedicarse a adorar y a exaltar una cosa inexistente?
Pero, sin embargo, aquí siento el orden y la paz; la atención está dirigida hacia el alma, hacia lo que es interior, hacia lo eterno. Y la vida, la pretendida vida que nos tiene asidos a mí y a casi todos los hombres, y que nos empuja a ciegas, es una fuerza caótica; vivimos para las cosas exteriores, para saciar todos nuestros deseos; nos contentamos con lo transitorio. Buscamos aturdirnos, porque en el fondo tenemos miedo, porque al final de todas las aventuras está la muerte. Tengo fiebre, pienso en mi propia vida, en las estrellas, en la belleza, en los monjes que, muy cerca mío, descansan al otro lado del muro; pienso en el poder de la fe y luego en la duda que todo lo destruye. No encuentro un sostén en parte alguna, todo escapa a mi comprensión, hasta que surge en mi cerebro este pensamiento: la única certidumbre es la muerte. Y con nueva fuerza me abruman todos los misterios".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 66.
Música que revela una presencia muy dulce
Van der Meer es invitado por un amigo a pasar unos días en un Monasterio trapense. Junto al silencio le conmueve el canto litúrgico en el que participa por primera vez:
"Yo escuchaba inmóvil. Todo era tan nuevo, tan absolutamente desconocido para mí. Jamás hubiera creído posible que existiesen aún en nuestros días hombres que consagran su vida íntegra a la oración y al culto de un Dios.
De pronto se entonaron los Salmos. El canto de los versículos salmodiados ondulaba como las olas poderosas y sonoras del mar; mi alma se sentía arrastrada por el oleaje de ese coro de voces masculinas, hacia un inmenso espacio luminoso. Escuchaba, escuchaba con todo mi ser... cuando después de un breve silencio una voz entonó la Salve. Me estremezco, me arrebujo en mi emoción. Esa magnífica antífona, esa plegaria cantada, sube y baja siguiendo un ritmo grandioso muy sencillo y muy grave. Me impresiona la ausencia de pasión, de sensualidad, en esa maravillosa música; ella no despierta en mí la inquietud ni todas las angustias que en mí se albergan; me hace un bien inmenso, me cura. Sus notas giran como un vuelo de pájaros gloriosos. Y sin embargo, ¡qué gravedad, qué indecible nostalgia vibra en ella! Música que revela una presencia muy fuerte y muy dulce, y lleva en sí un evidente resplandor de la divina luz".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 65.
"Yo escuchaba inmóvil. Todo era tan nuevo, tan absolutamente desconocido para mí. Jamás hubiera creído posible que existiesen aún en nuestros días hombres que consagran su vida íntegra a la oración y al culto de un Dios.
De pronto se entonaron los Salmos. El canto de los versículos salmodiados ondulaba como las olas poderosas y sonoras del mar; mi alma se sentía arrastrada por el oleaje de ese coro de voces masculinas, hacia un inmenso espacio luminoso. Escuchaba, escuchaba con todo mi ser... cuando después de un breve silencio una voz entonó la Salve. Me estremezco, me arrebujo en mi emoción. Esa magnífica antífona, esa plegaria cantada, sube y baja siguiendo un ritmo grandioso muy sencillo y muy grave. Me impresiona la ausencia de pasión, de sensualidad, en esa maravillosa música; ella no despierta en mí la inquietud ni todas las angustias que en mí se albergan; me hace un bien inmenso, me cura. Sus notas giran como un vuelo de pájaros gloriosos. Y sin embargo, ¡qué gravedad, qué indecible nostalgia vibra en ella! Música que revela una presencia muy fuerte y muy dulce, y lleva en sí un evidente resplandor de la divina luz".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 65.
Aquel viernes en el Gólgota
La atracción del catolicismo, decía en el texto anterior; y ahora la percepción del acontecimiento único de la Pasión y Muerte de Cristo. ¡No estás lejos del Reino de los Cielos!:
"En la Vulgata que poseo desde hace algún tiempo he leído la Pasión según San Lucas. No sé ni cómo ni por qué, pero el incomprensible acontecimiento de aquel Viernes en el Gólgota se me apareció como el centro, como el eje de la eternidad. Presentía como por inspiración que en el Gólgota, en el espacio entre la hora sexta y la hora nona -mientras que las tinieblas cubren toda la tierra-, se encuentra la luz que aclara todos los misterios a quienes recibieron el don de ver. El universo fue creado con el fin de que se pudiera realizar aquel acontecimiento único: la Crucifixión y Muerte del Hombre-Dios. Verdaderamente la Biblia es un libro extraordinario".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 61.
"En la Vulgata que poseo desde hace algún tiempo he leído la Pasión según San Lucas. No sé ni cómo ni por qué, pero el incomprensible acontecimiento de aquel Viernes en el Gólgota se me apareció como el centro, como el eje de la eternidad. Presentía como por inspiración que en el Gólgota, en el espacio entre la hora sexta y la hora nona -mientras que las tinieblas cubren toda la tierra-, se encuentra la luz que aclara todos los misterios a quienes recibieron el don de ver. El universo fue creado con el fin de que se pudiera realizar aquel acontecimiento único: la Crucifixión y Muerte del Hombre-Dios. Verdaderamente la Biblia es un libro extraordinario".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 61.
Visitando Notre-Dame de París
Van der Meer visita la Catedral de París. Como les ha pasado a tantas personas a lo largo de la historia, la Catedral -obra de la fe de un pueblo erigida para Dios- le sobrecoge. He aquí sus reflexiones:
"Ayer al mediodía fui solo a Notre-Dame; vagué durante horas por la iglesia, admirando el contorno del coro con sus hermosas imágenes, los viejos vitrales, la bóveda, y luego me senté en un lugar de donde podía ver la lamparilla que arde ante el altar y que para los fieles significa que Jesús está allí... La iglesia estaba casi desierta. Desde las altas bóvedas donde se concentraba la sombra, descendía una deliciosa paz sobre mi alma inquieta. En mí se sucedían innumerables pensamientos e imágenes. Miraba la luz entre las columnas y los arcos ojivales que se juntan como manos en oración; mis ojos reflejaban el incendio del rosetón y de los vitrales. Mi alma se estremecía hasta lo más hondo, con todos los ensueños y deseos a los que no puedo darles un nombre, y que me causan tristeza y alegría.
Lo que me llama singularmente la atención es que cada forma es la vestidura de un pensamiento. Comprendo la coherencia interior, el lazo entre la belleza visible y el mundo espiritual. El creyente, para quien cada forma es el símbolo de una realidad viviente, tiene que sentir una fuerte impresión ante una iglesia como ésta; en cuanto a mí, me siento conmovido hasta lo más hondo del ser, y pienso en la fe católica que tan poderosamente ha animado el arte gótico. Admiro al catolicismo, desearía conocerlo mejor".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 52.
"Ayer al mediodía fui solo a Notre-Dame; vagué durante horas por la iglesia, admirando el contorno del coro con sus hermosas imágenes, los viejos vitrales, la bóveda, y luego me senté en un lugar de donde podía ver la lamparilla que arde ante el altar y que para los fieles significa que Jesús está allí... La iglesia estaba casi desierta. Desde las altas bóvedas donde se concentraba la sombra, descendía una deliciosa paz sobre mi alma inquieta. En mí se sucedían innumerables pensamientos e imágenes. Miraba la luz entre las columnas y los arcos ojivales que se juntan como manos en oración; mis ojos reflejaban el incendio del rosetón y de los vitrales. Mi alma se estremecía hasta lo más hondo, con todos los ensueños y deseos a los que no puedo darles un nombre, y que me causan tristeza y alegría.
Lo que me llama singularmente la atención es que cada forma es la vestidura de un pensamiento. Comprendo la coherencia interior, el lazo entre la belleza visible y el mundo espiritual. El creyente, para quien cada forma es el símbolo de una realidad viviente, tiene que sentir una fuerte impresión ante una iglesia como ésta; en cuanto a mí, me siento conmovido hasta lo más hondo del ser, y pienso en la fe católica que tan poderosamente ha animado el arte gótico. Admiro al catolicismo, desearía conocerlo mejor".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 52.
Algo más bello que nuestro mismo amor
El hombre se justifica a sí mismo con pasmosa facilidad, y cuanto más inteligente es, más fácilmente puede mentirse a sí mismo con razones adaptadas a su propio temperamento o trayectoria vital. Pero sólo puede hacerlo al precio de reducir su deseo: las últimas líneas de este texto desvelan la posición auténtica del corazón humano, la estatura de nuestro verdadero deseo:
"Mis camaradas y amigos, como la generalidad de los hombres, se han fabricado -cuando no son miembros de alguna secta- una especie de sistema filosófico que cuidan de poner en perfecta armonía con su propio temperamento; y de esa manera tienen siempre preparados uno o muchos argumentos para explicar y defender cualquier mala acción. Uno pretende esto; otro, aquello; un tercero tiene opiniones diametralmente opuestas a las del primero; otro zigzaguea hábilmente entre todas las dificultades, y logra que su alma tranquila se pasee por la ancha senda del justo medio. Pero yo nada hago; sigo viviendo, y espero junto con Cristina la llegada de algo que será más bello que nuestro mismo amor, y que debe ser eterno".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 48.
"Mis camaradas y amigos, como la generalidad de los hombres, se han fabricado -cuando no son miembros de alguna secta- una especie de sistema filosófico que cuidan de poner en perfecta armonía con su propio temperamento; y de esa manera tienen siempre preparados uno o muchos argumentos para explicar y defender cualquier mala acción. Uno pretende esto; otro, aquello; un tercero tiene opiniones diametralmente opuestas a las del primero; otro zigzaguea hábilmente entre todas las dificultades, y logra que su alma tranquila se pasee por la ancha senda del justo medio. Pero yo nada hago; sigo viviendo, y espero junto con Cristina la llegada de algo que será más bello que nuestro mismo amor, y que debe ser eterno".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 48.
lunes, 29 de junio de 2009
El tesoro más bello y sagrado del hombre
Denuncia van der Meer la actitud provocativa -tan de moda- de quienes con sarcástica ironía juegan con las cosas más valiosas del ser humano, sus ideales, sus deseos... Pero, ¿a quién provocan en verdad? En realidad lo que hacen es poner de manifiesto su impotencia: como no alcanzan las uvas dicen que están verdes...
"Ese autor lo contempla todo con esa actitud tan moderna de espíritu que es la ironía, o sea, burlarse dolorosamente de sí mismo y de todas las cosas, con una sonrisa escéptica y triste. Él se crea un ensueño, pero al instante sonríe con sarcasmo finamente atroz, y destroza su ensueño entre sus dedos temblorosos, como si fuese una copa de fino cristal. Altivo, provocador -pero, ¿a quién provoca?-, se ríe de todos los ideales, no cree en nada; mas no logra ser feliz al jugar con las cosas que son el tesoro más bello y sagrado del hombre, y al destruirlas como objetos viles y sin valor. Ese juego doloroso, esa miseria, esa impotencia, exasperan en uno la nostalgia espiritual..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 47.
"Ese autor lo contempla todo con esa actitud tan moderna de espíritu que es la ironía, o sea, burlarse dolorosamente de sí mismo y de todas las cosas, con una sonrisa escéptica y triste. Él se crea un ensueño, pero al instante sonríe con sarcasmo finamente atroz, y destroza su ensueño entre sus dedos temblorosos, como si fuese una copa de fino cristal. Altivo, provocador -pero, ¿a quién provoca?-, se ríe de todos los ideales, no cree en nada; mas no logra ser feliz al jugar con las cosas que son el tesoro más bello y sagrado del hombre, y al destruirlas como objetos viles y sin valor. Ese juego doloroso, esa miseria, esa impotencia, exasperan en uno la nostalgia espiritual..."
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 47.
domingo, 28 de junio de 2009
Siento en mí ambas posibilidades
Cita van der Meer una conversación acerca del bien y del mal. Hay quien rechaza cualquier valoración moral de los actos humanos, proponiendo únicamente la búsqueda de la satisfacción individual:
"Hay que burlarse de todo y de todo el mundo, y para conquistar algo que haga la vida digna de ser vivida -aunque sea por unos instantes- obrar con cinismo y hasta con crueldad.
Es extraño que puedan pensarse semejantes paradojas, y es aún más extraño y aterrador que tales teorías nihilistas sean puestas en práctica por ciertos individuos que no retroceden ante ninguna consecuencia, mientras hay otros hombres absorbidos enteramente por el amor de Dios. En mí siento ambas posibilidades".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, pp. 46-47.
"Hay que burlarse de todo y de todo el mundo, y para conquistar algo que haga la vida digna de ser vivida -aunque sea por unos instantes- obrar con cinismo y hasta con crueldad.
Es extraño que puedan pensarse semejantes paradojas, y es aún más extraño y aterrador que tales teorías nihilistas sean puestas en práctica por ciertos individuos que no retroceden ante ninguna consecuencia, mientras hay otros hombres absorbidos enteramente por el amor de Dios. En mí siento ambas posibilidades".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, pp. 46-47.
Dios no creó la muerte
A propósito de la cita anterior sale a nuestro encuentro la primera lectura de la misa de este domingo. ¡Qué afirmación tan neta y tan decisiva! Dios no es cruel con sus criaturas:
"Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella".
Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24.
¿Verdad o espejismo?
Nueva cita de Nostalgia de Dios. Ha muerto el padre de Marta, la mujer de Pieter van der Meer, autor del diario. Anota éste:
"Esta noche ha muerto repentinamente el padre de Marta... No puedo desprenderme de la visión de ese muerto. Se había acostado como todas las noches. Mientras dormía se dio vuelta en la cama, suspiró profundamente y murió. Entonces, ¿qué significa esta vida a cuyo final se encuentra el inmenso abismo negro donde unos después de otros van cayendo lo hombres, como pesadas piedras, para desaparecer por siempre?
Si el alma no es inmortal, ¡es realmente un absurdo tomar la vida en serio! ¡Oh, poseer la indestructible certidumbre de la fe!
Pero, ¿acaso no son las religiones sueños hermosos, mentiras consoladoras, con los que nos deslumbramos por temor de la atroz realidad, a los que nos aferramos frente a la terrible noticia de la muerte? ¿Contienen la verdad o sólo se trata de un espejismo? Estos enigmas me obsesionan. ¿Dónde podré encontrar la verdad?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 45.
"Esta noche ha muerto repentinamente el padre de Marta... No puedo desprenderme de la visión de ese muerto. Se había acostado como todas las noches. Mientras dormía se dio vuelta en la cama, suspiró profundamente y murió. Entonces, ¿qué significa esta vida a cuyo final se encuentra el inmenso abismo negro donde unos después de otros van cayendo lo hombres, como pesadas piedras, para desaparecer por siempre?
Si el alma no es inmortal, ¡es realmente un absurdo tomar la vida en serio! ¡Oh, poseer la indestructible certidumbre de la fe!
Pero, ¿acaso no son las religiones sueños hermosos, mentiras consoladoras, con los que nos deslumbramos por temor de la atroz realidad, a los que nos aferramos frente a la terrible noticia de la muerte? ¿Contienen la verdad o sólo se trata de un espejismo? Estos enigmas me obsesionan. ¿Dónde podré encontrar la verdad?"
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 45.
Demasiado pequeño para mi alma
Hace mucho que no cito el libro Nostalgia de Dios, de van der Meer. Ahora que tengo un poco más de tiempo me propongo transcribir nuvos párrafos. Recordemos que en esta obra el autor narra el itinerario de su conversión, de su encuentro con Cristo gracias a testigos cristianos. Sus páginas son sinceras, profundas, literariamente bellas. Antes de su adhesión a la Iglesia lo que llena su alma es una indecible nostalgia:
"Es de noche a bordo. El mar es una masa oscura aparte del halo luminoso que rodea al navío. Éste avanza tranquilo y seguro hacia el puerto lejano. Mis ojos escrutan los horizontes de la noche impenetrable. Pero no me sacia el espectáculo del espacio; mi alma se sofoca en los límites de lo visible, y yo quisiera impulsarla más allá del mundo real, pero ignoro el camino. Ella no tiende ni hacia las estrellas, ni hacia las profundidades del mar; todo eso tiene una medida, y es, por lo tanto, demasiado pequeño para mi alma. La siento en mí más grande que el vasto mundo; no la sacia ni todo lo que ven mis ojos, ni todo lo que conoce mi inteligencia. Solloza en mi interior con indecible nostalgia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 38.
"Es de noche a bordo. El mar es una masa oscura aparte del halo luminoso que rodea al navío. Éste avanza tranquilo y seguro hacia el puerto lejano. Mis ojos escrutan los horizontes de la noche impenetrable. Pero no me sacia el espectáculo del espacio; mi alma se sofoca en los límites de lo visible, y yo quisiera impulsarla más allá del mundo real, pero ignoro el camino. Ella no tiende ni hacia las estrellas, ni hacia las profundidades del mar; todo eso tiene una medida, y es, por lo tanto, demasiado pequeño para mi alma. La siento en mí más grande que el vasto mundo; no la sacia ni todo lo que ven mis ojos, ni todo lo que conoce mi inteligencia. Solloza en mi interior con indecible nostalgia".
P. van der Meer, Nostalgia de Dios, Desclée de Brouwer, 1948, p. 38.
domingo, 14 de junio de 2009
De nosotros depende...
Corpus Christi. Eucaristía e Iglesia. Nosotros, que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, somos su Cuerpo en la historia, su Presencia. Es un milagro, como escribía Péguy:
«Milagro de milagros, hija mía, misterio de misterios.
Porque Jesucristo se hizo nuestro hermano carnal
Porque pronunció temporal y carnalmente las palabras eternas
In monte, en la montaña,
Se nos ha dado a nosotros débiles,
Depende de nosotros, débiles y carnales,
El hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo
Esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo.
Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio,
Ese privilegio increíble, exorbitante,
De conservar vivas las palabras de vida,
De alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón
Estas palabras que sin nosotros caerían descarnadas.
[...]
Oh miseria, oh dicha, de nosotros depende,
Temblor de gozo,
Nosotros que no somos nada, que pasamos en la tierra unos años de nada,
Unos pobres años miserables,
(Nosotros almas inmortales),
Oh riesgo, peligro de muerte, estamos encargados,
Nosotros que no podemos nada, que no somos nada,
que no estamos seguros del mañana,
Ni del hoy mismo, que nacemos y morimos como criaturas de un día,
Que pasamos como mercenarios,
Precisamente nosotros estamos encargados,
Nosotros que en la mañana no estamos seguros de la tarde,
Ni aún del mediodía,
Y que en la tarde no estamos seguro de la mañana,
De mañana en la mañana,
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados, sólo de nosotros depende
El asegurar a las Palabras una segunda eternidad
Eterna.
Una perpetuidad singular.
Nos corresponde, de nosotros depende asegurar las palabras
Una perpetuidad eterna, una perpetuidad carnal,
Una perpetuidad alimentada de carne, de grasa y de sangre.
Nosotros que no somos nada, que no duramos,
Que no duramos por así decir nada
(Sobre la tierra)
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados
de conservar y de alimentar eternas
En la tierra
Las palabras dichas, la palabra de Dios».
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid 1989, pp. 78-80.
«Milagro de milagros, hija mía, misterio de misterios.
Porque Jesucristo se hizo nuestro hermano carnal
Porque pronunció temporal y carnalmente las palabras eternas
In monte, en la montaña,
Se nos ha dado a nosotros débiles,
Depende de nosotros, débiles y carnales,
El hacer vivir y alimentar y conservar vivas en el tiempo
Esas palabras pronunciadas vivas en el tiempo.
Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio,
Ese privilegio increíble, exorbitante,
De conservar vivas las palabras de vida,
De alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón
Estas palabras que sin nosotros caerían descarnadas.
[...]
Oh miseria, oh dicha, de nosotros depende,
Temblor de gozo,
Nosotros que no somos nada, que pasamos en la tierra unos años de nada,
Unos pobres años miserables,
(Nosotros almas inmortales),
Oh riesgo, peligro de muerte, estamos encargados,
Nosotros que no podemos nada, que no somos nada,
que no estamos seguros del mañana,
Ni del hoy mismo, que nacemos y morimos como criaturas de un día,
Que pasamos como mercenarios,
Precisamente nosotros estamos encargados,
Nosotros que en la mañana no estamos seguros de la tarde,
Ni aún del mediodía,
Y que en la tarde no estamos seguro de la mañana,
De mañana en la mañana,
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados, sólo de nosotros depende
El asegurar a las Palabras una segunda eternidad
Eterna.
Una perpetuidad singular.
Nos corresponde, de nosotros depende asegurar las palabras
Una perpetuidad eterna, una perpetuidad carnal,
Una perpetuidad alimentada de carne, de grasa y de sangre.
Nosotros que no somos nada, que no duramos,
Que no duramos por así decir nada
(Sobre la tierra)
Es insensato, precisamente nosotros estamos encargados
de conservar y de alimentar eternas
En la tierra
Las palabras dichas, la palabra de Dios».
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Encuentro, Madrid 1989, pp. 78-80.
sábado, 6 de junio de 2009
Himno a la Trinidad
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.
Primeras vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.
Primeras vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
Trinidad e Iglesia
Interesante afirmación de Tertuliano, autor eclesiástico africano, que vivió entre el siglo II y III. La Iglesia es el cuerpo de la Trinidad, su realización histórica, contingente pero real:
"Pues allí donde hay tres, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres".
Tertuliano, De baptismo, VI, 2.
es el cuerpo de los tres»6.
Tertuliano, De baptismo, VI, 2.
Contemplar la Trinidad
Domingo de la Santísima Trinidad. Misterio de unidad y de comunión. La unidad en la Iglesia -imagen de la Trinidad- no es uniformidad, sino comunión de personas diversas en la unidad del mismo amor. Y el mundo está llamado a convertirse en Iglesia. San Sergio, monje ruso del siglo XIV, escribe:
"Contemplando la Santísima Trinidad lograremos vencer la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
"Contemplando la Santísima Trinidad lograremos vencer la odiosa división del mundo".
San Sergio de Radonez.
sábado, 30 de mayo de 2009
La Iglesia habla todos los idiomas
Pentecostés. El Espíritu Santo hizo que los discípulos de Jesús hablaran en todas las lenguas. Pero el milagro continúa:
"Si alguien dijera a uno de vosotros: Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todos los idiomas?, deberás responderle: Es cierto que hablo todos los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla todos".
Autor africano del siglo VI.
"Si alguien dijera a uno de vosotros: Si has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no hablas en todos los idiomas?, deberás responderle: Es cierto que hablo todos los idiomas, porque estoy en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia, que los habla todos".
Autor africano del siglo VI.
lunes, 25 de mayo de 2009
No dejéis de rezar
Transcribo un poema largo de Andrés Trapiello -poeta leonés nacido en 1952- uno de los grandes de nuestra poesía actual. En él se refleja la experiencia de muchas personas, educadas en una fe cristiana que han ido perdiendo por el camino, una fe reducida con frecuencia a su etapa infantil, pero que en momentos de zozobra hace subir de nuevo a los labios las palabras del Ave María. Las oraciones aprendidas de pequeños, los gestos enseñados por nuestros abuelos o nuestros padres, las catequesis de los primeros años, el amor a la Virgen... son todavía para algunos hoy el terreno hondo desde el que retomar la fe, una fe que necesita hacerse adulta, para no quedarnos en la nostalgia de la infancia perdida, de la inocencia de nuestros primeros años. Es necesario vencer la vergüenza de rezar:
VIRGEN DEL CAMINO
Estas noches de invierno hace frío en la casa,
los techos son muy altos y las paredes viejas,
cierran mal los balcones y la ventisca entra
hasta la misma cama donde espero
a que me venza el sueño y a que el sueño
me arrebate de golpe el libro de las manos,
y así, sobresaltado, me despierto
en medio de las sombras.
Y es entonces cuando comienzo un rito,
un viejo rito íntimo, igual todas las noches:
rezo un avemaría mentalmente.
Durante muchos años esto me avergonzaba.
«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.
Eres un hombre ya, no crees hace mucho
que el destino del hombre obedezca a unas leyes
divinas ni que el orbe, engastado de estrellas
en las ruedas del sol y de la luna,
sea la maquinaria de un reloj,
al que un ser bondadoso
da cuerda cada noche en su vasto castillo,
esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada
y Bergson llamó Tiempo.
Es tarde para ti, me digo. Déjales
esa oración a otros, a tus hijos tal vez,
ignorantes aún de lo que sean
las palabras antiguas del arcángel
que anunciaron el Verbo y su silencio
en misterioso griego, según cuenta san Lucas.
No pienses otra cosa. Estás cansado.
Ya es bastante de un día
conocer su final y conocerlo en paz.
Deja, pues, de rezar. Ese viático
no puedes usurparlo, porque, di,
¿de qué te serviría? De qué sirve una llave
de la que no sabemos a dónde pertenece».
Son razones que habré dicho mil veces,
pero al llegar la noche,
me acuerdo de otras noches
y el frío de mis pies entre las sábanas
es un frío de infancia, de internado,
cuando oía a mi lado el dulce respirar
en otras camas, y en el cristal la escarcha.
Y al recordar aquellas ya lejanas
noches de la meseta, tan largas,
oscuras y sin fondo,
recuerdo las palabras de los frailes:
«La Virgen del Camino guiará vuestros pasos
dondequiera que estéis.
No dejéis de rezarle y el camino
no será tan difícil. Será para vosotros
linterna en alta mar o una noche de luna».
Y recuerdo que yo, para dormirme,
imaginaba, acurrucado,
debajo de las mantas que pesaban
pero que calentaban poco,
sin moverme siquiera de la parte más tibia
que había caldeado con esfuerzo,
incluso con mi aliento, imaginaba, digo,
qué sería de mí y qué lejanos mares
habría de cruzar, qué extrañas tierras.
Otras veces pensaba si la muerte
habría de llegarme
como a aquel que labrando
un buen día su viña, ni siquiera
de recoger su manto tuvo tiempo,
o en medio de una fiesta, o en el sueño...
AI llegar a este punto
recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,
de modo que mis labios desgranaban
aquel Ave, Maria, gratia plena,
con el que yo me hacía
m lecho de hojas secas,
y luego me dormía... para llegar,
muchos años después,
a noches como ésta,
noches frías de invierno
donde a solas conmigo voy pensando
y dejando en mi boca, una a una,
las palabras antiguas
de la Salutación, como si fueran
el óbolo que habrá de franquearme
los portales del manto hospitalario
que unos llamaron Tiempo
y otros llamaron Nada”.
Andrés Trapiello.
VIRGEN DEL CAMINO
Estas noches de invierno hace frío en la casa,
los techos son muy altos y las paredes viejas,
cierran mal los balcones y la ventisca entra
hasta la misma cama donde espero
a que me venza el sueño y a que el sueño
me arrebate de golpe el libro de las manos,
y así, sobresaltado, me despierto
en medio de las sombras.
Y es entonces cuando comienzo un rito,
un viejo rito íntimo, igual todas las noches:
rezo un avemaría mentalmente.
Durante muchos años esto me avergonzaba.
«Qué buscas», me decía, «en oración tan simple.
Eres un hombre ya, no crees hace mucho
que el destino del hombre obedezca a unas leyes
divinas ni que el orbe, engastado de estrellas
en las ruedas del sol y de la luna,
sea la maquinaria de un reloj,
al que un ser bondadoso
da cuerda cada noche en su vasto castillo,
esa vieja mansión que Nietzsche llamó Nada
y Bergson llamó Tiempo.
Es tarde para ti, me digo. Déjales
esa oración a otros, a tus hijos tal vez,
ignorantes aún de lo que sean
las palabras antiguas del arcángel
que anunciaron el Verbo y su silencio
en misterioso griego, según cuenta san Lucas.
No pienses otra cosa. Estás cansado.
Ya es bastante de un día
conocer su final y conocerlo en paz.
Deja, pues, de rezar. Ese viático
no puedes usurparlo, porque, di,
¿de qué te serviría? De qué sirve una llave
de la que no sabemos a dónde pertenece».
Son razones que habré dicho mil veces,
pero al llegar la noche,
me acuerdo de otras noches
y el frío de mis pies entre las sábanas
es un frío de infancia, de internado,
cuando oía a mi lado el dulce respirar
en otras camas, y en el cristal la escarcha.
Y al recordar aquellas ya lejanas
noches de la meseta, tan largas,
oscuras y sin fondo,
recuerdo las palabras de los frailes:
«La Virgen del Camino guiará vuestros pasos
dondequiera que estéis.
No dejéis de rezarle y el camino
no será tan difícil. Será para vosotros
linterna en alta mar o una noche de luna».
Y recuerdo que yo, para dormirme,
imaginaba, acurrucado,
debajo de las mantas que pesaban
pero que calentaban poco,
sin moverme siquiera de la parte más tibia
que había caldeado con esfuerzo,
incluso con mi aliento, imaginaba, digo,
qué sería de mí y qué lejanos mares
habría de cruzar, qué extrañas tierras.
Otras veces pensaba si la muerte
habría de llegarme
como a aquel que labrando
un buen día su viña, ni siquiera
de recoger su manto tuvo tiempo,
o en medio de una fiesta, o en el sueño...
AI llegar a este punto
recuerdo que temblaba y pensaba en mi Virgen,
de modo que mis labios desgranaban
aquel Ave, Maria, gratia plena,
con el que yo me hacía
m lecho de hojas secas,
y luego me dormía... para llegar,
muchos años después,
a noches como ésta,
noches frías de invierno
donde a solas conmigo voy pensando
y dejando en mi boca, una a una,
las palabras antiguas
de la Salutación, como si fueran
el óbolo que habrá de franquearme
los portales del manto hospitalario
que unos llamaron Tiempo
y otros llamaron Nada”.
Andrés Trapiello.
Péguy y el Ave María
Recojo una confesión del escritor francés Charles Péguy (1873-1914). En 1909 escribió:
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
"La Virgen me ha salvado de la desesperación... Durante 18 meses fui incapaz de recitar el Padrenuestro. No podía decir: 'Hágase tu voluntad'. No podía, no podía rezarlo, porque no podía aceptar de verdad su voluntad sobre mí a causa de mi enfermedad. Fue terrible. Yo no podía decir de verdad y con sinceridad: 'Hágase tu voluntad...' Entonces, recé a María. El Avemaría es el último recurso, porque no hay nadie que no pueda rezarla".
Charles Péguy.
jueves, 21 de mayo de 2009
Madre santa y Virgen bella
Mes de mayo. Todo comenzó con la anunciación. ¡Qué misterioso diálogo del Creador con su criatura! Así lo recrea Lope de Vega:
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
"Estaba María santa
contemplando las grandezas
de la que de Dios sería
Madre santa y Virgen bella
el libro en la mano hermosa,
que escribieron los profetas,
cuanto dicen de la Virgen.
¡Oh qué bien que lo contempla!
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella.
Bajó del cielo un arcángel,
y haciéndole reverencia,
Dios te salve, le decía,
María, de gracia llena.
Admirada está la Virgen
cuando al Sí de su respuesta
tomó el Verbo carne humana,
y salió el sol de la estrella.
Madre de Dios y virgen entera,
Madre de Dios, divina doncella".
Lope de Vega.
sábado, 16 de mayo de 2009
Dios no puede darnos la felicidad sin Él
Otro converso, C. S. Lewis -"cautivado por la alegría"-, explica de manera transparente por qué no podemos prescindir de Dios, ni desentendernos de la religión:
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
"Todo esto que llamamos historia humana -dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales y económicas, imperios, esclavitud- es el prolongado y terrible relato del hombre en su afán por hallar algo fuera de Dios que pueda proporcionarle la felicidad.
La razón de que nunca pueda lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó tal como un hombre inventa un motor. Un automóvil está hecho para que funcione con gasolina, y no correrá bien con otra cosa. Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con Él. Él mismo es el combustible para nuestros espíritus, o la comida que fue designada para alimentarnos. No existe otra cosa. Es por ello que no es bueno pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera sin que tengamos que molestarnos con la religión.
Dios no puede darnos felicidad y paz sin Él, porque es imposible. No existe tal cosa".
C. S. Lewis, Cristianismo... y nada más, p. 59 s.
viernes, 15 de mayo de 2009
Poesía... primer amor de las cosas
La poesía es revelación, nos dice algo nuevo sobre lo que ya creemos conocer, o mejor, nos lo hace ver de nuevo, tal como en realidad es. Nos hace ver el mundo en status nascens, en el momento de su nacimiento, como recién salido de las manos del Creador. Así lo dice genialmente nuestro filósofo, y sólo por este texto habría que considerarlo uno de los grandes:
"La poesía es eufemismo -eludir el nombre cotidiano de las cosas, evitar que nuestra mente las tropiece por su vertiente habitual, gastada por el uso, y mediante un rodeo inesperado ponernos ante el dorso nunca visto del objeto de siempre. La nueva denominación lo recrea mágicamente, lo repristina y virginiza.
¡Delicia aún mayor que la de crear ésta de recrear! Porque la creación, donde no había nada pone una cosa; pero en la recreación tenemos siempre dos: la nueva, que vemos nacer imprevista, y la vieja, que recobramos a su través. Operación endiablada. Rejuvenecimiento. Fausto joven que lleva dentro al decrépito Fausto. (...)
De esta manera, tomada por sorpresa la realidad, herida en el flanco menos guardado y presumible, se entrega absolutamente, siempre en forma de primer amor.
Es natural, la poesía vuelve a poner todo en alborada, en status nascens, y salen las cosas de su regazo desperezándose, en actitud matinal, emergiendo del primer sueño a la primera luz".
J. Ortega y Gasset, Obras completas, t. III, p. 580 s.
"La poesía es eufemismo -eludir el nombre cotidiano de las cosas, evitar que nuestra mente las tropiece por su vertiente habitual, gastada por el uso, y mediante un rodeo inesperado ponernos ante el dorso nunca visto del objeto de siempre. La nueva denominación lo recrea mágicamente, lo repristina y virginiza.
¡Delicia aún mayor que la de crear ésta de recrear! Porque la creación, donde no había nada pone una cosa; pero en la recreación tenemos siempre dos: la nueva, que vemos nacer imprevista, y la vieja, que recobramos a su través. Operación endiablada. Rejuvenecimiento. Fausto joven que lleva dentro al decrépito Fausto. (...)
De esta manera, tomada por sorpresa la realidad, herida en el flanco menos guardado y presumible, se entrega absolutamente, siempre en forma de primer amor.
Es natural, la poesía vuelve a poner todo en alborada, en status nascens, y salen las cosas de su regazo desperezándose, en actitud matinal, emergiendo del primer sueño a la primera luz".
J. Ortega y Gasset, Obras completas, t. III, p. 580 s.
jueves, 14 de mayo de 2009
Un camino virgen
Cada ser humano es único. Y también lo es su vocación, porque somos relación con el Infinito, con Dios. Nadie ha recorrido antes mi camino hacia el Destino; es un camino virgen, como dice el poeta:
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios".
León Felipe.
"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios".
León Felipe.
lunes, 11 de mayo de 2009
Mi gran libro fue la Iglesia
Última entrega del relato de la conversión de Claudel:
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!"
P. Claudel, Ma conversion.
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!"
P. Claudel, Ma conversion.
Una resistencia finalmente vencida
Sigue hablando Claudel del acontecimiento de su conversión:
"¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi 'temporada'. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?"
P. Claudel, Ma conversion.
"¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi 'temporada'. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?"
P. Claudel, Ma conversion.
El sentimiento de la eterna infancia de Dios
Una amiga me envía el testimonio de la conversión del escritor francés Paul Claudel. Es un texto muy conocido, pero siempre es bueno tenerlo a mano. Era la Navidad de 1866. Él mismo narraría, veintisiete años después, lo sucedido. Es inevitable pensar en la similitud con el "hecho extraordinario" del profesor García Morente (ver archivo del blog, 27/12/2008):
"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1866, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: ¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama! Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción".
P. Claudel, Ma conversion.
"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1866, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: ¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama! Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción".
P. Claudel, Ma conversion.
sábado, 9 de mayo de 2009
No se puede vivir sin Dios
Hace unos días recogía una cita del sacerdote ortodoxo ruso Pavel Florenski. Hoy ofrezco el breve relato de su conversión, del momento en que la luz de Cristo resucitado entró de manera imprevisible e inmerecida en la noche oscura de su alma, de su mundo sin Dios:
"Dormía con un sueño profundísimo, semejante a un desfallecimiento, hasta el punto de que ni siquiera soñaba, o al menos me olvidaba de mis sueños al despertar. Igualmente fuerte era la sensación o, mejor dicho, la percepción mística de la oscuridad, del no ser, de la clausura...
Era una sensación semejante a la del hombre que ha sido sepultado vivo y siente por encima de él verstas y verstas [kilómetros] de tierra impenetrable. Frente a esa oscuridad hasta la noche más negra parecía luminosa; era una oscuridad espesa y densa, una tiniebla absoluta que me envolvía y me sofocaba...
Con una firmeza que no admitía dudas sentía la impotencia de cuanto me había interesado hasta aquel momento en la zona de oscuridad en la que había caído. Allí estaban mis necesidades, mis sufrimientos. Evidentemente también debían estar mis recursos y mis gozos. Los estaba buscando, pero no los encontraba; me lanzaba hacia la salida, pero chocaba con las paredes y me perdía entre subterráneos y pasadizos. Fui presa de una gran desesperación y tuve que admitir la imposibilidad de salir de allí, la evidencia de haber quedado separado definitivamente del mundo visible.
En ese instante un rayo sutilísimo, que era o una luz invisible o un sonido imperceptible, me comunicó un nombre: Dios. No era todavía una iluminación ni un renacimiento, sino simplemente la noticia de una posible luz. No obstante, contenía la esperanza y al mismo tiempo la conciencia tumultuosa e imprevista de que la muerte o la salvación estaban en ese nombre y en ninguna otra parte. No sabía qué hacer para salvarme. No comprendía dónde había acabado y por qué en ese lugar las cosas de la tierra no tenían efecto. Pero me encontré cara a cara con un hecho nuevo, tan incomprensible como indiscutible: existía un reino de las tinieblas y de la muerte y de él venía la salvación. Fue una revelación imprevista, como en las montañas, cuando, en medio de un mar de niebla, se abre un resquicio y asoma de improviso un precipicio amenazante. Para mí fue una revelación, un descubrimiento, un shock, un golpe. Gracias a ese golpe me desperté de repente, como sacudido por una fuerza externa y sin saber por qué, pero, extrayendo las conclusiones de cuanto me había sucedido, grité por toda la habitación: No, no se puede vivir sin Dios".
P. Florenski, Cartas de la prisión y de los campos, Eunsa 2005, p. 21.
"Dormía con un sueño profundísimo, semejante a un desfallecimiento, hasta el punto de que ni siquiera soñaba, o al menos me olvidaba de mis sueños al despertar. Igualmente fuerte era la sensación o, mejor dicho, la percepción mística de la oscuridad, del no ser, de la clausura...
Era una sensación semejante a la del hombre que ha sido sepultado vivo y siente por encima de él verstas y verstas [kilómetros] de tierra impenetrable. Frente a esa oscuridad hasta la noche más negra parecía luminosa; era una oscuridad espesa y densa, una tiniebla absoluta que me envolvía y me sofocaba...
Con una firmeza que no admitía dudas sentía la impotencia de cuanto me había interesado hasta aquel momento en la zona de oscuridad en la que había caído. Allí estaban mis necesidades, mis sufrimientos. Evidentemente también debían estar mis recursos y mis gozos. Los estaba buscando, pero no los encontraba; me lanzaba hacia la salida, pero chocaba con las paredes y me perdía entre subterráneos y pasadizos. Fui presa de una gran desesperación y tuve que admitir la imposibilidad de salir de allí, la evidencia de haber quedado separado definitivamente del mundo visible.
En ese instante un rayo sutilísimo, que era o una luz invisible o un sonido imperceptible, me comunicó un nombre: Dios. No era todavía una iluminación ni un renacimiento, sino simplemente la noticia de una posible luz. No obstante, contenía la esperanza y al mismo tiempo la conciencia tumultuosa e imprevista de que la muerte o la salvación estaban en ese nombre y en ninguna otra parte. No sabía qué hacer para salvarme. No comprendía dónde había acabado y por qué en ese lugar las cosas de la tierra no tenían efecto. Pero me encontré cara a cara con un hecho nuevo, tan incomprensible como indiscutible: existía un reino de las tinieblas y de la muerte y de él venía la salvación. Fue una revelación imprevista, como en las montañas, cuando, en medio de un mar de niebla, se abre un resquicio y asoma de improviso un precipicio amenazante. Para mí fue una revelación, un descubrimiento, un shock, un golpe. Gracias a ese golpe me desperté de repente, como sacudido por una fuerza externa y sin saber por qué, pero, extrayendo las conclusiones de cuanto me había sucedido, grité por toda la habitación: No, no se puede vivir sin Dios".
P. Florenski, Cartas de la prisión y de los campos, Eunsa 2005, p. 21.
lunes, 4 de mayo de 2009
Ahora la belleza no es vana...
Un buen amigo me ha enviado este hermoso texto sobre la Resurrección de Cristo del escritor -filósofo, matemático y religioso- ruso Pavel Florenski (1882-1937). Sobran los comentarios:
“La belleza de la naturaleza no ha vencido a la muerte, no ha hecho más que volverla más horrible, vistiéndola con hábitos elegantes. La nobleza del espíritu no ha vencido a la muerte, aunque el espíritu inmortal haya escapado de lo Inexorable, retirándose a regiones que para ella eran inaccesibles. Y cuando parecía que toda batalla fuese vana el Amor ha entrado en el reino de la muerte: y el punzón de la depredadora se ha desplazado contra su escudo (...)
El mismo ha descendido a nuestra carne lívida. La materia se ha divinizado, en el cuerpo de Cristo se ha vuelto radiante, de una belleza inmutable (...) Ahora la belleza no es vana, porque la criatura ha sido liberada de la corrupción; ahora tampoco el amor es vano, porque el amado no perece sin dejar huellas. No es vana nuestra fe, ni las empresas ascéticas del espíritu, porque Cristo ha resucitado.
En el confuso fluir de los eventos se ha encontrado un centro, ha sido descubierto un centro de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato habría tenido razón con su pregunta llena de desprecio: ¿Qué es la verdad? Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, las cosas más preciosas se habrían convertido irremediablemente en cenizas, la belleza habría perecido para siempre. Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, el puente entre el cielo y la tierra se hubiese derrumbado para siempre. Y habríamos perdido ambas cosas, porque no habríamos conocido el cielo y no habríamos podido defendernos de la liquidación de la tierra. Pero ha resucitado aquél ante el cual somos eternamente culpables (...) La muerte que todo lo devora ha sido aniquilada por la inmortalidad. La verdad ha triunfado sobre la falsedad. El fuego del pecado ha sido extinguido por el amor humilde".
P. Florenski, Homilía pascual (El inicio de la vida).
“La belleza de la naturaleza no ha vencido a la muerte, no ha hecho más que volverla más horrible, vistiéndola con hábitos elegantes. La nobleza del espíritu no ha vencido a la muerte, aunque el espíritu inmortal haya escapado de lo Inexorable, retirándose a regiones que para ella eran inaccesibles. Y cuando parecía que toda batalla fuese vana el Amor ha entrado en el reino de la muerte: y el punzón de la depredadora se ha desplazado contra su escudo (...)
El mismo ha descendido a nuestra carne lívida. La materia se ha divinizado, en el cuerpo de Cristo se ha vuelto radiante, de una belleza inmutable (...) Ahora la belleza no es vana, porque la criatura ha sido liberada de la corrupción; ahora tampoco el amor es vano, porque el amado no perece sin dejar huellas. No es vana nuestra fe, ni las empresas ascéticas del espíritu, porque Cristo ha resucitado.
En el confuso fluir de los eventos se ha encontrado un centro, ha sido descubierto un centro de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato habría tenido razón con su pregunta llena de desprecio: ¿Qué es la verdad? Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, las cosas más preciosas se habrían convertido irremediablemente en cenizas, la belleza habría perecido para siempre. Si el Dios-Hombre no hubiese resucitado, el puente entre el cielo y la tierra se hubiese derrumbado para siempre. Y habríamos perdido ambas cosas, porque no habríamos conocido el cielo y no habríamos podido defendernos de la liquidación de la tierra. Pero ha resucitado aquél ante el cual somos eternamente culpables (...) La muerte que todo lo devora ha sido aniquilada por la inmortalidad. La verdad ha triunfado sobre la falsedad. El fuego del pecado ha sido extinguido por el amor humilde".
P. Florenski, Homilía pascual (El inicio de la vida).
domingo, 3 de mayo de 2009
No se puede dejar de ser padre
Domingo del Buen Pastor. Hay un sólo Buen Pastor, Cristo. Y en Él se transparenta la Paternidad de Dios. Los ministros de la Iglesia, desde el Santo Padre hasta el último de los sacerdotes católicos, estamos llamados a vivir y ejercitar esta paternidad. Recojo aquí el testimonio luminoso del papa Pablo VI, en transcripción de una conversación con el filósofo francés Jean Guitton:
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
"Creo que, de todos los deberes de un Papa, el más envidiable es el de la paternidad. En otros tiempos, me ocurría acompañar a Pío XII en las grandes ceremonias. Él se sumergía en la multitud. Le apretaban, le desgarraban. Y él estaba radiante. Recobraba fuerzas.
Pero no es lo mismo ser testigo de una paternidad que ser padre uno mismo. La paternidad es un sentimiento que invade el corazón y el espíritu, que le acompaña a uno a todas horas del día, que no puede disminuir, sino que se acrecienta, porque el número de hijos aumenta; que adquiere amplitud, que no se delega, que es tan fuerte y tan ligero como la vida, que no se acaba más que en el instante final: si no es habitual que un Papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre.
La paternidad es un sentimiento universal que se extiende a todos los hombres. Yo lo siento emanar de mí en círculos concéntricos, y mucho más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Me siento padre de la entera familia humana. Y no hay necesidad de que los hijos conozcan a su padre para que él lo sea. Pero también es un sentimiento que particulariza, quiero decir: un sentimiento que le fija a uno sobre esta persona, que hace de esta persona un mundo, aunque no se la encuentre más que una vez, aunque esa persona sea un niño. Y es un sentimiento que, en la conciencia del Papa, siempre está naciente, siempre fresco, cubierto de rocío, siempre libre y creador. ¿Lo creerá usted? Es un sentimiento que no cansa, que no fatiga nunca, que reposa de toda laxitud.
Ni por un momento me he cansado nunca de extender la mano para bendecir. No, nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar. Cuando llegué al aeropuerto de Bombay, había que recorrer unos veinte kilómetros para llegar al lugar del Congreso. Multitudes inmensas, innumerables, densas, silenciosas, enmarcaban el camino; multitudes espirituales y pobres, esas multitudes ávidas, apretadas, desvestidas, atentas que no se ven más que en la India. Yo tenía que bendecir sin interrupción. Un sacerdote amigo que tenía a mi lado, creo que al final me sostenía el brazo, como el servidor de Moisés. Y, sin embargo, no me siento superior, sino hermano: inferior a todos, por ser encargado de todos.
La paternidad creo que es eso en un Papa. Un Papa se siente muy poca cosa cuando se considera a sí mismo. Si miro mi vida pasada, me aparece corno un misterio. Todo lo que me ha pasado en la vida se ha explicado por lo que se me pediría al final: mi debilidad ha seguido estando entera, la sensación de mis límites ha aumentado; pero una fuerza que no procede de mí me sostiene, un momento tras otro. Comprendo lo que dice San Pablo de esa miseria de su ser, de la que no quería ser descargado. Es un fardo abrumador y delicioso, esa carga universal, que varía cada día como el dolor o la luz, que se renueva igualmente cada. día. Y el socorro también se renueva".
Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, 1967, p. 53-54.
viernes, 1 de mayo de 2009
María y la Iglesia
Dice el teólogo suizo von Balthasar que la persona de María salva a la Iglesia de volverse una institución fría, una mera organización más preocupada de los planes y proyectos que de las personas:
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
"El cristianismo sin la mariología corre el riesgo de deshumanizarse. La Iglesia se aliena en la funcionalidad, en la exterioridad, en una agitación tísica sin punto de apoyo, en un plano a ras de tierra. Y como en este mundo supercivilizado se desencadenan nuevas y nuevas ideologías, todo se torna polémico, amargo, sin humor y, a la postre, aburrido. Y los hombres escapan en masa de semejante Iglesia".
H. U. von Balthasar, El cristianismo es un don, Ed. Paulinas, 2ª ed., 1972, p. 99.
María y nosotros
Primer día del mes de mayo. La devoción a María es más que devoción, es escuela de experiencia cristiana:
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
"La personalidad de la Virgen brotó por completo en el instante en que le fue dicho el saludo: 'Ave María'. Desde el preciso instante del anuncio María asumió su puesto en el universo y frente a la eternidad. Se estableció una fuente totalmente nueva de moralidad en su vida.
Brotó en ella un sentimiento profundo y misterioso de sí misma: una veneración por sí misma, un sentido de grandeza sólo comparable al sentido de su propia nada, en la que nunca había pensado de ese modo. Toda su personalidad brotó de aquel 'Ave María'.
Tu personalidad, María, brotó por entero a tus 15 años, cuando tuvo lugar aquel acontecimiento. ¿Habrías podido imaginarte a ti misma, concebir tu existencia prescindiendo de aquello? Entonces tú descubriste incluso el porqué habías nacido así; por qué habías vivido los años de tu niñez y de tu adolescencia; por qué habías tenido un padre y una madre así; por qué vivías allí: eras el término de las profecías, el lugar donde la profecía encontraba finalmente su morada.
Nuestra personalidad debe brotar por entero de la posibilidad que nos ha aparecido en el horizonte, que hemos comprobado y por la cual nos hemos dejado invadir. Nuestra personalidad debe nacer por entero de allí: el puesto que tenemos en el mundo, nuestro valor para la eternidad -para siempre, para la vida-, la fuente de nuestro juicio y del sentimiento moral, el mismo sentimiento hacia nosotros mismos.
No seríamos amigos y compañeros de camino si no nos recordáramos que nuestro valor, lo que realmente somos -incluido lo que hemos sido- nace de eso que nos ha sucedido".
L. Giussani, El Angelus, Suplemento de la revista Litterae Communionis, Cuaderno nº 6, 1995, p. 3.
miércoles, 15 de abril de 2009
Una cita genial de Chesterton
Tras un largo silencio -intensa actividad en torno a la Semana Santa- retomo el blog con una cita de Chesterton que, a mi juicio, ilustra muy bien la naturaleza de la Iglesia, que vive la actualidad del acontecimiento de Cristo y de su resurrección:
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
"Lo que desconcierta al mundo, a sus sabios filósofos e imaginativos poetas paganos, respecto a los sacerdotes y personas que forman parte de la Iglesia católica, es que todavía se comportan como si fueran mensajeros. Un mensajero no se detiene a considerar o discutir cuál podría ser el sentido de su mensaje; lo entrega tal cual es. No se trata de una teoría o de una suposición, sino de un hecho. El ímpetu de los mensajeros del Evangelio aumenta mientras corren a extender su mensaje. Siglos después, todavía hablan como si algo acabara de suceder. No han perdido la frescura y el ímpetu. Sus ojos apenas han perdido la fuerza de los que fueron auténticos testigos. Es más novedoso en espíritu que las más recientes escuelas de pensamiento, y se encuentra, casi con toda seguridad, a las puertas de nuevos triunfos. Estos hombres sirven a una Madre que parece hacerse más hermosa a medida que surgen nuevas generaciones y la llaman bendita. Muchas veces nos dará la impresión de que la Iglesia se hace más joven a medida que el mundo envejece.
Ésta es la última prueba del milagro: que algo tan sobrenatural se haya convertido en algo tan natural. Quiero decir que algo tan único visto desde fuera pueda parecer universal sólo visto desde dentro. Pero la mente del creyente no siente vértigo; es la de los no creyentes la que lo padece. El misterio está en cómo algo tan sorprendente puede ser tan desafiante y dogmático y, sin embargo, convertirse en algo perfectamente normal y natural.
No me cabe en la cabeza cómo una torre tan frágil podría permanecer tanto tiempo en pie sin un fundamento firme. Y, aún menos, cómo pudo convertirse, cómo se convirtió, de hecho, en el hogar del hombre. La mente católica es la única que permanece intacta frente a la desintegración del mundo. Si fuera un error, no habría podido durar más que un día. Si se tratara de un mero éxtasis, no podría aguantar más de una hora. Sin embargo, ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte que todo el mundo que no se acoge a ella. Pues fue el alma del cristianismo lo que emanó del increíble Cristo, y el alma del cristianismo era sentido común. Aunque no nos atreviéramos a mirar Su rostro, podríamos contemplar Sus frutos, y por Sus frutos lo conoceríamos".
Gilbert K. Chesterton, Razones para la fe, Styria, Barcelona 2008, pp. 141-142.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Fe y acción
Una más. San José, ejemplo de una humanidad vivida en presencia del Misterio, de una acción guiada por la fe. La justicia de José:
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"José ha vivido a la luz del misterio de la Encarnación. No sólo con una cercanía física, sino también con la atención del corazón. José nos desvela el secreto de una humanidad que vive en presencia del misterio, abierta a él mediante los detalles más concretos de la existencia. En él no hay separación entre fe y acción. Su fe orienta de manera decisiva su acción. Paradójicamente, es actuando, asumiendo por tanto las propias responsabilidades, como mejor se aparta él, para dejar a Dios la libertad de llevar a cabo su obra, sin interponer obstáculos. José es un «hombre justo» (Mt 1,19), porque su vida está «ajustada» a la Palabra de Dios".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
La autoridad del menor sobre el mayor: José y Jesús
Hablando de la autoridad que José ejerció sobre Jesús recuerda el Papa, citando a Orígenes -autor eclesiástico de los siglos II y III-, que toda autoridad humana -y de modo especial el sacerdocio, que implica también la autoridad de Dios- debe ser ejercida como servicio, pues muchas veces es el menor el que tiene autoridad sobre el mayor:
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Al celebrar este sacramento en nombre y en la persona del Señor, no es la persona del sacerdote la que ha de ponerse en primer plano: él es un servidor, un humilde instrumento que señala a Cristo, porque Cristo mismo se ofrece en sacrificio para la salvación del mundo. «El que gobierne, pórtese como el que sirve» (Lc 22,26), dijo Jesús.
Y Orígenes ha escrito: «José entiende que Jesús era superior a él mientras le era sumiso, y a sabiendas de la superioridad de su menor, José le mandaba con temor y mesura. Que todos reflexionen: a menudo, una persona de menor valía es colocada por encima de gente mejor que él, y a veces ocurre que el inferior vale más que aquel que parece mandar sobre él. Cuando alguien que ha sido elevado en dignidad comprenda esto, ya no se hinchará de orgullo por su rango más alto, sino que sabrá que su inferior puede ser mejor que él, al igual que Jesús estaba sujeto a José» (Homilía sobre San Lucas, XX, 5, SC p. 287).
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
martes, 24 de marzo de 2009
Fidelidad e inteligencia
Sigue el Papa hablando de San José y emite un juicio de gran interés. El esposo de la Virgen fue un hombre justo y fiel, leal y lleno de la sabiduría de Dios, ambas cualidades necesarias en nuestra respuesta vocacional a Dios:
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"No se trata de ser un servidor mediocre, sino un siervo 'fiel y juicioso'. La unión de estos dos adjetivos no es casual: sugiere que tanto la inteligencia sin lealtad como la fidelidad sin sabiduría son cualidades insuficientes. La una sin la otra no permiten asumir plenamente la responsabilidad que Dios nos confía".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
Se puede amar sin poseer
En su reciente visita a África el Santo Padre celebró la solemnidad de San José. Hablando de él dijo:
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
"Cuando María recibió la visita del Ángel en la Anunciación, ella ya estaba prometida con José. Puesto que se dirige personalmente a María, el Señor asocia ya íntimamente a José al misterio de la Encarnación. Él aceptó unirse a esta historia que Dios había comenzado a escribir en el seno de su esposa. Por tanto, tomó consigo a María. Acogió el misterio que había en ella y el misterio que era ella misma. La amó con ese gran respeto que es el sello del amor auténtico. San José nos enseña que se puede amar sin poseer. Al contemplarle, cualquier hombre o mujer, con la gracia de Dios, puede ser llevado a la superación de sus dificultades afectivas, a condición de que entre en el proyecto que Dios ha comenzado a realizar ya en los que están cerca de Él, como José entró en la obra de la redención a través de la figura de María y gracias a lo que Dios ya había hecho en ella".
Benedicto XVI, Homilía en el rezo de Vísperas en la Basílica de María Reina de los Apóstoles (Yaundé), 18 marzo 2009.
domingo, 22 de marzo de 2009
Un amor plenamente humano en Dios
Sigue la reflexión de Adrienne von Speyr sobre San José:
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
"José es casto y lo será siempre. Pero se prepara para un matrimonio humano normal. Por eso tendrá que reconsiderar sus planes y sus expectativas. Una vez que María pronuncie su 'fiat' ante el ángel, no dará ya ningún paso atrás. En lo sucesivo su sí no hará más que precisar lo que ha quedado abierto en ella, aclarar lo que estaba en ciernes. José debe modificar su forma de ver las cosas. Ha hecho una elección, ha elegido el matrimonio. Ha elegido a María como esposa y posee una especie de visión humana anticipada sobre su futuro matrimonio: la visión que le proporcionan su elección y la promesa contenida en el sí de los desposorios. Ciertamente en esta visión suya no entra la concupiscencia, porque la presencia de María le aleja de ella. Pero no por ello falta el amor humano en toda su intensidad. José no es un eunuco y está al servicio de Dios con todo su cuerpo. Su amor por María es un amor plenamente humano en Dios. Y cuando tenga que eclipsarse ante el milagro del Espíritu Santo, lo hará sabiendo que esto significa para él una renuncia: una renuncia, no una decepción, pues la decepción supondría la concupiscencia. Pero su renuncia le proporcionará una alegría mayor. La prueba será difícil, pero nunca amarga: le introducirá en los misterios de Dios".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 54.
José, esposo de María
La singular vocación de San José:
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
"Pero en el momento de los desposorios experimenta el amor real de una mujer, y este amor de su prometida lo enriquece como sólo el amor de una mujer puede llenar a un hombre. A la luz de este amor ve ante sí la vida que como esposo deberá ofrecer a su familia. Ha elegido el matrimonio con plena libertad y responsabilidad, y obtendrá de Dios el matrimonio y no el estado religioso. Y dentro de este matrimonio Dios le impondrá la continencia. José no vive en un convento. Vive en su casa con su mujer y su hijo, sin distinguirse aparentemente de otros esposos. Debe acostumbrarse a la continencia en medio del mundo".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 53-54.
sábado, 21 de marzo de 2009
La renuncia de José
Sigue comentando la mística suiza von Speyr:
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
"Para José las cosas son completamente distintas. El sí estaba sometido a la ley del pecado original y no podía desconocer la oposición existente entre el matrimonio y la virginidad. Para él los desposorios son el preludio de un matrimonio normal. Él es casto y justo; vive según la justicia de sus padres. Su castidad nada tiene que ver con la insípida impotencia que parecen atribuirle la mayoría de las imágenes. Cuando tenga que renunciar, lo hará con toda su hombría y -precisamente por esta renuncia- quedará reforzada su virilidad. La seriedad de su renuncia le dará fuerzas para permanecer fiel a su misión a lo largo de los años. María no tendrá a su lado a un hombre abatido, sino a un hombre que es plenamente consciente de su fuerza y la sacrifica con sencillez y generosidad. José acepta esta renuncia resuelta y vigorosamente, y la vivirá hasta el final en silencio. Todo está tan perfectamente decidido y asumido que nunca más será necesario hablar de ello".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 53.
Fecundidad corporal y virginidad consagrada
Comentando la relación esponsal y virginal entre María y José propone Adrienne von Speyr una reflexión muy interesante. En María -libre del pecado original- se realiza la armonía del designio originario del Creador, ella es esposa y virgen, virgen y madre:
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
"María vive más allá de esta alternativa; su decisión por el matrimonio no supone una decisión contra la virginidad; de la misma manera que su vida en el mundo no supone renunciar al estado de perfección. No reflexiona sobre la compatibilidad de estas dos cosas. Sólo tiene un proyecto y lo lleva a cabo sin rodeos, sin pausa, sin volver la vista atrás: cumplir perfectamente en todo la voluntad de Dios. Su vida es una línea totalmente recta que va desde la Inmaculada Concepción a los desposorios, al 'fiat' al ángel, al nacimiento y a la cruz. Con ello muestra que no está sometida a la ley del pecado original. Pues en el paraíso terrenal no habría habido dos estados mutuamente excluyentes. La fecundidad corporal no habría estado en contradicción con la virginidad consagrada a Dios (esta es la opinión de un gran número de Padres de la Iglesia y teólogos de la Edad Media). Al contrario: la fecundidad espiritual de los esposos en Dios habría sido tan grande, que habría sido también la condición y el punto de partida de la fecundidad corporal, y esto en modo alguno habría significado un atentado contra la integridad espiritual o corporal de la persona".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, pp. 52-53.
jueves, 19 de marzo de 2009
En torno a San José
Celebra hoy la Iglesia la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. La mejor reflexión que conozco sobre San José pertenece a la obra La Esclava del Señor, de Adrienne von Speyr, mística suiza convertida al catolicismo en 1940 de la mano del teólogo Hans Urs von Balthasar. La obra está dedicada a María, pero incluye un capítulo titulado "María y José". Entresaco algunos párrafos:
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
"María y José se desposan como dos personas que quieren servir a Dios y pertenecerse mutuamente. Pero estas dos intenciones no tienen para ellos el mismo peso: la voluntad de servicio es lo determinante y constituye la razón de su unión. Consagran su noviazgo y toda su vida a este servicio. Esto lo saben desde el mismo momento en que se prometieron, y lo saben tan bien que no descartan ninguna posibilidad de servicio que Dios quiera exigirles en su matrimonio. La apertura mutua que se produce por su promesa matrimonial no disminuye el amor a Dios en su corazón: esto seguirá siendo para ambos lo primero. Hasta ahora su primer pensamiento era el servicio a Dios, y lo seguirá siendo también en su vida en común. Sólo dentro de este pensamiento tiene sentido para ellos el amor".
Adrienne von Speyr, La Esclava del Señor, Encuentro 1991, p. 51.
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